sábado, 21 de agosto de 2021

Natalia Pikouch (Cap.19.)

*El profesor Hernán fue ese colega y amigo en que Natalia encontró consuelo, y acaso una nueva oportunidad de amor. En esos tiempos los veían conversando en las cafeterías de la universidad, caminando juntos por Junín. Hernán con sus bluyines estrechos y su pinta new way, la rusa con sus vestidos elegantes, de luminosos colores. La pasión por la literatura hermanaba a estos dos seres de existencia descuadernada. Ella había venido de Ucrania, quemando sus naves al arribar a Medellín, pero un agravio sentimental la dejó en la estacada, con un hijo a bordo, kolia. Hernán bordeaba la peligrosa divisoria entre la cordura y el desequilibrio mental. La amistad entre ellos se cimentó con el colegaje y, más tarde, con el agrado en la mutua compañía. Si un profesor de la facultad organizaba un paseo a su finca, era común ver a la robusta ucraniana al lado del fileño y nervioso Hernán. Eran días de juventud y expectativa. Hernán solía visitar a Natalia en su apartamento de Bello, estaba al tanto del crecimiento de kolia. Natalia se preocupaba por dar una educación de calidad a su hijo, priorizando el gusto por la lectura y la música. Fue así como le compró un violín y lo inscribió en unas clases en jornada contraria al colegio. Al parecer, el chico no correspondía a los intentos de la madre por brindarle una cultura artística. Los que veían a la pareja de madre hijo ir por los tránsitos de la universidad, notaban  cierto enfado en el muchacho que cargaba el violín, advertían que marchaba como a contracorriente, siempre una migaja detrás. Asimismo, cuando Natalia tenía oportunidad de hablar con el profesor de español de kolia, se enteraba, a su pesar, de que el chico  tampoco manifestaba mucho fervor por la lectura.

Muchos pensaban que Hernán y Natalia eran novios. Pero como que Hernán tenía otros gustos. Pasaron unos años y Natalia abandonó el curso de literatura rusa, cogiendo el de teatro. Hernán empezó dando literatura rusa, pero nomás llegar Natalia a la u, se la cedió y él dictó literatura griega, en la que se mantendría firme hasta que se pensionó. Quizás en esta deferencia inicial radicaba el amable nexo entre ellos. Mientras tanto, kolia crecía. Tenía el apellido del papá, pero muy rara vez lo veía. Natalia hacía lo posible por mantenerlo alejado de una influencia tan perniciosa. El tipo era un borrachín. Cierta vez en que kolia se encontró con el papá, le preguntó, cándido, por qué tenía la nariz tan roja. El hombre pasó un momento de bochorno y salió del paso con cualquier pavada. Entretanto, Natalia cambió de colegio a kolia, buscando siempre un estilo de educación personalizada, con énfasis en el desarrollo cultural. En este tiempo Luis fue profesor de español de Kolia en el Colombo Francés. Hernán seguía siendo ese amigo cercano, ese bienvenido huésped, ese camarada de charla y de compartir un vino, una cena, música. Un espíritu afín. kolia veía en Hernán a un ser bastante extraño, un tanto estrambótico, con todo ese amaneramiento y esos gestos exagerados y todo ese balar sobre libros, autores, ideas, en fin, era una fumarola irredenta, un tenaz consumidor de café. Esto debía sacar de casillas al muchacho, que ya era un adolescente, y que había enfrentado a la mamá con respecto a su futuro con el violín, aterrizándola con la decisión de abandonar el instrumento. Hernán, mientras tanto, se dedicaba a dar lata con sus estadas en clínicas de reposo y sus intentos de suicidio, asuntos que se constituían en pábulo a chismes y risotadas en los corredores de la u. La perfidia no estaba ausente de los comentarios de algunas personas, quienes afirmaban que estas crisis de Hernán coincidían con las peleas con su amigo de turno. También le endilgaron el apodo de Diablito, porque en sus intentonas de autodestrucción solía usar un químico llamado Diablo Rojo, especial para desatascar cañerías.

La vida intelectual de Natalia giraba en torno a la literatura, a su deleite por la poesía y los cuentos populares. Había alcanzado renombre en el círculo académico de la ciudad y sus seminarios gozaban de bastante demanda. No era raro que cualquier condiscípula de la universidad con la que trabaras palique, te contara que había estado en una conferencia de Natalia, exaltando la notoriedad del evento y haciendo constar lo mucho que le había aportado. Los simpatizantes de Natalia difundían aquí y allá la tradición del cuento maravilloso y un rico acerbo de narraciones y letrillas. Era este mundo de la literatura infantil lo que ella amaba por encima de todo. Recién llegó a Colombia, participó en un concurso de cuento infantil, llevándose el primer puesto. En la premiación estaba incluida la publicación del relato. Su cuento se titulaba El botón azul. Algunos de sus estudiantes desconocían esta faceta de Natalia como autoridad en literatura infantil que ella, acogotada por la dilatada bibliografía del curso, y por lo reducido del semestre, apenas alcanzaba a tocar. Si de ella dependiera, dedicaría la mayoría de las sesiones a hablar de los relatos maravillosos. De hecho, comenzaba con este tema, en el que no podía ocultar su felicidad. Y luego venía la inevitable seguidilla de los inmortales: Pushkin (Eugenio Onieguin), Gogol, Dostoievski, Tolstoi, Iván Turguenev, Nabokov. Y ella se lamentaba de que tuviese que verlos a troche y moche, porque cada uno de ellos ameritaba, por lo menos, un semestre completo. Era para mesarse los cabellos el hecho de tener que trozar de manera tan chabacana a Dostoievski. De que solo tuviese una clase o dos para dedicarle a Gumiliov, Bulgákov, Ajmátova, sus queridos poetas.  

Kolia era ahora un universitario que había optado por una ingeniería, confiando su porvenir en el pragmatismo. No le daba mucha confianza ese mundo libresco en el que había visto desempeñarse a su madre. Creía notar que a todos esos literatos les faltaba una tuerca o cojeaban por algún lado. Él iría a la fija. Haría parte de una compañía bien posicionada, con un sueldo de lujo. Adiós a las privaciones de la infancia. Quería casarse, tener una familia. Quería viajar, conocer mundo. Del borbollón de los años y del naufragio de la adolescencia, había sacado algo en claro. No quería parecerse a Hernán, ese pedante, ese intruso, ese alfeñique delirante que tenía el descaro de deslizarse a su subconsciente convertido en pesadilla. Siempre imaginó que el colmo de su desdicha sería que este personaje ridículo se presentara en su fiesta de bodas. Por kolia, era descontado que no lo invitaría. Pero había que contar con su madre. Kolia siempre contaba con ella.                                         

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