lunes, 9 de agosto de 2021

Natalia Pikouch (Cap.6.)

*Natalia y Kolia eran una entidad. No había más. Kolia era el todo de Natalia. Natalia era el todo de Kolia. Era lo que uno podía ver desde fuera. Una mujer en los cuarenta con un hijo en los trece o catorce. Dos hombres le conocí a Natalia, su hijo, Kolia, y su colega, Hernán. Si no estaba con alguno de los dos, andaba sola. Los escritorios de Natalia y de Hernán en la sala de profesores se hallaban uno junto al otro. Eran amigos cercanos. Uno los veía conversando en la cafetería, algunos los habían sorprendido caminando por la calle. Hernán la visitaba en su apartamento de El Trapiche, en Bello. No sé qué cara hacía Kolia ante la presencia del colega de su madre. Kolia tenía papá. Era el bache en la historia de Natalia, el episodio ingrato. Se trataba de un sindicalista que viajó a Rusia a consolidar sus ideas de marxismo-leninismo. Allí se conocieron. Natalia acompañó al sindicalista a su regreso, trayendo un fruto en su vientre. El sindicalista dejó a la filóloga en la estacada nomás poner un pie en Medellín. Natalia dio a luz en un pabellón de caridad. El padre se degeneró en la bebida. Estas eran las cosas que uno no podía imaginar como estudiante, ese rastro sufrido en la historia de la profesora de rusa. Esa infame estampilla sería parte de su destino. Uno se figura a Kolia viendo una que otra vez a su padre. Uno se figura a Natalia como madre cabeza de familia, lidiando con la crianza, trabajando, haciéndose cargo de la casa. No era la primera ni la última.

El viaje anual a Ucrania debía ser lo más placentero para Natalia y su hijo. Visitar la tierra y los parientes, interactuar con la gente y la cultura. Una mujer de fina sensibilidad y gustos selectos. La conversación, el vino, el tabaco, la comida, la música. Y claro, los libros. En Ucrania, a lo último, solo le quedaba una hermana. Como estudiante, desde fuera, uno medio escuchaba rumores. Que la profesora pasaba vacaciones en Ucrania, en fin. La imagen del muchacho y del violín estaba grabada en la retina de la u. Al final, Natalia dejó el curso de literatura rusa y dictó teatro. Sus charlas de filóloga y literata menudearon en este tiempo. Era de lo que uno se enteraba a veces, por una plática ocasional con la susodicha. Debía hacerles el feo a los comunistas, desacreditar a los revoltosos. Por la historia sangrienta de su país, sabía demasiado de eso como para no estar en guardia. Pero sobre todo por el mal recuerdo del sindicalista, el error de su vida. En ese sentido, cuál no sería su desagrado en una universidad donde abundaban las células revolucionarias. ¿Qué cara pondría ante las asambleas, las marchas, los paros? Era natural que tratara de llevar a su hijo en el sentido opuesto, que le advirtiera en contra de todo lo que oliera a comunismo. Kolia no se torció. Estudió una ingeniería, se casó, se hizo a un buen empleo. Eran las cosas en las que su madre había creído. Claro que Kolia también abjuró de la literatura, en lo que tal vez traicionó las esperanzas de Natalia.

Los ojos verdes de Natalia, y tal vez más los de Kolia, me transportaban a mundos de ensueño. Por un año entero, en el que fui su maestro de español, sucumbí al hechizo de los ojos garzos del chico. Ya había caído en las aguas deliciosas de la voz de la madre que, semana tras semana, en las clases de la universidad, me ponía en contacto con los gigantes rusos. ¿Era novelería? ¿Complejo de inferioridad? Una piel nórdica, unos ojos de por allá, ¿en qué superaban a un tegumento mestizo, a un iris bruno? Sin duda, el encanto de Natalia tenía que ver con su esencia europea, con su acento exótico. Imperialismo, diría el sindicalista, su ex marido. Ante el amo de ojos azules nos comportamos como calibanes. Tal vez había mucho de primitivo y contrahecho en mi admiración por la ucraniana. Pero no les prestaba atención a estas cosas. Uno era un soñador. Cualquier nubecilla sonrosada alegraba la grisura de nuestro cielo. Natalia era eso, nubecilla sonrosada. Kolia era un hermoso potrillo, ávido de crecer y tragarse la estepa. ¿Qué veía ella en uno? ¿Tercer Mundo? ¿Sabor latino? ¿Poesía de otra latitud? La eufonía de unos versos ligaba esos dos mundos encontrados. “Me gustó su ensayo sobre Iván Ilich. Léase esos poemas de Ajmátova”. Quién sabe qué hubo realmente. Ese intercambio académico entre el profesor y los alumnos siempre es interesante. Es el alma de todo. Un coincidir en la cafetería después de clase, una charla desenfadada, es de lo más grato. Ese fue el plus de la universidad, el punto máximo, la vida. Ese instante en que Natalia enciende un cigarrillo, en que Hernán menea el café, en que una muchacha lee un poema a su amigo, en fin. Eran momentos supremos. Todo estaba tocado por la sensación de lo huidero, por el disfrute de cada partícula de vida. Calibán se supera a sí mismo, llega a las alturas de Ariel. ¿Qué veía ella en uno? Un joven hosco, evasivo, displicente. Un muchacho con sensibilidad, que escribía bien. El maestro de español de Kolia. Pero, ¿quién era en verdad ese muchacho? Acaso nunca lo entendió, ni siquiera cuando él le confió sus poemas. De todos modos, hubo algo. La coincidencia en una clase, un pasillo; una conversación, que nunca era fácil conmigo. Nos tachaban de avaro en los sentimientos, egoísta, aguafiestas. Fue la estación del amor. Fue copioso el ramillete ofrecido. Podíamos escoger. Los verdes ojos de una ucraniana nos acecharon por esos corredores. Un resplandor duplicado en el hijo, al que no le gustaba dibujar, que odiaba los números, pero que más tarde escogería estos como opción profesional. Hablando en metálico, es mejor despejar una ecuación que dibujar un conejo. Esos conejos. ¿Por qué el profesor de español manda dibujar conejos? Tal vez porque cualquier día un conejo salta en medio del camino y es preciso saber qué hacer con él. Depende de qué conejo se trate. A alguno habrá que torcerle el cuello; a otro, dejarlo volver a la espesura.

 


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