*Iván Ilich tampoco va más. Nos parece oír los espantosos gritos de
su agonía. Ya no soporta la cama, por tanto, se traslada al sofá. De allí no se
levanta más. Sus alaridos de dolor roban la paz a la familia. Tiene una novela
de Zola a la mano, pero los angustiosos tormentos le impiden concentrarse en la
lectura. En esa soledad de la muerte en que nadie puede auxiliarlo (porque esa
“muerte” es suya y de nadie más), los recuerdos de la infancia le brindan
consuelo: la pelota, el gusto por las ciruelas pasas, las empanadillas con que
los agasaja la madre. Es un hombre en la plenitud, apenas sobrepasa los
cuarenta, pero debe partir. Por suerte, tras esa lucha desesperada consigo
mismo (porque no es con ningún otro), ve la luz. Es ese vestido rojo de Natalia
(que en otra ocasión será azul) y la forma como pronuncia “Boris Godunov”,
favorito de Iván IV, y más tarde, zar. Y como pronuncia Novgorod, como
pronuncia Kiev. Marcos lanzándose a escribir el primer párrafo del borrador,
metiéndole el diente al trabajo final. Dos, cuatro, seis, ocho, nueve renglones
escritos con lapicero azul en su cuaderno. Eugenio Onieguin, Raskolnikov, Akaki
Akakiyevich, Ana Karenina, Iván Ilich. ¿Qué cosa es el pueblo ruso? ¿Por qué la
actitud descreída de Iván Ilich? No es él quien solicita al sacerdote en sus
últimos momentos, es su mujer quien lo trae. Iván Ilich se resigna y comulga.
En cambio en Dostoievski se respira la fe. Alexei Karamazov es un monje. En la
literatura rusa el monasterio aparece a menudo como un referente de
espiritualidad. El padre Zósimo. Y Sonia como imagen de la redención en Crimen
y castigo. (Marcos recuerda dos ocasiones en que se cruzó con Arizmendy en
Bello: Una, mientras caminaban por una calle solitaria, ya al atardecer; otra,
en el parque, una noche de bohemia. En ambas oportunidades Arizmendy estaba
ebrio. También lo recuerda en la jardinera de Kokorico, a la sombra del enorme
laurel, hablando de Borges y, a propósito de cualquier palabra, recitando sus cáfilas de sinónimos: Entereza,
aguante, carácter, determinación, ecuanimidad, firmeza, integridad, mesura,
rectitud. Era un individuo sencillo, cercano a los treinta, descomplicado y
algo pasado de moda en el vestir, locuaz y alegre en el trato con sus
condiscípulos. No solía ser muy puntual con las clases. Todo él emanaba
rebeldía, descontento. Su mundo era desorbitado; era de hábitos nocturnos, por
eso llegaba tarde a clases de la mañana. Esto en cuanto a Arizmendy. En cuanto
a Marcos: se volvió antisocial cuando fue en busca de placeres clandestinos.
Eso fue por la época del rapto con la lectura, en noveno de bachillerato.
Fueron dos sucesos parejos en el tiempo. Haciéndose eco de las bravuconadas de
los amigos en las reuniones de la esquina, se atrevió a ir al centro a ver una
película pornográfica. Desde entonces enrumbó en una existencia solitaria y
furtiva. Tenía dieciocho años. Una tarde pasó un chasco con la pecosa amiga de
su hermana Nativa, que vivía en el mismo sector. Se encontraron en el bus y él
le arrancó la promesa de ir a cine, después de que ella se desocupara de una
vuelta. La esperó al frente de Villanueva, más de una hora de lo convenido.
Regresó a casa y, en un aire de irrealidad tal vez provocado por su coraje y su
vergüenza, vio que su hermana y la pecosa conversaban en la entrada, que al
verlo llegar se susurraban cosas al oído
y se reían. Pasó entre ellas sin determinarlas y se encerró en el cuarto. Por
esos días renunció a la fe. Los domingos solía ir con los amigos a la misa de
cinco. Al salir, comían empanadas y flirteaban con las muchachas. Un día,
mientras recibía la hostia, sintió el absurdo del ritual, y se prometió abandonarlo.
Así, los domingos omitía acompañar a los amigos a la misa, pero se les unía en
el recorrido nocturno por los negocitos de comidas rápidas y los bailaderos.
Soñaba con un cuerpo de mujer, la palpitante carne y la embriaguez de su
perfume. El paso siguiente fueron las putas. No es raro que se aficionara al
garito. Desde niño le gustó jugar cartas.)
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