lunes, 2 de agosto de 2021

Mi maestro XLIII

*Es mi color favorito, el azul. También yo lo hubiese escogido para el atuendo de esa noche de gala, incluida la corbata. Me gustaría creer que tu elección privilegió el criterio nostálgico, más que el vano prurito de la elegancia. Azul es como se ven el mar y el cielo. Es como vemos la tenue burbuja de la vida, más allá de su deleznable grisura. No sé si me hubiese puesto un vestido tan correcto. Pero estoy seguro de que si me hubiera trajeado informalmente, mi camisa habría sido azul. Por lo menos el bluyín no me dejaría caer en flagrante traición. Siempre te vestiste austero, sin faltar al decoro. La ropa, cualquiera que fuese, daría lucimiento a esa alzada imponente. No podías ocultar el orgullo por tu estatura y tu robustez. Eso saltaba a la vista. ¿Por qué hay que privarse de la vanidad? Cuánto bien nos hace el ser conscientes de nuestros atributos. El azul significa para mí ese último punto de honor y de belleza. Esa pincelada de ensueño en un lienzo sombrío. Por eso me gustó tu traje de esa noche. La ocasión no desmerecía.

No sé qué tan a gusto te sentías empacado en ese atuendo ceremonioso. Es el precio que pagamos a las convenciones. Aunque seamos contrarios a ellas, nos resignamos a su férula. Un homenaje es un homenaje. Y esa noche era tu noche. Todo estaba preparado para ti, hasta el último detalle. Las cámaras y los periodistas, el auditorio y la presentadora, la organización y el decorado. Todo encajaba en un plan cuyo centro no era otro que el reconocimiento al escritor meritorio, al prolífico creador de una obra sobresaliente, a Estévez. Se aprovechaba el lanzamiento de tu libro de relatos para brindarte el agasajo. Estaba a cargo del asunto la universidad Eafit, que además cuenta con su propia firma editora. La cosa era por lo alto. Una sala del Centro de Convenciones albergaba al evento, en el marco de la Feria del Libro. En múltiples sitios de la urbe distribuían el prospecto con la programación. Esa noche mi hermana y su novio nos habían invitado a cenar a mi esposa y a mí en el hotel en que se hospedaban. Hojeamos la agenda de la Feria al acabar de comer. ¿Cómo? ¿Estévez? El novio de mi hermana era extranjero. Nada más apropiado para un turista que un chapuzón de cultura. Cogimos un taxi.  

Vuelvo al azul. Nunca he sido muy afecto a los colores de la bandera de mi país. Lo que más me gusta de ella es, sin duda, la parte azul, esa que simboliza nuestra área marítima. Las dos franjas restantes me tienen sin cuidado. Me despiertan simpatía esos países que escogieron el azul como tonalidad mayoritaria de sus estandartes, que a lo más los combinaron con el amarillo o el blanco: Cabo Verde, Palau, Grecia, El Salvador, Honduras, Guatemala, Argentina, Uruguay. Me gustaría creer que al elegir tu vestido de esa noche te alentaron sentimientos semejantes a los míos cuando me refiero a las banderas de los países, al azul del mar. Del todo de acuerdo con tu corbata azul, majestuosa. Hoy me orillo a la decisión de vestir casual. Años atrás me trajeaba como un ejecutivo, y el azul destacaba en mis corbatas, mis camisas y mis pantalones. Claro que te advertí algo incómodo con la corbata, accesorio que no sueles usar. Quién sabe si tu mujer no te ayudó a hacer el nudo. El nudo correcto y ajustado, la prueba, a mi parecer, del estilo en el uso de la corbata. Nunca aprendí a hacer un nudo de esta índole, pero me defendía. En ocasiones, saqué de apuros a algún vecino presto a marchar a una ceremonia. “¿Usted sabe hacer el nudo?” “Claro, venga”. Asunto arreglado. Muchas gracias. Con gusto.

Siempre me he sentido bien con el color azul en la ropa. Es un tono que eleva. Por eso me pareció que te habías anotado un tanto. Llevabas el vestido con altura. Te mostrabas altivo y digno, según la costumbre. La concurrencia fue nutrida. Todos estaban pendientes de ti. En los instantes previos al comienzo del acto, en ese burbujeante entrevero del corredor y la sala, tu figura acaparaba la atención. Era el momento para cruzarse con algún conocido, para un saludo cortés y una breve charla. El desinhibido preámbulo. Saludé a Arteaga, que andaba con sus dos hijos. Arteaga quería que se lo tragara la tierra. Unos minutos antes, le habías restregado en la cara lo del libro que le regalaste y que después hallaste en una venta callejera. Se lo restregaste en la cara y se lo obsequiaste por segunda vez. Con un volumen de tu nuevo libro de relatos en la mano, el que lanzaban esta noche, aguardabas que empezara el protocolo, que te requirieran desde la mesa donde se sentarían las eminencias. Esa noche eras la principal eminencia.

Ya en la sala, te vi sentado en la primera fila, algo envarado en tu traje formal. El libro en las manos, y estas entre las piernas, delataban cierta timidez. La salita estaba llena, la mesa del protocolo, lista. Nos estrechamos la mano. Cambiamos unas palabras. “¿Sigue escribiendo?” “Siempre, maestro”. “No lo deje”. Te presenté a mis acompañantes. Luego te vi pasar a la mesa principal, sentarte entre el rector  de la Eafit y el presentador del libro, un cincuentón con cara de intelectual, reposado y un poco hosco. Nos sentamos al fondo, esquinados, en el extremo opuesto al tuyo. Desde este punto pude observar tu rostro en completa impunidad. Sin embargo, había algo furtivo en mi mirada, lanzada hacia adelante a través de la multitud de cuerpos. Allí estabas, maestro. Vi tu ralo y marchito cabello cano; tu rostro avejentado y tu quietud estudiada. Constaté la maceración de tu bloque humano, conservado en una frágil película de vigor físico. Hombros poderosos, firmes movimientos, concentración y dominio. Mantenías la cabeza altiva, quizás en demostración de entereza física, pero tu cara y tus ojos reflejaban la fatiga y la grisura de los años muchos. No dejaba de ser encomiable tu ostentación de plenitud. Mientras tus compañeros de mesa hablaban de ti en los términos más elogiosos, tu seriedad remedaba la piedra. No permitías a tu cabeza el mínimo desmadeje. Aun así, a veces los párpados se te caían en señal de cansancio: era un mohín mecánico, incontrolable. La vejez, maestro. Abrazaste y palmoteaste el hombro por turno a tus apologistas, exhibiendo una sombra de sonrisa, de mandíbula floja y encía tal vez desdentada o con caja, mientras tus manos y tu cuerpo se hacían un lío en el atolondramiento de la emoción.

Hablaste brevemente, con propiedad. Retuve una frase de tu discurso. Algo que no encajé en el momento, y que después vino royéndome como tenaz carcoma. Un aplauso vibrante, que se sostuvo emocionado por varios segundos, respondió a tus palabras. La presentadora dio por terminado el lanzamiento. La velada continuaba con el cóctel y la compra del libro. El público se disgregó. Te di una última mirada. Estabas de pie junto a la mesa, respondiendo a las preguntas de una jovencita que sostenía una grabadora de periodista ante tu rostro. Un hombre viejo, todavía vigoroso, de traje y corbata azul.

El azul quería sostenerse. Algo en tu discurso me dejó anonadado. Era una especie de derrota. Tras tantos años de aprendizaje, darnos cuenta al final de que todo fue vano. Tras toda una tarde de playa construyendo un castillo de arena, venir una ola traicionera y arrasarlo. Algo no encajaba. Demás que no prestaste la atención del caso a tus palabras. Porque lo que escuché fue el más grande adefesio. Me encontré de pronto en el páramo más desolado, obligado a andar sin rumbo por estepas sin término. Huí desalado. No compré tu libro. Siempre he rehuido a esos cócteles. Puedo asistir a la presentación de una obra, pero me escurro tan pronto invitan al cóctel. Siempre he recelado de ese vino y esos pasabocas. Quizás los probé una o dos veces, luego los detesté. Arrastré en mi huida a mi esposa, mi hermana y el gringo. Estaba bueno por hoy. Quería regresar de inmediato a casa y leer un cuento de Cortazar. “No sé inventar”, era lo que habías dicho. “No sé inventar”. Era la negación del azul. Ante mi incredulidad, un gris de plomo tiñó tu vestido. Tu corbata también se coloreó de ceniza. Te vi como un carcamal acabado. No era cierto. No podías proferir esa sentencia. “No sé inventar”. Triste confesión, maestro. Entiendo tu lealtad a los hechos, tu afincarse en lo verosímil. Confirmé la sospecha de que  tu traje obedecía a la instancia del protocolo, no a la travesura de la nostalgia. Hablaste de la técnica y su importancia, de la disciplina y el rigor con el lenguaje. ¿Qué era entonces la obra de toda tu vida? Jugar con las palabras ya es inventar. Trabarlas y destrabarlas en el intento del arte, es inventar. Sentarse ante una hoja en blanco y transformarnos en Proteo, es inventar. Quizás equivocaste el verbo. Quizás todo se debió a un error en los términos. Es lo que quiero creer. Tampoco hay que ser tan tremendistas. No sé qué demonio perverso puso esas palabras en tus labios. En una de tus sesiones nos compartiste del Decálogo del escritor, de Horacio Quiroga. Pero Cortazar nos previene contra cualquier decálogo. Ese apego a muerte a los hechos también es una prisión. Hernán, que se precia de realista, puso el grito en el cielo al leer mi cuento Las mañas de Edipo. ¡Qué era esa ofensa contra la tragedia griega! ¡Qué locura! Hernán desacreditó mi cuento y no le dio ninguna opción en el concurso al que pensaba presentarlo. De igual forma echa pestes contra García Márquez y Cien años de soledad. Si sometemos la ficción al rigor científico, estamos perdidos. ¿Por qué considerar blasfemo al absurdo? Remedios puede levitar tranquilamente, sin esperar que una ley natural valide el hecho. Me abatió el alma ese “no sé inventar”. Sentí que la bandera azul se desgarraba en jirones y se perdía en el viento. Hablaste con esa convicción que te es habitual. No te censuro, maestro. Es el mundo en que te formaste. Un mundo que recela de la invención. Entiendo. Querías decir que la realidad supera con creces a la imaginación. Puede ser cierto. Al auditorio no pareció inquietarle tu declaración. Para mí fue un golpe demoledor. Comprendí que tu ablación imaginativa es lo que priva a tus escritos del encanto, lo que te convierte en cronista del realismo, en experto elaborador de relatos, en joyero de las palabras. Pero falta allí el aura de la imaginación. Eso es lo que falta en tu obra.

 


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