viernes, 27 de agosto de 2021

Natalia Pikouch (Cap.22.)

*Natalia tomó del escritorio la novela de Dostoievski y vino al patio, donde la tarde la lengüeteó con mansas oleadas de claridad. Había escogido esa hora en que la luz es intensa y en que el tiempo inicia el reflujo, es decir, cerca de las cuatro de la tarde. Escrutó el cielo, temerosa de que la lluvia diera al traste con sus preparativos, echando  a perder el momento de solaz, cuyo disfrute había anticipado con la sola elección del libro. Echó una amorosa mirada a la hortensia y su flor desfallecida, de pétalos intactos, de un verde claro; en otras ramas de la planta los botones pintados de azul brotaban de a poco, el celeste milagro destellando aquí y allá. Le maravillaba la hortensia: como un esmalte lavado por la intemperie, el azul había huido, y la flor se había conservado íntegra, sin desmigajarse, compacto su nutrido puño de pétalos, de un verde más claro que el de las hojas. Sin duda que se iría deteriorando, porque toda materia es corruptible, pero qué resistencia. Mientras se acomodaba en la silla y empezaba a leer, se dijo  que acaso no fuera simple amago la nube gris al oeste, los truenos al otro lado. Gotas espaciadas y rudas crepitaron en el tejado; una parte del cielo, al centro del domo, resplandecía, pero la nube oscura  se concentraba, y el rugido del ogro en la altura hacía presagiar que no era juego; las gotas menudearon, se hicieron masivas y cantarinas, tomaron cierta uniformidad, mientras el trueno se paseaba. El fenómeno era dudoso, porque el cielo se iluminó en el centro, incluso el sol brilló, desmintiendo a las gotas que intentaban cobrar fuerza y repicaban otra vez en el tejado, pero sin animarse del todo; podía ser una escaramuza, falsa alarma, porque la claridad se mantenía templada y en el centro del firmamento una nube tenía un ribete de resplandor; a impulsos, como una llave que se abre y se cierra, las gotas resonaban y se apagaban, siendo el tejadillo un sonajero vacilante, una campanilla indecisa. El sol volvía a lucir, y las gotas callaban de nuevo, dando a la tarde la casi certeza de que no llovería. En más de un patio, manos presurosas recogían la colada, colgándola bajo resguardo. Pero Natalia seguía allí, entre confiada y medrosa, sosteniendo el libro en sus manos, gozando de la lid entre el sol y la lluvia. Una voluntad dominadora se afirmó en su mente, mientras su corazón se ensanchaba con una emoción recíproca. Quería saborear otra vez ese pasaje del starets Zósimo  y la vida en el monasterio, darse un chapuzón en la admirable prosa de Dostoievski. El trueno se silenció y las gotas no tamborilearon mas, mientras el azul se fijaba en el centro del cielo y el suave resplandor de la tarde se sostenía. Pero las gotas reanudaron su tableteo, ahora con más fuerza, con un aliento parejo, entre la lumbrarada del sol y el diáfano aire donde los pájaros tampoco le creían al aguacero, pues se atrevían a volar a campo abierto. Lloviendo y haciendo sol, son los portentos del Señor, pensó Natalia. La coposa nube fulguraba aún, recostada sobre la azul montaña, y las gotas resonaban pasito, con incertidumbre, sin que alcanzaran a volcarse en líquidos chorros desde el tejado; el piso se mojaba, como con una capa aceitosa, dejando todavía secos lunares en las baldosas; las gotas volvían a atenuarse, debilitándose cada vez más, hasta casi desaparecer. Así se daba la pugna del buen tiempo y el tiempo malo, de la sombra y la luz. La nube prieta del oeste se había disuelto, dejando más espacio al cielo y a las nubecillas blancas; pero del lado donde vino el trueno, que no había vuelto a escucharse, la oscura masa de nubes se posesionaba. Se eclipsó el sol, mas la claridad seguía respirando, el cielo manaba luz, la tarde estaba serena. Las gotas bisbiseaban en el tejado, y aún así eran más precisos los ruidos de la tarde, el pitido del ave,  las voces de la radio, los sordos golpes de un martillo, los rugidos de un carro, el entrechoque de loza en una cocina. De pronto, las gotas enmudecieron, y los gorjeos de los pájaros crecieron en intensidad y alegría; seguro que no llovería, porque la nube oscura se aclaraba y el paisaje al oriente, de montes y cielo, era nítido y calmo. Ese centro del cielo que se había mantenido claro y azul, fue lo que derrotó a la lluvia, lo que la hizo replegarse. Esa claridad indómita se había aferrado, como un guarda tenaz, y había impuesto su ceño.  El piso se fue secando; en ningún momento las gotas lograron compactarse y fluir en hilos. La tarde pareció henchirse, y una brisa leve agitó las ramas. Se había retirado la lluvia, aunque tal vez reagrupase sus tropas con vistas a una incursión nocturna. Exaltada, invicta, la tarde se regodeó en su triunfo y exhibió su belleza de cristal pulido.     

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