*Por qué me llama Sonia, por qué no se aprende mi
nombre, cuántas veces se lo he repetido, con una pizca de reconvención. No
acaba de gustarme, tiene algo de descortesía, de dársele un ardite ocho que
ochenta. ¿O será puro despiste? ¿O una soterrada intención de zaherir? La
verdad, no es que Sonia me choque. Acaso me confunde con esa profesora de
literatura colombiana. Es natural que un primíparo se haga un lío con ese
frangollo de cursos, profesores, aulas, documentos. Más que un lapsus, debe ser
una desatención que luego se encasquetó en su mente. Es como el que aprende mal
un idioma, después, por más tiempo que pase y lo practique, persistirá la
pronunciación defectuosa o la discordancia gramatical. Eso debió ocurrirle con
mi nombre. Esa profesora de literatura vernácula, cuya oficina está en el
cuarto piso. Se llama Sonia. Sí, ese sancocho de nombres de catedráticos, de
asignaturas y nomenclaturas de bloques y de salones: Pedro Pérez, Desarrollo
Cognitivo, bloque 10, aula 122, etcétera. Cualquiera se confunde. Todavía más
un muchacho, un ser que aún anda un poco en las nubes, que está pendiente de
tantas frivolidades, que el culto a los músculos, que el partido de fútbol, que
la salida a la disco. Así son los jóvenes. Por poco dejan la cabeza por ahí. Es
otro universo, sin duda. Son como niños, casi que hay que cambiarles los
pañales. Y cuántas no pasaremos por atracacunas. Puede haber otra explicación,
Sonia, la de Crimen y castigo, la que acompaña a Raskolnikov a su destierro. Si
es este el origen de su dislate, afortunada, puedo darme por bien servida. Esto
ya cambia el asunto, le da una dimensión bonita. Qué honor, Dostoievski. Si
relaciona la literatura rusa con el sustrato de las obras de Dostoievski, si le
recuerdo a Sonia, qué delicia. Debe ser más por este lado. Permítaseme soñar
que es así. Ese Marcos tiene traza de haber leído bastante y de haber pensado
sus cosas. Hasta puede ser un halago, un juego, una travesura en la que se
obstina. Sonia. En ocasiones lo he pensado, y he creído casi adivinarlo en su
proceder. Sencillamente, se divierte, le gusta llamarme Sonia, endiosarme. Es
como una tomadura de pelo, y también como un enaltecimiento. No puede ser tan
despistado. ¡Los encuentros en la u! En la portería, sea que una salga y él
entre, o al contrario, o que los dos entremos, o que los dos salgamos, ¡ese
instante! O en la cafetería, luego de una clase, al amor de un café y un
cigarrillo y una charla. Por no hablar del periódico encuentro en la clase,
donde uno espera verlos llegar, todos esos jóvenes, muchachos y muchachas, cada
uno con su mundo, y ahí está Marcos, el moreno de ojos reposados, el que
siempre me llama Sonia, al que siempre le corrijo: “Natalia”. ¿O será que
Natalia no le parece un nombre bonito? ¿Qué pensará de mi apellido? ¿Qué idea
se hará de las extranjeras? Por ahí hay otra profesora europea, la francesa
larguirucha y desenfadada. A lo mejor no piensa nada serio de todo esto, quizás
sea una la que se hace un lío con ello. Aquí la gente no piensa, vive. No es
como en Europa, donde la gente piensa más que vive. Aquí la gente es calor,
hervor. Es la sencillez de ir por ahí, alternar con el otro, desprenderse del
ego, sentir el pulso del momento y desfogarse. Aquí el mundo todavía es joven,
en una edad irreflexiva. Es como un crío loco y travieso, este mundo de aquí. Y
así es la gente. Es como una veta en bruto, donde hay tanto que labrar.
Oscuridad, pero también esperanza. Y ese muchacho Marcos, que al parecer ha
hecho un pacto consigo mismo y con la escritura. Se lo ve en los pasillos, en
las aulas, en las salas de estudio, por ahí, por lo general en solitario,
siempre escribiendo. Acaso Dostoievski le contagió su morbo. También hace
deporte. Es de los que suele trotar por la circunvalar en el receso del
mediodía. En verdad que se preocupa por su cuerpo. Debiera aprender una migaja
de él, porque ya me preocupan estos kilos de más.
sábado, 7 de agosto de 2021
Natalia Pikouch (Cap.2.)
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