*Hernán tiene dos fotos de Natalia. Me gustaría hacerme con ellas.
Por estos tiempos de pandemia, es un asunto difícil. Sería una nonada si Hernán
me las enviara por wasap, pero me temo que él es anticuado, que no tiene
celular. Tampoco es que yo sea de vanguardia. Sin embargo, para mí resultaría
sencillo visitar a Hernán, pedirle que me enseñe las fotografías de Natalia y,
con mi celular, hacerme a las imágenes. Lo que pasa es que estamos en pandemia
y es muy complicado moverse de un lado a otro. Hay demasiadas restricciones.
Hernán me ha invitado a su casa. Le he dicho que estoy escribiendo sobre
Natalia, que me interesa recabar información al respecto, en fin. Se me puso a
la orden, siempre y cuando esté dispuesto a pasar por el protocolo de higiene
de su ama. Con cuanto gusto me recibiría y me daría preciosos detalles de
Natalia. Me facilitaría algunos de sus textos, me mostraría las dos
fotografías. Todo esto al amor de un tinto, que Hernán se deleitaría en
compartir conmigo. El ceremonial de la ama no acaba ahí. Pasado el primer
control, el del umbral, debo acceder a darme un duchazo y cambiarme de ropa.
Solo entonces podría sentarme a conversar con Hernán. Ya hemos tenido dos
conversaciones telefónicas. Hernán usa teléfono fijo, cuyo número tiene siete
cifras. Conseguí su número con el amigo Jhony. Qué don de gentes tiene Hernán.
Nomás llamarlo, presentarme y ponerlo en situación para que, en seguida, se
preste a hablar de Natalia. Fueron colegas en la universidad. Más que eso,
fueron verdaderos amigos. Hernán estuvo hasta lo último al lado de ella. Fue
testigo del momento radioso que vivió en su lecho de enferma, cuando un amigo
común se presentó con su libro, un libro que ella amaba sobremanera (Cinco
ensayos sobre Literatura rusa contemporánea). Experimentó una inmensa alegría
al palpar el volumen con sus manos. Fue un instante de lo más hermoso. Hernán
la sobrevivió, aunque también anda con achaques de salud. Las piernas le
fastidian bastante. Un mal que lo aqueja hace más de veinte años y con el que
ningún médico ha acertado. Debe andar extraviado en la borrachera de la vejez,
a expensas de la empleada, a la
cual cedió el gobierno de su casa y, un
tanto, de su persona. Toda su felicidad debe ser su viejo y fiel snauser,
Charly, y sus libros, y su música, y sus
jarrones italianos, uno de los cuales se lo obsequió Natalia. Debe sentir
nostalgia de sus alumnos, de muchos de los cuales ha sido tutor en asuntos
literarios. ¿Será que la ama es menos chapada a la antigua y consigo las fotos con
ella? Haré otro Intento. Lo llamaré de
nuevo. Pensé que en el libro de los ensayos, que compré en estos días, saldría
una foto de Natalia. Suelen poner una en la solapa o en la contratapa Esta
expectativa me alentó en no poco grado a adquirirlo, a arriesgarme a ir a un
centro comercial, aviado con tapabocas y un pomito de alcohol en spray. Cuando
la vendedora me lo entregó, ansioso, busqué en las solapas y en la contratapa:
Nada de fotografía. En la contratapa aparecía una presentación del libro, a
cargo de Iván Hernández, director de la colección. Eso era todo. Entre amigos y
conocidos de la vieja guardia he realizado otras pesquisas. En vano. Para qué
pensarlo más. La ama de Hernán ha de ser mi puente. Son dos fotos. Una de
estas, según testimonio de Hernán, fue tomada en la finca de Iván Hernández, en
Fredonia, durante un paseo. En ella aparecen Natalia y Hernán, ella en un
vestido vaporoso, él en una pantaloneta cortica. Algo digno de ver. Es lo que
pienso. Hernán en tanga.
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