*“Ahí va la réplica de Estévez”, me digo al reconocer a tu hijo Mario Leandro en el joven que avanza por un sector de Carabobo con San Juan próximo a la Alpujarra. “Es el mismo Estévez, en un formato juvenil”, razono ante esa talla sobresaliente, ante esa constitución fornida, ante esos ademanes imperiosos y ágiles. La Alpujarra, la Secretaría de Educación, los lugares donde suelo moverme, donde acudo a mis diligencias de profesor. También fuiste profesor, entre una multitud de oficios que desempeñaste. Por algo escribiste Un hombre llamado Todero. En la solapa de este libro se citan tus múltiples facetas: “vagabundo, peón de hacienda, maestro rural, periodista, Jefe de Educación en Coltejer, industrial por más de veinte años, productor de banano, ganadero y escritor”. Mario Leandro: la caja torácica robusta y amplia, los hombros erguidos, anchas espaldas. Sí, tu duplicado, tu sucesor. Y me pregunto cómo afectó a este chico tu muerte. Cómo te recordará. Tenía más o menos dieciséis años en ese trance. Me pregunto qué habrá hecho con tu biblioteca, si le gustan los libros. Y puede ser que no. Es muy común que el hijo coja el camino contrario al del padre, en una suerte de repulsa del destino. Recuerdo la época en que nació, la tarde en que lo llevaste a ver la película André la foca, cómo fui con vosotros a la casa de Manrique, y cómo Mario Leandro, un chico de tres años, me acompañó a la puerta al despedirme. Ahora es un joven con traza de universitario. Ahí va, caminando las calles que caminaste, respirando el aire que llenó tus pulmones, en la luz primaveral de esta ciudad de cerros, en la frenética lanzadera del tiempo, en el punzante velar de la carne y el deseo. Mario Leandro, el niñín aquel del tiempo en que las carteleras de los cinemas anunciaban 101 dálmatas. Hoy es un joven de barba (creo recordar que se deja la barba). Es de esperar que tu biblioteca adorne el espacio de la fundación que tu familia creó en tu honor. ¿Habrá separado Mario Leandro algunos de tus valiosos libros? ¿Habrá decantado el espíritu que se regocija en la lectura? Imagino que hiciste cuanto podías por familiarizarlo con tu mundo de obras y autores. Tu biblioteca, maestro, era un asunto de respeto. Tenías una valiosa colección de títulos. Eras un bibliófilo y un lector de quilates. Nada más al apreciar los epígrafes de tus obras se da uno cuenta de la envergadura de tu saber y de tu enciclopédico orbe de referencias: Juvenal, Shakespeare, William Blake, Kavafis, Kafka, Henry Miller, Susana Esther Soba, Julio Herrera y Reissig, Carmelina Soto, Alejo Carpentier, Augusto Roa Bastos, Nicolás Suescún, Lewis Carrol, Aldous Huxley, Meira del Mar, Nicolás Guillén, Leopoldo Lugones, Anthony Quinn, José Eustacio Rivera, Neruda, Ramón de Campoamor, James Agee, Mario Madrid Malo, Borges, Juan Ramón Jiménez, etcétera. Epígrafes que sabías escoger, inervados de reconocimiento, de complacencia y de certera anticipación. Mención, además, para el universo de tus aprecios y las dulzuras de tu corazón, que se expresaban en algunas dedicatorias de tus libros: “Para Mario Leandro Escobar Zuleta” (En las lindes del monte), “para mis hijos” (Un hombre llamado Todero), “Para Olivia Osorio Rivera, para Wilealdo García Charria” (Toda esa gente). Qué lugar tan especial ocupaban en tu ser esos alumnos del taller, que les dedicaste tu obra Toda esa gente: Olivia Osorio Rivera, Wilealdo García Charria. Es que no eras solo un maestro. Creaste una fina red de amistad y de afecto con camadas de estudiantes que eran tus hermanos, tus amigos, tus hijos. ¡Cuántos hijos! Recuerdo que un día en que te visité me regalaste una novela tuya, una copia argollada: Itipak. La conservo. Reflexiono y me digo que sí sabías inventar, que ese amor entre el colono solitario y la indígena de otro mundo no puede ser otra cosa que imaginación. Que ese cruce de fronteras, ese desdoblarse en el espacio y el tiempo, es puro fantasear, maestro. Itipak, otro ejemplo de la temática amatoria y erótica que te gustaba ahondar. Qué de amores. Amor a los libros, amor a la mujer, a su piafante cuerpo. Recuerdo que un día Natalia Pikouch me obsequió unos poemas de Ana Ajmátova. Así me ponía en contacto con la poesía más desgarrada y bella. Era eso, el poder de sugerencia de un maestro, su luminosa inspiración, su paternal cuidado, que con solo hablarnos de un autor, con regalarnos un poema, nos invita. Hoy te sigo viendo en tu casa de Manrique, en el cómodo rincón que adecuaste para vivir tu mundo de creador, sentado ante el computador, veterano escritor de gafas, la mano en el mouse, la vista atenta a lo que escribes: la vida.
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