miércoles, 4 de agosto de 2021

Mi maestro XLVIII

*Era eso. La claridad del día, el viaje en metro, rumbo al trabajo. ¡La claridad! La descubrí de pronto, al entrar a una zona sin lluvia. Era lo mismo que acceder a otro tiempo, quizás a otra historia, porque, en ese instante preciso, advertí que una mujer me miraba. El vasto, profuso y lóbrego vestido de la lluvia me arropó desde que salí de casa. Tuve la precaución de traer paraguas. En la buseta, la lluvia siguió arropándolo todo, igual que en la estación del metro. La siguiente estación significó un cambio de tiempo. Desapareció la lluvia, la claridad se insinuó, la mujer me miraba desde un costado del vagón, donde venía sentada. Me miraba con una atención pareja, con unos ojos intensos y una densidad de remembranza. Yo venía de pie al otro lado del vagón. Desde el umbral de la claridad recién descubierta, hacia el norte, la luz se intensificaba, y, allá en las montañas, los macizos de viviendas de las barriadas eran bañadas por un sol seráfico. La mujer que me miraba bajó en una estación intermedia, pero yo continué preso en el embrujo de la claridad. Embrujo que duró el resto del día. Por ejemplo, en la plazoleta de la estación del ferrocarril, donde compartí un café con el colega Octavio, y la claridad del mediodía dibujaba con primor la añosa ceiba que se erguía en una esquina. Allí estaba la fuente con la escultura de El cisne y el niño. Un niño de angelical aspecto destaca en un basamento cuadrangular, envuelto en un cisne, cuyo largo cuello sostiene en la parte anterior del cuerpo. Del pico del ave mana un chorro cristalino que cae en el agua de la taza. La escultura es en bronce. El lugar tiene un aire esmerado. El cisne da la impresión de ser sometido por la tranquila energía del chicuelo, quien se lo adosa a la espalda, formando una especie de blanda almohada en la que se recuesta. La explanada de la  estación está salpicada de mesitas de hierro forjado, con sombrillas oscuras y llamativas. En una zona contigua reposa la reliquia de una locomotora, restaurada, embellecida para el placer estético de los admiradores y turistas. También supuso hechizo de claridad contemplar, más tarde, el aguacero lloviéndose en la Plaza de la Luz, bajo mi absorta mirada. Desde el parapeto de un salón de billar, miraba la calle, esperaba a Octavio, que había ido al cajero. En unos pocos instantes, el juego de alternancia de claridades en la Plaza de la Luz, de cristal brillante a cristal mate, tuvo una pulsación vertiginosa, como si el decorado hubiese sido cambiado por hábiles tramoyeros. Ya en la nochecita, de regreso a casa, en la buseta, a eso de las seis y diez, la claridad volvió a invitarme a que la mirara, a que la sondeara, a que la nombrara “claroscuro”. Entonces irrumpió en mi mente la palabra “contrapunto”, relacionada con una de las destrezas que, nos decías, todo escritor debe dominar. El arte del contrapunto. La palabra también es el título de una novela de Aldous Huxley, incluida en tu lista de recomendados. Nos explicabas el concepto con don Quijote y Sancho. ¿Qué es don Quijote sin Sancho? ¿Qué es Sancho sin don Quijote? Estos son los dos personajes mejor contrapunteados de la historia de la literatura. No pueden ser uno sin el otro. Son el mismo y distintos, distintos y el mismo. ¿Cómo saco yo un Sancho de mis costillas?, me decía. Lo más que puedo sacar es una muchacha. Y en ese ámbito de luz instaurado por tu recuerdo, entre la claridad de Manrique, vino Pamela Ferrín. Cursaba décimo, y una mañana me encargó un polluelo de tórtola que había hallado en el patio. Lo depositó, por la reja, en el piso de la sala de profesores, y se fue a la formación. El profesor Diego estaba a cargo de la disciplina de la semana, apuraba a los estudiantes por el micrófono. Pamela Ferrín se marchó a prisa y me dejó con el polluelo. Era muy pequeño y desvalido, apenas caminaba, ni siquiera intentaba volar. Lo tomé en mis manos (apenas cabía en mi puño) y busqué dónde dejarlo. También yo debía marchar a la formación y echar ojo a mi grupo. Son las obligaciones de un profesor. Caminé de un lado a otro por la sala sin saber dónde poner el polluelo. Salí al corredor y, por el hueco enrejado del muro, lo puse en el agujero de un ladrillo. Pensé que se metería en esa oquedad, refugiándose del frío y los predadores. Pero se quedó en el borde y cayó al vacío. Desde el tercer piso la caída debió ser fatal. Aunque tal vez haya dado en un lecho de hojas secas, cubiertas de humedad. El urapán que crece allí estaba desnudo, en el fin del deshoje. Momentos atrás, al llegar al trabajo y subir la escalera a la sala de profesores, desde el corredor, me fijé en ese urapán, que está detrás del vano enrejado del muro. De sus escasas hojas, algunas amarilleaban. Se me antojó una imagen atrayente, de desnuda belleza. Quién pensaría que, unos instantes después, el árbol serviría de marco a la caída del polluelo. No contaba con tiempo para ocuparme de este. La formación me urgía. No me hice falsas expectativas con respecto al polluelo. Lo más seguro es que muriera. Serviría de alimento a las hormigas o a un gato. Es la vida. Me dio pena con Pamela Ferrín por no haber estado a la altura con su encargo. ¿Cómo hacerlo? En tremendo apuro me dejó. Cosas así suelen ocurrirme. Viene una muchacha y me deja encartado con un polluelo que no puede volar. Esta imagen de la muchacha reincide, en diferente espacio, con diferente rostro. ¿No fue Espinoza quien escribió una Guía de perplejos? Es el estado en que me sumen estas ninfas con sus polluelos o un inopinado brazo en mi espalda, y hasta el don fortuito de un beso. No recuerdo si Pamela Ferrín me preguntó qué fue del pichón. Tal vez lo hizo, y yo tuve que decirle la verdad. La verdad no es algo que uno saque de un libro o de una ley superior de la física, no. Es lo que vamos construyendo con nuestros tropiezos. Es constatar que a pesar de que nunca fue fácil el trato contigo, maestro, hubo entre nosotros un nexo subterráneo, fraterno, firme. Una ligazón de afecto enmascarada en gravedad y evasivas. No sé. Es difícil precisar el asunto. Será atenerme a una de tus frases predilectas: “Los hechos hablan por sí mismos”. 

 


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