*Kolia era un muchacho de ojos verdes y
piel clara. Cursaba séptimo. Era su primer año en el colegio. Marcos quedó
gratamente sorprendido al enterarse de que era el hijo de Natalia, su profesora
de la universidad. Ese toma y dame de la vida era de lo más maravilloso. Así
que ahora su relación con Natalia cobraba un nuevo incentivo, se dimensionaba
desde una faceta diferente. Natalia mantenía una polémica en contra de la
educación, criticaba sin pelos en la lengua la burocracia y la pobreza de miras
del sistema. Marcos experimentaba una jubilosa sensación de perplejidad al
constatar en Kolia los rasgos fisonómicos y la mímica de la madre: La tez
hiperbórea, los ojos garzos, el acento exótico, la impulsividad al andar y al
hablar. La suave epidermis, el cabello rubio y revuelto, la cristalina linfa de
la mirada, daban a Kolia un aire de Principito. Marcos lo imaginaba viviendo
como un burguesito, con los mimos y las comodidades de un ambiente culto.
Colegio privado, curso de inglés, viaje a Ucrania cada año. Por otra parte,
Natalia lo tenía inscrito en clases de violín en la universidad. Era una imagen
frecuente ver a la profesora de rusa marchar en compañía de su hijo por la
explanada central, rumbo al bloque de Artes, donde el jovencito recibía el
adiestramiento musical. Kolia iba un poco a regañadientes, el violín en la
mano, con su particular modo de caminar, empinado y brioso.
Un día, durante la clase, Marcos puso a
sus estudiantes a dibujar un conejo. La mayoría del grupo se dispuso
prontamente, pero Kolia no arrancaba. En fin, Kolia acabó haciendo un
berrinche. “Yo no sé dibujar conejos”. Marcos lo tranquilizó y le dijo que
dibujara otra cosa, con lo que dio por terminado el incidente. Kolia dibujó una
estrella. Era un muchacho bien dispuesto. Por su condición de recién llegado,
se veía tímido, un poco envarado. La opinión que Marcos tenía sobre él: un
chico serio, con una sorprendente firmeza de carácter. De aptitudes superiores,
en ocasiones se dejaba vencer por la flojera. Era natural, Natalia quizás le exigía
demasiado. Los padres quieren superar sus frustraciones en los hijos. Una
tarde de tantas de la u, al ingresar al camerino de Deportes, Marcos escuchó una voz tierna:
“profe”. Volvió la vista y se encontró con un rostro blanco, unos ojos verdes y
una sonrisa. El chaval estaba sentado en la escalera que lleva al segundo piso,
a la librería, y miraba a Marcos sacando la cabeza por debajo de la baranda.
Marcos respondió al saludo, aunque no reconoció al muchacho, pensando, de todos
modos, que se trataba de uno de sus alumnos del colegio. Entró al camerino, se
cambió la ropa y, al salir, una sorpresa: Natalia. La profesora también quedó
de una pieza. “No lo puedo creer. ¿Eres el profesor de mi hijo?” Marcos hizo un
gesto afirmativo. Kolia estaba allí, entre ellos, y Marcos pudo ver cuán
intenso y bello era el verde de sus ojos. Platicó unos minutos con Natalia, y
nuevamente cayó en el lapsus de llamarla Sonia. Era inevitable. Siempre
confundía los nombres. La llamaba Sonia por evocación de la amiga de
Raskolnikov. La sonrisa de Natalia demostraba cierta contrariedad. Pasando a
otro tópico, recomendó a Marcos que encauzara a Kolia en la senda de la
lectura, pues era un poco remiso. Marcos se comprometió a hacerlo. Se
despidieron. Y en la cabeza de Marcos quedó palpitando la imagen de Natalia,
fresca, vestida con prendas deportivas (algo del todo inusual en ella, que
acostumbraba ir de trajes enteros, faldas, blusas). Marcos se marchó hacia el
estadio, rumbo a su rutina de trote. Vio los prados acolchados de hojas secas.
Las marchitas, retorcidas, rotas hojas secas le producían añoranza, le hablaban
de ciclos, de vida y muerte. Amaba los susurros de la hojarasca, su vaivén al
soplo del viento. Vio al barrendero amontonar las hojas con el rastrillo,
recogerlas con una pala. El operario llevaba un vestido caqui, de recio género.
Su labor se le antojó encomiable.
Encaminar a un joven por el sendero de la
lectura, vaya tarea. Pero Marcos se consideraba capaz de realizarla. Natalia lo
consideraba un excelente crítico literario y un poeta mediocre. Se lo había
dicho con franqueza. Ella era así. Le había llamado “lambón” por cambiar su
escrito inicial sobre Iván Ilich, por tornarlo más “higiénico”, cuando a ella
le había encantado la osadía del primer texto. Bueno, sería este ensayo “aséptico”
el que saldría en la revista de la facultad. Y ella no le perdonaba esa
traición al arte. Había una mezcla de desparpajo y tristeza en sus palabras.
Con razón le llamaba lambón. Y, al final, Marcos se alegraba por ese desenfado.
Sentía que Natalia lo estimaba. A veces la visitaba en su oficina y
conversaban. Se saludaban en los pasillos, en las cafeterías, en la biblioteca.
Natalia tenía unas nalgas descomunales, que parecían estorbarle al caminar.
Azules ojos. Voz foránea. Un español bien hablado, maltratado con la rudeza de
una dicción exótica. Robusta. Pelo castaño. Atractiva. De gestos casi bruscos,
nerviosos, vivaces. Una sonrisa rara, a veces como una mueca de burla, o de
ingenuidad, o de inteligencia. Un tic nervioso en su rostro, que le crispaba la
piel como con minúsculos temblores. Cada vez que se cruzaban, platicaban de
educación y del rol del maestro. Natalia era muy enfática con esto. Sus
concepciones educativas eran muy avanzadas. Se compadecía de los maestros que
trabajan en condiciones tan duras y agotadoras y, lo peor, con un salario
misérrimo. A ella le iba mejor: docente universitaria, dictaba conferencias
sobre literatura infantil, hacía traducciones del español al ruso y viceversa.
En fin, confiaba en que Marcos lograra que su hijo se entusiasmara con la
lectura. “Eres sensible. Estoy muy contenta por
Kolia”.
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