*Mi querido antisocial:
Recuerdo el día en que al fin me
llamaste por mi nombre. “Te lo aprendiste”, dije, alborozada. En mi rostro no
campeó ese gesto entre disgustado y divertido con que solía responder a tu
insistente yerro. ¿Acaso no era ya
tiempo? Todo el curso patinamos en ese barrizal de equivocaciones por tu
lado y de correcciones de mi parte, de incomodidades y sonrojos, de extrañeza y
de dudas. ¿Tanta lidia para decir un nombre, por lo demás tan común? Quedaba
confundida, entre pesarosa y desengañada. No es que me moleste que me llames
Sonia, para nada. Me parece bonito. Pero me preguntaba en qué mundo habita, qué
enredo hay en su mente, por qué es tan lejano y tan esquivo. Tus poemas, que leo
encantada, me desnudan tu ser partido entre dos orbes, tu desarraigo, la
ausencia del mar y el abrazo de la infancia en Concordia. Persigues lo
imposible, porque el mar es agua que se escapa entre los dedos, y la infancia
es un recuerdo.
Recuerdo que nos detuvimos, cara
a cara, la emoción del encuentro aleteando en el pecho. Llevábamos días sin
vernos, y quizás te echaba de menos. Recuerdo que te dije “te pusiste la camisa
que me gusta” y que respondiste “si te gusta mi camisa, te la regalo”. Y en
nuestras voces había un efluvio de caricia y de contento. El sofoco subió a mi
rostro, y en el tuyo sentí una migaja de pudor. Pero estaba hecho, y nada de
volverse atrás. De todos modos, un aire de broma discurría en nuestras
palabras, y este tono ambivalente nos ponía a salvo de nosotros mismos y, tal
vez, enmascaraba el deseo.
Recuerdo tu rostro de muchacho
ensimismado, huidizo, espantado de la aglomeración de las cafeterías, rehuyendo
los saludos. Alguna vez te sorprendí en un cubículo de estudio. Me acordé de
esa alumna que me dijo que siempre te veía escribiendo, que había un no sé qué
de compulsivo en tu actitud, que la asustabas. Que tus ojos eran tristes y ofuscados y huérfanos. Que te
gustaba quedarte en el aula una vez que la clase acababa y todos se iban. Que
parecías a punto de estallar en injurias contra todo o de romper en lágrimas,
en fin. Siempre me pregunté por qué eras tan serio, tan reacio a participar en
la sesión, casi había que sacarte las palabras con ganzúa. Pensaba en esas
latitudes recónditas que nos marcan desde inmemoriales tiempos y que en todo
momento nos oprimen con su lancinante resuello. También vengo de lejos. En los
informes parciales entendí que todo lo que mezquinabas en el habla, lo
desfogabas en la escritura.
Recuerdo que dijiste “Natalia”,
luego de que dije “Marcos”, y esto sí que me dejó extrañada: al fin te lo
aprendiste. ¿Por qué lo decías ahora? ¿Acaso te comportabas como un chico
malcriado que se empecina en un error buscando ofender? Sin vacilación, nítido,
brotó “Natalia”, y era como si hubieses encontrado la senda, como si te
hubieses librado del estrangulamiento y del miedo, como si quisieras agradar.
Me dije que tal vez estabas escribiendo algo y que el asunto marchaba y que
esto te hacía distinto, te embargaba de felicidad. Entonces rogué al cielo que
tu escrito fuese viento en popa, que las piezas encajaran a la perfección y que
el instrumento emitiera la melodía más bella. Para que fueras así siempre,
amable y tierno, como un verso undoso y rítmico del que mana la belleza.
“Natalia”, dijiste; “Marcos”, dije yo.
Recuerdo que tu camisa era azul,
que no podía ser de otro modo. Alguien que venga del mar no puede sino amar ese
color. Un azul subido que contrasta muy bien con tu piel morena, donde era
posible sentir el vozarrón de las olas, la brisa salobre soplando desde el
fondo del tiempo, atravesando el líquido fermento, volcándose sobre la costa
arenosa y la tierra erizada de vegetación. Y allí estabas tú.
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