martes, 3 de agosto de 2021

Mi maestro XLVI

*Era eso. La orinada en la panadería próxima a la estación; la orinada mañanera, solitaria, íntima. La orinada en un espacio que no era suyo, en un aire que no era suyo, pero que lo albergaba con una ternura cierta, como la mano tendida de un amor. Era eso. Lo más dulce, lo más calientito, lo más entrañable que podía hallar entre los múltiples hechos del día. Entraba a orinar antes de subir al bus. Los baños estaban al fondo, de modo que debía recorrer todo el espacio de la silletería. La luz se encendía por sí misma nomás entrar un usuario. A los cinco segundos, se apagaba de igual modo. Aquello allí estaba tibiecito, escondidito, y uno sentía una agradable modorra, ganas de dormirse allí, de pie, mientras orinaba. La casa del final del callejón, tu casa, maestro, concitaba todas estas cosas. Ahí cerca, en la avenida, se levantaba la estatua de Gardel. Uno subía dos cuadras, torcía a la izquierda y allí estaba el callejón. Manrique. La vida. A la salida me detenía a comprar una almojábana, para compensar al dueño por el servicio del orinal, que era gratuito (algo cada vez menos frecuente en esta ciudad) y que usaba casi a diario. Me hacía empacar la almojábana en una bolsa y la guardaba en el morral. Más tarde, en el trabajo, en tándem con el café con leche, me serviría de desayuno. A diez años de tu fin, a muchos más de haber estado por última vez en tu reducto de Manrique, en un sustrato vivencial que era como la eternidad, volvía yo a recorrer tus ámbitos. No puedo decir que me enseñaras a escribir, pero sí me ayudaste a ser más consistente, a pegarme a la palabra como una garrapata al huésped del que se sustenta. Creo que el mundo de mi ficción se afinca en Urabá, de donde partí a los siete años. Tal vez fue mi abuela quien encendió en mí la llama del fantasear. Mi punto de referencia es el mar. Esa atmósfera dilatada y azul fue mi bautizo en la sensación. Me gustaba oír la voz de abuela cuando narraba cuentos. Maestro, creo que, en lo esencial, estuvimos en desacuerdo, y esto es lo bonito. Esa estéril rama de la técnica no prendió en mí. El Taller fue una oportunidad para leer grandes autores, un desachante semanal, que para otros era una penitencia. Pero yo nunca fui gustoso de diseccionar una obra, revelar su estructura, y cosas por el estilo. Coincidía con Restrepo en que la literatura, más allá de un racionalismo a ultranza, es placer. Tú como que olías la abjuración en mí. Aunque hiciese bien la tarea, en algún repliegue escondía la dinamita. Además, me guardaba algo. Lo sabías, y me dejabas hacer. Hay que escribir sin plan, esta era la blasfemia que leías en mis ojos. Lo bello es fruto del azar. Y bien, en lo que vamos tejiendo hay una mano rectora, un trazo eterno. Quizás sean las categorizaciones lo que nos mata. Dar nombres encopetados a las cosas. Mi abuela me contaba de un hombre rubio, un forastero de pobre catadura y pies descalzos, que apareció un día en la aldea. Tenía ojos claros y rebeldes crenchas. Se alimentaba de banano y agua. Quizás solo era un vagabundo. Pero dejó en mi abuela el resplandor de una visión. Así es todo. Gardel. Los cauchos, los eucaliptos, las leucaenas, las palomas, el rojo tejido de adobe de las casas, las calles asfaltadas, la gente. La casa de tu última mujer y tu último hijo, tu última novela. Yo de profesor por allí, en aire de tango, en fervor de pueblo. Es un encanto ver la luz del día desparramada en las calles, la gente trasegando de un sitio a otro, picados por la sierpe de lo transitorio, esmaltados con el óleo de lo perdurable. Viajar en el bus, avanzar por una calle, pendiente de cuanto nos sale al paso. Tangos. Hubo una mañana en el colegio en que, a partir de cierto instante, comencé a oír tangos. Creo que fue ahí donde todo comenzó a confabularse para que descubriera tu casa, maestro. Era en la sala de profesores. Un canario se acercó a husmear al ventanal, viniendo desde el boscaje y los murmullos de la cañada. Fue el hilo que remató la filigrana de la evocación. Los tangos, sin duda, fueron el comienzo. Sonaron tan bellos, tan nostálgicos, con su valentona y su arrastrada virilidad, que nunca como entonces pude captar el alma de esta música. Los sonaba un vecino, acaso un taxista en su día de pico y placa, tal vez desde un canal de televisión o desde un equipo de sonido convencional, añoso. La cañada bajaba por el traste del colegio. Y fue la cañada situada a espaldas del plantel la que me recordó tu casa, maestro, que se halla en igual disposición con respecto a otra cañada que yo recordaba. Me pregunté si no sería la misma. El sector concordaba con mi memoria (Manrique El Pomar, cerca de la Casa Gardeliana). ¿Era la misma quebrada? Tuve la corazonada de que sí, era la misma. Después supe que la nombraban El molino. Los murmurios del agua, el susurro de la brisa en los árboles, los gorjeos de los pájaros, que yo escuchaba ahora, eran los mismos que escuchabas años atrás. Por ese conducto sensitivo de la quebrada bajando, siempre bajando hacia el río, la evocación me llevó hasta ti, maestro. Todo estaba prescrito. Al salir del colegio, al mediodía, Óscar Gaitán, el profesor de educación física, que salía del parqueadero en su renó rojo, me invitó a subir. Cogió calle abajo. Desde el primer momento vino explicándome: “Esta es la 76. Esto por aquí es Manrique El Pomar. En esta ye, este ramal coge hacia los otros Manriques; este coge hacia la 45”. Fue cuando tuve la feliz corazonada de que pasaría por tu casa. Y así fue. El sector se me hizo conocido. Un aire de reminiscencia me anegó. A la derecha, en un callejón, al fondo, estaba tu casa, tal como yo la recordaba. El callejón queda de espalda a la quebrada. Tu casa es la última de la diestra. ¡Identifiqué la reja! “Por acá vive un maestro”, comenté a Óscar, trastocando el tiempo de la vivencia y el del recuerdo. “Qué bueno”. Unos metros más abajo estaba la 45 y la estatua de Gardel. Unos pasos al sur está la estación del metro con el bautizo merecidísimo: Gardel. Óscar frenó en el semáforo. Bajé y abordé el metroplús.


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