martes, 17 de agosto de 2021

Natalia Pikouch (Cap.15.)

*Mi favorito es Hikaru Nakamura, ajedrecista norteamericano de origen japonés. Las cosas del afecto son así. En un match entre el campeón del mundo (Magnus Carlsen) e Hikaru Nakamura, mi corazón se inclinará por el segundo. Esto es lo que se llama emoción, parcialidad, gusto, y nada tiene que ver con la razón. Lo mismo Eisenstein. A pesar de todo lo que se diga sobre su adhesión a la Revolución, sobre su ateísmo, etcétera, a mí me gusta. Es, antes que todo, un artista, un hombre sensible. Por otra parte, era un genio. Su escena de la escalera de Odessa ha sido celebrada y homenajeada por grandes cineastas. Una escena que cambió  para siempre la historia del montaje en el cine. Además, no es eso solamente. No es porque muestre atributos mayores, porque triunfe, que alguien nos gusta. Es merced a un elemento más sutil e inefable. De cualquier modo, eso de adherirse a algún –ismo no deja de generarme desconfianza. Tú te esquinaste hacia el cristianismo ortodoxo, una elección que no tiene nada de extraño. Es una religión de arraigo en el pueblo ruso, desde el siglo X y la conversión de la princesa Olga, en Kiev.

Odessa es una ciudad ucraniana, un puerto sobre el Mar Negro. Allí sucedió, en 1905, el motín de los marineros contra los oficiales del acorazado Potemkim. Eisenstein realizó el filme en 1925, cuando la Revolución había triunfado. Lenin había muerto ya, porque la cuerda le duró hasta 1924. Odessa, hermana de Kiev, la capital, de donde eres tú, donde vas de visita cada año, donde te espera tu hermana, donde disfrutas de la comida típica, los joludets, el borsch, el kéfir, el komput, el vodka. La mesa ucraniana ofrece mucha grasa, mayonesa, crema agria, frito, hongos, dulces, pan. Odessa, ciudad marítima; Kiev, ciudad del interior, de montaña, bosques, praderas. Bogdanovich, la joven promesa del ajedrez ucraniano era de Odessa. En 1905 los cosacos dispararon contra el pueblo indefenso que se levantaba en apoyo de los marineros amotinados. Es la famosa escena de la escalera, la madre, el cochecito, el niño. Eisenstein era letón, de Riga, de donde era asimismo Tal, el octavo campeón mundial de ajedrez, renombrado por sus ataques tácticos.

Una tarde en que te visité en la sala de profesores me despediste con un inusual obsequio: una bolsa de hongos. Era el tiempo en que comenzaban a imponerse los champiñones como una variedad nutricional, en que se iniciaba su comercialización a gran escala. Para mí eran hongos, de los mismos que crecen, a la buena de Dios,  en las mangas y el campo. Ante mi extrañeza, me dijiste: “son champiñones” y  me enseñaste cómo prepararlos. Champiñones, un referente importante en tu cocina y en tu dieta. Recuerdo que no me hizo mucha gracia esa bolsa de setas que daban la impresión de no haber sido lavadas. Te reíste de mi escaso mundo y desvaneciste mis temores. Recuerdo que al llegar a casa, le mostré a mamá el obsequio de la profesora. También puso cara de no entender mucho sobre champiñones, y menos de que una profesora encarte a un muchacho con una bolsa de estos. Aun así, me ayudó a preparar la receta, que probamos con desconfianza y, luego, devoramos con satisfacción: deliciosos. Desde ese día me gustaron los champiñones. 

Era una forma de decirme que la alimentación es importante, que debemos cuidarnos, que la salud viene de ahí. Hoy que lo recuerdo, imagino que si alguna vez me hubieses invitado a tu casa, me habrías ofrecido una comida saludable, pan de centeno, semillas y esas cosas. Sé que te gustaba el vino, que fumabas. También sé que la enfermedad te obligó a moderar estos hábitos. En tu casa siempre hubo íconos, elementos de la tradición religiosa de tu pueblo. En tus anaqueles no eran de extrañar los libros con lenguas extrañas en el lomo. Lo mismo ocurriría con las pastas de tus discos. Es muy bella esa modalidad artística de aquellas tierras asiáticas, el canto gutural (Khoomii). Es una cosa de otro mundo, una esencia sin par. Es como imagino a los pilotos de los aviones y las naves espaciales. El elemento en que se mueven y la dinámica de su oficio graban en su rostro un gesto sobrehumano. Esa luz no podemos verla los hombres comunes y corrientes. Son seres de otra dimensión. Es lo que pienso. De igual forma el canto gutural de aquellas culturas. Y tal vez era eso lo que yo veía en ti, la verde y extensa pradera, el jinete asiático, el canto gutural, Ivanchuk, Ponomariov, Bogdanovich.       

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