*Ese mal bicho de la literatura que picó a un montón de estudiantes, y que los maestros, antes que extirpar, se afanaron por alimentar, había dado frutos. En el transcurso de la carrera, algunos de estos, en una especie de delfinado de las letras, habían acabado por apadrinar a un juicioso pupilo. Los vástagos fueron emprendedores, sí, pero también fue una generación sin fuerza ni cohesión, de publicaciones escasas y dispersas, sin mucho renombre. Nada equiparable a la dignidad de sus predecesores, como Estévez, Natalia, Hernán y Restrepo, que habían hecho una obra más o menos amplia y consistente, y que eran considerados como un referente literario en la ciudad. Los epígonos sonaron por ahí, dieron a luz uno que otro libro, y nada más. No cumplieron el mandato de superar a sus maestros y, en cuanto al estrellato, estuvieron muy lejos de esas dimensiones. Fueron unos bastardos. Un híbrido raro, que conformó su vanidad con la edición de un librito, así fuera pagado del propio bolsillo. Por supuesto, los más ya habían cumplido con las otras dos misiones existenciales, sembrar un árbol y engendrar hijos. Para muchos, esa era la fórmula del éxito como individuos.
Por las circunstancias de su
modus vivendi (soltero, gran valorador de la amistad y apasionado por la
literatura y la tertulia), Hernán era un padrino de alto predicamento. Aún
después de pensionarse, seguía en su labor de mentor literario de sus alumnos.
Su bondad natural le impedía negarse a los favores que le solicitaban. En
cuestiones monetarias, por ejemplo, ser generoso lo hizo objeto de estafas por
parte de gente malintencionada. Era un hombre abierto y expansivo, con la
válvula de la camaradería y el servicio pronta a dispararse. Sociable, jovial,
caballeroso. La agenda anual de concursos literarios locales era nutrida. En
muchos de estos certámenes, las cláusulas de la convocatoria exigían la figura
de un tutor, y Hernán, año tras año, accedía a desempeñar este papel con uno u
otro participante. ¡Y era tan fervoroso y desinteresado en esta tarea! También,
de manera particular, aportaba su experiencia y su tiempo aclarando ideas o
dando juicios a algún escritor novel con una obra en ciernes. Se sentía bien en
este rol de persona culta y promotor de nuevos autores. Cuanto podía, le
gustaba seguir la trayectoria de sus alumnos más cercanos, y estaba al tanto de
las fortalezas creativas de cada uno de ellos. De Luis, opinaba que era un
excelente prosista, y declaraba, sincero, desconocer su poesía. De Juan Mario, sabía que había escrito
tres novelas y dos poemarios. Se había extralimitado en sus denuestos contra el
gobierno, lo que lo obligó a marcharse del país. Guzmán no tenía mucha vena de escritor, pero se destacaba por su mente
aguda y analítica. Quizás su terreno fuera la pedagogía. A Jhony lo tenía en
gran estima, no solo como escritor, sino también como pintor. Además, Jhony era
el amo de esa preciosura de Maxi (adorada mascota), con lo que se había ganado el cielo de
antemano.
Con los años, la vejez y la
enfermedad, Hernán se fue quedando cada vez más solo. El tiempo de la pandemia
le sorprendió así. Los discípulos se fueron haciendo remisos, ya repuntaban muy
de vez en cuando. Se había mudado al barrio Carlos E., donde ocupaba un segundo
piso, acompañado por una empleada interna y un hermano. No pasaba apuros
económicos, con la pensión se bandeaba. Tenía varias hermanas en los Estados
Unidos, las cuales, además del apoyo moral, constituían una reserva de crédito.
No faltaba una que otra llamada de un pupilo, para qué. Tampoco había que ser
ingrato. Días atrás, lo telefoneó Luis. Y Marcos lo había llamado varias veces
para preguntarle sobre Natalia, de la que estaba escribiendo una estampa. En
ocasiones le atacaban unas ganas locas de salir, de encontrarse con Jhony y con
Maxi, de tomar un café y conversar. Pero las cosas se estaban poniendo malucas.
Que él recordara, una peste así no se veía desde los tiempos de la Edad
Media, cuando la medicina estaba en pañales. Si no se tomaban medidas serias,
esto degeneraría en un conflicto mundial de grandes proporciones. Era dudoso
que alguno de sus alumnos se atreviese a visitarlo. En su afán investigativo,
Marcos calculaba en dar el paso. Sin embargo, se limitaba a las entrevistas telefónicas.
La verdad, no se acordaba mucho de Marcos. Lo llamaban tantos discípulos. El
mero hecho de contestar y de entablar una charla era de por sí valioso. Por
otra parte, la lengua se le soltaba, más que de ordinario, al hablar de
Natalia. ¡Natalia! Le había contado a Marcos que tenía dos fotografías de ella.
En realidad, eran la misma foto, con un segundo o dos de intervalo. Las
conservaba en un lugar especial de su corazón y de la casa. El lugar exacto de
su corazón, podía precisarlo: todo él. En su apartamento, una mesita de centro,
bajo el vidrio.
Aquella vez habían ido de solaz a
la finca de Iván Hernández, otro profesor del área de Humanidades. Hernán y
Natalia aparecen sentados en el borde de un murito que limita un jardín. Están
uno al lado de la otra. Hernán luce prendas deportivas: camiseta, pantaloneta
corta, medias, tenis. Natalia lleva un traje vaporoso, de una sola pieza, café
claro, y delicados zapatos negros. Ambos miran a la cámara, Hernán en una
posición más frontal y erguida, mientras Natalia, que tiene el cuerpo
inclinado, los brazos sobre los muslos, observa al fotógrafo una migaja de
soslayo. Tras ellos hay dos arbustos en una estrecha franja de césped. ¡Son tan
jóvenes! El traje largo y sutil de Natalia, con encajes en la pechera y el
ruedo, su piel sonrosada y su cabello castaño, su rostro mórbido y sonreído
evoca a una sencilla y dulce ucraniana. Hernán es el tipo perfecto del galán
latino, con su cabello negro y espeso, su rostro imberbe y su cuerpo atlético.
Bella pareja.
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