miércoles, 18 de agosto de 2021

Natalia Pikouch (Cap.16.)

 *Los pueblos del desierto llegan a esta crónica con el nombre de Ismael. Ismael, nombre bíblico, que significa “Dios oirá”, hijo de Abrahán  y de Agar, su esclava. Extraños caminos nos condujeron aquí. Pero aquí estamos con los pueblos de Las mil y una noches y los derviches. Los pueblos de Alá. Ismael también es el nombre del narrador de la bella e inolvidable novela de Herman Melville: Moby Dick. “Llamadme Ismael”, así comienza ese inmenso drama del mar. Más en el marco de nuestra historia, Ismael es asimismo el nombre con que remplazó el suyo, el original,  el pesista  colombiano Juan Romero, a su regreso de los Olímpicos de Munich de 1972. No deja de resultar desconcertante este insólito maridaje entre la literatura (representada por Natalia Pikouch) y la halterofilia (en cabeza de Ismael Romero). Pero el pueblo ruso vuelve y juega aquí.  La anécdota es la siguiente. Al volver de Munich, Ismael se convierte en entrenador de pesistas al servicio de Coldeportes, Antioquia. Junto con los búlgaros, los rusos son potencia en levantamiento de pesas. Ismael Romero se hace con una bibliografía rusa de esta disciplina deportiva. Se necesita, pues, un traductor. Es donde interviene Natalia Pikouch en su papel de filóloga y de experta en varios idiomas, ucraniano, ruso, español. Natalia es contratada por Coldeportes y trabaja con Romero en la traducción del material bibliográfico: un libro de halterofilia.    

“Halterofilia”, qué nombre tan raro para un deporte, como la cetrería lo es, por ejemplo,  para el arte de adiestrar halcones para la caza de volatería. “Levantamiento de pesas” es más digerible. Juan Romero es un referente ineludible en la historia de este deporte en nuestro país. La Hormiga Atómica, uno de los sobrenombres que le endilgaron en aquella época de paños y manteles. El biotipo del pesista es por tradición un individuo de poca talla y sólida contextura. Así era Natalia, pequeña y robusta, la cual, en ropa deportiva, bien podía pasar por pesista en una delegación ucraniana. Los deportistas colombianos han tenido excelente desempeño olímpico en pesas. Pero acaso la medalla a la que se hizo más bombo antes de la competición, fue la de Juan Romero, que antes de viajar  a Alemania fue recibido y homenajeado por el presidente Pastrana. El inusual entrecruce de la literatura y la halterofilia determina el encuentro, a finales de la década de los setenta del siglo pasado, de Natalia Pikouch y Juan Romero. Según el dato suministrado por Hernán, el colega universitario, es más o menos esa la época en que Natalia desempaca en Medellín. Finales de los setenta, comienzos de los ochenta. Ismael Romero la recuerda muy bien: “Natalia, gran persona y muy llena de energía positiva. Trabajé con ella en la traducción de un libro de Halterofilia por los años setenta, a finales. Esto duró tres o cuatro meses. Muy carismática, un ser humano muy limpio”. Es esta la descripción que Ismael Romero me hace de Natalia Pikouch, vía wasap. Más tarde añade, por idéntico medio, en un audio: “gracias por esta situación de hablar de Natalia, me parece interesante este tipo de cosas, para personas que han hecho tanto beneficio”.               

Admiración y gratitud ante un ser humano tan noble es lo que rebalsa en el recuerdo de los que conocieron a Natalia. Mi amigo el Carnudo, al darse cuenta de que trasiego con el ajedrez, me envía por wasap un dato: el libro El hombre que Calculaba (Malba Tahan), allí se relata la historia del juego ciencia. Pero es que uno comienza con el ajedrez y acaba con halterofilia, me digo en mis adentros, jocoso. Por estos asombrosos caminos nos trae el recuerdo de Natalia. Ajedrez de Sergei Karjakin, ucraniano que compite por Rusia, que dos años atrás ganó el Torneo de Candidatos y disputó el título a Magnus Carlsen. Ajedrez de Yan Nepomniaschi, ruso que ganó el Torneo de Candidatos durante esta pandemia y que enfrentará por el título al imbatible Carlsen. Ajedrez y Rusia, parecen la misma palabra (pero Carlsen es noruego). Y ahora halterofilia de Juan Romero, cuyo nombre actual (Ismael) nos remonta a Abrahán y a Moby Dick. Extrañas urdimbres. Hoy registro mi memoria en busca de figuras de pesistas, y veo hombres y mujeres de sólida estructura corporal, casi siempre pequeños, vestidos con su camisilla y su pantaloneta, cual practicantes, en el atuendo, de la filosofía minimalista, en el impulso de alzar un peso que sobrepasa en mucho el propio. No sé por qué me recuerda a Kafka y su relato Un artista del hambre. Hombres y mujeres que, como Juan Romero y María Isabel Urrutia (por citar solo dos ejemplos nacionales, y cuántos otros habría que mencionar, Luis Javier Mosquera,  medalla de plata en Tokio 2020) llenaron de gloria a este país que poco cree en los deportistas, menos en los que se dedican a disciplinas que no excitan el consumo y las turbias pasiones. Natalia (y los literatos), a su modo, son otros pesistas, otras Hormigas atómicas, esforzados en alzar increíbles pesos: Dostoievski, Kafka, Melville. Campeones de otra esfera.            

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