*Natalia abandona su oficina por
un momento y se dirige a la del lado, de donde regresa, al instante, con un
cigarrillo. Algún colega la sacó del apuro. Necesitaba fumar. Hay que verla
entonces (robusta, sonrosada, vestida de azul) buscando los fósforos en el
desorden de su escritorio, su cuerpo vigoroso, cierto ardor en sus ojos
zafirados, averiguando entre los libros, los cartapacios, los papeles. Al fin
encuentra los fósforos y enciende el cigarrillo. Marcos la aguarda con
paciencia mientras ella se escabulle a la otra oficina. Un latigazo de ansia,
eso debe ser las ganas de fumar. Ahora Natalia fuma y platica, sonríe y fuma.
Su blusa es de un azul fuerte; de un azul más claro, su falda. Está hermosa.
Desnudos sus brazos rollizos, su piel eslava del color del pórfido. Su mirada
es expresiva, relampagueante, como azules chispas; a veces como remansos de
aguamarina. Su tez se torna cárdena en el arrebato de la risa. Ríe con brío.
Fuma. En cierto momento de la charla, Marcos se absorbe y compara las volutas
de humo expelidas por la profesora con la vida universitaria, la cual se le
antoja una nube, un mundo gaseoso, el sueño de algún dios borracho. Él está
preso en esa nube, dando tumbos entre profesores y condiscípulos, pasillos y
aulas, títulos de libros, nombres de autores, referencias de sistemas teóricos;
todo girando en un remolino, licuado en las vaharadas de humo que se escapan de
los labios de Natalia. Como fucilazos en el sombrío vapor, aparecen y se
esfuman Ana Ajmátova y Pushkin, las Farsas de autores españoles de comienzo de siglo,
Bola de sebo, Hesse, Boll, los cuentos de Gorki, El inspector de Gogol, Las Mil
y una noches, Dumas y su conde Montecristo, Ray Bradbury y sus Crónicas
marcianas, Heinrich Mann y El profesor Unrat, Un guardián entre el centeno,
Shakespeare y su Romeo y Julieta. Ese loco y absurdo orbe libresco se
desenroscaba en las volutas del cigarrillo, disolviéndose en el aire de la
oficina. El lugar donde atiende un profesor. Marcos pensó en la oficina como el
laboratorio de un alquimista, con sus retortas y sus sustancias, su crisol y su
mortero, en fin. Epígonos de Paracelso, los catedráticos buscaban la Piedra
Filosofal, la transmutación de los metales. A él nunca se le ocurrió fumar. Una
vez una mujer ridiculizó esta abstención con una frase sarcástica: “su curiosidad
llegó hasta ahí”. Fumaba yerba. “Torcerse”, llamaba ella al acto de fumar
marihuana. ¿Por qué no había intentado al menos con el cigarrillo? En la esfera
académica los fumadores eran legión. Marcos advertía el placer que les
procuraba fumar. Natalia fumaba allí, en frente de él, mientras hablaban de
poesía. Hernán era otro botafumeiro. Era ostensible la delectación que
reflejaban al darle chupadas al cigarrillo. Quizás aquella mujer tuviese razón.
Su curiosidad llegaba hasta ahí. Soltarse, divagar en esas volutas de humo: no
sabía lo que era eso. Un personaje de La montaña mágica, Joachim, hace una
apología del cigarrillo. Debe ser una cosa deliciosa fumar, desde que no se
vuelva un acto mecánico, desde que seamos conscientes del transporte que nos produce,
la orilla de sosiego a la que nos lleva. Esa mueca de contrariedad de Natalia
al descubrir que no quedaba un solo cigarrillo en la caja vacía. En seguida
salió a agenciarse uno. Tuvo suerte. Si nos fumamos una caja sin que nos demos
cuenta, ya no hay magia. Es un vicio. Se nos salió de las manos. No podemos
dominarlo. Somos esclavos. Esto es lo que pensaba Marcos, mientras oía la voz
de Natalia que le preguntaba hasta qué punto era serio su compromiso con la
literatura. Si simplemente era un pasatiempo o si quería ser uno de los
grandes. Y el humo seguía elevándose, ingrávido, azulino, neblinoso. Y entre
los rostros que irrumpían y se desdibujaban en la nube, en medio de relámpagos,
estaba el de Arizmendy, que acaso también quiso ser uno de los grandes, pero
que dio un paso al lado, saliendo de escena prontamente. Natalia también se
había exigido un alto nivel en la escritura. Sus ensayos sobre escritores rusos
aparecían en revistas y se comentaban en el círculo académico. Como autora, era
un referente importante en el escenario de la literatura infantil. Igual que
Estévez, se preocupaba por reunir una obra. ¿Qué era una obra? Un buen conjunto
de trabajos, un cuerpo amplio y contundente de textos donde se expresa la
fuerza y la diversidad del pensamiento. Una carta de presentación. Una imagen
sólida en el campo de la creación. El fruto de toda una vida. Natalia y
Estévez, en su rol de viejos trasegadores del arte, lo habían conseguido. La
senda de Arizmendy fue corta, cruzada por la
tormenta. No escapó al torbellino de aquellos años en que la violencia
del narcotráfico desfiguró la ciudad. Él mismo llevaba dentro un volcán presto
a estallar, la desazón de la vida, la tragedia del amor. El muro al que sus
manos se agarraron mostraba una línea de picos de botella, su camino fue
cerrado por una alambrada. Intentaba acallar su dolor en el estruendo de la
música de los bares de salsa, en el aguardiente, en la osadía de unas ideas
expresadas entre los contertulios bohemios. Tras las horas de gregarismo y
desenfreno, se percataba de que la soledad era, desde todo punto de vista, un
costado más amable, y en ella se refugiaba. Enaltecía su existencia con una
temporada de ascetismo, lecturas, escritura. Pecador impenitente, volvía a
sumirse en el vórtice.
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