*Cuando Mark Yevguénievich Taimánov
(1926-2016), ajedrecista ruso, perdió 0-6 contra Fischer en el Torneo de
Candidatos de Vancouver de 1971, y fue castigado por el Kremlin con severas
represalias (embargo del sueldo, prohibición de salir del país, veto en
distintos medios, pérdida de medallas obtenidas en torneos), con estoica
sabiduría sentenció: “siempre me quedará el piano”. Es que además de
ajedrecista, era pianista. Se casó cuatro veces. Con su primera esposa, Lyubov
Bruck, formó un dúo de piano. Para la Unión Soviética la derrota de Taimánov
contra Fischer por tan abultado marcador significó una humillación. El trato
del gobierno para Taimánov cambió cuando, en la final del mismo torneo, Fischer
venció 6-0 a Larsen. El Kremlin reconsideró la situación y fue más indulgente
con el ajedrecista.
“Siempre me quedará mi piano”, dijo
Taimánov. “Siempre me quedarán los sueños”, habrías dicho tú, maestro, cuando
la vida te puso en la guardarraya del fin, en una sala de cuidados intensivos,
listo a partir. Los que creen en la reencarnación, esto es, en vidas
anteriores, fundamentan su creencia en los sueños, en donde trabamos contacto
con personas, seres y lugares que no hemos visto jamás. A veces la memoria nos
remite a situaciones ignotas, a recuerdos lejanos, a confusas visiones. Todos
estos eventos (la actualización del flujo del subconsciente) hablarían en favor
de la metempsicosis. Las personas, seres, objetos y lugares que nos revelan los
onirismos serían avatares nuestros, entidades pretéritas, de las que nuestra
existencia no sería más que una continuación, un suceso episódico. Tu cuento
Avatares habla de esto, del eterno retorno. Afirmas que cada persona lleva en
sí, en sus genes, la sabiduría y el diseño de todos sus predecesores. Nada
muere. Todo es reencarnaciones, perfeccionamiento de la especie en su afán de
supervivencia.
En los sueños volvemos a cruzarnos,
maestro. Como hilos truncos en una urdimbre loca, volvemos a encontrarnos. Ya
no eres de los que empañan vidrios con el resuello, pero vuelvo a verte ante un
auditorio. Esta vez no disertas sobre el arte del cuento y la novela, sino que
te acompañas con una guitarra. Te pareces a Atahualpa Yupanqui. Vistes una
ruana negra. La gente se aprieta en torno tuyo. Ahora te ves viejo
y, en lugar de cantar, pareces quejarte o llorar. De súbito, en la parte
posterior del aposento sin paredes (imagina un aposento sin paredes), alguien
realiza un movimiento imprevisto, habla brusco o estornuda. Total, que la silla
en que permaneces sentado se viene al suelo aparatosamente. Te golpeas la
cabeza y mueres.
Mis cuadernos están llenos de sueños que
he escrito a lo largo de toda una vida. En algunos de estos nos cruzamos,
maestro. Supongo que en muchos otros has venido embozado en otros seres, sin
que pudiera identificarte: un elefante, un tigre, una serpiente, un río, una
selva de Urabá. Has venido como un rastro innegable que ha de acompañarme
siempre, que se trasvasa en onirismo, que sigue iluminando mi senda. Escribes
para ti, no para los otros, nos decías. Ahora recuerdo que jamás nos
calificabas la tarea con una nota, como acaso se hacía en otros talleres de
escritores. No, aquello no tenía el rigorismo académico de una clase
convencional. Nada de notas, el sabio consejo, la palmadita en el hombro, el
gesto de confianza, con la esperanza de que la próxima vez lo haríamos mejor.
Sin duda que también has venido en algún
duermevela, en la divisoria entre la vida y la muerte que es cada sueño,
incorporado a un paisaje familiar: una plaza de un pueblo donde fui niño, donde
una vez el profesor me castigó encerrándome en un viejo salón de rebujos y
cachivaches donde, en una alta pared, había un ventanuco. Me trepé en una silla
y, a través de los barrotes, atisbé el mundo ancho de las montañas y el cielo.
También había en ese salón, en anaqueles polvorientos, algunos libros. Y creo
que entre ese aire de encierro y entre desperdigados y añosos libros, tuve un
inesperado bautizo con la literatura, el resplandor del destino. Lo que vi a
través de aquel ventanuco acaso fueras tú.
“Siempre me quedarán los sueños”. Y a mí me quedará el gusto de haberte conocido, de compartir una parte cierta
de tu mundo, de haber sido tu alumno. Gracias. Y hasta siempre.
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