jueves, 5 de agosto de 2021

Mi maestro XLIX

*Es saber que a Ole Andreson lo van a matar. A Ole Andreson lo buscan dos hombres con traza de gansters  que llegan al hotel donde suele ir a comer a las seis. Estévez les decía que estudiaran los amarres en este cuento de Hemingway y, sobre todo, los diálogos, qué maestría. El título es un amarre. Desde el título se prefigura el final: Los asesinos. Ole Andreson es boxeador peso pesado, se ha metido en líos de apuestas en Chicago y ha salido mal librado. Huye. Se esconde en Summit. Vienen por él. Pero el verdadero protagonista es Nick Adams, un muchacho que se encuentra en el restaurante al momento de llegar los dos hombres y que, enviado luego por George, el encargado, va a la pensión de Hirsch a avisarle a Ole Andreson que lo van a matar. Conversa con el boxeador. Este dice que no hay nada qué hacer, que ya ha huido bastante. Nick regresa al restaurante y le informa a George el resultado de su visita. Nick decide irse de Summit. El diálogo es el alma de este cuento. Por este recurso el lector se entera  del grueso de la historia.

Los asesinos recuerda en algo a Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez. Todos en el pueblo saben que al personaje lo van a matar, pero no hay nada qué hacer. Ole Andreson (el vikingo), igual. No hay escapatoria. Toda la vida, desde que se inscribió en el taller y lo desmenuzaron pieza por pieza, Marcos tuvo en mente ese cuento de Hemigway. Loa asesinos. Era una imagen de la vida, del arte. El escritor es un asesino. ¿No escribió  Henry Miller El tiempo de los asesinos?  El artista, en todo caso, es un carroñero. Leonardo Da Vinci estudiaba anatomía en los cadáveres, en busca de una expresión plástica, ajustada a la realidad. Juan Rulfo visitaba los cementerios y miraba en las lápidas los nombres de sus personajes. Estévez comentó más de una vez esta insensibilidad del artista. En Servidumbre humana se habla de un personaje que, ante el lecho de muerte de su madre, saca su libreta de apuntes y comienza a anotar el proceso de deterioro del cuerpo reducido por la enfermedad, pendiente de captar en detalle la manifestación del morbo y el trabajo de la muerte. La luna y seis peniques, del mismo Maugham, es la historia  de Charles Strickland, un pintor (Paul Gauguin) que abandona todo (trabajo, familia) y se marcha a la Polinesia a buscar inspiración para su arte.

Asesinos de la moral y las costumbres, los artistas, que hacen de sus propias vidas, en muchos casos, un infierno. Hogares defenestrados, relaciones sociales truncas, bebida, drogas, suicidio. Son el tábano de la sociedad, pero a la vez su propio azote. Acaban mal estos tipos. Como Ole Andreson perdido por su mala cabeza en las apuestas. Sí, es el tiempo de los asesinos. El divorcio, los hijos abandonados, ese no importar los patrones del mundo, ese ir contra las convenciones. Ese lucrarse de la fetidez de ultratumba para conseguir un tono hermoso o una frase sonora. Escriben muy bonito, pintan bellos cuadros, pero dejan tras de sí una estela de catástrofe y dolor. Familias descabaladas, retoños librados a su propia suerte, todo en loor a esa titánica y despiadada pasión del arte. Cierta vez Marcos se sorprendió imitando la tenebrosa tarea de Rulfo. Entró al cementerio de Caldas y pasó entre las losas escribiendo nombres de difuntos en su cuaderno. Hasta un no sé qué de tétrico y vampiresco tenía esta actitud. Se trasnochan, pasan en vela, destruyen la salud. La vida nocturna, la caza de experiencias fuera de límite, verdaderos guillados. Por supuesto, hay artistas juiciositos, amoldados al sistema, de hábitos pulcros. Era como si el artista verdadero debiese tener el sello de maldito. Era lo que Luis cuestionaba cada rato, criticando a algún poeta local que se las daba de Caín, de muchacho terrible, a lo Rimbaud y los poetas malditos. Luis transigía con una vida tranquila, retirada, opaca. Nada de alborotar el mundo creyéndose la encarnación de Verlaine o de Óscar wilde. Pero he ahí lo que alguien censuraba a Luis, su falta de osadía, su calmado leer libros y escribir crónicas, sin otorgar a la vida esa revulsión de la rebeldía. Claro, Luis ya no era un muchacho. La rebeldía es de la juventud. Uno acaba por acomodarse, por marchar.

Es así como todos los días se va contra el mundo, se lo asesina, se lo desautoriza, se le grita en la cara: “no creo en ti”. La literatura tiene mucho de culto a los muertos, como ese libro egipcio de invocaciones para los que inician el último viaje. Parafraseando a Sábato, se escribe sobre héroes y tumbas. Una labor excrementicia. Eso le parecía a Marcos su gavetada de cuadernos acumulados tras años de escritura, el paciente trabajo de un escarabajo carroñero. Ahí estaba también Estévez con sus gavetadas de agendas. Pero Estévez había muerto. ¿Quién expurgaría todo eso? Marcos había oído que en la fundación se pagaba a una secretaria para realizar esta labor, con vistas a publicar todo ese material inédito, en obras semejantes a Diario de un escritor. Ese prurito de acumular y guardar cuadernos y agendas también tenía algo de roñosería. Como un niño al que sus padres le regalan un balón en navidad y que no quieren prestarlo a los demás. “Déjalo, es mío”. Se relamía con los cuadernos y las agendas intactos. Se imaginaba placenteras y afanosas horas de escritura, violando el sacro templo de la hoja en blanco. Peligraba todo cuaderno con hojas limpias que dejaras olvidado por ahí. Marcos se lo echaría al bolsillo y lo emplearía del modo que sabemos. Destilando hediondez.                        

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