*Era eso. La orinada en la
panadería próxima a la estación; la orinada mañanera, solitaria, íntima. La
orinada en un espacio que no era suyo, en un aire que no era suyo, pero que lo
albergaba con una ternura cierta, como la mano tendida de un amor. Era eso. Lo
más dulce, lo más calientito, lo más entrañable que podía hallar entre los
múltiples hechos del día. Entraba a orinar antes de subir al bus. Los baños
estaban al fondo, de modo que debía recorrer todo el espacio de la silletería.
La luz se encendía por sí misma nomás entrar un usuario. A los cinco segundos,
se apagaba de igual modo. Aquello allí estaba tibiecito, escondidito, y uno sentía
una agradable modorra, ganas de dormirse allí, de pie, mientras orinaba. La
casa del final del callejón, tu casa, maestro, concitaba todas estas cosas. Ahí
cerca, en la avenida, se levantaba la estatua de Gardel. Uno subía dos cuadras,
torcía a la izquierda y allí estaba el callejón. Manrique. La vida. A la salida
me detenía a comprar una almojábana, para compensar al dueño por el servicio
del orinal, que era gratuito (algo cada vez menos frecuente en esta ciudad) y
que usaba casi a diario. Me hacía empacar la almojábana en una bolsa y la
guardaba en el morral. Más tarde, en el trabajo, en tándem con el café con
leche, me serviría de desayuno. A diez años de tu fin, a muchos más de haber
estado por última vez en tu reducto de Manrique, en un sustrato vivencial que
era como la eternidad, volvía yo a recorrer tus ámbitos. No puedo decir que me
enseñaras a escribir, pero sí me ayudaste a ser más consistente, a pegarme a la
palabra como una garrapata al huésped del que se sustenta. Creo que el mundo de
mi ficción se afinca en Urabá, de donde partí a los siete años. Tal vez fue mi
abuela quien encendió en mí la llama del fantasear. Mi punto de referencia es
el mar. Esa atmósfera dilatada y azul fue mi bautizo en la sensación. Me
gustaba oír la voz de abuela cuando narraba cuentos. Maestro, creo que, en lo
esencial, estuvimos en desacuerdo, y esto es lo bonito. Esa estéril rama de la
técnica no prendió en mí. El Taller fue una oportunidad para leer grandes
autores, un desachante semanal, que para otros era una penitencia. Pero yo
nunca fui gustoso de diseccionar una obra, revelar su estructura, y cosas por
el estilo. Coincidía con Restrepo en que la literatura, más allá de un
racionalismo a ultranza, es placer. Tú como que olías la abjuración en mí.
Aunque hiciese bien la tarea, en algún repliegue escondía la dinamita. Además,
me guardaba algo. Lo sabías, y me dejabas hacer. Hay que escribir sin plan,
esta era la blasfemia que leías en mis ojos. Lo bello es fruto del azar. Y
bien, en lo que vamos tejiendo hay una mano rectora, un trazo eterno. Quizás
sean las categorizaciones lo que nos mata. Dar nombres encopetados a las cosas.
Mi abuela me contaba de un hombre rubio, un forastero de pobre catadura y pies
descalzos, que apareció un día en la aldea. Tenía ojos claros y rebeldes
crenchas. Se alimentaba de banano y agua. Quizás solo era un vagabundo. Pero
dejó en mi abuela el resplandor de una visión. Así es todo. Gardel. Los
cauchos, los eucaliptos, las leucaenas, las palomas, el rojo tejido de adobe de
las casas, las calles asfaltadas, la gente. La casa de tu última mujer y tu
último hijo, tu última novela. Yo de profesor por allí, en aire de tango, en
fervor de pueblo. Es un encanto ver la luz del día desparramada en las calles,
la gente trasegando de un sitio a otro, picados por la sierpe de lo
transitorio, esmaltados con el óleo de lo perdurable. Viajar en el bus, avanzar
por una calle, pendiente de cuanto nos sale al paso. Tangos. Hubo una mañana en
el colegio en que, a partir de cierto instante, comencé a oír tangos. Creo que
fue ahí donde todo comenzó a confabularse para que descubriera tu casa,
maestro. Era en la sala de profesores. Un canario se acercó a husmear al
ventanal, viniendo desde el boscaje y los murmullos de la cañada. Fue el hilo
que remató la filigrana de la evocación. Los tangos, sin duda, fueron el
comienzo. Sonaron tan bellos, tan nostálgicos, con su valentona y su arrastrada
virilidad, que nunca como entonces pude captar el alma de esta música. Los
sonaba un vecino, acaso un taxista en su día de pico y placa, tal vez desde un
canal de televisión o desde un equipo de sonido convencional, añoso. La cañada
bajaba por el traste del colegio. Y fue la cañada situada a espaldas del plantel
la que me recordó tu casa, maestro, que se halla en igual disposición con
respecto a otra cañada que yo recordaba. Me pregunté si no sería la misma. El
sector concordaba con mi memoria (Manrique El Pomar, cerca de la Casa
Gardeliana). ¿Era la misma quebrada? Tuve la corazonada de que sí, era la
misma. Después supe que la nombraban El molino. Los murmurios del agua, el
susurro de la brisa en los árboles, los gorjeos de los pájaros, que yo
escuchaba ahora, eran los mismos que escuchabas años atrás. Por ese conducto
sensitivo de la quebrada bajando, siempre bajando hacia el río, la evocación me
llevó hasta ti, maestro. Todo estaba prescrito. Al salir del colegio, al
mediodía, Óscar Gaitán, el profesor
de educación física, que salía del parqueadero en su renó rojo, me invitó a
subir. Cogió calle abajo. Desde el primer momento vino explicándome: “Esta es
la 76. Esto por aquí es Manrique El Pomar. En esta ye, este ramal coge hacia
los otros Manriques; este coge hacia la 45”. Fue cuando tuve la feliz corazonada
de que pasaría por tu casa. Y así fue. El sector se me hizo conocido. Un aire
de reminiscencia me anegó. A la derecha, en un callejón, al fondo, estaba tu
casa, tal como yo la recordaba. El callejón queda de espalda a la quebrada. Tu
casa es la última de la diestra. ¡Identifiqué la reja! “Por acá vive un
maestro”, comenté a Óscar, trastocando el tiempo de la vivencia y el del
recuerdo. “Qué bueno”. Unos metros más abajo estaba la 45 y la estatua de
Gardel. Unos pasos al sur está la estación del metro con el bautizo
merecidísimo: Gardel. Óscar frenó en el semáforo. Bajé y abordé el metroplús.
martes, 3 de agosto de 2021
Mi maestro XLVI
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