sábado, 31 de julio de 2021

Mi maestro XL

Restrepo no se fiaba de los talleres de escritores. Estimaba a Estévez por su calidad como escritor y como persona, pero su actitud era de suma reserva cuando Marcos le hablaba del taller. Luis era otro que demostraba desconfianza de estos cenáculos. Al contrario de Restrepo, que acogía la figura de Estévez en una cálida comprensión, Luis no acababa de tragárselo. ¿Qué era al fin de cuentas un taller de escritores? Así como existen academias de pintura, de equitación y de toda índole de artes, es natural que los que anhelan formarse en la escritura también tengan donde acudir. Y esta era la oferta del taller de escritores. No hay nada descabellado en ello. Pero hay gente que le tiene tiña. Es preciso anotar que el de Estévez y el de Mejía Vallejo iban más allá de un simple curso de redacción. Eran espacios para literatos, para los picados por el morbo de la creación. Por supuesto, se hablaba de las habilidades básicas de la exposición escrita, brevedad, claridad, concisión y esas cosas. Pero a la hora de abordar el tema literariamente, el referente bibliográfico marcaba la diferencia: Italo Calvino y sus Seis propuestas para el próximo milenio, por ejemplo. El autor italiano afirma que debemos resguardar algunas cualidades importantes de la buena literatura, y propone la levedad, la rapidez, la exactitud, la visibilidad (imágenes), la multiplicidad (el libro que sea todos los libros) y la consistencia (solidez estructural). 

Es natural también que exista cierto recelo contra los talleres de escritores, en el sentido en que opinaba Blandón, por ejemplo, en que pueden coartar la imaginación. Esto depende del orientador y de sus premisas. Estévez era apegado a la técnica, al decálogo del escritor, al estilo de Horacio Quiroga, algo que podía ser frustrante para algunos espíritus poéticos y fantasiosos. Porque hay gente que es más suelta, que abomina de entrada de las reglas y las cortapisas. Se escribe con libertad, con sueños, no con estructuras y recetas. ¿Quién tiene la razón? Es una eterna dicotomía. 

Ángela, compañera de Marcos en la u, puso el grito en el cielo el día en que vio la agenda de Estévez y sus láminas eróticas, lo tachó de viejo verde. Desde esa oportunidad, Estévez le entró en reversa, lo tenía en mal concepto. Por nada del mundo se matricularía en una clase con él. Era una mujer a la que le gustaba escribir. Tenía por costumbre anotar sus sueños. Siempre quiso reunirse en una tertulia donde pudiera leer sus escritos. Con el tiempo acabó recalando en el taller de Jairo Morales. Es que además de Mejía Vallejo y de Estévez, la Piloto tenía otro tallerista, Jairo Morales, escritor reconocido. De hecho, Estévez lo incluyó en su primera Antología Comentada del cuento antioqueño (su cuento, "Por casasolo"). Era producto de los talleres de escritores, como José Libardo Porras, Luis Fernando Macías y Olivia Osorio Rivera, entre otros. Ángela estaba amañadísima en el taller de Jairo Morales. Marcos habló alguna vez con ella al respecto, y lo que sacó en claro es que era un espacio parecido al de Mejía Vallejo, donde una dama apasionada por la escritura podía leer tranquilamente sus textos, sin el temor de una crítica acerada. Se escribía, se leía y comentaba en la sesión, etcétera. Después de la muerte de los dos viejos escritores (Mejía Vallejo en 1998, Estévez en 2007), el reinado pasó a manos de Jairo Morales, que continuaba con el legado de estos maestros. Ángela parecía tan contenta que Marcos sintió la curiosidad de acercarse algún día por el taller de Jairo Morales. Pero el cosquilleo le duró muy poco. 

Lo que Marcos veía era que, desde el punto de vista de los que dirigían los talleres de escritores, el asunto era un trabajo, ni más ni menos, una opción monetaria. Era una labor de docencia, donde se cobraba un sueldo. No lo hacían por capricho o por amor al arte, no. Recibían un estipendio, como es de esperar. Era una forma de acrecentar las entradas, de ajustar el presupuesto mensual. En lo tocante a la Piloto y, en general, a la administración municipal, el taller era una obra de extensión cultural a la comunidad. En suma, era una política tendiente a la recreación de las masas, un deshollinador. Estévez llegó a dictar talleres, simultáneamente, en varias instituciones. Así que se granjeaba sus pesos. Era un hombre metódico en gastos. Vivía bien, con comodidad. Y lo mismo, supone Marcos, Mejía Vallejo, y también el último rey, Jairo Morales. A rey muerto, rey puesto. Imagina uno cuántos plumígrafos habrá tras el puesto que un día quedará vacante. 

Algo se aprende en el rodaje. Además, dicen por ahí que lo que se hereda no se hurta. Marcos también dirigió su tallercito de escritores. En su oficio de maestro de secundaria, en los diversos colegios por los que rodó, siempre mantuvo la veleidad de echarles ojo a los pelaos que descollaban en la escritura. Aprovechaba los descansos para reunirlos y transmitirles los conocimientos aprendidos de Estévez. Pero evitaba hablarles con tecnicismos. Era una labor ad honores, por supuesto, a la que los directivos dedicaban una regia indiferencia.                             

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