*Hernán había publicado un libro de poemas
titulado Visiones terrenales. Marcos tuvo un ejemplar obsequiado por el autor,
pero quedó en manos de un amigo, que no se lo devolvió. Más tarde, después de
pensionarse, publicó otro volumen de poemas, el cual tenía un latinajo por
título: Tótum revolútum, que en cristiano debe significar “todo revuelto”. En
Youtube hay un vídeo del lanzamiento de dicha obra, donde se ve a Hernán
leyendo sus poemas ante un auditorio nutrido. A Luis este segundo libro de
Hernán le parecía mediocre. Hernán había incluido en este dos o tres poemas de
Visiones terrenales. En verdad que el contenido daba la idea de una revoltura
indigesta, un bodrio. El diálogo fabuloso de un gato intentando comerse a un
ratón, una réplica al poema “Suenan timbres” de Luis Vidales, una conversación
con un ángel (“en mi poesía el humor tiene cabida”), otro sobre los cementerios
y las urnas cinerarias. En fin, sesenta y tantos poemas, “que no transportan al
cielo platónico de la poesía, pero que tampoco proporcionan un solo minuto de
aburrimiento, y con eso me siento satisfecho”.
Un par de poemarios, tampoco es que
hubiese publicado mucho el maestro. Su renombre se debía a su experiencia como
lector (tenía una biblioteca personal de cientos de títulos), a su erudición
literaria y a su mentoría con los escritores jóvenes. Claro que había escrito
mucho, desde su más tierna edad, pero fue generoso en romper. Un gran número de
novelas, otras tantas de teatro, todo destruido por sus propias manos. “Detrito”,
según él mismo decía, recordando una obra de Samuel Beckett. Pero no había
dejado de escribir, orillándose hacia el ensayo crítico y el aforismo. Con el
cuento no pudo. En su larga vida sumaba unos once, de los cuales solo cuatro
eran rescatables, y de estos, dos andaban traspapelados. En su mesita de noche
mantenía por lo menos cuarenta libros, y la del comedor estaba ocupada hasta la
mitad por otros cerros. Cualquier intento de seguir un plan de lectura
fracasaba frente a esta desordenada exuberancia de volúmenes en turno, a los
que siempre se sumaban títulos recién comprados. En muchas ocasiones, buscar un
libro en su biblioteca le costaba una o dos horas, y se corría el riesgo de que
la búsqueda fuera infructuosa. Los últimos tres trasteos habían dado al traste
con cualquier posibilidad de orden en sus libros. Se le habían perdido muchos,
sea porque los prestaba y no se los reintegraban, o porque, sencillamente,
algún visitante inescrupuloso se los llevaba. Amaba sobremanera ese mundo
cercano de textos impresos. Eran una cálida compañía, un círculo de afecto
inquebrantable. Aunque era de por sí dadivoso, le dolía perderlos. Una vez
cambió su colección de novelas de Julio Verne por unos volúmenes de Charles
Dickens y Walter Scott. Creyó que Walter Scott al menos se equiparaba con el
francés. Qué chasco se llevó. Le pesó. Con los años, con mucho esfuerzo, fue
rehaciendo su colección, pero solo llegó a la mitad de los títulos que tenía
antes.
Es mucho deleite el que siente Hernán al
hablar de literatura. Se posesiona de la palabra. Ahora no tiene los arrestos
de la juventud, se fatiga pronto. Como un prestidigitador, o como un apostador
que sacara un as de la manga, al rato de hablar se hace con un cigarrillo y,
con un delicioso gesto ritual, lo enciende y, con elíseo transporte, fuma. Un
duendecillo azulino y volátil entra en escena, el humo. Olor conducente a
descanso. Leve espíritu huidero. A tiempo, Hernán sacraliza el discurso con la
donairosa aparición del cigarrillo. Qué placer.
¡Dorada juventud! Sus años de rapaz en
Prado (su padre, Euclides, era abogado civil), los de estudiante en el colegio
San José, y luego en la Universidad de Antioquia, donde se inscribió a
abogacía. La sociedad perdió a un jurista y ganó un literato, porque Hernán
abandonó sus estudios de leyes y se pasó a la Pontificia, donde se matriculó a
filosofía y letras. Más o menos en 1980 está dictando literatura rusa en la u y
luego, a la llegada de Natalia, pasa a dictar literatura griega, cediéndole el
cuerpo de conocimientos sobre Pushkin y Gogol a la nacida en Ucrania. ¡Natalia!
Su estampa eslava esparció una brisa de encanto, una iridiscencia de otras
latitudes, un resplandor de poesía. ¡Natalia! Era bello pronunciar ese nombre
en los corredores y salones de la u, conjurando ensueños de extensas llanuras,
de caballos y jinetes y nómadas y ríos caudalosos congelados en la estación del
frío. Era un asalto a la costumbre y un complot contra la desabridez del mundo
converger en esos azules ojos, en ese cabello canela, en esas palabras
inteligentes. Qué alentador encuentro. Natalia era suave y suscitaba anhelos
con su láctea piel nórdica, con sus ojos entre sonreídos y melancólicos, con
esa voz de sonido foráneo y pasión intacta. ¡Ajmátova! ¡Los cuentos populares!
¡Ana Karenina!
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