*La buseta arrancó sin dar tiempo a que Natalia se sentara. Mientras el vehículo describía el leve declive de la avenida, ella se agarró con una mano de los respaldos de los asientos, mientras con la otra apretaba el bolso y los libros contra sí. Era una hora temprana de la tarde y la buseta venía con puestos vacíos. Se acomodó en la tercera silla de la derecha, del lado de la ventanilla. El aire era espléndido. El chofer accionó el cambio y aceleró al entrar al puente y Natalia echó un vistazo en redondo a la ciudad extendida a uno y otro lado del río. La nostalgia de su tierra le distendió el rostro en un gesto de ensueño. Sintió que la ciudad giraba levemente, como inervada por un dinamismo interno (un reloj), al tiempo que el carro ganaba el descenso con una velocidad moderada. Sintió que amaba este lugar, a pesar de todo. Había emigrado de la lejana Ucrania y aquí había encontrado un clima maravilloso y un buen trabajo. Algo le pasaba. Se sentía feliz. La buseta enfiló por la avenida y ella vio al fondo, al norte, el Quitasol, el enorme cerro que interrumpía el paisaje. Qué montaña. Cerraba el horizonte por ese costado, como un contrafuerte en el que Bello se recostaba. “Como un ave que guardara su pollada bajo el ala”, pensó, satisfecha de regresar a casa tras otra jornada en la universidad. El Quitasol convocaba una carrera atlética anual. Dichosos los que participaban y trepaban por esas lomas empinadas, respirando el aire de la altura, sintiéndose cerca de las nubes, del cielo. Ella, ni pensarlo. Estaba negada para el deporte, y la inquietaban los kilos de más. Sintió contento al imaginarse llegando a su casa, donde la aguardaba su hijo Kolia que habría regresado del colegio. No sabía muy bien por qué, pero se sentía feliz. De pronto, escuchó un disparo. ¿Era eso? También podía ser un carro quemando gases. La buseta avanzó unos doscientos metros más y se detuvo a recoger un pasajero. Entonces oyó el claxon desesperado. Un taxi bregaba por abrirse paso entre la apretazón de vehículos, haciendo resonar la bocina con exasperación. El taxi logró colarse entre dos buses (en uno de estos venía ella) y la bocina insistía con su clamor suplicante. El chofer del taxi apretó el acelerador y avanzó a toda. Cuando el taxi pasó al lado de la buseta, Natalia vio a dos personas en el asiento de atrás: un hombre con el pecho ensangrentado, la cabeza apoyada en el regazo de una mujer de edad. El herido tenía las piernas estiradas. Natalia imaginó el taxi llegando a urgencias, el claxon resonando, la sangre vertiéndose de la herida. Pensó que acaso el hombre llegara muerto al hospital y que toda esa prisa fuese inútil. Un estremecimiento terrible la dominó. Entonces entendió su dicha, al ver que su mano, en una especie de acto reflejo, esculcaba el sobre de manila con trabajos de sus estudiantes. Ah, ese muchacho Marcos. Tremendo ensayo se había jalado sobre La muerte de Iván Ilich. “Hermoso”, pensó, sin saber muy bien si se refería al ensayo o al muchacho.
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