viernes, 13 de agosto de 2021

Natalia Pikouch (Cap.11.)

*Los Cinco ensayos sobre literatura rusa contemporánea, de Natalia Pikouch, salieron a la luz en marzo de 2007, el mismo mes y año de su deceso. “Un premio de consolación”, dice Hernán, refiriéndose al hecho de que a Natalia le llevaron el libro recién impreso a su lecho de muerte en el hospital.  “Era ya un desecho humano”, agrega. Natalia murió de cáncer en la matriz. Años atrás la habían operado de eso, pero el mal sacó las garras de nuevo y la destruyó. Natalia enfrentó la enfermedad con valor. Se había refugiado en el cristianismo. Había abandonado el tabaco, moderando a la vez sus hábitos alimenticios. Sus placeres se habían aquerenciado en una buena charla, escuchando buena música, acompañada de buenos amigos. Por descontado que la literatura constituía otro solaz en su vida, quizás el más grato. Asimismo, ver a su hijo convertido en un profesional, casado, con trabajo.

El volumen de los Cinco ensayos es modesto en tamaño, rico en contenido. Hace parte de la colección Celeste de la editorial de la Universidad de Antioquia. El texto de la presentación fue escrito por Iván Hernández, director de la colección, amigo y colega de Natalia. Es un libro delicioso. Bulgákov, los poetas del Siglo de Plata, Pasternak, la literatura rusa posterior al comunismo… Para Marcos este libro había significado un encuentro vital. A la sapiencia y la profundidad, se aúnan los puntos de vista originales. Por ejemplo, en esa parte del cuarto ensayo, donde habla de la escritura femenina, cómo fue el rol de la mujer bajo el sistema soviético, los vientos de cambio a raíz de la caída del régimen, el valor literario de las escritoras emergentes. Marcos había disfrutado de la lectura, descubriendo en Natalia a una escritora de quilates, deteniéndose en las facetas de su pensamiento, lo cual no le fue dado gozar en la u, durante sus clases. Es que ante el papel nos desnudamos y volcamos todo nuestro potencial, el cual, en muchas ocasiones, es sofocado por la oralidad. Qué amor inmenso por la literatura y qué amplio saber literario. Pushkin, Dostoievski, Ajmátova, Pasternak. Enemiga acérrima del gobierno soviético, lo critica con dureza. ¿Qué fue al fin el marxismo-leninismo? Ignorancia. Ni los profesores que pontificaban sobre marxismo-leninismo sabían lo que era eso. Es lo que Natalia piensa, lo que se desprende de su libro. Qué prosa tan limpia y llevadera. Es evidente que pergeñó algunos de estos ensayos bajo el castigo de la enfermedad. Un “gracias, bella ucraniana”, brotó de los labios de Marcos al acabar la lectura. Qué afortunado tenerte como maestra, conocerte y escuchar tus lecciones.

En la voz de Hernán chispea el amor que siente por Natalia. Accede en el acto a compartirle a Marcos las dos fotografías que conserva, y le pide que, ojalá, publique en su libro la imagen de la bella ucraniana. No, a él no le interesa que su foto salga publicada en el trabajo de Marcos. Pero la de Natalia… La radioterapia acabó con ella. Sufrió mucho. Era una mujer encantadora. Dominaba a la perfección el ucraniano, el ruso y el español. Su prosa era diáfana y sutil. Y lo hermosa que era. La sensación que causó en la universidad con su llegada. Una rubia de ojos azules, con caderas de negra. Los machos cabríos se relamían. La estrella de Hernán brilló sobre las demás, porque Natalia lo premió con su amistad. ¡Ese cuerpo!  Amaba llevar puestos vestidos vaporosos. Muy rara vez usaba pantalón o bluyín. Marcos recuerda que un día en la u, recién la conoció, Natalia vestía un traje rojo. Su paso desde la entrada de Barranquilla hasta la facultad fue un espectáculo. El vestido dejaba al aire los brazos rollizos, apretaba la voluptuosa cadera. Natalia no era una mujer sensual, un destello de melancolía sazonaba su carácter. Caminaba con la misma viveza con que hablaba. Esa misma fogosidad habitaba su pensamiento. Se hacía evidente al platicar de sus poetas amados, al despotricar del comunismo. 

Natalia solía departir con Hernán, no solo en la universidad. Su amistad rebasaba el ámbito académico. Se los veía caminando juntos por Junín, conversando. Hernán la visitaba en su casa. Pocos meses antes de que la hospitalizaran, Hernán prometió ir. Todo estaba listo. Cuando iba a salir, se enfermó. Un problema urinario. Natalia vivía en Bello, en una unidad de apartamentos con vista a la montaña. El elemento campestre de la panorámica era de todo su gusto. En cierta manera, sosegaba la añoranza de su querida Ucrania, donde el verde de la naturaleza era de una grandeza desmedida. Marcos acostumbraba verlos solazándose en la cafetería, en los intervalos de las clases. Fumaban. Dialogaban.

 


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