*Todavía no eras viejo. Un hombre
joven, como yo, te veía añoso, trajinado, pero todavía no eras viejo. Sucede
así. A los ojos de un niño, un individuo de treinta años ya es un viejo. Lo
mismo que, para un hombre de veinticinco años, otro de sesenta ya es senil. Y
no es así, al menos no del todo. Hay algo de ligereza y algo de impiedad en tal
juicio. El veterano acude a estratagemas por conservarse entero y ocultar sus
mermas, mas no logra mantenerse incólume ante la despiadada mirada del joven,
que está al tanto de la decadencia. Es un conflicto cotidiano, soterrado,
sadomasoquista. Para una de las partes, es una pelea a muerte, para la otra,
una banalidad. Es un juego turbio, mezcla de irreflexión y dolor. Las canas te
aumentaban la edad, pero tu cuerpo era erguido y vigoroso. Comenzabas a andar
la pedregosa senda de los años grises, de los cabellos níveos. Una figura
corpulenta, una voluntad de hierro, eran tus claves a favor. En tu cuerpo y en
tus ojos se evidenciaba, sin embargo, el material de aluvión de una larga vida.
Es que las décadas se van sucediendo, de la calma de la niñez al torbellino de
la juventud, de la reflexiva madurez a la senil declinación. Todavía no eras
viejo, pero yo te veía viejo. Aún no era una vejez amarga, no. A veces una
sonrisa bonachona dulcificaba tu rostro, y en tu voz afloraba la ternura. Como
aquella tarde en que me regalaste la agenda. “Deje ya esos cuadernos,
disciplínese”. Te lo prometí. Capté cierto simbolismo en ese obsequio. Junto
con la agenda, me devolviste la copia de uno de mis cuentos: lo habías
examinado a conciencia y te gustó. Salvo tres detalles insignificantes, era
perfecto.
Los cuadernos que tachabas de
deleznables no fueron siquiera mi primer papel de escritura. Cuando me embarqué
en el ritual de los recuerdos, empleé lo primero que encontré a mano, unas
hojas de bloc sin rayas. Después vinieron los cuadernos baratos. Para
procurármelos, tenía que hurtar unos pesos a la mesada de papá, precisa de por
sí. Sí, eran cuadernos de pobretón. Un manojo de hojas bastas sujeto con dos
ganchitos, uno aquí, otro acá, con tapas toscas y un aire general de baja
factura. Esos cuadernos fueron, con todo, un hallazgo fulgurante. Hasta ese
momento no tuve conciencia de lo que era el papel, de lo que podía significar.
El papel conjugaba lo material a la vez que lo etéreo. Era un recipiente donde
volcar historias, pero, imbricado a esa historia, se transformaba en luz. Es
decir, se volvía inmaterial. Por frágiles que pudieran ser los cuadernos, yo
intuía en ellos una coraza, una especie de viaducto romano por el que encauzaba
mis sueños. Total, seguí tu consejo de escribir en agendas, mas no renuncié a
mis cuadernos. Cuadernos y agendas se intercalaban en la hilada que se iba
formando, primero en mi gaveta del escaparate, luego en una repisa, más tarde
en una caja de cartón (en el tiempo en que habité en el ático y mi vida, con
todo y la comodidad en que vivía, tenía algo de precario y provisional).
Esa tarde en que me diste la
agenda te dejé en la cafetería de la Piloto, entre mujeres aficionadas a la
literatura (allí debía de estar Soledad), en un rol que a veces, pienso yo, te
fastidiaba desempeñar. Sólo fui a eso, a recibir el obsequio. Ni siquiera me
senté. Estuve allí a la hora acordada y, una vez cumplido el propósito, me despedí.
No pude evitar una sensación de bochorno en tu presencia, en la calidez que me
prodigabas. Me sentí columpiado en una emoción que me desbordaba. Te vi viejo,
pero no eras viejo. Tus recios miembros todavía gritaban una invitación a la
vida, un conjuro al amor, un llamado al deseo, que bien podía ser respondido
por cualquiera de esas mujeres que te acompañaban. Mujeres con aspecto de
secretarias, de amas de casa, una que otra intelectual. Mujeres parlanchinas y
frívolas, vulgarotas e insípidas. Mujeres que, como interlocutoras, apenas
aceptabas, pero a las que propinabas una mirada valorativa como posibles
amantes de ocasión. Enternecido, me separé de ti, maestro. Me despediste con un
gesto de buen padre lleno de incertidumbre por la suerte del hijo.
Recuerdo que me llamaste un día.
Contestó mi hermana. Yo no me hallaba en casa. Le dejaste recado de que te
llamara. Así lo hice. Cinco veces resonó el teléfono en el vacío profundo. Me
disponía a colgar, cuando una voz irritada se dejó oír, áspera. Vaya genio,
pensé, disponiéndome, risueño, a sostener una circunspecta y breve conversación
contigo. Las conversaciones contigo siempre fueron cortas, más aún por
teléfono. No te permitías más que lo preciso. Aunque respetuosa, mi voz ya no
tenía la medrosidad ni la zalamería de antes. Acaso ya no ejercías una
atracción tan poderosa sobre mí. “¿Por qué ha faltado tanto al Taller?” “El
trabajo y el estudio no me dan respiro”, dije. Tu voz sonaba a regaño. “La
universidad publicará una selección de cuentos del Taller, necesito que me
traiga los suyos para escoger uno. Si puede, consígame cuentos inéditos de
personas que conozca. No es seguro que vaya a publicarlos. Es para tener un buen número de donde escoger”. “Está bien”. La llamada también pudo obedecer a
una precaución tuya. Yo tenía en mi poder dos libros tuyos, quizás temías por
ellos. Hablamos dos o tres frases sobre las bondades de la obra de Durant.
“Cuando los lea, me los trae, y yo le presto otros dos, y así nos vamos yendo”.
Así nos vamos yendo, como se fue
Chirringo, el personaje de tu cuento Con sabor a fierro. Ante las amenazas,
Bernardo (“Chirringo”, así lo llama su esposa) se ha marchado con su mujer y
sus niños a Medellín. Negadas las oportunidades de trabajo, sintiéndose
arrimado en la casa de sus suegros, regresa al monte. Es cuidandero de la
tierra y los ganados de un rico. Este le regala una res, además del sueldo, por
cada mes que esté a cargo de sus bienes, asolados por la guerrilla. Es el
finquero quien convence a Bernardo de que vuelva otra vez al monte, le adelanta
dos meses de sueldo. Tan esperanzado de quedarse ha venido, que en la chalupa
hasta embarcó un cerdo. Un campesino le advierte que el asunto está mal, le
dice que todos se han ido, que las fincas están abandonadas. Decide esperar,
estudiar el terreno. Ni siquiera desempaca las maletas. Todo parece ir bien.
Hace el amor con su mujer en la manga, bajo el cintilar de los primeros
luceros. Llega la noche. Los despierta un ruido en la ventana. Son los del
monte. No se la perdonan. Un muerto siempre es escarmiento. Entre el tufo
amargo del resuello de turno (toda la tropa se sacia en su cuerpo), ella siente
la grasa del cerdo, que han destazado para la comilona.
El título (Con sabor a fierro)
viene del gusto que siente la mujer al besar los labios de su marido, al que
los guerrilleros han asesinado cortándole la cabeza con una rula. Saben a
hierro. La mujer, después que ha sido abusada por más de cincuenta hombres,
sale al patio exterior de la casa, recoge la cabeza del hombre, la acuna entre
sus brazos y la besa. Cabeza y cuerpo van a dar luego al río: una orden del
mandamás aborta el enternecimiento. La mujer regresa a su casa y los ve
alejarse. Los niños, semilla de la venganza, de más violencia, están dormidos.
No se han despertado.
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