viernes, 13 de agosto de 2021

Natalia Pikouch (Cap.12.)

*Hernán había publicado un libro de poemas titulado Visiones terrenales. Marcos tuvo un ejemplar obsequiado por el autor, pero quedó en manos de un amigo, que no se lo devolvió. Más tarde, después de pensionarse, publicó otro volumen de poemas, el cual tenía un latinajo por título: Tótum revolútum, que en cristiano debe significar “todo revuelto”. En Youtube hay un vídeo del lanzamiento de dicha obra, donde se ve a Hernán leyendo sus poemas ante un auditorio nutrido. A Luis este segundo libro de Hernán le parecía mediocre. Hernán había incluido en este dos o tres poemas de Visiones terrenales. En verdad que el contenido daba la idea de una revoltura indigesta, un bodrio. El diálogo fabuloso de un gato intentando comerse a un ratón, una réplica al poema “Suenan timbres” de Luis Vidales, una conversación con un ángel (“en mi poesía el humor tiene cabida”), otro sobre los cementerios y las urnas cinerarias. En fin, sesenta y tantos poemas, “que no transportan al cielo platónico de la poesía, pero que tampoco proporcionan un solo minuto de aburrimiento, y con eso me siento satisfecho”.

Un par de poemarios, tampoco es que hubiese publicado mucho el maestro. Su renombre se debía a su experiencia como lector (tenía una biblioteca personal de cientos de títulos), a su erudición literaria y a su mentoría con los escritores jóvenes. Claro que había escrito mucho, desde su más tierna edad, pero fue generoso en romper. Un gran número de novelas, otras tantas de teatro, todo destruido por sus propias manos. “Detrito”, según él mismo decía, recordando una obra de Samuel Beckett. Pero no había dejado de escribir, orillándose hacia el ensayo crítico y el aforismo. Con el cuento no pudo. En su larga vida sumaba unos once, de los cuales solo cuatro eran rescatables, y de estos, dos andaban traspapelados. En su mesita de noche mantenía por lo menos cuarenta libros, y la del comedor estaba ocupada hasta la mitad por otros cerros. Cualquier intento de seguir un plan de lectura fracasaba frente a esta desordenada exuberancia de volúmenes en turno, a los que siempre se sumaban títulos recién comprados. En muchas ocasiones, buscar un libro en su biblioteca le costaba una o dos horas, y se corría el riesgo de que la búsqueda fuera infructuosa. Los últimos tres trasteos habían dado al traste con cualquier posibilidad de orden en sus libros. Se le habían perdido muchos, sea porque los prestaba y no se los reintegraban, o porque, sencillamente, algún visitante inescrupuloso se los llevaba. Amaba sobremanera ese mundo cercano de textos impresos. Eran una cálida compañía, un círculo de afecto inquebrantable. Aunque era de por sí dadivoso, le dolía perderlos. Una vez cambió su colección de novelas de Julio Verne por unos volúmenes de Charles Dickens y Walter Scott. Creyó que Walter Scott al menos se equiparaba con el francés. Qué chasco se llevó. Le pesó. Con los años, con mucho esfuerzo, fue rehaciendo su colección, pero solo llegó a la mitad de los títulos que tenía antes.

Es mucho deleite el que siente Hernán al hablar de literatura. Se posesiona de la palabra. Ahora no tiene los arrestos de la juventud, se fatiga pronto. Como un prestidigitador, o como un apostador que sacara un as de la manga, al rato de hablar se hace con un cigarrillo y, con un delicioso gesto ritual, lo enciende y, con elíseo transporte, fuma. Un duendecillo azulino y volátil entra en escena, el humo. Olor conducente a descanso. Leve espíritu huidero. A tiempo, Hernán sacraliza el discurso con la donairosa aparición del cigarrillo. Qué placer.

¡Dorada juventud! Sus años de rapaz en Prado (su padre, Euclides, era abogado civil), los de estudiante en el colegio San José, y luego en la Universidad de Antioquia, donde se inscribió a abogacía. La sociedad perdió a un jurista y ganó un literato, porque Hernán abandonó sus estudios de leyes y se pasó a la Pontificia, donde se matriculó a filosofía y letras. Más o menos en 1980 está dictando literatura rusa en la u y luego, a la llegada de Natalia, pasa a dictar literatura griega, cediéndole el cuerpo de conocimientos sobre Pushkin y Gogol a la nacida en Ucrania. ¡Natalia! Su estampa eslava esparció una brisa de encanto, una iridiscencia de otras latitudes, un resplandor de poesía. ¡Natalia! Era bello pronunciar ese nombre en los corredores y salones de la u, conjurando ensueños de extensas llanuras, de caballos y jinetes y nómadas y ríos caudalosos congelados en la estación del frío. Era un asalto a la costumbre y un complot contra la desabridez del mundo converger en esos azules ojos, en ese cabello canela, en esas palabras inteligentes. Qué alentador encuentro. Natalia era suave y suscitaba anhelos con su láctea piel nórdica, con sus ojos entre sonreídos y melancólicos, con esa voz de sonido foráneo y pasión intacta. ¡Ajmátova! ¡Los cuentos populares! ¡Ana Karenina!

 


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