jueves, 19 de agosto de 2021

Natalia Pikouch (Cap.17.)

*Hernán tiene dos fotos de Natalia. Me gustaría hacerme con ellas. Por estos tiempos de pandemia, es un asunto difícil. Sería una nonada si Hernán me las enviara por wasap, pero me temo que él es anticuado, que no tiene celular. Tampoco es que yo sea de vanguardia. Sin embargo, para mí resultaría sencillo visitar a Hernán, pedirle que me enseñe las fotografías de Natalia y, con mi celular, hacerme a las imágenes. Lo que pasa es que estamos en pandemia y es muy complicado moverse de un lado a otro. Hay demasiadas restricciones. Hernán me ha invitado a su casa. Le he dicho que estoy escribiendo sobre Natalia, que me interesa recabar información al respecto, en fin. Se me puso a la orden, siempre y cuando esté dispuesto a pasar por el protocolo de higiene de su ama. Con cuanto gusto me recibiría y me daría preciosos detalles de Natalia. Me facilitaría algunos de sus textos, me mostraría las dos fotografías. Todo esto al amor de un tinto, que Hernán se deleitaría en compartir conmigo. El ceremonial de la ama no acaba ahí. Pasado el primer control, el del umbral, debo acceder a darme un duchazo y cambiarme de ropa. Solo entonces podría sentarme a conversar con Hernán. Ya hemos tenido dos conversaciones telefónicas. Hernán usa teléfono fijo, cuyo número tiene siete cifras. Conseguí su número con el amigo Jhony. Qué don de gentes tiene Hernán. Nomás llamarlo, presentarme y ponerlo en situación para que, en seguida, se preste a hablar de Natalia. Fueron colegas en la universidad. Más que eso, fueron verdaderos amigos. Hernán estuvo hasta lo último al lado de ella. Fue testigo del momento radioso que vivió en su lecho de enferma, cuando un amigo común se presentó con su libro, un libro que ella amaba sobremanera (Cinco ensayos sobre Literatura rusa contemporánea). Experimentó una inmensa alegría al palpar el volumen con sus manos. Fue un instante de lo más hermoso. Hernán la sobrevivió, aunque también anda con achaques de salud. Las piernas le fastidian bastante. Un mal que lo aqueja hace más de veinte años y con el que ningún médico ha acertado. Debe andar extraviado en la borrachera de la vejez, a  expensas de la empleada, a la cual  cedió el gobierno de su casa y, un tanto, de su persona. Toda su felicidad debe ser su viejo y fiel snauser, Charly,  y sus libros, y su música, y sus jarrones italianos, uno de los cuales se lo obsequió Natalia. Debe sentir nostalgia de sus alumnos, de muchos de los cuales ha sido tutor en asuntos literarios. ¿Será que la ama es menos chapada a la antigua y consigo las fotos con ella? Haré otro Intento.  Lo llamaré de nuevo. Pensé que en el libro de los ensayos, que compré en estos días, saldría una foto de Natalia. Suelen poner una en la solapa o en la contratapa Esta expectativa me alentó en no poco grado a adquirirlo, a arriesgarme a ir a un centro comercial, aviado con tapabocas y un pomito de alcohol en spray. Cuando la vendedora me lo entregó, ansioso, busqué en las solapas y en la contratapa: Nada de fotografía. En la contratapa aparecía una presentación del libro, a cargo de Iván Hernández, director de la colección. Eso era todo. Entre amigos y conocidos de la vieja guardia he realizado otras pesquisas. En vano. Para qué pensarlo más. La ama de Hernán ha de ser mi puente. Son dos fotos. Una de estas, según testimonio de Hernán, fue tomada en la finca de Iván Hernández, en Fredonia, durante un paseo. En ella aparecen Natalia y Hernán, ella en un vestido vaporoso, él en una pantaloneta cortica. Algo digno de ver. Es lo que pienso. Hernán en tanga.                

 

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