lunes, 2 de agosto de 2021

Mi maestro XLIV

*Ahora, en mi trajín diario por Manrique, volvía a mí el recuerdo de tus lecciones, lo que enseñabas para que fuéramos buenos escritores, maestro: escribir de lo que se conoce, mostrar seguridad en el empleo del léxico; que un cuento es un pedazo de historia donde hay un personaje fuerte, manejo de la tensión, amarres; que en una novela se conjugan muchas historias, y que es preciso interpolarlas; que hay que llevar una agenda a todas partes, así como el pintor se pertrecha con su libreta de esbozos. Volvía a mí la vida del taller, los condiscípulos, esa ciudad en que dábamos botes, pero que era también el espacio donde intentábamos canalizar las múltiples expectativas. Volvía a ver en mi recuerdo tu rostro duro y, a veces, también risueño, con un halo de travesura, de juventud y de alegría; ese rastro lozano y eterno que podemos vislumbrar detrás de todas las devastaciones de un rostro. Me habían trasladado a Manrique, a un colegio de El Pomar, por la estatua de Gardel para arriba. Como un soplo, un sueño, un remolino fugaz, me parecía la vida. Una especie de mareo me atacaba al pensar en tantas vivencias, personas, lugares, y yo disuelto en todas esas cosas. Lo había vivido como realidad (la imagen de un profesor trasegando la cotidianidad de un barrio), pero asimismo se me antojaba un sueño. En qué ímpetu vertiginoso se iban los días, las semanas, los meses. Lugares, rostros, vivencias. Era tu rostro el que dimensionaba el acontecer de mis pasos por esas calles, el que aromaba de nostalgia los árboles y los rincones del sector, el que atravesaba el campo de mis ideas con un fulgor que me cegaba. Como en un naufragio, centripetado por la rugiente espiral, todo daba tumbos en mí. Fue, no fue. La aguja de la iglesia de Manrique, los urapanes y las palomas del colegio, fijaban los recuerdos, como un alfiler o un pisapapeles. Fue verdad, exclamaba la aguja de la iglesia. Es cierto, murmuraban las palomas y los urapanes. Pero, ¿había sido verdad? En realidad, ¿fue cierto? Enseñabas la disciplina, hay que escribir lo que vemos, lo que sentimos, lo que presentimos, lo que olemos, lo que sabemos, lo que olvidamos, el árbol, la paloma. En Manrique encontré las palomas. Según doña Beatriz, la tendera del colegio, eran una plaga. Se refugiaban en el techo de la placa deportiva del plantel, bajaban a la losa de cemento, merodeaban cerca de la tienda, siempre en su afán de comida. ¡Comida! ¿Qué es una paloma? ¿Espíritu Santo? ¿Un simple pájaro? ¿Un ser extraño, mitad ave, mitad ángel? Gente como doña Beatriz no quieren a las palomas, las detestan, hablan en su contra, se burlan, en fin. Yo, que rasgueo la guitarra, compuse una canción a las palomas al llegar al colegio, y la canté en un acto cultural. A partir de entonces, doña Beatriz me apodó “Paloma”, y algunos estudiantes hicieron lo mismo. Un día hallé una paloma muerta cerca de la tienda. Estaba patas arriba. La cogí y la puse en un murito. Por sugerencia de unas alumnas y de doña Beatriz, la envolví en una bolsa y la eché a la basura. Me sorprendió constatar la impotencia (por un lado) y la crueldad (por el otro) que la suerte de estas aves despierta en ciertas personas. Las alumnas mostraban verdadero pesar. Las palabras de doña Beatriz eran insensibles, burlonas. “Llamemos a Funeraria la Esperanza”, dijo. Y añadió: “esos animales cargan muchos bichos”. El bicho de la tristeza me había inficionado su veneno. Eso era. La añoranza por una existencia andariega, por todo lo dejado atrás, por lo incierto de lo que se avecina. En esta ciudad, ¡yo fui un muchacho! Ahora era un veterano, un profesor cercano a la jubilación, un penitente en esta ciudad de lomas y montañas altivas. Escribir todos los días, mientras se pueda. Caracterizar un personaje, bosquejar un entorno, pintar cualquier situación. La escritura estaba allí, hecha ciudad, hecha adobe y cemento, hierro y vidrio. La he dilucidado, se me ha hecho claro. En el cemento y el adobe he leído las palabras “iglesia”, “leviatán”, “cementerio”. La escritura estaba allí, consubstanciada con la ciudad, con los edificios gigantescos, con las barriadas chatas, con las cisternas de gasolina, con los depósitos de agua. Cada mole representaba una letra y, el conjunto, una palabra, una frase. Contemplando la urbe desde la loma del colegio, descifré la historia que trasciende a los hombres y sus afanes y se dirige a lo eterno. “Leviatán”, “iglesia”, “cementerio”, allí estaban las palabras, se multiplicaban, formaban una historia, un libro. Un libro que leo en cada calle, en cada recodo, en cada accidente del paisaje. Lo leo mientras los dos policías, de pie junto a su moto, en la esquina, realizan el patrullaje de rutina: allí estaba el colegio, más allá una unidad deportiva, luego el puente sobre la quebrada comunicaba dos sectores, y la calle larga que desciende de los cerros, calle movida (creo que es la 76). Por esta calle camino al salir del trabajo, maestro, rumbo al enlace con el metro. La calle es la línea que sustenta la escritura, el andamio desde el que se construye el edificio. Camino calle abajo y vengo inmerso en la escritura, en la historia. Una buena historia es perdurable, decías. ¿Qué represento en la escritura? A lo sumo un punto, unas comillas. Tampoco aspiro a más. Amo el anonimato. La pintura de la lámina barata, que en vano busqué por mucho tiempo en libros y en internet, aparece ahora, camuflada en la ciudad: es el Leviatán, el monstruo marino trasvasado a tierra firme. Al caminar soy consciente del resuello de la bestia, tan próxima que puedo aspirar su aliento, palpar sus tentáculos. Ese lado del centro donde abundan los talleres automotrices y los almacenes que venden partes de vehículos, simula los ojos de Leviatán. Al cruzar por ahí tal vez los ojos de la bestia me abrazan en una mirada minuciosa, paciente. En cuántos sitios de la urbe estará disperso Leviatán. Otros representan la “iglesia”, otros más el “cementerio”. Mirando los edificios desde la loma del colegio entreveo los colmillos y las púas de Leviatán. En cierto grado de luz y densidad de un lugar, adivino el escudo o el talón de Aquiles de la bestia. Creo que Leviatán gusta de los sitios sombríos y opresivos. Allí se oculta. Todo esto lo vivía o lo soñaba caminando por ese sector de El Pomar donde recuerdo tu casa y la quebrada que pasa por detrás. Por cuántos años tus pasos hollaron los lugares por donde hoy camino. Te imagino llegando cansado, ansioso del solaz de la casa y la familia. Creo que en ese tiempo tenías un camperito amarillo, un jeep (esta palabra, aunque es foránea, me gusta más). Al lado de tu casa, la del fondo a la derecha, el carro. Ese callejón tenía su encanto, una atmósfera sosegada y recóndita. Detrás del muro que lo cerraba, un solar, un palo de mango. Hoy entreveo todo esto al pasar por allí. Quién sabe si tu esposa y tu hijo siguen allí. Una casa al lado de una cañada, en lo alto del barranco. El Molino, es el nombre de la quebrada. En invierno causa estragos. La reja, el zaguán, el patiecillo, el primer piso, la segunda planta, adonde me invitaste a subir un día y pude ver al operario trabajando en el baño, acondicionando la bañera para tu esposa, la cual llegaba muy fatigada del trabajo de enfermera (Arteaga me ha contado que fue ella, Alba Lucía, quien recibió a su hijo al nacer, previo acuerdo. Ese chico luego sería tu ahijado). Me atacaban ganas de adentrarme en el callejón, ir hasta el fondo, averiguar en la casa. Nunca me atreví. También cuenta el cansancio. A la salida de clases uno es un ripio de hombre, un ente que se deja llevar, un ser enajenado. Con el zureo y sus vuelos, las palomas me despedían hasta el día siguiente. A la basura con ella, no hay nada qué hacer. Acaso doña Beatriz tenga razón. No podemos velar una paloma. Hacerle novenario. En fin. Claro que se puede, solo que no nos ponemos en ello. Me parecían unas santas las señoras del aseo que operaron a la paloma que no podía caminar. Con unas tijeras cortaron de las patas la hilaza de cabellos enredada entre los dedos. Increíble que de tanto trasegar por el patio las palomas, sin darse cuenta, retienen en sus dedos los cabellos dispersos, que se apelmazan y encostran, impidiéndoles andar. “Hicimos lo que pudimos. La palomita sigue en nuestro cuarto, sin caminar”, me cuentan las empleadas al preguntarles por la suerte del ave.

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