*Natalia y Kolia eran una
entidad. No había más. Kolia era el todo de Natalia. Natalia era el todo de
Kolia. Era lo que uno podía ver desde fuera. Una mujer en los cuarenta con un
hijo en los trece o catorce. Dos hombres le conocí a Natalia, su hijo, Kolia, y
su colega, Hernán. Si no estaba con alguno de los dos, andaba sola. Los
escritorios de Natalia y de Hernán en la sala de profesores se hallaban
uno junto al otro. Eran amigos cercanos. Uno los veía conversando en la
cafetería, algunos los habían sorprendido caminando por la calle. Hernán la
visitaba en su apartamento de El Trapiche, en Bello. No sé qué cara hacía Kolia
ante la presencia del colega de su madre. Kolia tenía papá. Era el bache en la
historia de Natalia, el episodio ingrato. Se trataba de un sindicalista que
viajó a Rusia a consolidar sus ideas de marxismo-leninismo. Allí se conocieron.
Natalia acompañó al sindicalista a su regreso, trayendo un fruto en su vientre. El
sindicalista dejó a la filóloga en la estacada nomás poner un pie en Medellín.
Natalia dio a luz en un pabellón de caridad. El padre se degeneró en la bebida.
Estas eran las cosas que uno no podía imaginar como estudiante, ese rastro
sufrido en la historia de la profesora de rusa. Esa infame estampilla sería parte
de su destino. Uno se figura a Kolia viendo una que otra vez a su padre. Uno se
figura a Natalia como madre cabeza de familia, lidiando con la crianza,
trabajando, haciéndose cargo de la casa. No era la primera ni la última.
El viaje anual a Ucrania debía
ser lo más placentero para Natalia y su hijo. Visitar la tierra y los
parientes, interactuar con la gente y la cultura. Una mujer de fina
sensibilidad y gustos selectos. La conversación, el vino, el tabaco, la comida,
la música. Y claro, los libros. En Ucrania, a lo último, solo le quedaba una
hermana. Como estudiante, desde fuera, uno medio escuchaba rumores. Que la
profesora pasaba vacaciones en Ucrania, en fin. La imagen del muchacho y del
violín estaba grabada en la retina de la u. Al final, Natalia dejó el curso de
literatura rusa y dictó teatro. Sus charlas de filóloga y literata menudearon
en este tiempo. Era de lo que uno se enteraba a veces, por una plática
ocasional con la susodicha. Debía hacerles el feo a los comunistas,
desacreditar a los revoltosos. Por la historia sangrienta de su país, sabía
demasiado de eso como para no estar en guardia. Pero sobre todo por el mal
recuerdo del sindicalista, el error de su vida. En ese sentido, cuál no sería
su desagrado en una universidad donde abundaban las células revolucionarias.
¿Qué cara pondría ante las asambleas, las marchas, los paros? Era natural que
tratara de llevar a su hijo en el sentido opuesto, que le advirtiera en contra
de todo lo que oliera a comunismo. Kolia no se torció. Estudió una ingeniería,
se casó, se hizo a un buen empleo. Eran las cosas en las que su madre había
creído. Claro que Kolia también abjuró de la literatura, en lo que tal vez
traicionó las esperanzas de Natalia.
Los ojos verdes de Natalia, y tal
vez más los de Kolia, me transportaban a mundos de ensueño. Por un año entero,
en el que fui su maestro de español, sucumbí al hechizo de los ojos garzos del
chico. Ya había caído en las aguas deliciosas de la voz de la madre que, semana
tras semana, en las clases de la universidad, me ponía en contacto con los
gigantes rusos. ¿Era novelería? ¿Complejo de inferioridad? Una piel nórdica,
unos ojos de por allá, ¿en qué superaban a un tegumento mestizo, a un iris
bruno? Sin duda, el encanto de Natalia tenía que ver con su esencia europea,
con su acento exótico. Imperialismo, diría el sindicalista, su ex marido. Ante el amo de ojos azules nos comportamos como
calibanes. Tal vez había mucho de primitivo y contrahecho en mi admiración por
la ucraniana. Pero no les prestaba atención a estas cosas. Uno era un soñador.
Cualquier nubecilla sonrosada alegraba la grisura de nuestro cielo. Natalia era
eso, nubecilla sonrosada. Kolia era un hermoso potrillo, ávido de crecer y
tragarse la estepa. ¿Qué veía ella en uno? ¿Tercer Mundo? ¿Sabor latino?
¿Poesía de otra latitud? La eufonía de unos versos ligaba esos dos mundos
encontrados. “Me gustó su ensayo sobre Iván Ilich. Léase esos poemas de
Ajmátova”. Quién sabe qué hubo realmente. Ese intercambio académico entre el
profesor y los alumnos siempre es interesante. Es el alma de todo. Un coincidir
en la cafetería después de clase, una charla desenfadada, es de lo más grato.
Ese fue el plus de la universidad, el punto máximo, la vida. Ese instante en
que Natalia enciende un cigarrillo, en que Hernán menea el café, en que una
muchacha lee un poema a su amigo, en fin. Eran momentos supremos. Todo estaba
tocado por la sensación de lo huidero, por el disfrute de cada partícula de
vida. Calibán se supera a sí mismo, llega a las alturas de Ariel. ¿Qué veía
ella en uno? Un joven hosco, evasivo, displicente. Un muchacho con
sensibilidad, que escribía bien. El maestro de español de Kolia. Pero, ¿quién
era en verdad ese muchacho? Acaso nunca lo entendió, ni siquiera cuando él le
confió sus poemas. De todos modos, hubo algo. La coincidencia en una clase, un
pasillo; una conversación, que nunca era fácil conmigo. Nos tachaban de avaro
en los sentimientos, egoísta, aguafiestas. Fue la estación del amor. Fue
copioso el ramillete ofrecido. Podíamos escoger. Los verdes ojos de una
ucraniana nos acecharon por esos corredores. Un resplandor duplicado en el
hijo, al que no le gustaba dibujar, que odiaba los números, pero que más tarde
escogería estos como opción profesional. Hablando en metálico, es mejor
despejar una ecuación que dibujar un conejo. Esos conejos. ¿Por qué el profesor
de español manda dibujar conejos? Tal vez porque cualquier día un conejo salta
en medio del camino y es preciso saber qué hacer con él. Depende de qué conejo
se trate. A alguno habrá que torcerle el cuello; a otro, dejarlo volver a la
espesura.
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