*Espitia era periodista. Tenía
una columna en el suplemento dominical de El Colombiano. Era de los más
allegados a Estévez, y se trataban casi en un nivel de paridad, de escritor a
escritor. Era también de los más veteranos del grupo, junto al escultor de
abundosa barba y la tímida señora a la que Marcos llamaba, para sí, Doña
Misterio. Por ese entonces Estévez y Espitia escribían en tándem unos
Reportajes a la Literatura Colombiana. Espitia era un prosista hecho, un
literato con recorrido, en la época en que Marcos llegó al taller con sus
veintidós años y sus ganas de aprender. El Colombiano era el periódico más
importante de la región, y Espitia no disimulaba su orgullo de columnista.
Estévez le permitía leer en cada sesión, y Espitia compartía un texto en
preparación para el suplemento o uno recién publicado. Su estilo era florido,
espontáneo, coloquial, con tintes poéticos.
Marcos no tenía mucha
familiaridad con Espitia. Después de Estévez, el escultor era el más cercano al
periodista. Eran coetáneos. Llegaban al Paraninfo y se sentaban juntos en la
cafetería, mientras aguardaban al maestro. Compartían un café, y el escultor
sacaba unas cuartillas y se las daba a Espitia para que les echara un vistazo y
le diera su opinión. El escultor también colaboraba en algún periódico. Era
así. En el taller, como en toda parte, se formaban los grupos, las islas, los
sectores. Esto respondía al grado de amistad, a la similitud de profesión, a
intereses compartidos, en fin. Espitia y el escultor eran camaradas. Había algo
en su actitud que marcaba esta circunstancia, por la cual se ponían aparte de
los demás, como en un escalón superior. No es que ellos se lo propusieran. Era
de lo más natural. Su modo de llegar, sentarse juntos, confiarse sus escritos,
hablar de publicaciones, codearse con Estévez. Claro, el taller era un reflejo
del conglomerado social, donde hay, quieras que no, estratos, favoritismos y
esas cosas.
Espitia siempre caminaba con su
agenda en la mano. Era un hombre con un empaque sencillo, modesto, menudo, de
gafas, bigotito, una buena mata de cabello. A veces Marcos lo veía por ahí, en
la calle, con la vista perdida, absorto en sus mundos de poeta. También tenía
su pizca de bicho raro, de obnubilado por los sueños y las fantasías. Un tipo
conversador, risueño, amante de tertulias y cenáculos, así lo veía Marcos. Al
descubrir las gafitas y el bigotito en
algún sitio de la ciudad, Marcos imaginaba a Espitia acopiando material para el
próximo artículo, estrujando el caletre con la elección de un título llamativo, una anécdota cautivante. Vaya
tarea, nutrir de cultura a la gente, formar lectores. Era el esfuerzo cotidiano
de Espitia. En el fondo, pensaba Marcos, también era una labor baldía. Pulsar
un mecanismo atrofiado. El periodismo es un género de lo instantáneo, lo
desechable, lo caduco. Es difícil volver sobre una columna. Otra cosas es la
crónica o el gran reportaje. O el periodismo al estilo de A sangre fría o La
canción del verdugo o México Insurgente o Colombia amarga. El quehacer de Espitia
tenía, además, su lado áspero. Un periódico es un punto de vista del mundo, una
ideología. Quieras que no, debes adaptar tu pensamiento a la línea del director,
a la política de los dueños. Te acomodas o no sirves, así es la cosa. Marcos
tendría ocasión de experimentarlo por sí mismo años después, al trabajar para
El Colombiano. Le publicaron seis crónicas, pero le rechazaron el doble. Amén
de un trabajo mal pago, le exigía una investigación dispendiosa. No valía la
pena. Lo dejó.
A Espitia lo veía cómodo en ese
oficio. Hay gente que se adapta, y punto. En ese entonces Espitia y Estévez se
reunían con frecuencia, por fuera del taller, en las actividades relacionadas
con la coautoría del libro de turno. Marcos se cruzaba de vez en cuando con
Espitia. Como una tarde en que se toparon en la Universidad de Antioquia, en la
cafetería de Artes. Espitia estaba en compañía de una mujer opaca, como ese
aire gris y perezoso del ambiente. Llevaban meses sin verse. “¿Escribiendo?”,
le preguntó Espitia, y Marcos le dijo que sí. Era la pregunta esperada, la
risible, trágica y humana pregunta esperada. Para ellos no había más que esa
pregunta, necesaria y urgente, como decía Silvio Rodríguez en alguna de sus
canciones. Pregunta tan imperiosa que a veces se saltaba el convencional
“hola”, el “buen día”, y averiguaba de una por lo que para ellos era la vida:
escribir. “¿Escribiendo?”, le había preguntado Espitia, apareciendo como de la
nada, luego de meses, quizás años, sin verse. Y Marcos se había reído en sus
adentros de la guilladura de esta pregunta, cómo delataba el orbe lunático en
que vivían estos discípulos de Estévez, que hasta podrían formar una cofradía
del desquicie.
Estévez y Espitia también se
reunían en la Universidad de Antioquia a trabajarle a su proyecto. Alguna vez, hallándose con un amigo haciendo cola en la cafetería de Artes, Marcos
vio cómo Estévez se sumaba a la fila, tras ellos. Saludaron al maestro. Al
recibir su pedido y marcharse, Marcos se despidió de Estévez con una frase
estereotipada y un tono afectuoso. Quien veía a ese veterano ceñudo y esquivo
quizás no imaginara que se trataba de un escritor con más de diez novelas y
varios premios literarios en su haber. El marbete de “novelista” le sentaba muy
bien, puesto que hacía honor a ello. Estévez se quedó en la caja, haciendo su
pedido y pagando el importe.
El de la u era un marco noble y
romántico en el que estos hombres soñadores inscribían sus instantes. Era
hermoso saber ahí cerca el Museo, y la fuente con su escultura, más allá la
Biblioteca (en la que, cada vez que ascendía las escalas, Marcos sentía que se
dirigía a un teocali, al oficio del sacerdote del dios y la víctima), y por
este lado el Coliseo, y el bloque de la
Imprenta, y el teatro Camilo Torres, y la librería, y los prados y arboledas, y
la escultura del hombre que parecía un caballo (Porfirio Barba Jacob), y la
Plazoleta Barrientos (nombre de la explanada central, quizás ignorado por
muchos, en memoria de un hecho luctuoso de la historia de las luchas estudiantiles,
el asesinato de Fernando Barrientos a manos de un agente del DAS), el tejido de
cemento y adobe, de intelecto y alma cuyo efluvio sentía Marcos al trasladarse
de un bloque al otro. Todo eso era amable, más allá del crispamiento y los
altibajos de su espíritu juvenil.
Marcos se preguntaba si Espitia
era buen cuentista, más allá de sus columnas floridas de los domingos, textos
que no podían ser tomados por narraciones, sólo como una prosa atrevida,
salpicada de travesuras linguísticas, de lúdica e innovación, pero que se
quedaban cortas a la hora de transmitir una historia impactante, conmovedora. Y
recordó una noche en que, transitando en solitario por una calle encontró un
papel con aspecto usado y maltrecho. Se inclinó y lo recogió. Era una página del
suplemento dominical de El Colombiano. En la foto del ángulo derecho estaba un
recuadro con la foto del autor. Reconoció a Espitia. Se trataba de un escrito
en el que se decía que diciembre, más que una temporada de jarana, era un
estado interior. La letra era regular, renegrida, apretujada. Marcos leyó unas
líneas y tiró el papel. Lo dejó caer sin brusquedad, de una manera un tanto
sigilosa, más por una suerte de escrúpulo moral, de delicadeza ante el
escritor, que por atender a la norma de urbanidad de no arrojar basura a la
calle. No desestimaba los méritos literarios del escrito, pero lo rechazó con
cierto asco. Tal vez no fuese asco, sino desaliento. Se imaginó al columnista
escribiendo por obligación su texto, sin apiadarse para nada de lo que pudiera
ser en realidad el mes de diciembre, soltando un pistón aherrojado en su alma,
valiéndose de un instrumento árido, buscando frases arriesgadas o
encontrándolas en su manido arsenal. ¿No era un trabajo ingrato? Está bien, se
ganaba el sustento, y quizás, a lo mejor, se obtenía un destello de gloria.
Pero no, Marcos no lo envidiaba.
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