martes, 24 de agosto de 2021

Natalia Pikouch (Cap.20.)

*Mi querido antisocial:

Recuerdo el día en que al fin me llamaste por mi nombre. “Te lo aprendiste”, dije, alborozada. En mi rostro no campeó ese gesto entre disgustado y divertido con que solía responder a tu insistente yerro. ¿Acaso no era ya  tiempo? Todo el curso patinamos en ese barrizal de equivocaciones por tu lado y de correcciones de mi parte, de incomodidades y sonrojos, de extrañeza y de dudas. ¿Tanta lidia para decir un nombre, por lo demás tan común? Quedaba confundida, entre pesarosa y desengañada. No es que me moleste que me llames Sonia, para nada. Me parece bonito. Pero me preguntaba en qué mundo habita, qué enredo hay en su mente, por qué es tan lejano y tan esquivo. Tus poemas, que leo encantada, me desnudan tu ser partido entre dos orbes, tu desarraigo, la ausencia del mar y el abrazo de la infancia en Concordia. Persigues lo imposible, porque el mar es agua que se escapa entre los dedos, y la infancia es un recuerdo.

Recuerdo que nos detuvimos, cara a cara, la emoción del encuentro aleteando en el pecho. Llevábamos días sin vernos, y quizás te echaba de menos. Recuerdo que te dije “te pusiste la camisa que me gusta” y que respondiste “si te gusta mi camisa, te la regalo”. Y en nuestras voces había un efluvio de caricia y de contento. El sofoco subió a mi rostro, y en el tuyo sentí una migaja de pudor. Pero estaba hecho, y nada de volverse atrás. De todos modos, un aire de broma discurría en nuestras palabras, y este tono ambivalente nos ponía a salvo de nosotros mismos y, tal vez, enmascaraba el deseo.

Recuerdo tu rostro de muchacho ensimismado, huidizo, espantado de la aglomeración de las cafeterías, rehuyendo los saludos. Alguna vez te sorprendí en un cubículo de estudio. Me acordé de esa alumna que me dijo que siempre te veía escribiendo, que había un no sé qué de compulsivo en tu actitud, que la asustabas. Que tus ojos eran  tristes y ofuscados y huérfanos. Que te gustaba quedarte en el aula una vez que la clase acababa y todos se iban. Que parecías a punto de estallar en injurias contra todo o de romper en lágrimas, en fin. Siempre me pregunté por qué eras tan serio, tan reacio a participar en la sesión, casi había que sacarte las palabras con ganzúa. Pensaba en esas latitudes recónditas que nos marcan desde inmemoriales tiempos y que en todo momento nos oprimen con su lancinante resuello. También vengo de lejos. En los informes parciales entendí que todo lo que mezquinabas en el habla, lo desfogabas en la escritura.

Recuerdo que dijiste “Natalia”, luego de que dije “Marcos”, y esto sí que me dejó extrañada: al fin te lo aprendiste. ¿Por qué lo decías ahora? ¿Acaso te comportabas como un chico malcriado que se empecina en un error buscando ofender? Sin vacilación, nítido, brotó “Natalia”, y era como si hubieses encontrado la senda, como si te hubieses librado del estrangulamiento y del miedo, como si quisieras agradar. Me dije que tal vez estabas escribiendo algo y que el asunto marchaba y que esto te hacía distinto, te embargaba de felicidad. Entonces rogué al cielo que tu escrito fuese viento en popa, que las piezas encajaran a la perfección y que el instrumento emitiera la melodía más bella. Para que fueras así siempre, amable y tierno, como un verso undoso y rítmico del que mana la belleza. “Natalia”, dijiste; “Marcos”, dije yo.

Recuerdo que tu camisa era azul, que no podía ser de otro modo. Alguien que venga del mar no puede sino amar ese color. Un azul subido que contrasta muy bien con tu piel morena, donde era posible sentir el vozarrón de las olas, la brisa salobre soplando desde el fondo del tiempo, atravesando el líquido fermento, volcándose sobre la costa arenosa y la tierra erizada de vegetación. Y allí estabas tú.                       

No hay comentarios:

Publicar un comentario