*El taller de Estévez tenía el
aire de las obras que se leían allí, desde lo más encopetado de la literatura
francesa, por ejemplo, hasta el escrito más pedestre e inacabado de un alumno
que no daba pie con bola, lo que el maestro solía llamar un bodrio, un guiso
mal aderezado. Parafraseando a Nietszche, era un taller humano, demasiado
humano. Como en unos Estados Generales, allí se congregaba el clero, la nobleza
y el pueblo. Era, en verdad, una muestra bastante representativa del crisol
social, desde gente encumbrada hasta pobres diablos. Tenía un carácter laico,
profano y aglutinante, como debe ser una sana democracia. Su procedencia social
e ideológica se enraizaba en la Universidad de Antioquia con su borbollón de
vida y su ardor de pensamiento. Se colaban personas de otros estratos, pero
esos en seguida delataban su puntillo.
El aire de la buena literatura,
eso era lo que Estévez trababa de insuflar, un Flaubert, un Maupassant. En
cierta medida, la dinámica del taller entroncaba con esas corrientes puras y
vigorosas de la cultura popular. Y uno se sentía exaltado y agradecido de poder
acceder a esas alturas de la Estética. Nadie más que Estévez, que era un tanto vulgarote y rústico, demostraba
este impulso de superación y pulimiento. ¡El gusto por la literatura! Bola de
sebo, Rip Van Wincle. Era el mundo de las ideas y los sueños lo que se
ventilaba en la clase de Estévez. Rip Van Wincle, de Washington Irving y la
aventura de un colono holandés que habita a orillas del Hudson. Estévez amaba
este cuento, y nos transmitió su amor por él. Rip Van Wincle era un hombre
bondadoso, simple, tiranizado por su esposa. Un día se va al bosque en compañía
de Wolf, su perro. Le ocurre un suceso extrañísimo. La montaña a la que sube
(Kaatskill) tiene fama de ser un lugar encantado. Rip se halla descansando en
lo alto de una colina cuando aparece un personaje estrambótico, vestido a la
antigua usanza flamenca. Es viejo, trae un barril de licor a su espalda. Rip
acompaña a la singular aparición hasta una especie de cueva donde presencia un
espectáculo fantástico: unos hombres jugando a los bolos con muecas sumamente
graves. Visten igual al tipo del barril. El juego se interrumpe con la llegada
de los dos. Beben vino. Continúan con la diversión. Rip bebe hasta ser dominado
por un profundo sueño. Al despertar, se halla fuera de la cueva, es de día.
Todo a su alrededor luce cambiado. No hay rastro de su perro. Su fusil está herrumbroso y arruinado. Regresa al
pueblo. Todo está trastornado, en un aire de extrañeza. Su casa está casi
derruida. No encuentra a su esposa ni a
sus hijos. Para Rip Van Wincle ha pasado solo una noche. Para el pueblo, su
gente y el resto de las cosas, han pasado veinte años. Mientras permanece con
los fantasmagóricos jugadores de bolos (Hendrik
Hudson y su tripulación, según una leyenda), la pequeña colonia se ha
sublevado contra el rey Jorge III, deponiéndolo y proclamando la independencia.
Así que Rip Van Wincle no puede resultar más anacrónico y ridículo para la
nueva generación, agitada por el fervor político. Hay una especie de tribunal
público donde se enjuicia a Rip, acusándolo de espía y loco. Finalmente,
gracias a los habitantes más viejos del pueblo, se aclara su identidad. Rip
encuentra a sus hijos, adultos ya, y se va a vivir con uno de ellos. Queda
convertido en un ser legendario.
Este era el hálito de la clase de
Estévez: la historia de un tipo que apura un brebaje y se duerme, despertándose
veinte años después, hallando todo cambiado. Es como ese cuento La puerta en el
muro, de H. G. Wells.
Un escritor es un usurpador, y en
Itipak Estévez se apropia de la historia de Rip Van Wincle, recreándola en el
amorío del colono y la india. Eso es un escritor, un ser sin demasiados
escrúpulos, que aprovecha y explota los hallazgos ajenos. En ocasiones, los
enriquece. Incluso su estilo se impregna con la huella de sus maestros y de sus
lecturas predilectas. En cierto momento estuvo en boga escribir como García
Márquez. Para algunos, que les dijeran esto era un elogio, para otros, una
blasfemia. Hernán, el catedrático de la u, echa pestes de Gabo. Estévez tampoco
es que lo idolatrara. En verdad, no recuerdo con exactitud el concepto en que
tenía a García Márquez. Si me guío por las notas de clase y los escritores que
solíamos profundizar, entonces Estévez no era muy afecto a Gabo. Incluso creo
recordar que de las novelas sobre dictadores, la de Gabo (El otoño del
Patriarca) era la que menos lo convencía. En cambio, hablaba bellezas de El
señor presidente y de Yo el supremo.
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