*Sí, un fósforo, con la condición de que le prendas fuego a todo, como en El holocausto del mundo, ese cuento de Nathaniel Hawthorne. Como una aguja en un pajar, buscarás ese fósforo en el desorden de tu escritorio, aquella tarde en que el ansia de fumar te impulsó a abandonar la oficina, trasladarte a la del lado y pedir un cigarrillo a algún colega. Lo encontrarás, al fin, el fósforo, pero tu osadía no irá más allá de ese placer egoísta (contra el que algún ambientalista podría alzar su “vade retro, Satana”) de saborear el delicioso veneno del tabaco. Muchos alumnos recuerdan que fumabas bastante, es la imagen que conservan de ti. Arteaga, por ejemplo. En ese entonces había profesores que encendían su cigarro en el salón de clase, sin ninguna clase de escrúpulo moral o consideración por la biosfera. Hoy las cosas son de otro talante. Aquella tarde, contra cualquier sanción moral o ecológica, habías de hallar un fósforo y encender el mundo. Para ti, en aquel instante, el mundo era un cigarrillo.
También había páginas encendidas,
como las de Tolstoi y aquellos otros escritores rusos, pirómanos de buena ley. Como
brasa despidiendo chispas, reaparecía ese Iván, ese bello nombre masculino (tan
frecuente en la literatura de tu país), que en su aspecto femenino forma otro
más hermoso todavía: Ivana. Era otra vez Iván Ilich, el magistrado, el hombre
benemérito, el que ha conseguido llegar a la cúspide de la escala social, pero
al que la enfermedad doblega precisamente en ese instante, cuando ha triunfado.
Ahí estaba la lección. Hoy me pregunto por qué fue esa historia de Tolstoi la
que tendió un puente de inteligencia y afecto entre tú y yo, por qué Iván
Ilich, por qué no, por decir algo, Rodion Romanovich Raskolnikov o el príncipe
Alexei. A la luz de eventos futuros esto acaba por aclararse un poco en mi
mente: la enfermedad de Iván Ilich, la que acabó contigo, la misma que acabó
con mi madre.
Ahí está el fósforo, de algún
modo, fuego consumidor. La caja de fósforos El rey, con la imagen del monarca
de nívea barba en la tapa, fue siempre una de mis amadas chifladuras. Creo que
aún conservo una en mi gaveta. No contiene cerillas, ni una sola. Adentro solo
hay un recorte de papel con la imagen del indio Pielroja. Es como una moneda,
digo yo. Una moneda de papel, con la que pagaré mi importe a Caronte. La estampa de un indio guerrero. Días atrás
pensaba por qué ha de aprender uno a jugar ajedrez. Y me respondía que era una
cosa de suma importancia, porque, demos el caso de que a las puertas del
Infierno o del Cielo Satán o Dios se muestran eximios ajedrecistas y nos
proponen una partida como condición para entrar en su presencia: sería ideal
estar en capacidad de realizar al menos dos jugadas. Seguro que Iván Ilich supo
responder a la apertura de gambito de dama que le propuso la muerte. Rehusó el
gambito. Había aprendido la lección de que en la vida hay cosas más importantes
que el tener, que hay que ocuparse del ser, que este no es un objeto de
transacción que podamos sacar a relucir en el último instante y cuyo resplandor
podamos pagar con un billete. A su debido tiempo, Iván Ilich encuentra el
fósforo y echa fuego al sartal de mentiras en que vive preso. Lo mismo tú,
Natalia, y mi madre, y también, con toda seguridad, yo, el día menos pensado.
Aquí está otra vez la historia de
Iván Ilich, la que me sirvió de materia prima para escribir mi ensayo de final
de curso. Aquí estás tú otra vez, conjurándome a escanciar la lección de estas
páginas. Está mi madre. Y estoy yo, en la noche, acostado, tal vez llamando al
sueño e intentando acordarme de los días en que mi madre, enferma, vino a vivir
con nosotros. Mi esposa le cedió nuestro cuarto, nuestra cama. Recordé cómo
trasladamos un sofácama al cuarto, sofácama donde yo debía dormir, acompañando
a mi madre, a la cual podía darle un coma diabético en cualquier momento. Le
echaba cabeza al asunto, a la posición del sofácama en la pieza, mamá acostada,
dándome las buenas noches. Mi esposa se fue a dormir con Mariana, nuestra hija.
Yo recordaba (intentaba recordar) cómo hacía mi madre para ir al baño en la
noche, viendo que el sofácama estorbaba el tránsito. A lo mejor iba al baño de
afuera, el baño social. Recordaba que yo no me sentía cómodo durmiendo en el
mismo cuarto de mamá, como aquella vez en Cartagena (ya muy adulto, casi viejo)
en que dormí con mi hermana Tarcila, en su cama. La familia era grande, faltaba
dónde dormir, no hubo de otra.
Aquí está otra vez esa historia
de Iván Ilich, estás tú, estoy yo.
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