*Los Cinco ensayos sobre literatura rusa
contemporánea, de Natalia Pikouch, salieron a la luz en marzo de 2007, el mismo
mes y año de su deceso. “Un premio de consolación”, dice Hernán, refiriéndose
al hecho de que a Natalia le llevaron el libro recién impreso a su lecho de
muerte en el hospital. “Era ya un desecho humano”, agrega. Natalia
murió de cáncer en la matriz. Años atrás la habían operado de eso, pero el mal
sacó las garras de nuevo y la destruyó. Natalia enfrentó la enfermedad con valor.
Se había refugiado en el cristianismo. Había abandonado el tabaco, moderando a
la vez sus hábitos alimenticios. Sus placeres se habían aquerenciado en una
buena charla, escuchando buena música, acompañada de buenos amigos. Por
descontado que la literatura constituía otro solaz en su vida, quizás el más
grato. Asimismo, ver a su hijo convertido en un profesional, casado, con
trabajo.
El volumen de los Cinco ensayos es modesto
en tamaño, rico en contenido. Hace parte de la colección Celeste de la
editorial de la Universidad de Antioquia. El texto de la presentación fue
escrito por Iván Hernández, director de la colección, amigo y colega de
Natalia. Es un libro delicioso. Bulgákov, los poetas del Siglo de Plata,
Pasternak, la literatura rusa posterior al comunismo… Para Marcos este libro
había significado un encuentro vital. A la sapiencia y la profundidad, se aúnan
los puntos de vista originales. Por ejemplo, en esa parte del cuarto ensayo,
donde habla de la escritura femenina, cómo fue el rol de la mujer bajo el sistema
soviético, los vientos de cambio a raíz de la caída del régimen, el valor
literario de las escritoras emergentes. Marcos había disfrutado de la lectura,
descubriendo en Natalia a una escritora de quilates, deteniéndose en las
facetas de su pensamiento, lo cual no le fue dado gozar en la u, durante sus
clases. Es que ante el papel nos desnudamos y volcamos todo nuestro potencial,
el cual, en muchas ocasiones, es sofocado por la oralidad. Qué amor inmenso por
la literatura y qué amplio saber literario. Pushkin, Dostoievski, Ajmátova,
Pasternak. Enemiga acérrima del gobierno soviético, lo critica con dureza. ¿Qué
fue al fin el marxismo-leninismo? Ignorancia. Ni los profesores que
pontificaban sobre marxismo-leninismo sabían lo que era eso. Es lo que Natalia piensa,
lo que se desprende de su libro. Qué prosa tan limpia y llevadera. Es evidente
que pergeñó algunos de estos ensayos bajo el castigo de la enfermedad. Un
“gracias, bella ucraniana”, brotó de los labios de Marcos al acabar la lectura.
Qué afortunado tenerte como maestra, conocerte y escuchar tus lecciones.
En la voz de Hernán chispea el amor que
siente por Natalia. Accede en el acto a compartirle a Marcos las dos
fotografías que conserva, y le pide que, ojalá, publique en su libro la imagen
de la bella ucraniana. No, a él no le interesa que su foto salga publicada en
el trabajo de Marcos. Pero la de Natalia… La radioterapia acabó con ella.
Sufrió mucho. Era una mujer encantadora. Dominaba a la perfección el ucraniano,
el ruso y el español. Su prosa era diáfana y sutil. Y lo hermosa que era. La
sensación que causó en la universidad con su llegada. Una rubia de ojos azules,
con caderas de negra. Los machos cabríos se relamían. La estrella de Hernán
brilló sobre las demás, porque Natalia lo premió con su amistad. ¡Ese
cuerpo! Amaba llevar puestos vestidos vaporosos. Muy rara vez usaba
pantalón o bluyín. Marcos recuerda que un día en la u, recién la conoció,
Natalia vestía un traje rojo. Su paso desde la entrada de Barranquilla hasta la facultad fue un espectáculo. El vestido dejaba al aire los brazos rollizos,
apretaba la voluptuosa cadera. Natalia no era una mujer sensual, un destello de
melancolía sazonaba su carácter. Caminaba con la misma viveza con que hablaba.
Esa misma fogosidad habitaba su pensamiento. Se hacía evidente al platicar de
sus poetas amados, al despotricar del comunismo.
Natalia solía departir con Hernán, no solo
en la universidad. Su amistad rebasaba el ámbito académico. Se los veía
caminando juntos por Junín, conversando. Hernán la visitaba en su casa. Pocos
meses antes de que la hospitalizaran, Hernán prometió ir. Todo estaba listo.
Cuando iba a salir, se enfermó. Un problema urinario. Natalia vivía en Bello,
en una unidad de apartamentos con vista a la montaña. El elemento campestre de
la panorámica era de todo su gusto. En cierta manera, sosegaba la añoranza de
su querida Ucrania, donde el verde de la naturaleza era de una grandeza
desmedida. Marcos acostumbraba verlos solazándose en la cafetería, en los
intervalos de las clases. Fumaban. Dialogaban.
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