viernes, 20 de agosto de 2021

Natalia PIkouch (Cap.18.)

*Son actos frecuentes y harto naturales en mí: estirar el brazo y coger un libro del anaquel de mi biblioteca, estudiar una partida de ajedrez (por ejemplo, entre Karjakin y Shirov). Por estos días, mi elección del libro en mi anaquel tropieza a menudo con la novela del amigo Jhony, Tribulaciones de un punk. También es muy probable que la partida de ajedrez que tome por objeto de estudio sea protagonizada por un gran maestro ucraniano. Maravillosa urdimbre de los días. Converso con María luego de muchos meses de incomunicación y ella me recuerda que su madre se llama Sonia. Exactamente como la heroína de Crimen y castigo, del mismo modo que yo te nombraba en los lapsus o los dislates de mi conciencia. Sonia. La novela de mi amigo Jhony es un poco lo que Estévez nos animaba a hacer, escribir una novela de la u, algo que, según él,  todavía no se había escrito. Para nosotros, los alumnos de Estévez, una novela de la u no podía ser sino una novela de la Universidad de Antioquia, nuestra universidad. Tribulaciones de un punk es también una novela del barrio Castilla, una obra muy musical, y este es un tanto que el amigo Jhony se anota. A Shirov se le irán las luces, inutilizará un alfil en la casilla h6, un alfil que luego habrá de traer a f4 y que en seguida sacrificará comiendo el peón de g3.  Karjakin triunfará gracias a un caballo de ventaja, que al final hará su parte.

En mi anaquel, he puesto Tribulaciones de un punk al lado de Cinco ensayos sobre literatura rusa contemporánea, un poco en honor a aquella época. Ahí mismo, pegaditos, están los títulos de Estévez, y también los míos. Ahí debiera estar asimismo algún título de Hernán, Visiones terrenales, pero un amigo sin demasiados escrúpulos se quedó con esta obra, años atrás, luego de que me la pidiera prestada. Si prestas tus libros, tu música o tu dinero, pasarás un mal rato, lo más seguro es que no te los devuelvan. María todavía no publica un libro, aunque le da vueltas en la cabeza a la idea de lanzarse al mundo editorial con sus poemas. Ignoraba que María tuviese una colección de poemas. Sé que en los tiempos de la u ella anotaba sus sueños. Pensaba que, cuando más, se lanzaría al ruedo con un libro de crítica literaria. No, ahora que lo pienso, María siempre ha gustado de la poesía. Debe ser su reducto secreto. Hoy que volvemos a hablar, me confía su esperanza al respecto. A tiempo, los poemas de María. Me confía además que aún conserva mi poema Stonehenge. Es un texto que escribí en los años de la u. Me deja estupefacto. Y se me antoja una sacerdotisa druida que guardara el sagrario y revelara el camino a los iniciados. Ese poema traza un puente sutil entre María y yo, como la cinta de seda de la que habla Emily Dickinson. Los muchos años de amistad, con inconstancias y dudas, tienden también entre nosotros su poderosa estructura de hormigón. Pero ese poema Stonehenge (esa cinta de seda) es una cosa especial.

En mi afán de recabar anécdotas sobre ti, el amigo Jhony no me será de mucha utilidad, me sugerirá que hable con Hernán. Ese amigo Jhony y su memoria, tampoco recuerda a Arizmendy. Guzmán tiene una teoría interesante sobre la memoria y el hecho de recordar. Algo como que recordamos lo que queremos recordar, y que tejemos una red de intereses y supuestos en torno a los recuerdos. Algo así. Ah, sí, lo que Guzmán piensa con respecto al recuerdo es que parece un fenómeno con identidad propia. Y aporta el ejemplo del pacto de sangre que María y él hicieron una noche en una taberna. “¿Cómo es posible que, con respecto al pacto de sangre, los tres recordemos haberlo celebrado en lugares diferentes? María dice que fue en un cabaret de salsa por Cinecentro, cerca de la Oriental, yo también digo que fue por la Oriental, pero por la subida a Manrique, y tú, Marcos, afirmas que fue en una taberna de Colombia, una cuadra abajo del CEFA. Demás que eres tú quien tiene razón, porque tú todo lo anotas”. Bueno, en lo que sí coincidimos los tres es que fue en un lugar donde retumbaban los cueros y chillaban los cobres. Guzmán tampoco recuerda mucho de ti. Pero María me sorprende, inopinadamente, con dos recuerdos tuyos: el violinista de la u que andaba enamorado de ti y que, trepado en un árbol en la zona verde detrás de Troncos, tocaba la Sonata a Kreutzer cuando pasabas rumbo a tu oficina. Chorreaban la baba, eras muy voluptuosa, recuerda María. Sí, la Sonata a Kreutzer es también un cuento de Tolstoi, claro. El violinista enamorado era, según María, de color canela y verdes ojos, la encarnación del tipo romántico.

El otro recuerdo de María tiene que ver con tu hermana, la cual vino a vivir un tiempo a Medellín y ganó cierta notoriedad como sanadora (María dice “como bruja” y yo recuerdo los cuentos de Afanasiev, la Bruja Yagá). En esos días María trabajaba como promotora de lectura en Comfenalco. Una de sus hermanas estaba enferma de lupus y fueron a una sesión con tu hermana. Era un ritual “muy loco y bonito”, dice María. La sanadora hablaba en un idioma raro (no podía ser sino ucraniano) e invitaba a sus pacientes a que cerraran los ojos y le describieran qué colores veían. Hubo un color que María no vio y esto la dejó preocupada. Tras la sesión, tu hermana ordenaba a los catecúmenos que fueran a una iglesia y prendieran velas. María siguió la orden, pero no prendió el número de velas recomendado, y esto también la preocupó. La sanadora se atrevía a hacer pronósticos sobre la fortuna o la forma de la muerte. Guzmán tiene más información al respecto, dice María. Hasta debe recordar el nombre de la hermana de Natalia, porque él la visitaba, acudía a sus servicios.              

 


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