domingo, 8 de agosto de 2021

Natalia Pikouch (Cap.4.)

*Ya había egresado de la u cuando, con María, se nos ocurrió  estudiar a Eisenstein, el director de cine soviético. Ya tú no eras una profesora adscrita al departamento de humanidades, ahora dictabas teatro en el bloque de Artes. A María y a mí nos costaba todavía destetarnos de la u, a pesar de que habíamos recibido el cartón un año atrás. Era difícil desprenderse de aquellos ámbitos donde transcurrieron tantos años de nuestra vida, donde experimentamos las delicias y los tormentos del saber, donde conocimos a tantas personas, algunas de las cuales nos acompañarían el resto de la vida. Algunos egresados seguían atornillados allí, yendo a la u por el insobornable hábito de encontrarse con los amigos, ver una película, jugar un picaíto, avanzar alguna lectura, beberse unos tragos, en fin, seguir en el bunde. Otros permanecieron vinculados  al alma mater mediante un contrato laboral, como profesores de cátedra o de educación a distancia. Tal era el caso de Luis. También yo, por mediación de Luis, me enrolé por un semestre como profesor de cursos de extensión. Me tocaba viajar al Bagre, donde dicté Literatura Española. Lo único grato de todo aquello fue mi relectura de Don Quijote y el descubrimiento de San Juan de la Cruz. Pero no me duró mucho la cuerda, me aburrí en seguida, renuncié.

Era el tiempo en que ya no nos veíamos por ahí, en que me ocupaba en obtener una plaza de profesor estatal, en que daba clase en colegios particulares, en que me había ido a vivir con una mujer en un apartamentico de Carabobo con Moore. En las tardes vacías y soñolientas reincidía en la u, me citaba con María y estudiábamos a Eisenstein. Ya casi no nos veíamos por ahí, pero la claridad de tu recuerdo seguía gravitando sobre mí a través de mi amor por el ajedrez y de mi curiosidad por la figura de Eisenstein.

Eisenstein relata las dificultades que su equipo tuvo a la hora de rodar El acorazado Potemkim. Por ejemplo, conseguir un acorazado más o menos idéntico al barco de la historia real, que participara en las acciones acaecidas veinte años atrás (1905). Era en 1925. La tarea se presentaba complicada, casi imposible. De aquellas antiguas embarcaciones de guerra no quedaba rastro. Por fin, en una recóndita rada, encontraron un olvidado navío coetáneo del acorazado Potemkim, de diseño similar. Se llamaba Los doce apóstoles. Unas cadenas lo ataban al cantil, mientras que fuertes áncoras lo sostenían en la sección que penetraba al agua. El barco estaba lleno de minas. Aún así, era el único recurso con que contaban para el rodaje, si querían ser fieles al modelo histórico. No era posible mover el buque sin peligro de que las minas explotaran. Pero debían rodar una escena en altamar. La ubicación del navío dificultaba figurar el mar adentro sin que apareciesen los peñascos de la orilla. Acudieron a un truco. Hicieron un montaje con fotografías del cielo y de una piscina. No recuerdo bien el artificio. Mas dieron la impresión de que el acorazado estaba en altamar. Fuera de esto, debieron vestir Los doce apóstoles con una serie de vestes y avíos postizos.

Era lo más cercano a ti que podía estar, estudiar a Eisenstein, aunque echaras pestes del sistema soviético. Jugar ajedrez con mi padre en las ocasionales visitas que hacía a mi familia en Bello (eso que aún no sabía gran cosa de aperturas y defensas y, en general, de estrategia). Pasar una tarde en la u con María, sentados en un costado del Camilo, con un libro del cineasta soviético en las manos. Era la claridad de tu recuerdo lo que prodigaba todas esas cosas. Mi juventud había pasado, ya era un individuo de treinta años. Algo quedaba de aquel muchacho de 23 años que asistió por primera vez a tu clase: la obsesión por las palabras, el vuelco de espanto ante la fugacidad de la vida, el encanto por los atardeceres.             

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