*Leeré El doctor Zhivago y te recuerdo. Los días de lluvia y las clases en la u, la intensa juventud, la vida en pos de definiciones. Estarás ahí, detrás de todos esos días, en tu oficina del bloque doce, en los pasillos, las cafeterías y, por supuesto, el aula donde nos hablabas de Pushkin y los Cuentos de Belkin. Imaginaré al doctor Zhivago durante el tiempo de las privaciones y racionamientos que siguió a la Revolución y te veo avanzando por la Plaza Barrientos en un despampanante vestido rojo. Me parecerá un sueño. Recordaré a Bárbara, la alemana de Hannover, y la canción Natalí. Otras veces te veo cruzando la misma plaza en compañía de Kolia, tu hijo, que porta un violín y camina detrás de ti con desgana, casi a punto de armar un berrinche. El doctor Zhivago y su familia padecen los rigores de la escasez, el combustible para cocinar no se consigue fácil. Zhivago roba un leño de un montón apilado a la entrada de una residencia, lo carga en su hombro y se lo lleva, aprovechando un descuido del hombre que vigila la madera. Estarás ahí, en el aliento de esos días que ahora quiero soñar lluviosos, cruzados de una arisca soledad y el férreo propósito de dedicarme a las letras, de insistir con Estévez, porque no hay de otra, es esto o la muerte, y es cuando empiezas a hablarme de Ana Ajmátova y de Gumiliov. El tiempo de la u se irá como agua por el sumidero, será como un oscuro remolino, y tu imagen sigue allí, afín a esos ámbitos donde el conocimiento era una palestra y el estudio una lucha, donde las teorías y los conceptos iban y venían como el volante en el juego de tenis. Conceptos y teorías que en ocasiones eran resbaladizos como animales de lodo. La fuerza que siento en la voz del narrador, que me ata a la luz que desprende Yuri Zhivago resguardará tu voz, la extraña dicción de tu español aprendido en Ucrania, ese “yo quiere” anómalo que me encantaba oírte decir. Eran días tormentosos, difíciles, para Zhivago, para ti y para mí. Tu llegada a Medellín fue fruto de un sueño de amor que terminó en fracaso. Ahora eras madre cabeza de familia, con un hijo al que el padre había abandonado. Estas cosas las sabré después, hoy eres la robusta y eufórica profesora que me felicita por mi ensayo sobre Iván Ilich y que me promete publicarlo en la revista de la facultad. Y ahí está Ajmátova con su poema como una piedra blanca en el fondo de un pozo. Era esto lo que yo sentía al vagar por las calles y sentirme huérfano, haber sido tocado por la belleza de esos versos que tú me exhortabas a leer y que yo devoraba. Mi amigo Orlando, compañero de los días de infancia, agonizaba en una clínica. De regreso de una visita entré a un café a tomar algo y me enamoré de la muchacha que atendía. Era, en cierto modo, recordar a Eugenio Onieguin y las trampas del amor; o cuando te veo en las cafeterías conversando con Hernán, tu colega de Literatura griega. Ahora sabes que escribo, que pongo pasión en ello, que no es un capricho. Te gustan mis textos, la prosa quizás un poco más que los versos. Darás en el clavo, porque por ahí será que decante mi estro de literato. Mientras, nos aguarda el hálito de esos días en que leeré El doctor Zhivago, y me dices que le haga unas pequeñas correcciones a mi ensayo. ¡Pero ojo con tirártelo! Y eso es lo que ocurre, que el texto original tenía más chispa que el corregido. Suele pasar. Cuando en mi errar por Medellín pase por cualquier pila de leños, recordaré al doctor Zhivago robándose un madero. Tú echas pestes del gobierno soviético y aplaudes a Gorbachov y el derrumbe del muro de Berlín. Pero a mí me impresiona la figura de Lenin, su ardor de conjurado. Y es esto lo que sigo viendo en aquellos días en que nos conocimos en la clase de doce a dos en el bloque once. Quizás ya te había visto por ahí. Esa es una profesora. Yo era un estudiante, lo decía mi carné, pero los policías no tenían cara de buenos amigos al cachearme. Podía ser un cochino izquierdoso. Y la mano en la culata del revólver delataba cierta comezón. Ellos pensaban en los rebeldes que era preciso eliminar y yo pensaba en la leña para el doctor Zhivago. Era así.
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