martes, 31 de agosto de 2021

Natalia Pikouch (Cap.26.)

*El diálogo por wasap continúa: “Llámeme a las 9 de la noche”, “ok, compa”. Unos minutos antes de esta hora estoy ojo avizor con el reloj. Las nueve son las nueve y Guzmán es un hombre que trabaja. Hay que ser serios. Sin embargo, lo llamo a las nueve y cuatro minutos. Una llamada por wasap. Guzmán contesta en seguida. Tras un preámbulo de cordialidad, vamos al grano: Gala Pikouch. Guzmán me advierte que está estresado, que debe terminar un informe, y se disculpa de antemano si su relato, debido al cansancio, pierde la magia de la que lo reviste el solo nombre de la hermana de Natalia. Le propongo que grabe un audio y me lo envíe, así zanjamos el asunto y todos contentos. No, Guzmán quiere darme una idea, hablarme de Gala Pikouch así sea con llaneza. Por supuesto, también grabará el audio. ¿Cómo rechazar tal gentileza?

En la u se regó el rumor de que los masajes de Natalia Pikouch curaban los dolores de cabeza. Los colegas acudían a ella. Por esa misma época Natalia recibió la llamada de su hermana, de la que vivía separada hacía años, una en Colombia, la otra en Ucrania. La hermana se llamaba Gala. Gala contó a Natalia que ellas dos, por herencia ancestral, eran brujas blancas y tenían el poder de curar. Advirtió a Natalia, sin embargo, que no usara este poder, porque, por alguna circunstancia, el dolor de cabeza que le quitaba a uno, se le pasaba a otro.

En esos días la situación económica en Ucrania no iba viento en popa, y Natalia convenció a Gala de que viniera a Medellín, donde ella le tendría preparado un buen grupo de clientes. Así fue. De 1994 a 1996 Gala vino una o dos veces por año y realizaba sesiones de sanación a la clientela reclutada por Natalia, colegas de la u, principalmente. Las sesiones eran privadas y costosísimas. Se llevaban a efecto en la casa de Natalia que, me confirma Guzmán, ya no vivía en Bello: su status de profesora universitaria le daba para costearse un alojamiento en un mejor sector. Dice Guzmán que en esos días Natalia tenía un enamorado. No, no era el profesor Hernán, era otro, uno que incluso fue compañero nuestro. Guzmán no recordaba el nombre.

La sesión era una cosa mágica. Guzmán estuvo dos veces, y también llevó a María alguna vez. Guzmán dice que la primera vez lo disfrutó mucho, la segunda aquello se le antojó pura mercadería. No, no recuerda a qué sector se mudó Natalia luego de vivir en Bello. Era una unidad, algo muy cómodo y simpático. Guzmán no cree que yo haya visto a Gala alguna vez, así fuese por causalidad. Debe tener razón, porque en esos días me separé de mi mujer, dejé el apartamentico de Carabobo con Moore  y me fui a vivir con mi hermana en Conquistadores. Gala venía por pocos días, atendía a sus pacientes y regresaba pronto a su país. No era dada a salir por ahí, entre otras cosas porque no sabía ni jota de español. Volvía a Ucrania forrada en pasta. ¿Cómo despreciar esa oportunidad? Natalia le organizaba los grupos y la bruja blanca venía y curaba. Pasta colombiana, producto de las migrañas criollas.

Guzmán es otro que sufre de migrañas. En plena pandemia abandonó el trabajo con alumnos y se convirtió en maestro PTA, asesor de docentes en los colegios. Guzmán dice que ser maestro PTA hoy no es tan fácil como años atrás. Ha aumentado el trabajo y se han impuesto un montón de cargas burocráticas. Informe tras informe. Andaba estresado. Además de las migrañas, tiene problemas auditivos. Debe visitar un plantel del Popular 1, tres veces por semana, y presente informes. Claro, con los docentes es mejor que con los pelaos, estos desgastan demasiado.           

 


lunes, 30 de agosto de 2021

Natalia Pikouch (Cap.25.)

El caballo no tiene escapatoria. Está atrapado entre la primera y la tercera fila enemigas, a merced de la torre y el rey. Aronian se las ha ingeniado para atraparlo.  Qué partida la que le gana a Anad, sacrificando piezas, avanzando y coronando  peones, quedando al final con la calidad. Una apertura de gambito de dama, donde Anad rehúsa el gambito y juega c6. Maravillosa partida. ¿Cómo puede un ajedrecista poseer tal capacidad de cálculo? ¿Cómo anticipó Aronian esa genial serie de movimientos que, pareciendo desventajosos, a la postre le darían la victoria? Esta partida tuvo efecto en el XXIV Torneo Morelia, Linares 2007, donde Anad, pese a haber perdido este lance con Aronian, se alzó con el campeonato.  

Atrapado, como ese caballo de Anad, tal ocurre al escritor con la historia. La historia de Natalia Pikouch se ramifica, aparece Gala Pikouch. Envío un wasap a Guzmán: “Buena tarde. ¿Recuerda cómo se llama la hermana de Natalia Pikouch que hacía rituales de sanación? ¿Aparecerá algo de ella en Google?” Me responde, sucinto: “Gala”. Esa sequedad me deja picado. Envío otro wasap al amigo Guzmán: “Gracias, ¿podría darme más información sobre ella?” Me responde: “sí, claro. Es una historia maravillosa. Llámeme”. Y vuelta a escribirle: “Ok, ¿a qué hora está sin mucha ocupación?” Hay que ser delicado con los amigos, no abusar de su tiempo. Sin embargo, muero de ganas de que Guzmán se desocupe pronto (es docente) y me cuente la historia de Gala.  

Lo primero que se me viene a la cabeza es la mujer de Salvador Dalí, que se llamaba Gala. Artistas europeos, Primera y Segunda Guerra Mundial, Dalí viviendo en un castillo entre la abundancia y la excentricidad. Gala Pikouch (¿tal vez la vi algún día en los entreveros de la época de la universidad? ¿Tal vez la vi y no la recuerdo?), y la misma Natalia, me recuerdan las pinturas de Marc Chagall, los poemas de Paul Eluard y de García Lorca (Poeta en Nueva York), orbes cruzados de surrealismo. Gala Pikouch tenía algo de bruja, ha dicho María. Yo diría más bien que era una espiritista. Digamos que el saber de Natalia era más ortodoxo, más centrado en la realidad, filóloga y literata. Pero es que aquellos pueblos eslavos, con su cristianismo y sus balalaikas, tienen un no sé qué de loco y descentrado. “Vaya a una iglesia y prenda velas”, dice María que le ordenó Gala al final del ritual. ¿Cómo se las apañaría Natalia con esa hermana excéntrica en Medellín? Se adelanta algo, de a poquitos, al menos sabemos ya que la hermana de Natalia se llama Gala.

Aronian es armenio, lo que de entrada siempre me lleva a la Primera Guerra Mundial y el exterminio armenio, del que se culpa a los turcos principalmente, al Imperio Otomano, La Sublime Puerta. El Gran Crimen, así se llama a ese suceso, ocurrido entre 1915 y 1923. Aronian es un jugador de la élite mundial del ajedrez, otro de mis favoritos. En 2020 perdió a su novia, Arianne Caoili, en un accidente de tránsito. Arianne también era ajedrecista. De origen filipino, se había nacionalizado australiana, país por el que competía. Aronian venía jugando muy bien, pero este infausto lo despedazó. Llegó a ser segundo en el ranking, se vaticinaba que sería campeón del mundo, pero ha defeccionado un poco. Ahora vuelve por sus fueros, se anota algún tanto en el Chess Tour.

“Invención”, palabra suprema. Igual que en literatura (y todas esas “turas” de las que habla Olivera en Rayuela), es la clave en ajedrez. Es el poder y la libertad de crear. Allí hay un mundo grandioso que solo es dado comparar con el número y la magnitud de los cuerpos celestes. Aronian en sus mejores partidas es un creador jineteando mundos. Lo mismo Alekhine, Cortazar, Miles Davis. Algo en Gala Pikouch la imbrica a ese universo de París y la Maga con sus tarjetas de Paul Klee, de Olivera y su jazz cool. Francia, el país de la libertad, donde Alekhine halló refugio, tiene un glorioso pasado revolucionario. La Revolución de Octubre fue otra cosa, diría Natalia, instauró al régimen de los verdugos, a los comunistas y sus mataderos. Francia se decantó por la república, por la democracia. Los soviéticos, por el gulag. No sé, ahí está Aronian, cuyos ancestros acaso también fueron víctimas del genocidio armenio, trabado con Vachier Lagrave (que es francés) y con Ivanchuk (que es ucraniano) en el bello combate del ajedrez. Ahí está Guzmán expurgando sus recuerdos, y estoy yo como un carroñero en espera de ese expurgo, para encontrarme con Gala Pikouch en un sustrato de irrealidad y verdad.                

domingo, 29 de agosto de 2021

Natalia Pikouch (Cap.24.)

*Iván Ilich tampoco va más. Nos parece oír los espantosos gritos de su agonía. Ya no soporta la cama, por tanto, se traslada al sofá. De allí no se levanta más. Sus alaridos de dolor roban la paz a la familia. Tiene una novela de Zola a la mano, pero los angustiosos tormentos le impiden concentrarse en la lectura. En esa soledad de la muerte en que nadie puede auxiliarlo (porque esa “muerte” es suya y de nadie más), los recuerdos de la infancia le brindan consuelo: la pelota, el gusto por las ciruelas pasas, las empanadillas con que los agasaja la madre. Es un hombre en la plenitud, apenas sobrepasa los cuarenta, pero debe partir. Por suerte, tras esa lucha desesperada consigo mismo (porque no es con ningún otro), ve la luz. Es ese vestido rojo de Natalia (que en otra ocasión será azul) y la forma como pronuncia “Boris Godunov”, favorito de Iván IV, y más tarde, zar. Y como pronuncia Novgorod, como pronuncia Kiev. Marcos lanzándose a escribir el primer párrafo del borrador, metiéndole el diente al trabajo final. Dos, cuatro, seis, ocho, nueve renglones escritos con lapicero azul en su cuaderno. Eugenio Onieguin, Raskolnikov, Akaki Akakiyevich, Ana Karenina, Iván Ilich. ¿Qué cosa es el pueblo ruso? ¿Por qué la actitud descreída de Iván Ilich? No es él quien solicita al sacerdote en sus últimos momentos, es su mujer quien lo trae. Iván Ilich se resigna y comulga. En cambio en Dostoievski se respira la fe. Alexei Karamazov es un monje. En la literatura rusa el monasterio aparece a menudo como un referente de espiritualidad. El padre Zósimo. Y Sonia como imagen de la redención en Crimen y castigo. (Marcos recuerda dos ocasiones en que se cruzó con Arizmendy en Bello: Una, mientras caminaban por una calle solitaria, ya al atardecer; otra, en el parque, una noche de bohemia. En ambas oportunidades Arizmendy estaba ebrio. También lo recuerda en la jardinera de Kokorico, a la sombra del enorme laurel, hablando de Borges y, a propósito de cualquier palabra,  recitando sus cáfilas de sinónimos: Entereza, aguante, carácter, determinación, ecuanimidad, firmeza, integridad, mesura, rectitud. Era un individuo sencillo, cercano a los treinta, descomplicado y algo pasado de moda en el vestir, locuaz y alegre en el trato con sus condiscípulos. No solía ser muy puntual con las clases. Todo él emanaba rebeldía, descontento. Su mundo era desorbitado; era de hábitos nocturnos, por eso llegaba tarde a clases de la mañana. Esto en cuanto a Arizmendy. En cuanto a Marcos: se volvió antisocial cuando fue en busca de placeres clandestinos. Eso fue por la época del rapto con la lectura, en noveno de bachillerato. Fueron dos sucesos parejos en el tiempo. Haciéndose eco de las bravuconadas de los amigos en las reuniones de la esquina, se atrevió a ir al centro a ver una película pornográfica. Desde entonces enrumbó en una existencia solitaria y furtiva. Tenía dieciocho años. Una tarde pasó un chasco con la pecosa amiga de su hermana Nativa, que vivía en el mismo sector. Se encontraron en el bus y él le arrancó la promesa de ir a cine, después de que ella se desocupara de una vuelta. La esperó al frente de Villanueva, más de una hora de lo convenido. Regresó a casa y, en un aire de irrealidad tal vez provocado por su coraje y su vergüenza, vio que su hermana y la pecosa conversaban en la entrada, que al verlo llegar  se susurraban cosas al oído y se reían. Pasó entre ellas sin determinarlas y se encerró en el cuarto. Por esos días renunció a la fe. Los domingos solía ir con los amigos a la misa de cinco. Al salir, comían empanadas y flirteaban con las muchachas. Un día, mientras recibía la hostia, sintió el absurdo del ritual, y se prometió abandonarlo. Así, los domingos omitía acompañar a los amigos a la misa, pero se les unía en el recorrido nocturno por los negocitos de comidas rápidas y los bailaderos. Soñaba con un cuerpo de mujer, la palpitante carne y la embriaguez de su perfume. El paso siguiente fueron las putas. No es raro que se aficionara al garito. Desde niño le gustó jugar cartas.)     

 

sábado, 28 de agosto de 2021

Natalia Pikouch (Cap. 23.)

*La buseta arrancó sin dar tiempo a que Natalia se sentara. Mientras el vehículo describía el leve declive de la avenida, ella se agarró con una mano de los respaldos de los asientos, mientras con la otra apretaba el bolso y los libros contra sí. Era una hora temprana de la tarde y la buseta venía con puestos vacíos. Se acomodó en la tercera silla de la derecha, del lado de la ventanilla. El aire era espléndido. El chofer accionó el cambio y aceleró al entrar al puente y Natalia echó un vistazo en redondo a la ciudad extendida a uno y otro lado del río. La nostalgia de su tierra le distendió el rostro en un gesto de ensueño. Sintió que la ciudad giraba levemente, como inervada por un dinamismo interno (un reloj), al tiempo que el carro ganaba el descenso con una velocidad moderada. Sintió que amaba este lugar, a pesar de todo. Había emigrado de la lejana Ucrania y aquí había encontrado un clima maravilloso y un buen trabajo. Algo le pasaba. Se sentía feliz. La buseta enfiló por la avenida y ella vio al fondo, al norte, el Quitasol, el enorme cerro que interrumpía el paisaje. Qué montaña. Cerraba el horizonte por ese costado, como un contrafuerte en el que  Bello se recostaba. “Como un ave que guardara su pollada bajo el ala”, pensó, satisfecha de regresar a casa tras otra jornada en la universidad. El Quitasol convocaba una carrera atlética anual. Dichosos los que participaban y trepaban por esas lomas empinadas, respirando el aire de la altura, sintiéndose cerca de las nubes, del cielo. Ella, ni pensarlo. Estaba negada para el deporte, y la inquietaban los kilos de más. Sintió contento al imaginarse llegando a su casa, donde la aguardaba su hijo Kolia que habría regresado del colegio. No sabía muy bien por qué, pero se sentía feliz. De pronto, escuchó un disparo. ¿Era eso? También podía ser un carro quemando gases. La buseta avanzó unos doscientos metros más y se detuvo a recoger un pasajero. Entonces oyó el claxon desesperado. Un taxi bregaba por abrirse paso entre la apretazón de vehículos, haciendo resonar la bocina con exasperación. El taxi logró colarse entre dos buses (en uno de estos venía ella) y la bocina insistía con su clamor suplicante. El chofer del taxi apretó el acelerador y avanzó a toda. Cuando el taxi pasó al lado de la buseta, Natalia vio a dos personas en el asiento de atrás: un hombre con el pecho ensangrentado, la cabeza apoyada en el regazo de una mujer de edad. El herido tenía las piernas estiradas.  Natalia imaginó el taxi llegando a urgencias, el claxon resonando, la sangre vertiéndose de la herida. Pensó que acaso el hombre llegara muerto al hospital y que toda esa prisa fuese inútil. Un estremecimiento terrible la dominó. Entonces entendió su dicha, al ver que su mano, en una especie de acto reflejo, esculcaba el sobre de manila con trabajos de sus estudiantes. Ah, ese muchacho Marcos. Tremendo ensayo se había jalado sobre La muerte de Iván Ilich. “Hermoso”, pensó, sin saber muy bien si se refería al ensayo o al muchacho.

viernes, 27 de agosto de 2021

Natalia Pikouch (Cap.22.)

*Natalia tomó del escritorio la novela de Dostoievski y vino al patio, donde la tarde la lengüeteó con mansas oleadas de claridad. Había escogido esa hora en que la luz es intensa y en que el tiempo inicia el reflujo, es decir, cerca de las cuatro de la tarde. Escrutó el cielo, temerosa de que la lluvia diera al traste con sus preparativos, echando  a perder el momento de solaz, cuyo disfrute había anticipado con la sola elección del libro. Echó una amorosa mirada a la hortensia y su flor desfallecida, de pétalos intactos, de un verde claro; en otras ramas de la planta los botones pintados de azul brotaban de a poco, el celeste milagro destellando aquí y allá. Le maravillaba la hortensia: como un esmalte lavado por la intemperie, el azul había huido, y la flor se había conservado íntegra, sin desmigajarse, compacto su nutrido puño de pétalos, de un verde más claro que el de las hojas. Sin duda que se iría deteriorando, porque toda materia es corruptible, pero qué resistencia. Mientras se acomodaba en la silla y empezaba a leer, se dijo  que acaso no fuera simple amago la nube gris al oeste, los truenos al otro lado. Gotas espaciadas y rudas crepitaron en el tejado; una parte del cielo, al centro del domo, resplandecía, pero la nube oscura  se concentraba, y el rugido del ogro en la altura hacía presagiar que no era juego; las gotas menudearon, se hicieron masivas y cantarinas, tomaron cierta uniformidad, mientras el trueno se paseaba. El fenómeno era dudoso, porque el cielo se iluminó en el centro, incluso el sol brilló, desmintiendo a las gotas que intentaban cobrar fuerza y repicaban otra vez en el tejado, pero sin animarse del todo; podía ser una escaramuza, falsa alarma, porque la claridad se mantenía templada y en el centro del firmamento una nube tenía un ribete de resplandor; a impulsos, como una llave que se abre y se cierra, las gotas resonaban y se apagaban, siendo el tejadillo un sonajero vacilante, una campanilla indecisa. El sol volvía a lucir, y las gotas callaban de nuevo, dando a la tarde la casi certeza de que no llovería. En más de un patio, manos presurosas recogían la colada, colgándola bajo resguardo. Pero Natalia seguía allí, entre confiada y medrosa, sosteniendo el libro en sus manos, gozando de la lid entre el sol y la lluvia. Una voluntad dominadora se afirmó en su mente, mientras su corazón se ensanchaba con una emoción recíproca. Quería saborear otra vez ese pasaje del starets Zósimo  y la vida en el monasterio, darse un chapuzón en la admirable prosa de Dostoievski. El trueno se silenció y las gotas no tamborilearon mas, mientras el azul se fijaba en el centro del cielo y el suave resplandor de la tarde se sostenía. Pero las gotas reanudaron su tableteo, ahora con más fuerza, con un aliento parejo, entre la lumbrarada del sol y el diáfano aire donde los pájaros tampoco le creían al aguacero, pues se atrevían a volar a campo abierto. Lloviendo y haciendo sol, son los portentos del Señor, pensó Natalia. La coposa nube fulguraba aún, recostada sobre la azul montaña, y las gotas resonaban pasito, con incertidumbre, sin que alcanzaran a volcarse en líquidos chorros desde el tejado; el piso se mojaba, como con una capa aceitosa, dejando todavía secos lunares en las baldosas; las gotas volvían a atenuarse, debilitándose cada vez más, hasta casi desaparecer. Así se daba la pugna del buen tiempo y el tiempo malo, de la sombra y la luz. La nube prieta del oeste se había disuelto, dejando más espacio al cielo y a las nubecillas blancas; pero del lado donde vino el trueno, que no había vuelto a escucharse, la oscura masa de nubes se posesionaba. Se eclipsó el sol, mas la claridad seguía respirando, el cielo manaba luz, la tarde estaba serena. Las gotas bisbiseaban en el tejado, y aún así eran más precisos los ruidos de la tarde, el pitido del ave,  las voces de la radio, los sordos golpes de un martillo, los rugidos de un carro, el entrechoque de loza en una cocina. De pronto, las gotas enmudecieron, y los gorjeos de los pájaros crecieron en intensidad y alegría; seguro que no llovería, porque la nube oscura se aclaraba y el paisaje al oriente, de montes y cielo, era nítido y calmo. Ese centro del cielo que se había mantenido claro y azul, fue lo que derrotó a la lluvia, lo que la hizo replegarse. Esa claridad indómita se había aferrado, como un guarda tenaz, y había impuesto su ceño.  El piso se fue secando; en ningún momento las gotas lograron compactarse y fluir en hilos. La tarde pareció henchirse, y una brisa leve agitó las ramas. Se había retirado la lluvia, aunque tal vez reagrupase sus tropas con vistas a una incursión nocturna. Exaltada, invicta, la tarde se regodeó en su triunfo y exhibió su belleza de cristal pulido.     

jueves, 26 de agosto de 2021

Natalia Pikouch (Cap.21.)

*Sí, un fósforo, con la condición de que le prendas fuego a todo, como en El holocausto del mundo, ese cuento de Nathaniel Hawthorne. Como una aguja en un pajar, buscarás ese fósforo en el desorden de tu escritorio, aquella tarde en que el ansia de fumar te impulsó a abandonar la oficina, trasladarte a la del lado y pedir un cigarrillo a algún colega. Lo encontrarás, al fin, el fósforo, pero tu osadía no irá más allá de ese placer egoísta (contra el que algún ambientalista podría alzar su “vade retro, Satana”) de saborear el delicioso veneno del tabaco. Muchos alumnos recuerdan que fumabas bastante, es la imagen que conservan de ti. Arteaga, por ejemplo. En ese entonces había profesores que encendían su cigarro en el salón de clase, sin ninguna clase de escrúpulo moral o consideración por la biosfera. Hoy las cosas son de otro talante. Aquella tarde, contra cualquier sanción moral o ecológica, habías de hallar un fósforo y encender el mundo. Para ti, en aquel instante, el mundo era un cigarrillo.      

También había páginas encendidas, como las de Tolstoi y aquellos otros escritores rusos, pirómanos de buena ley. Como brasa despidiendo chispas, reaparecía ese Iván, ese bello nombre masculino (tan frecuente en la literatura de tu país), que en su aspecto femenino forma otro más hermoso todavía: Ivana. Era otra vez Iván Ilich, el magistrado, el hombre benemérito, el que ha conseguido llegar a la cúspide de la escala social, pero al que la enfermedad doblega precisamente en ese instante, cuando ha triunfado. Ahí estaba la lección. Hoy me pregunto por qué fue esa historia de Tolstoi la que tendió un puente de inteligencia y afecto entre tú y yo, por qué Iván Ilich, por qué no, por decir algo, Rodion Romanovich Raskolnikov o el príncipe Alexei. A la luz de eventos futuros esto acaba por aclararse un poco en mi mente: la enfermedad de Iván Ilich, la que acabó contigo, la misma que acabó con mi madre.

Ahí está el fósforo, de algún modo, fuego consumidor. La caja de fósforos El rey, con la imagen del monarca de nívea barba en la tapa, fue siempre una de mis amadas chifladuras. Creo que aún conservo una en mi gaveta. No contiene cerillas, ni una sola. Adentro solo hay un recorte de papel con la imagen del indio Pielroja. Es como una moneda, digo yo. Una moneda de papel, con la que pagaré mi importe a Caronte.  La estampa de un indio guerrero. Días atrás pensaba por qué ha de aprender uno a jugar ajedrez. Y me respondía que era una cosa de suma importancia, porque, demos el caso de que a las puertas del Infierno o del Cielo Satán o Dios se muestran eximios ajedrecistas y nos proponen una partida como condición para entrar en su presencia: sería ideal estar en capacidad de realizar al menos dos jugadas. Seguro que Iván Ilich supo responder a la apertura de gambito de dama que le propuso la muerte. Rehusó el gambito. Había aprendido la lección de que en la vida hay cosas más importantes que el tener, que hay que ocuparse del ser, que este no es un objeto de transacción que podamos sacar a relucir en el último instante y cuyo resplandor podamos pagar con un billete. A su debido tiempo, Iván Ilich encuentra el fósforo y echa fuego al sartal de mentiras en que vive preso. Lo mismo tú, Natalia, y mi madre, y también, con toda seguridad, yo, el día menos pensado.

Aquí está otra vez la historia de Iván Ilich, la que me sirvió de materia prima para escribir mi ensayo de final de curso. Aquí estás tú otra vez, conjurándome a escanciar la lección de estas páginas. Está mi madre. Y estoy yo, en la noche, acostado, tal vez llamando al sueño e intentando acordarme de los días en que mi madre, enferma, vino a vivir con nosotros. Mi esposa le cedió nuestro cuarto, nuestra cama. Recordé cómo trasladamos un sofácama al cuarto, sofácama donde yo debía dormir, acompañando a mi madre, a la cual podía darle un coma diabético en cualquier momento. Le echaba cabeza al asunto, a la posición del sofácama en la pieza, mamá acostada, dándome las buenas noches. Mi esposa se fue a dormir con Mariana, nuestra hija. Yo recordaba (intentaba recordar) cómo hacía mi madre para ir al baño en la noche, viendo que el sofácama estorbaba el tránsito. A lo mejor iba al baño de afuera, el baño social. Recordaba que yo no me sentía cómodo durmiendo en el mismo cuarto de mamá, como aquella vez en Cartagena (ya muy adulto, casi viejo) en que dormí con mi hermana Tarcila, en su cama. La familia era grande, faltaba dónde dormir, no hubo de otra.  

Aquí está otra vez esa historia de Iván Ilich, estás tú, estoy yo.

martes, 24 de agosto de 2021

Natalia Pikouch (Cap.20.)

*Mi querido antisocial:

Recuerdo el día en que al fin me llamaste por mi nombre. “Te lo aprendiste”, dije, alborozada. En mi rostro no campeó ese gesto entre disgustado y divertido con que solía responder a tu insistente yerro. ¿Acaso no era ya  tiempo? Todo el curso patinamos en ese barrizal de equivocaciones por tu lado y de correcciones de mi parte, de incomodidades y sonrojos, de extrañeza y de dudas. ¿Tanta lidia para decir un nombre, por lo demás tan común? Quedaba confundida, entre pesarosa y desengañada. No es que me moleste que me llames Sonia, para nada. Me parece bonito. Pero me preguntaba en qué mundo habita, qué enredo hay en su mente, por qué es tan lejano y tan esquivo. Tus poemas, que leo encantada, me desnudan tu ser partido entre dos orbes, tu desarraigo, la ausencia del mar y el abrazo de la infancia en Concordia. Persigues lo imposible, porque el mar es agua que se escapa entre los dedos, y la infancia es un recuerdo.

Recuerdo que nos detuvimos, cara a cara, la emoción del encuentro aleteando en el pecho. Llevábamos días sin vernos, y quizás te echaba de menos. Recuerdo que te dije “te pusiste la camisa que me gusta” y que respondiste “si te gusta mi camisa, te la regalo”. Y en nuestras voces había un efluvio de caricia y de contento. El sofoco subió a mi rostro, y en el tuyo sentí una migaja de pudor. Pero estaba hecho, y nada de volverse atrás. De todos modos, un aire de broma discurría en nuestras palabras, y este tono ambivalente nos ponía a salvo de nosotros mismos y, tal vez, enmascaraba el deseo.

Recuerdo tu rostro de muchacho ensimismado, huidizo, espantado de la aglomeración de las cafeterías, rehuyendo los saludos. Alguna vez te sorprendí en un cubículo de estudio. Me acordé de esa alumna que me dijo que siempre te veía escribiendo, que había un no sé qué de compulsivo en tu actitud, que la asustabas. Que tus ojos eran  tristes y ofuscados y huérfanos. Que te gustaba quedarte en el aula una vez que la clase acababa y todos se iban. Que parecías a punto de estallar en injurias contra todo o de romper en lágrimas, en fin. Siempre me pregunté por qué eras tan serio, tan reacio a participar en la sesión, casi había que sacarte las palabras con ganzúa. Pensaba en esas latitudes recónditas que nos marcan desde inmemoriales tiempos y que en todo momento nos oprimen con su lancinante resuello. También vengo de lejos. En los informes parciales entendí que todo lo que mezquinabas en el habla, lo desfogabas en la escritura.

Recuerdo que dijiste “Natalia”, luego de que dije “Marcos”, y esto sí que me dejó extrañada: al fin te lo aprendiste. ¿Por qué lo decías ahora? ¿Acaso te comportabas como un chico malcriado que se empecina en un error buscando ofender? Sin vacilación, nítido, brotó “Natalia”, y era como si hubieses encontrado la senda, como si te hubieses librado del estrangulamiento y del miedo, como si quisieras agradar. Me dije que tal vez estabas escribiendo algo y que el asunto marchaba y que esto te hacía distinto, te embargaba de felicidad. Entonces rogué al cielo que tu escrito fuese viento en popa, que las piezas encajaran a la perfección y que el instrumento emitiera la melodía más bella. Para que fueras así siempre, amable y tierno, como un verso undoso y rítmico del que mana la belleza. “Natalia”, dijiste; “Marcos”, dije yo.

Recuerdo que tu camisa era azul, que no podía ser de otro modo. Alguien que venga del mar no puede sino amar ese color. Un azul subido que contrasta muy bien con tu piel morena, donde era posible sentir el vozarrón de las olas, la brisa salobre soplando desde el fondo del tiempo, atravesando el líquido fermento, volcándose sobre la costa arenosa y la tierra erizada de vegetación. Y allí estabas tú.                       

sábado, 21 de agosto de 2021

Natalia Pikouch (Cap.19.)

*El profesor Hernán fue ese colega y amigo en que Natalia encontró consuelo, y acaso una nueva oportunidad de amor. En esos tiempos los veían conversando en las cafeterías de la universidad, caminando juntos por Junín. Hernán con sus bluyines estrechos y su pinta new way, la rusa con sus vestidos elegantes, de luminosos colores. La pasión por la literatura hermanaba a estos dos seres de existencia descuadernada. Ella había venido de Ucrania, quemando sus naves al arribar a Medellín, pero un agravio sentimental la dejó en la estacada, con un hijo a bordo, kolia. Hernán bordeaba la peligrosa divisoria entre la cordura y el desequilibrio mental. La amistad entre ellos se cimentó con el colegaje y, más tarde, con el agrado en la mutua compañía. Si un profesor de la facultad organizaba un paseo a su finca, era común ver a la robusta ucraniana al lado del fileño y nervioso Hernán. Eran días de juventud y expectativa. Hernán solía visitar a Natalia en su apartamento de Bello, estaba al tanto del crecimiento de kolia. Natalia se preocupaba por dar una educación de calidad a su hijo, priorizando el gusto por la lectura y la música. Fue así como le compró un violín y lo inscribió en unas clases en jornada contraria al colegio. Al parecer, el chico no correspondía a los intentos de la madre por brindarle una cultura artística. Los que veían a la pareja de madre hijo ir por los tránsitos de la universidad, notaban  cierto enfado en el muchacho que cargaba el violín, advertían que marchaba como a contracorriente, siempre una migaja detrás. Asimismo, cuando Natalia tenía oportunidad de hablar con el profesor de español de kolia, se enteraba, a su pesar, de que el chico  tampoco manifestaba mucho fervor por la lectura.

Muchos pensaban que Hernán y Natalia eran novios. Pero como que Hernán tenía otros gustos. Pasaron unos años y Natalia abandonó el curso de literatura rusa, cogiendo el de teatro. Hernán empezó dando literatura rusa, pero nomás llegar Natalia a la u, se la cedió y él dictó literatura griega, en la que se mantendría firme hasta que se pensionó. Quizás en esta deferencia inicial radicaba el amable nexo entre ellos. Mientras tanto, kolia crecía. Tenía el apellido del papá, pero muy rara vez lo veía. Natalia hacía lo posible por mantenerlo alejado de una influencia tan perniciosa. El tipo era un borrachín. Cierta vez en que kolia se encontró con el papá, le preguntó, cándido, por qué tenía la nariz tan roja. El hombre pasó un momento de bochorno y salió del paso con cualquier pavada. Entretanto, Natalia cambió de colegio a kolia, buscando siempre un estilo de educación personalizada, con énfasis en el desarrollo cultural. En este tiempo Luis fue profesor de español de Kolia en el Colombo Francés. Hernán seguía siendo ese amigo cercano, ese bienvenido huésped, ese camarada de charla y de compartir un vino, una cena, música. Un espíritu afín. kolia veía en Hernán a un ser bastante extraño, un tanto estrambótico, con todo ese amaneramiento y esos gestos exagerados y todo ese balar sobre libros, autores, ideas, en fin, era una fumarola irredenta, un tenaz consumidor de café. Esto debía sacar de casillas al muchacho, que ya era un adolescente, y que había enfrentado a la mamá con respecto a su futuro con el violín, aterrizándola con la decisión de abandonar el instrumento. Hernán, mientras tanto, se dedicaba a dar lata con sus estadas en clínicas de reposo y sus intentos de suicidio, asuntos que se constituían en pábulo a chismes y risotadas en los corredores de la u. La perfidia no estaba ausente de los comentarios de algunas personas, quienes afirmaban que estas crisis de Hernán coincidían con las peleas con su amigo de turno. También le endilgaron el apodo de Diablito, porque en sus intentonas de autodestrucción solía usar un químico llamado Diablo Rojo, especial para desatascar cañerías.

La vida intelectual de Natalia giraba en torno a la literatura, a su deleite por la poesía y los cuentos populares. Había alcanzado renombre en el círculo académico de la ciudad y sus seminarios gozaban de bastante demanda. No era raro que cualquier condiscípula de la universidad con la que trabaras palique, te contara que había estado en una conferencia de Natalia, exaltando la notoriedad del evento y haciendo constar lo mucho que le había aportado. Los simpatizantes de Natalia difundían aquí y allá la tradición del cuento maravilloso y un rico acerbo de narraciones y letrillas. Era este mundo de la literatura infantil lo que ella amaba por encima de todo. Recién llegó a Colombia, participó en un concurso de cuento infantil, llevándose el primer puesto. En la premiación estaba incluida la publicación del relato. Su cuento se titulaba El botón azul. Algunos de sus estudiantes desconocían esta faceta de Natalia como autoridad en literatura infantil que ella, acogotada por la dilatada bibliografía del curso, y por lo reducido del semestre, apenas alcanzaba a tocar. Si de ella dependiera, dedicaría la mayoría de las sesiones a hablar de los relatos maravillosos. De hecho, comenzaba con este tema, en el que no podía ocultar su felicidad. Y luego venía la inevitable seguidilla de los inmortales: Pushkin (Eugenio Onieguin), Gogol, Dostoievski, Tolstoi, Iván Turguenev, Nabokov. Y ella se lamentaba de que tuviese que verlos a troche y moche, porque cada uno de ellos ameritaba, por lo menos, un semestre completo. Era para mesarse los cabellos el hecho de tener que trozar de manera tan chabacana a Dostoievski. De que solo tuviese una clase o dos para dedicarle a Gumiliov, Bulgákov, Ajmátova, sus queridos poetas.  

Kolia era ahora un universitario que había optado por una ingeniería, confiando su porvenir en el pragmatismo. No le daba mucha confianza ese mundo libresco en el que había visto desempeñarse a su madre. Creía notar que a todos esos literatos les faltaba una tuerca o cojeaban por algún lado. Él iría a la fija. Haría parte de una compañía bien posicionada, con un sueldo de lujo. Adiós a las privaciones de la infancia. Quería casarse, tener una familia. Quería viajar, conocer mundo. Del borbollón de los años y del naufragio de la adolescencia, había sacado algo en claro. No quería parecerse a Hernán, ese pedante, ese intruso, ese alfeñique delirante que tenía el descaro de deslizarse a su subconsciente convertido en pesadilla. Siempre imaginó que el colmo de su desdicha sería que este personaje ridículo se presentara en su fiesta de bodas. Por kolia, era descontado que no lo invitaría. Pero había que contar con su madre. Kolia siempre contaba con ella.                                         

viernes, 20 de agosto de 2021

Natalia PIkouch (Cap.18.)

*Son actos frecuentes y harto naturales en mí: estirar el brazo y coger un libro del anaquel de mi biblioteca, estudiar una partida de ajedrez (por ejemplo, entre Karjakin y Shirov). Por estos días, mi elección del libro en mi anaquel tropieza a menudo con la novela del amigo Jhony, Tribulaciones de un punk. También es muy probable que la partida de ajedrez que tome por objeto de estudio sea protagonizada por un gran maestro ucraniano. Maravillosa urdimbre de los días. Converso con María luego de muchos meses de incomunicación y ella me recuerda que su madre se llama Sonia. Exactamente como la heroína de Crimen y castigo, del mismo modo que yo te nombraba en los lapsus o los dislates de mi conciencia. Sonia. La novela de mi amigo Jhony es un poco lo que Estévez nos animaba a hacer, escribir una novela de la u, algo que, según él,  todavía no se había escrito. Para nosotros, los alumnos de Estévez, una novela de la u no podía ser sino una novela de la Universidad de Antioquia, nuestra universidad. Tribulaciones de un punk es también una novela del barrio Castilla, una obra muy musical, y este es un tanto que el amigo Jhony se anota. A Shirov se le irán las luces, inutilizará un alfil en la casilla h6, un alfil que luego habrá de traer a f4 y que en seguida sacrificará comiendo el peón de g3.  Karjakin triunfará gracias a un caballo de ventaja, que al final hará su parte.

En mi anaquel, he puesto Tribulaciones de un punk al lado de Cinco ensayos sobre literatura rusa contemporánea, un poco en honor a aquella época. Ahí mismo, pegaditos, están los títulos de Estévez, y también los míos. Ahí debiera estar asimismo algún título de Hernán, Visiones terrenales, pero un amigo sin demasiados escrúpulos se quedó con esta obra, años atrás, luego de que me la pidiera prestada. Si prestas tus libros, tu música o tu dinero, pasarás un mal rato, lo más seguro es que no te los devuelvan. María todavía no publica un libro, aunque le da vueltas en la cabeza a la idea de lanzarse al mundo editorial con sus poemas. Ignoraba que María tuviese una colección de poemas. Sé que en los tiempos de la u ella anotaba sus sueños. Pensaba que, cuando más, se lanzaría al ruedo con un libro de crítica literaria. No, ahora que lo pienso, María siempre ha gustado de la poesía. Debe ser su reducto secreto. Hoy que volvemos a hablar, me confía su esperanza al respecto. A tiempo, los poemas de María. Me confía además que aún conserva mi poema Stonehenge. Es un texto que escribí en los años de la u. Me deja estupefacto. Y se me antoja una sacerdotisa druida que guardara el sagrario y revelara el camino a los iniciados. Ese poema traza un puente sutil entre María y yo, como la cinta de seda de la que habla Emily Dickinson. Los muchos años de amistad, con inconstancias y dudas, tienden también entre nosotros su poderosa estructura de hormigón. Pero ese poema Stonehenge (esa cinta de seda) es una cosa especial.

En mi afán de recabar anécdotas sobre ti, el amigo Jhony no me será de mucha utilidad, me sugerirá que hable con Hernán. Ese amigo Jhony y su memoria, tampoco recuerda a Arizmendy. Guzmán tiene una teoría interesante sobre la memoria y el hecho de recordar. Algo como que recordamos lo que queremos recordar, y que tejemos una red de intereses y supuestos en torno a los recuerdos. Algo así. Ah, sí, lo que Guzmán piensa con respecto al recuerdo es que parece un fenómeno con identidad propia. Y aporta el ejemplo del pacto de sangre que María y él hicieron una noche en una taberna. “¿Cómo es posible que, con respecto al pacto de sangre, los tres recordemos haberlo celebrado en lugares diferentes? María dice que fue en un cabaret de salsa por Cinecentro, cerca de la Oriental, yo también digo que fue por la Oriental, pero por la subida a Manrique, y tú, Marcos, afirmas que fue en una taberna de Colombia, una cuadra abajo del CEFA. Demás que eres tú quien tiene razón, porque tú todo lo anotas”. Bueno, en lo que sí coincidimos los tres es que fue en un lugar donde retumbaban los cueros y chillaban los cobres. Guzmán tampoco recuerda mucho de ti. Pero María me sorprende, inopinadamente, con dos recuerdos tuyos: el violinista de la u que andaba enamorado de ti y que, trepado en un árbol en la zona verde detrás de Troncos, tocaba la Sonata a Kreutzer cuando pasabas rumbo a tu oficina. Chorreaban la baba, eras muy voluptuosa, recuerda María. Sí, la Sonata a Kreutzer es también un cuento de Tolstoi, claro. El violinista enamorado era, según María, de color canela y verdes ojos, la encarnación del tipo romántico.

El otro recuerdo de María tiene que ver con tu hermana, la cual vino a vivir un tiempo a Medellín y ganó cierta notoriedad como sanadora (María dice “como bruja” y yo recuerdo los cuentos de Afanasiev, la Bruja Yagá). En esos días María trabajaba como promotora de lectura en Comfenalco. Una de sus hermanas estaba enferma de lupus y fueron a una sesión con tu hermana. Era un ritual “muy loco y bonito”, dice María. La sanadora hablaba en un idioma raro (no podía ser sino ucraniano) e invitaba a sus pacientes a que cerraran los ojos y le describieran qué colores veían. Hubo un color que María no vio y esto la dejó preocupada. Tras la sesión, tu hermana ordenaba a los catecúmenos que fueran a una iglesia y prendieran velas. María siguió la orden, pero no prendió el número de velas recomendado, y esto también la preocupó. La sanadora se atrevía a hacer pronósticos sobre la fortuna o la forma de la muerte. Guzmán tiene más información al respecto, dice María. Hasta debe recordar el nombre de la hermana de Natalia, porque él la visitaba, acudía a sus servicios.              

 


jueves, 19 de agosto de 2021

Natalia Pikouch (Cap.17.)

*Hernán tiene dos fotos de Natalia. Me gustaría hacerme con ellas. Por estos tiempos de pandemia, es un asunto difícil. Sería una nonada si Hernán me las enviara por wasap, pero me temo que él es anticuado, que no tiene celular. Tampoco es que yo sea de vanguardia. Sin embargo, para mí resultaría sencillo visitar a Hernán, pedirle que me enseñe las fotografías de Natalia y, con mi celular, hacerme a las imágenes. Lo que pasa es que estamos en pandemia y es muy complicado moverse de un lado a otro. Hay demasiadas restricciones. Hernán me ha invitado a su casa. Le he dicho que estoy escribiendo sobre Natalia, que me interesa recabar información al respecto, en fin. Se me puso a la orden, siempre y cuando esté dispuesto a pasar por el protocolo de higiene de su ama. Con cuanto gusto me recibiría y me daría preciosos detalles de Natalia. Me facilitaría algunos de sus textos, me mostraría las dos fotografías. Todo esto al amor de un tinto, que Hernán se deleitaría en compartir conmigo. El ceremonial de la ama no acaba ahí. Pasado el primer control, el del umbral, debo acceder a darme un duchazo y cambiarme de ropa. Solo entonces podría sentarme a conversar con Hernán. Ya hemos tenido dos conversaciones telefónicas. Hernán usa teléfono fijo, cuyo número tiene siete cifras. Conseguí su número con el amigo Jhony. Qué don de gentes tiene Hernán. Nomás llamarlo, presentarme y ponerlo en situación para que, en seguida, se preste a hablar de Natalia. Fueron colegas en la universidad. Más que eso, fueron verdaderos amigos. Hernán estuvo hasta lo último al lado de ella. Fue testigo del momento radioso que vivió en su lecho de enferma, cuando un amigo común se presentó con su libro, un libro que ella amaba sobremanera (Cinco ensayos sobre Literatura rusa contemporánea). Experimentó una inmensa alegría al palpar el volumen con sus manos. Fue un instante de lo más hermoso. Hernán la sobrevivió, aunque también anda con achaques de salud. Las piernas le fastidian bastante. Un mal que lo aqueja hace más de veinte años y con el que ningún médico ha acertado. Debe andar extraviado en la borrachera de la vejez, a  expensas de la empleada, a la cual  cedió el gobierno de su casa y, un tanto, de su persona. Toda su felicidad debe ser su viejo y fiel snauser, Charly,  y sus libros, y su música, y sus jarrones italianos, uno de los cuales se lo obsequió Natalia. Debe sentir nostalgia de sus alumnos, de muchos de los cuales ha sido tutor en asuntos literarios. ¿Será que la ama es menos chapada a la antigua y consigo las fotos con ella? Haré otro Intento.  Lo llamaré de nuevo. Pensé que en el libro de los ensayos, que compré en estos días, saldría una foto de Natalia. Suelen poner una en la solapa o en la contratapa Esta expectativa me alentó en no poco grado a adquirirlo, a arriesgarme a ir a un centro comercial, aviado con tapabocas y un pomito de alcohol en spray. Cuando la vendedora me lo entregó, ansioso, busqué en las solapas y en la contratapa: Nada de fotografía. En la contratapa aparecía una presentación del libro, a cargo de Iván Hernández, director de la colección. Eso era todo. Entre amigos y conocidos de la vieja guardia he realizado otras pesquisas. En vano. Para qué pensarlo más. La ama de Hernán ha de ser mi puente. Son dos fotos. Una de estas, según testimonio de Hernán, fue tomada en la finca de Iván Hernández, en Fredonia, durante un paseo. En ella aparecen Natalia y Hernán, ella en un vestido vaporoso, él en una pantaloneta cortica. Algo digno de ver. Es lo que pienso. Hernán en tanga.                

 

miércoles, 18 de agosto de 2021

Natalia Pikouch (Cap.16.)

 *Los pueblos del desierto llegan a esta crónica con el nombre de Ismael. Ismael, nombre bíblico, que significa “Dios oirá”, hijo de Abrahán  y de Agar, su esclava. Extraños caminos nos condujeron aquí. Pero aquí estamos con los pueblos de Las mil y una noches y los derviches. Los pueblos de Alá. Ismael también es el nombre del narrador de la bella e inolvidable novela de Herman Melville: Moby Dick. “Llamadme Ismael”, así comienza ese inmenso drama del mar. Más en el marco de nuestra historia, Ismael es asimismo el nombre con que remplazó el suyo, el original,  el pesista  colombiano Juan Romero, a su regreso de los Olímpicos de Munich de 1972. No deja de resultar desconcertante este insólito maridaje entre la literatura (representada por Natalia Pikouch) y la halterofilia (en cabeza de Ismael Romero). Pero el pueblo ruso vuelve y juega aquí.  La anécdota es la siguiente. Al volver de Munich, Ismael se convierte en entrenador de pesistas al servicio de Coldeportes, Antioquia. Junto con los búlgaros, los rusos son potencia en levantamiento de pesas. Ismael Romero se hace con una bibliografía rusa de esta disciplina deportiva. Se necesita, pues, un traductor. Es donde interviene Natalia Pikouch en su papel de filóloga y de experta en varios idiomas, ucraniano, ruso, español. Natalia es contratada por Coldeportes y trabaja con Romero en la traducción del material bibliográfico: un libro de halterofilia.    

“Halterofilia”, qué nombre tan raro para un deporte, como la cetrería lo es, por ejemplo,  para el arte de adiestrar halcones para la caza de volatería. “Levantamiento de pesas” es más digerible. Juan Romero es un referente ineludible en la historia de este deporte en nuestro país. La Hormiga Atómica, uno de los sobrenombres que le endilgaron en aquella época de paños y manteles. El biotipo del pesista es por tradición un individuo de poca talla y sólida contextura. Así era Natalia, pequeña y robusta, la cual, en ropa deportiva, bien podía pasar por pesista en una delegación ucraniana. Los deportistas colombianos han tenido excelente desempeño olímpico en pesas. Pero acaso la medalla a la que se hizo más bombo antes de la competición, fue la de Juan Romero, que antes de viajar  a Alemania fue recibido y homenajeado por el presidente Pastrana. El inusual entrecruce de la literatura y la halterofilia determina el encuentro, a finales de la década de los setenta del siglo pasado, de Natalia Pikouch y Juan Romero. Según el dato suministrado por Hernán, el colega universitario, es más o menos esa la época en que Natalia desempaca en Medellín. Finales de los setenta, comienzos de los ochenta. Ismael Romero la recuerda muy bien: “Natalia, gran persona y muy llena de energía positiva. Trabajé con ella en la traducción de un libro de Halterofilia por los años setenta, a finales. Esto duró tres o cuatro meses. Muy carismática, un ser humano muy limpio”. Es esta la descripción que Ismael Romero me hace de Natalia Pikouch, vía wasap. Más tarde añade, por idéntico medio, en un audio: “gracias por esta situación de hablar de Natalia, me parece interesante este tipo de cosas, para personas que han hecho tanto beneficio”.               

Admiración y gratitud ante un ser humano tan noble es lo que rebalsa en el recuerdo de los que conocieron a Natalia. Mi amigo el Carnudo, al darse cuenta de que trasiego con el ajedrez, me envía por wasap un dato: el libro El hombre que Calculaba (Malba Tahan), allí se relata la historia del juego ciencia. Pero es que uno comienza con el ajedrez y acaba con halterofilia, me digo en mis adentros, jocoso. Por estos asombrosos caminos nos trae el recuerdo de Natalia. Ajedrez de Sergei Karjakin, ucraniano que compite por Rusia, que dos años atrás ganó el Torneo de Candidatos y disputó el título a Magnus Carlsen. Ajedrez de Yan Nepomniaschi, ruso que ganó el Torneo de Candidatos durante esta pandemia y que enfrentará por el título al imbatible Carlsen. Ajedrez y Rusia, parecen la misma palabra (pero Carlsen es noruego). Y ahora halterofilia de Juan Romero, cuyo nombre actual (Ismael) nos remonta a Abrahán y a Moby Dick. Extrañas urdimbres. Hoy registro mi memoria en busca de figuras de pesistas, y veo hombres y mujeres de sólida estructura corporal, casi siempre pequeños, vestidos con su camisilla y su pantaloneta, cual practicantes, en el atuendo, de la filosofía minimalista, en el impulso de alzar un peso que sobrepasa en mucho el propio. No sé por qué me recuerda a Kafka y su relato Un artista del hambre. Hombres y mujeres que, como Juan Romero y María Isabel Urrutia (por citar solo dos ejemplos nacionales, y cuántos otros habría que mencionar, Luis Javier Mosquera,  medalla de plata en Tokio 2020) llenaron de gloria a este país que poco cree en los deportistas, menos en los que se dedican a disciplinas que no excitan el consumo y las turbias pasiones. Natalia (y los literatos), a su modo, son otros pesistas, otras Hormigas atómicas, esforzados en alzar increíbles pesos: Dostoievski, Kafka, Melville. Campeones de otra esfera.            

martes, 17 de agosto de 2021

Natalia Pikouch (Cap.15.)

*Mi favorito es Hikaru Nakamura, ajedrecista norteamericano de origen japonés. Las cosas del afecto son así. En un match entre el campeón del mundo (Magnus Carlsen) e Hikaru Nakamura, mi corazón se inclinará por el segundo. Esto es lo que se llama emoción, parcialidad, gusto, y nada tiene que ver con la razón. Lo mismo Eisenstein. A pesar de todo lo que se diga sobre su adhesión a la Revolución, sobre su ateísmo, etcétera, a mí me gusta. Es, antes que todo, un artista, un hombre sensible. Por otra parte, era un genio. Su escena de la escalera de Odessa ha sido celebrada y homenajeada por grandes cineastas. Una escena que cambió  para siempre la historia del montaje en el cine. Además, no es eso solamente. No es porque muestre atributos mayores, porque triunfe, que alguien nos gusta. Es merced a un elemento más sutil e inefable. De cualquier modo, eso de adherirse a algún –ismo no deja de generarme desconfianza. Tú te esquinaste hacia el cristianismo ortodoxo, una elección que no tiene nada de extraño. Es una religión de arraigo en el pueblo ruso, desde el siglo X y la conversión de la princesa Olga, en Kiev.

Odessa es una ciudad ucraniana, un puerto sobre el Mar Negro. Allí sucedió, en 1905, el motín de los marineros contra los oficiales del acorazado Potemkim. Eisenstein realizó el filme en 1925, cuando la Revolución había triunfado. Lenin había muerto ya, porque la cuerda le duró hasta 1924. Odessa, hermana de Kiev, la capital, de donde eres tú, donde vas de visita cada año, donde te espera tu hermana, donde disfrutas de la comida típica, los joludets, el borsch, el kéfir, el komput, el vodka. La mesa ucraniana ofrece mucha grasa, mayonesa, crema agria, frito, hongos, dulces, pan. Odessa, ciudad marítima; Kiev, ciudad del interior, de montaña, bosques, praderas. Bogdanovich, la joven promesa del ajedrez ucraniano era de Odessa. En 1905 los cosacos dispararon contra el pueblo indefenso que se levantaba en apoyo de los marineros amotinados. Es la famosa escena de la escalera, la madre, el cochecito, el niño. Eisenstein era letón, de Riga, de donde era asimismo Tal, el octavo campeón mundial de ajedrez, renombrado por sus ataques tácticos.

Una tarde en que te visité en la sala de profesores me despediste con un inusual obsequio: una bolsa de hongos. Era el tiempo en que comenzaban a imponerse los champiñones como una variedad nutricional, en que se iniciaba su comercialización a gran escala. Para mí eran hongos, de los mismos que crecen, a la buena de Dios,  en las mangas y el campo. Ante mi extrañeza, me dijiste: “son champiñones” y  me enseñaste cómo prepararlos. Champiñones, un referente importante en tu cocina y en tu dieta. Recuerdo que no me hizo mucha gracia esa bolsa de setas que daban la impresión de no haber sido lavadas. Te reíste de mi escaso mundo y desvaneciste mis temores. Recuerdo que al llegar a casa, le mostré a mamá el obsequio de la profesora. También puso cara de no entender mucho sobre champiñones, y menos de que una profesora encarte a un muchacho con una bolsa de estos. Aun así, me ayudó a preparar la receta, que probamos con desconfianza y, luego, devoramos con satisfacción: deliciosos. Desde ese día me gustaron los champiñones. 

Era una forma de decirme que la alimentación es importante, que debemos cuidarnos, que la salud viene de ahí. Hoy que lo recuerdo, imagino que si alguna vez me hubieses invitado a tu casa, me habrías ofrecido una comida saludable, pan de centeno, semillas y esas cosas. Sé que te gustaba el vino, que fumabas. También sé que la enfermedad te obligó a moderar estos hábitos. En tu casa siempre hubo íconos, elementos de la tradición religiosa de tu pueblo. En tus anaqueles no eran de extrañar los libros con lenguas extrañas en el lomo. Lo mismo ocurriría con las pastas de tus discos. Es muy bella esa modalidad artística de aquellas tierras asiáticas, el canto gutural (Khoomii). Es una cosa de otro mundo, una esencia sin par. Es como imagino a los pilotos de los aviones y las naves espaciales. El elemento en que se mueven y la dinámica de su oficio graban en su rostro un gesto sobrehumano. Esa luz no podemos verla los hombres comunes y corrientes. Son seres de otra dimensión. Es lo que pienso. De igual forma el canto gutural de aquellas culturas. Y tal vez era eso lo que yo veía en ti, la verde y extensa pradera, el jinete asiático, el canto gutural, Ivanchuk, Ponomariov, Bogdanovich.       

lunes, 16 de agosto de 2021

Natalia Pikouch (Cap.14.)

*En Bello es otra vez el ajedrez, pero entonces no conocía a Alekhine, a ninguna de esas eminencias rusas. Jugaba con los universitarios del cuarto piso, que eran cinco, los Blandón. Al comienzo también vivió con ellos la hermana mayor, pero esta se había graduado como licenciada en español y literatura, casándose luego y yéndose a vivir aparte. Es Capablanca venciendo a Lasker, pero en el tiempo en que jugaba con los universitarios del cuarto piso tampoco sabía nada del ajedrecista cubano. Es Iván, el amigo de Itaguí, arreglando la bicicleta en el patio de su casa, y Marcos ayudándole, ambos sentados o arrodillados o acuclillados o echados en el piso. Es la mamá de Iván, tan formalita; y la hermana, tan amable, pero del todo desinteresada de Marcos. Es él, Marcos, diciéndose que el ajedrez que jugaba con Iván debió ser de mala calidad, porque entonces apenas si sabía mover las piezas. Se dice que debió ser Iván quien le enseñó a jugar ajedrez. Es él un mediodía a la salida de clases, con un hueco de dos horas antes de la clase de la tarde: subió las escalas del Bloque 22 (el de la librería) y se fue a buscar el club de ajedrez, del que ya se había informado. Es él recordando que en ese bloque quedaba la tesorería y se ve arrimándose a la taquilla, muchas veces haciendo cola, a cancelar la matrícula o a pedir una prórroga. Es pensar que un día fue lo que llaman “primíparo”. Es Rubén con ganas de pasar a la u: al salir del colegio y ante el chasco en los exámenes de admisión, se puso a trabajar. En un hogar donde la mamá es cabeza de familia, el aporte de los hijos siempre es bien recibido. Claro que doña Omaira privilegiaba el estudio a cualquier otra cosa. Quería que Rubén, como los demás hijos, pasara a la universidad. Es Pamela, la hermana de Rubén. Rubén era un poco como Iván, ambos tenían una hermana y observaban con pena que Marcos sufriera por ellas, sin que ellos pudieran hacer gran cosa en su favor. Es Alekhine venciendo a Capablanca. Es Max Euwe venciendo a Alekhine. Pero él aún no sabe nada de esto. Recordaba que el tío Nicodemo practicaba el ajedrez. Cuando ambas familias coincidieron por un lapso en Concordia Marcos, que era un chaval, veía de vez en cuando a su tío jugando en algún café. Lo que pudo entender en ese entonces es que su tío era un gran ajedrecista, que representaba al municipio en los Juegos Departamentales. Es recordar que en esos años él sólo pensaba en patear una pelota, en hurtar naranjas de los solares ajenos, en perseguir globos decembrinos y en esperar en el transporte y ofrecerse a llevarles las maletas a los viajeros. Veía a su tío pensando ante el tablero, enfrentado a otro jugador, y nunca imaginó que ese juego pudiera atraparlo. Botvinnik, Smyslov, Tal, Petrosian, Spassky, Fischer, Karpov, Kasparov, Topalov, Anad, Carlsen. Ignaro, del todo analfabeto en cuanto a la historia y los campeones. Es él cualquier otro mediodía de esa época entrando como un autómata al garito, jugando cartas por horas, ganando, perdiendo, perdiendo. El primer día que visitó el garito, tuvo suerte de principiante ganó. Salió de allí, entro a un bar y apostó en las máquinas tragamonedas, y perdió. Tuvo el buen juicio de no jugar el pasaje, y así pudo volver a casa en bus, acostándose a dormir. Ajedrez. Escaques, Natalia. Es él en ese sueño en que, en la escalinata de la biblioteca, comienza un breve idilio con una muchacha. Todo se desvanece al llegar a la sala de estudio. Hay gran desorden allí, mucho amontonamiento de gente, mesas, sillas, libros. No sabe qué hace en ese lugar. No lee ni escribe ni pregunta por autores. Cada vez fluye más gente. Le parece que alguien ha cerrado todas las ventanas, que por eso todo está oscuro. Pese al tumulto, puede desplazarse con libertad. Aquello se transforma en un aula de clase abigarrada. No está a gusto allí. No concuerda con esas personas. No se adapta a su edad ni a sus gustos. Se interna en otros salones y de nuevo encuentra el mismo gentío indiviso y aglutinado. La salida da al corredor lateral, no muy ancho, pero transitable. Hacia allí se dirige. Es él en el club de ajedrez de la u aquel mediodía, asomándose tímidamente a ese mundo, moviéndose con cautela, más bien queriendo pasar inadvertido. Fisgoneó una o dos partidas. Qué voladores. Se sonríe para sí al comparar su nivel con el de esta gente. Las mujeres no les van en zaga a los hombres. Es Alekhine renegando de los que gobiernan Rusia, emigrando a París tras la Revolución. De la misma pasta, Alekhine y Natalia Pikouch, detractores del sistema soviético. Alekhine alcoholizado, muriendo en París, donde también la había pelado Wilde, tras su salida de Inglaterra por líos con jovencitos. Vasili Ivanchuk, el referente moderno del ajedrez ucraniano. Hasta recuerda a Natalia Pikouch ese Ivanchuk, en sus gestos, en su impulsividad, en su genio. Genios ucranianos. El ajedrez es judío, como es judía la bolsa y el Talmud. Otro ajedrecista ucraniano, Stanislav Bogdanovich, gran maestro, joven promesa de su país, muerto en 2020 a los 27 años. Junto con su novia, Alexandra Vernigora, fueron hallados en su apartamento de Moscú. Al parecer inhalaron óxido nitroso, también llamado “gas de la risa”, con el que inflan globos, pero que, en su aspecto lúdico, sirve para provocar carcajadas. Entonces murieron riendo los compatriotas de Natalia. Alexandra solo contaba 18 años. Odesa, esa ciudad del sur de  Ucrania, de allá era Bogdanovich. Eisenstein  y la escena de la escalera de Odesa. María y Marcos estudiando al cineasta. Como todo se relaciona: literatura, ajedrez, cine. Juan Romero (que se cambió el nombre por Ismaíl), el pesista que representó a Colombia en los Olímpicos de Munich, donde fue eliminado antes de competir por registrar 27 gramos de más a la hora del pesaje. Efrén, el colega ajedrecista de San Antonio de Prado es quien refiere la anécdota de Romero, cómo ambos conocieron a Natalia. Este Juan Romero, ahora llamado Ismaíl, trajo unos libros de halterofilia de Rusia. Natalia los tradujo del ruso al castellano. Y así se van hilando las cosas.           

domingo, 15 de agosto de 2021

Natalia Pikouch (Cap.13.)

*Aunque sentía no pertenecer más a aquel lugar, el vicio (en esto había acabado la costumbre) me impulsaba a ir a la u. Podía encontrárseme en un pasillo del segundo piso de la facultad de educación, sentado en solitario, estudiando. En ocasiones, la única compañía en el desierto espacio eran los zancudos, que hallaban dulce mi sangre y saciaban su hambre en ella. El ardor y las ronchas no se hacían esperar. Por dulce que les supiera mi sangre, los zancudos no menguaban el castigo. En verdad que no tenían nada de amigables estos alados compañeros. Resultaban demasiado cargantes y, por lo regular, me obligaban a cambiar de sitio, previa la callada e infructuosa lucha a ciegos manotazos.

Por aquellos días todavía me era dado cruzarme contigo por allí, pero eran cada vez menos las oportunidades. Una vez te me apareciste en un sueño: abrazados avanzábamos por un pasillo de la u. Este sueño fue tan peculiar, que lo anoté en mi cuaderno. Es esa sola escena, los dos abrazados. Este sueño me recuerda un hecho real de aquel tiempo, la profesora de literatura colombiana, que regresaba a la u luego de una incapacidad de un mes (se había rodado por la escalera de su casa) cogida del brazo de dos apolíneos estudiantes que la socorrían en su renqueante tránsito hacia su oficina. Uno de los varoniles y comedidos auxiliadores de la profesora era este servidor. Me quedo con la imagen del sueño, por obvias razones.

La visión de este sueño se trenza con muchas otras: una sensación particular que me acometió  un día al salir de tu clase, la imagen de una muchacha rubia leyendo Los hermanos Karamazov en un pasillo del bloque circular (el once, que era el de idiomas), Iván Ilich golpeándose el costado al instalar los cortinajes de su nueva casa, la piedra blanca en el fondo de un pozo del poema de Ajmátova, Hernán y tu conversando en una cafetería, el desorden de tu escritorio en la sala de profesores, el vestido azul que llevabas un día en que nos cruzamos en un bus, en fin, tantas cosas.

Aquel rincón desolado del segundo piso de la facultad de educación era tal vez un lugar apropiado para concitar todas esas imágenes. La soledad del pueblo ruso, de esto había hablado en mi ensayo sobre Iván Ilich. Recuerdo que algunas veces, para mí, con desenfado, te llamaba “la tártara”. En algo me recordabas a la Claudia Chawchaw de La montaña mágica. Esa Claudia y Hans Castorp, oh, la vida. Cinco mesas de estudio, cuatro sillas soldadas a cada una, y nadie más allí, y sentirse uno tan solo, tan esquinado por la existencia, tan perdido, así esto significara el privilegio de la introspección y sus hallazgos. ¡No! preferible caminar abrazado a una mujer, respirar su aliento, así sea por el escaso tiempo de felicidad que nos concede el amor. Porque el amor no dura, hay que aceptarlo. Es triste, pero es, como diría César Vallejo. Así, Hans Castorp ve partir a Claudia, y más tarde es él quien parte hacia la guerra, donde morirá. 

Aquel recogido lugar de estudio, hoy lo recuerdo. Dos lámparas fluorescentes, un bombillo alumbrando: coloraciones lumínicas distintas, antimonio y ámbar. Antimonio. Mi cielo, el azul blancuzco de las lámparas de aquellos pasillos. Mesas vacías. Sólo en una de ellas algo que retratar: dos botellas de gaseosa juntas, verticales, y una bolsa de plástico transparente, anudada, con cáscaras de banano dentro. Banano, por supuesto. Ahora recuerdo que era lo más barato, lo más acorde con nuestro bolsillo de pobretones en los kioscos de fruta de la u. Banano en pilas, como diría Luis. Rechazo de las plantaciones de Urabá. Ese es el banano que traen por acá en camiones, porque el tipo exportación es otra cosa. Este banano que comemos aquí, es el desperdicio de la producción en las plantaciones de Urabá, y lo arrojan por montones a la orilla de la carretera. Lo llaman fruta de rechazo. Entonces uno consumía en la u banano en cantidades, amparando nuestra escasez pecuniaria en las propiedades nutricionales de esta fruta. Rica en potasio, fósforo, y esas cosas. 

Más allá de las elucubraciones de tercermundistas con respecto al banano, en aquel rinconcito del segundo piso uno podía abismarse, en las pausas del estudio, contemplando el paisaje del otro lado del balconcillo, que daba a un tramo de la avenida circunvalar inundada de luz resplandeciente (debía de ser en la tarde), bordeada de árboles. En seguida estaba el prado moteado de sol (un sol gallardo) y de sombra de frondas. Al otro lado del vallado, el pertinaz  rumor de los autos, con sus altibajos. Y la brisa. Algunos árboles lucían una tableta informativa en el tronco, el nombre común, etcétera.  Había un poste blanco con placas metálicas de fondo azul con las direcciones del tráfico. En ocasiones se escuchaba un escondido ruido de pasos. La vista se topaba con jalbegados muros plagados de letreros rebeldes; carteleras, avisos, un pedazo de escalas en ascenso. En el piso, junto al pretil, una caja de cartón.

Por allí me retiraba a estudiar en aquellas tardes de exalumno. ¿Qué hacía allí? ¿Ya no me había graduado? Recuerdo que este reproche, a modo de broma, me lo hizo una compañera que todavía daba tumbos en la carrera. Tenía razón, había que destetarse, dejar esa fácil y socorrida vanidad de exhibir nuestra imagen por aquellos sitios donde ya estábamos de más. Partir. Nadie nos necesita ni nos echa de menos. Uno más. Está bien. Solo de los recuerdos no podía desprenderme. Y allí estabas tú, abrazada a mí en aquel sueño, conversando con Hernán en la cafetería, buscando un fósforo en el desorden de tu escritorio.                         

 


viernes, 13 de agosto de 2021

Natalia Pikouch (Cap.12.)

*Hernán había publicado un libro de poemas titulado Visiones terrenales. Marcos tuvo un ejemplar obsequiado por el autor, pero quedó en manos de un amigo, que no se lo devolvió. Más tarde, después de pensionarse, publicó otro volumen de poemas, el cual tenía un latinajo por título: Tótum revolútum, que en cristiano debe significar “todo revuelto”. En Youtube hay un vídeo del lanzamiento de dicha obra, donde se ve a Hernán leyendo sus poemas ante un auditorio nutrido. A Luis este segundo libro de Hernán le parecía mediocre. Hernán había incluido en este dos o tres poemas de Visiones terrenales. En verdad que el contenido daba la idea de una revoltura indigesta, un bodrio. El diálogo fabuloso de un gato intentando comerse a un ratón, una réplica al poema “Suenan timbres” de Luis Vidales, una conversación con un ángel (“en mi poesía el humor tiene cabida”), otro sobre los cementerios y las urnas cinerarias. En fin, sesenta y tantos poemas, “que no transportan al cielo platónico de la poesía, pero que tampoco proporcionan un solo minuto de aburrimiento, y con eso me siento satisfecho”.

Un par de poemarios, tampoco es que hubiese publicado mucho el maestro. Su renombre se debía a su experiencia como lector (tenía una biblioteca personal de cientos de títulos), a su erudición literaria y a su mentoría con los escritores jóvenes. Claro que había escrito mucho, desde su más tierna edad, pero fue generoso en romper. Un gran número de novelas, otras tantas de teatro, todo destruido por sus propias manos. “Detrito”, según él mismo decía, recordando una obra de Samuel Beckett. Pero no había dejado de escribir, orillándose hacia el ensayo crítico y el aforismo. Con el cuento no pudo. En su larga vida sumaba unos once, de los cuales solo cuatro eran rescatables, y de estos, dos andaban traspapelados. En su mesita de noche mantenía por lo menos cuarenta libros, y la del comedor estaba ocupada hasta la mitad por otros cerros. Cualquier intento de seguir un plan de lectura fracasaba frente a esta desordenada exuberancia de volúmenes en turno, a los que siempre se sumaban títulos recién comprados. En muchas ocasiones, buscar un libro en su biblioteca le costaba una o dos horas, y se corría el riesgo de que la búsqueda fuera infructuosa. Los últimos tres trasteos habían dado al traste con cualquier posibilidad de orden en sus libros. Se le habían perdido muchos, sea porque los prestaba y no se los reintegraban, o porque, sencillamente, algún visitante inescrupuloso se los llevaba. Amaba sobremanera ese mundo cercano de textos impresos. Eran una cálida compañía, un círculo de afecto inquebrantable. Aunque era de por sí dadivoso, le dolía perderlos. Una vez cambió su colección de novelas de Julio Verne por unos volúmenes de Charles Dickens y Walter Scott. Creyó que Walter Scott al menos se equiparaba con el francés. Qué chasco se llevó. Le pesó. Con los años, con mucho esfuerzo, fue rehaciendo su colección, pero solo llegó a la mitad de los títulos que tenía antes.

Es mucho deleite el que siente Hernán al hablar de literatura. Se posesiona de la palabra. Ahora no tiene los arrestos de la juventud, se fatiga pronto. Como un prestidigitador, o como un apostador que sacara un as de la manga, al rato de hablar se hace con un cigarrillo y, con un delicioso gesto ritual, lo enciende y, con elíseo transporte, fuma. Un duendecillo azulino y volátil entra en escena, el humo. Olor conducente a descanso. Leve espíritu huidero. A tiempo, Hernán sacraliza el discurso con la donairosa aparición del cigarrillo. Qué placer.

¡Dorada juventud! Sus años de rapaz en Prado (su padre, Euclides, era abogado civil), los de estudiante en el colegio San José, y luego en la Universidad de Antioquia, donde se inscribió a abogacía. La sociedad perdió a un jurista y ganó un literato, porque Hernán abandonó sus estudios de leyes y se pasó a la Pontificia, donde se matriculó a filosofía y letras. Más o menos en 1980 está dictando literatura rusa en la u y luego, a la llegada de Natalia, pasa a dictar literatura griega, cediéndole el cuerpo de conocimientos sobre Pushkin y Gogol a la nacida en Ucrania. ¡Natalia! Su estampa eslava esparció una brisa de encanto, una iridiscencia de otras latitudes, un resplandor de poesía. ¡Natalia! Era bello pronunciar ese nombre en los corredores y salones de la u, conjurando ensueños de extensas llanuras, de caballos y jinetes y nómadas y ríos caudalosos congelados en la estación del frío. Era un asalto a la costumbre y un complot contra la desabridez del mundo converger en esos azules ojos, en ese cabello canela, en esas palabras inteligentes. Qué alentador encuentro. Natalia era suave y suscitaba anhelos con su láctea piel nórdica, con sus ojos entre sonreídos y melancólicos, con esa voz de sonido foráneo y pasión intacta. ¡Ajmátova! ¡Los cuentos populares! ¡Ana Karenina!

 


Natalia Pikouch (Cap.11.)

*Los Cinco ensayos sobre literatura rusa contemporánea, de Natalia Pikouch, salieron a la luz en marzo de 2007, el mismo mes y año de su deceso. “Un premio de consolación”, dice Hernán, refiriéndose al hecho de que a Natalia le llevaron el libro recién impreso a su lecho de muerte en el hospital.  “Era ya un desecho humano”, agrega. Natalia murió de cáncer en la matriz. Años atrás la habían operado de eso, pero el mal sacó las garras de nuevo y la destruyó. Natalia enfrentó la enfermedad con valor. Se había refugiado en el cristianismo. Había abandonado el tabaco, moderando a la vez sus hábitos alimenticios. Sus placeres se habían aquerenciado en una buena charla, escuchando buena música, acompañada de buenos amigos. Por descontado que la literatura constituía otro solaz en su vida, quizás el más grato. Asimismo, ver a su hijo convertido en un profesional, casado, con trabajo.

El volumen de los Cinco ensayos es modesto en tamaño, rico en contenido. Hace parte de la colección Celeste de la editorial de la Universidad de Antioquia. El texto de la presentación fue escrito por Iván Hernández, director de la colección, amigo y colega de Natalia. Es un libro delicioso. Bulgákov, los poetas del Siglo de Plata, Pasternak, la literatura rusa posterior al comunismo… Para Marcos este libro había significado un encuentro vital. A la sapiencia y la profundidad, se aúnan los puntos de vista originales. Por ejemplo, en esa parte del cuarto ensayo, donde habla de la escritura femenina, cómo fue el rol de la mujer bajo el sistema soviético, los vientos de cambio a raíz de la caída del régimen, el valor literario de las escritoras emergentes. Marcos había disfrutado de la lectura, descubriendo en Natalia a una escritora de quilates, deteniéndose en las facetas de su pensamiento, lo cual no le fue dado gozar en la u, durante sus clases. Es que ante el papel nos desnudamos y volcamos todo nuestro potencial, el cual, en muchas ocasiones, es sofocado por la oralidad. Qué amor inmenso por la literatura y qué amplio saber literario. Pushkin, Dostoievski, Ajmátova, Pasternak. Enemiga acérrima del gobierno soviético, lo critica con dureza. ¿Qué fue al fin el marxismo-leninismo? Ignorancia. Ni los profesores que pontificaban sobre marxismo-leninismo sabían lo que era eso. Es lo que Natalia piensa, lo que se desprende de su libro. Qué prosa tan limpia y llevadera. Es evidente que pergeñó algunos de estos ensayos bajo el castigo de la enfermedad. Un “gracias, bella ucraniana”, brotó de los labios de Marcos al acabar la lectura. Qué afortunado tenerte como maestra, conocerte y escuchar tus lecciones.

En la voz de Hernán chispea el amor que siente por Natalia. Accede en el acto a compartirle a Marcos las dos fotografías que conserva, y le pide que, ojalá, publique en su libro la imagen de la bella ucraniana. No, a él no le interesa que su foto salga publicada en el trabajo de Marcos. Pero la de Natalia… La radioterapia acabó con ella. Sufrió mucho. Era una mujer encantadora. Dominaba a la perfección el ucraniano, el ruso y el español. Su prosa era diáfana y sutil. Y lo hermosa que era. La sensación que causó en la universidad con su llegada. Una rubia de ojos azules, con caderas de negra. Los machos cabríos se relamían. La estrella de Hernán brilló sobre las demás, porque Natalia lo premió con su amistad. ¡Ese cuerpo!  Amaba llevar puestos vestidos vaporosos. Muy rara vez usaba pantalón o bluyín. Marcos recuerda que un día en la u, recién la conoció, Natalia vestía un traje rojo. Su paso desde la entrada de Barranquilla hasta la facultad fue un espectáculo. El vestido dejaba al aire los brazos rollizos, apretaba la voluptuosa cadera. Natalia no era una mujer sensual, un destello de melancolía sazonaba su carácter. Caminaba con la misma viveza con que hablaba. Esa misma fogosidad habitaba su pensamiento. Se hacía evidente al platicar de sus poetas amados, al despotricar del comunismo. 

Natalia solía departir con Hernán, no solo en la universidad. Su amistad rebasaba el ámbito académico. Se los veía caminando juntos por Junín, conversando. Hernán la visitaba en su casa. Pocos meses antes de que la hospitalizaran, Hernán prometió ir. Todo estaba listo. Cuando iba a salir, se enfermó. Un problema urinario. Natalia vivía en Bello, en una unidad de apartamentos con vista a la montaña. El elemento campestre de la panorámica era de todo su gusto. En cierta manera, sosegaba la añoranza de su querida Ucrania, donde el verde de la naturaleza era de una grandeza desmedida. Marcos acostumbraba verlos solazándose en la cafetería, en los intervalos de las clases. Fumaban. Dialogaban.

 


jueves, 12 de agosto de 2021

Natalia Pikouch (Cap.10.)

*A mis ojos el bloque de Artes cobraba un aura de luz siendo ahora el escenario en que te movías, en que dictabas tu clase de teatro. Desde los primeros semestres, cuando funcionaba allí el centro de documentación, exactamente frente al costado del museo, me acercaba a ese espacio de la u tan afín a mis búsquedas. Pues siempre flotaba por ahí una guirnalda de música, y la locura hurtaba al día una brillante lasca. De pronto, al atravesar la cafetería, podía salirnos al paso un actor, echado en el piso, desnudo, metido en su papel, más allá del escándalo y la befa. Eran escenas comunes en ese bloque. Y estaba allí, frente a la explanada de la fuente y su escultura, el teatro Camilo Torres, al que, sencillamente, llamábamos “Camilo”, en señal de familiaridad y confianza.

En estos días, de nochecita, al pasar por la Estrella en una buseta del metro, descubrí un letrero borroso en una pared, a la entrada de un callejón: “Bienvenido a Camilo Torres”. ¿Así que ese barriecito de la Estrella, arriba de la Séptima, cerca al parque, se llama Camilo Torres? Solo ahora me enteraba. Recordé el teatro de la u. Le habían dado este nombre en honor al cura guerrillero, no en memoria del prócer neogranadino, el del Memorial de agravios. Me gusta pensar que es así, no de otro modo. A mis ojos, solo el cura guerrillero merecía tan honroso recuerdo. No el otro Camilo Torres, payanés, que tras su careta libertaria escondía su mentalidad esclavista. ¿Cómo es que no vi antes el letrero en el muro lateral del callejón? ¿Por qué lo descubría ahora, en esta noche de domingo, un poco al acaso? Es que por esta época había visto asimismo la constelación de Escorpio, el imaginario dibujo en el cielo, pespunte de estrellas donde sobresale la radiante Antares. Después de toda una vida de intentos fallidos como observador nocturno  ansioso de captar la figura de una constelación, noches atrás, desde mi terraza, había visto a Escorpio trasegando el occidente. Era comienzos de agosto: buen dato. Ahora podía esperarla por esta fecha, discernir las variaciones de su curso. También por estos días había visto en la estación Sabaneta, desde el puente de acceso a la plataforma, de noche, la parte occidental de la urbe, pareciéndome un abanico de luz. La imagen fue inmediata, como un obsequio de la sensación. Así que ese barriecito de la Estrella, por el que paso a menudo en la buseta, se llama Camilo Torres. En este caso sí debía resignarme a la fatalidad. De seguro que el edil que propuso bautizar el sector con tal nombre, homenajeaba al prócer neogranadino, no al cura guerrillero. Solo en la Universidad de Antioquia podían honrar a Camilo de este modo. A un estudiante asesinado en el furor de las luchas estudiantiles lo honraron bautizando con su nombre la plazoleta central: Fernando Barrientos.

Ah, era caucano el señor Camilo Torres, de Popayán (1766-1816). Fue el primer presidente de las Provincias Unidas (o sea, impulsor del federalismo). Fue apresado y fusilado por Morillo. Todos estos señorones, tras su veste de adalides de la independencia, ocultaban su apego a las ideas esclavistas. Ahí estaban también Francisco José de Caldas (al que llaman “sabio”) y José Ignacio Pombo. Este último, en su afán por el blanqueamiento de la sangre, clamó por la inmigración de europeos. Eran la casta política de entonces. Les interesaba desprenderse de la férula de España para tomar a sus anchas el control del país, los privilegios de clase. Esto es lo que eran estos tipejos, el formato inicial del maquiavélico y cochino político de hoy. Pero me regocijaba hallar el nombre de aquel barriecito de la Estrella, me hacía acordar de Camilo, de los tiempos de la u, cuando estudiaba a Eisenstein con María en las mesas de estudio del costado del teatro. El Camilo, así era como lo llamábamos, sin pompa. En la esquina nororiental del Camilo, presidiendo la zona verde, de cara a la plazoleta, estaba el busto en recuerdo de Luis Fernando Vélez. Más adentro, en el prado, hay una escultura de Barba Jacob. Y aquellas tardes luminosas y desobligadas en que, en compañía de María, estudiaba al cineasta soviético, adherían el recuerdo de Natalia Pikouch, la profesora de literatura rusa que, en su última etapa como catedrática, trabajó en el bloque de Artes (donde estaba el Camilo, donde sonaba esa flauta), enseñando teatro. ¡Teatro! No podía ser de otro modo. Sencillamente, era así. Natalia amaba el teatro, y el folclor, y la poesía infantil.

El centro de documentación que funcionaba en el bloque de artes, desapareció como tal. Las ventanas por donde atendían estaban ubicadas de cara al pasillo, a todo el frente del costado norte del museo, y los estudiantes acudíamos allí a comprar los documentos de las distintas áreas, muy baratos, por lo demás. Adentro se veían los anaqueles con los atados de hojas, los empleados (generalmente estudiantes en cumplimiento de una monitoría). El producto estaba listo, pronto a despacharse. Eran hojas mimeografiadas y enganchadas. Claro, después fue que se puso de moda lo de las fotocopiadoras en distintos puntos de la u y fuera de esta. Plata en mano, los estudiantes nos acercábamos, hacíamos cola, pedíamos el documento con el código establecido y listo. Es natural que mi hija, que entró a la u una generación después que yo, no conociera este centro de documentación. Lo que ella conoció como “centro de documentación” era la salita de estudio y consulta de cada facultad, algo que también existía en mi época. Pero ese centro de documentación general que existió en Artes años atrás era un asunto muy distinto. Tenía algo de proyección social, de bienestar comunitario, de ayuda al estudiante. Las cosas buenas se van extinguiendo. Era muy frecuente que al salir de clase en el bloque doce (lingüística, por ejemplo, y previa entrada al orinal), yo bajara las escalas que llevan al patio del parqueadero de la cara oeste del museo y, atravesando ese predio bordeado de zonitas verdes, me aproximara al centro de documentación a comprar un texto para preparar alguna lección. Esos salones que albergaron al centro de documentación fueron empleados luego en otros menesteres, oficinas o salas de consulta. Siempre me daba una vuelta por allí, camino al estadio de atletismo. Siempre había una guirnalda de música aleteando en ese espacio.                              

 


Natalia Pikouch (Cap.9.)

*Natalia abandona su oficina por un momento y se dirige a la del lado, de donde regresa, al instante, con un cigarrillo. Algún colega la sacó del apuro. Necesitaba fumar. Hay que verla entonces (robusta, sonrosada, vestida de azul) buscando los fósforos en el desorden de su escritorio, su cuerpo vigoroso, cierto ardor en sus ojos zafirados, averiguando entre los libros, los cartapacios, los papeles. Al fin encuentra los fósforos y enciende el cigarrillo. Marcos la aguarda con paciencia mientras ella se escabulle a la otra oficina. Un latigazo de ansia, eso debe ser las ganas de fumar. Ahora Natalia fuma y platica, sonríe y fuma. Su blusa es de un azul fuerte; de un azul más claro, su falda. Está hermosa. Desnudos sus brazos rollizos, su piel eslava del color del pórfido. Su mirada es expresiva, relampagueante, como azules chispas; a veces como remansos de aguamarina. Su tez se torna cárdena en el arrebato de la risa. Ríe con brío. Fuma. En cierto momento de la charla, Marcos se absorbe y compara las volutas de humo expelidas por la profesora con la vida universitaria, la cual se le antoja una nube, un mundo gaseoso, el sueño de algún dios borracho. Él está preso en esa nube, dando tumbos entre profesores y condiscípulos, pasillos y aulas, títulos de libros, nombres de autores, referencias de sistemas teóricos; todo girando en un remolino, licuado en las vaharadas de humo que se escapan de los labios de Natalia. Como fucilazos en el sombrío vapor, aparecen y se esfuman Ana Ajmátova y Pushkin, las Farsas de autores españoles de comienzo de siglo, Bola de sebo, Hesse, Boll, los cuentos de Gorki, El inspector de Gogol, Las Mil y una noches, Dumas y su conde Montecristo, Ray Bradbury y sus Crónicas marcianas, Heinrich Mann y El profesor Unrat, Un guardián entre el centeno, Shakespeare y su Romeo y Julieta. Ese loco y absurdo orbe libresco se desenroscaba en las volutas del cigarrillo, disolviéndose en el aire de la oficina. El lugar donde atiende un profesor. Marcos pensó en la oficina como el laboratorio de un alquimista, con sus retortas y sus sustancias, su crisol y su mortero, en fin. Epígonos de Paracelso, los catedráticos buscaban la Piedra Filosofal, la transmutación de los metales. A él nunca se le ocurrió fumar. Una vez una mujer ridiculizó esta abstención con una frase sarcástica: “su curiosidad llegó hasta ahí”. Fumaba yerba. “Torcerse”, llamaba ella al acto de fumar marihuana. ¿Por qué no había intentado al menos con el cigarrillo? En la esfera académica los fumadores eran legión. Marcos advertía el placer que les procuraba fumar. Natalia fumaba allí, en frente de él, mientras hablaban de poesía. Hernán era otro botafumeiro. Era ostensible la delectación que reflejaban al darle chupadas al cigarrillo. Quizás aquella mujer tuviese razón. Su curiosidad llegaba hasta ahí. Soltarse, divagar en esas volutas de humo: no sabía lo que era eso. Un personaje de La montaña mágica, Joachim, hace una apología del cigarrillo. Debe ser una cosa deliciosa fumar, desde que no se vuelva un acto mecánico, desde que seamos conscientes del transporte que nos produce, la orilla de sosiego a la que nos lleva. Esa mueca de contrariedad de Natalia al descubrir que no quedaba un solo cigarrillo en la caja vacía. En seguida salió a agenciarse uno. Tuvo suerte. Si nos fumamos una caja sin que nos demos cuenta, ya no hay magia. Es un vicio. Se nos salió de las manos. No podemos dominarlo. Somos esclavos. Esto es lo que pensaba Marcos, mientras oía la voz de Natalia que le preguntaba hasta qué punto era serio su compromiso con la literatura. Si simplemente era un pasatiempo o si quería ser uno de los grandes. Y el humo seguía elevándose, ingrávido, azulino, neblinoso. Y entre los rostros que irrumpían y se desdibujaban en la nube, en medio de relámpagos, estaba el de Arizmendy, que acaso también quiso ser uno de los grandes, pero que dio un paso al lado, saliendo de escena prontamente. Natalia también se había exigido un alto nivel en la escritura. Sus ensayos sobre escritores rusos aparecían en revistas y se comentaban en el círculo académico. Como autora, era un referente importante en el escenario de la literatura infantil. Igual que Estévez, se preocupaba por reunir una obra. ¿Qué era una obra? Un buen conjunto de trabajos, un cuerpo amplio y contundente de textos donde se expresa la fuerza y la diversidad del pensamiento. Una carta de presentación. Una imagen sólida en el campo de la creación. El fruto de toda una vida. Natalia y Estévez, en su rol de viejos trasegadores del arte, lo habían conseguido. La senda de Arizmendy fue corta, cruzada por la  tormenta. No escapó al torbellino de aquellos años en que la violencia del narcotráfico desfiguró la ciudad. Él mismo llevaba dentro un volcán presto a estallar, la desazón de la vida, la tragedia del amor. El muro al que sus manos se agarraron mostraba una línea de picos de botella, su camino fue cerrado por una alambrada. Intentaba acallar su dolor en el estruendo de la música de los bares de salsa, en el aguardiente, en la osadía de unas ideas expresadas entre los contertulios bohemios. Tras las horas de gregarismo y desenfreno, se percataba de que la soledad era, desde todo punto de vista, un costado más amable, y en ella se refugiaba. Enaltecía su existencia con una temporada de ascetismo, lecturas, escritura. Pecador impenitente, volvía a sumirse en el vórtice.