miércoles, 7 de julio de 2021

Mi maestro XVIII

*Cualquier día, inopinadamente, volvía a la mente de Marcos la atmósfera de las sesiones del taller de Estévez, y recordaba el aire cálido, la palabra afectuosa, el conocimiento y el amor por su oficio que caracterizaban a este sexagenario. Porque, por lo general, el ambiente de la clase era ameno, con una buena disposición plural, con ese cosquilleo que inspiraba el ansia de intercambiar ideas, de comentar, de sentirse grupo, de estar acompañado en un propósito. La voz de Estévez resonaba en la memoria de Marcos. Era una voz fornida, con carácter, y que también sabía ser ecuánime, risueña, sin negarse destellos de jocosidad. No, Estévez no era ese hombre agrio que algunos pensaban. Era una persona que hasta podía ser dulce y amable. Y en estos instantes de volver a las sesiones en el recuerdo, Marcos veía su figura, atendía a sus gestos, escuchaba de nuevo su voz. Era un maestro porque amaba enseñar, porque se esforzaba en transmitir a sus pupilos la luz del saber. 

Marcos recordaba de pronto, con toda claridad, la atmósfera, por ejemplo, de las sesiones en que hablaban de Jerome David Sallinger, de El hombre que ríe. En este cuento hay dos historias presentadas de manera alterna. Está la historia de John Gedsudski, el jefe de Los comanches, y la del hombre que ríe. La primera nos informa del breve noviazgo y el ulterior rompimiento del jefe de los Comanches con Mary Hudson. La segunda, profusamente fantasiosa, nos traslada al mundo de peripecias del hombre que ríe.

Ambas historias son estupendas, cautivadoras, y se intercalan con un genial concepto de las proporciones. En realidad, cada una de ellas constituye un cuento independiente, con su narrador particular, sus personajes y sus situaciones. El personaje principal de este magnífico cuento es John Gedsudski, tal como lo recuerda un antiguo integrante del Club de los Comanches, grupo scout que el mencionado sujeto dirigía. Tanto Gedsudski como Mary Hudson, su novia fugaz, son magistralmente definidos en su carácter y en su fisonomía. Él era un petiso de cabello renegrido, de hombros caídos, genio suave y naturaleza tímida, pero un admirable narrador de cuentos (“una vez que empezaba su relato, nuestro interés jamás decaía”). Ella era una persona bastante distinta, desenfadada, desconcertante, al menos para los niños que formaban parte del Club de los Comanches.

Mary Hudson aparece al principio entre los chiquillos como una figura inquietante (habían jurado una simpatía sin resquicios hacia su jefe), quienes luego quedan fascinados con ella. John está tan enamorado de ella que pega su foto en el parabrisas del bus en el que transporta a los chicos. La chica es una excelente bateadora, lo cual demuestra la primera vez que juega béisbol con los muchachos, juego en el que Mary, pese a la oposición del género masculino, se obstina en participar, dejándolos boquiabiertos. La práctica de este deporte se torna hábito de semana en semana, aprovechando Mary sus reiteradas visitas al dentista en Nueva York. Ella vive en una villa no muy lejana de esta ciudad. Estudia derecho y, al parecer, es de familia acaudalada.

Todo aparenta ir a pedir de boca entre los dos estudiantes de leyes, hasta el día en que ella no asiste a la cita al lugar y hora estipulados, dejando plantado al pobre Gedsudski, que se había acicalado primorosamente. Sin embargo, Mary Hudson, con su inevitable abrigo de castor y su cigarrillo, se aparece en el campo de béisbol, escenario entonces de una justificación que no llega a concretarse, lugar de un cambio de palabras ineficaces, de un vano intento de arreglar las cosas entre los dos. Al final se separan reñidos. Mary no quiso jugar esa tarde. Era una de esas muchachas displicentes que a todo dicen: “déjame”.

De otra parte está la conmovedora historia del hombre que ríe, su vida monstruosa, su fama de criminal, su talento para cometer toda clase de fechorías y evadirse como por arte de magia, su perpetua enemistad con los Dufarge (padre e hija), detectives conspicuos, su morada remota entre animales y seres de adefesio, su trágico final. (Es de notar que ambos relatos tienen un epílogo infeliz. Claro, el amor de Mary era lo que alimentaba la fantasía de Gedsudski, que mantenía atrapados a los chicos con las aventuras del hombre que ríe. Al acabarse ese amor, la fantasía de Gedsudski se agota, y el hombre que ríe, debe morir. Y es lo que ocurre. Las peripecias que vive el hombre que ríe dependen de los altibajos de la pasión de John. El amor es magia. Cuando se acaba, cesan los trucos, ya no salen, y el mago cuelga su capa y arrincona su varita).

Algo de gran significación es esa especie de balance, de aparición alternada, de equilibrio narrativo entre las dos historias. Como si cada una tuviese una respiración uniforme, un discurrir paralelo, una temperatura semejante.

Y sea este el lugar para honrar a los narradores puros, a esas personas a las que la naturaleza equipa con la capacidad de contar, independientemente de estudios y escuelas. Los hay, y no son pocos. Días atrás me senté en las escalas del atrio de la iglesia de San Antonio de Prado. Ahí al lado, una mujer contaba algo a las personas con las que se hallaba. Era una mujer vulgar, con un vocabulario de verdulera, pero tenía una maravillosa labia, al punto que me hizo parar el oído. Me fascinó con la historia que contó. Se trataba de un hombre que no quería vivir más, que decía no ser amado por nadie, estar sin familia, aunque tenía muchos hermanos y parientes. Era un hombre de barba, que andaba al garete, como un indigente. Se trepó a una roca al borde de una quebrada y, sin parar mientes en las personas que trataban de convencerlo de que entrara en razón, se arrojó al agua. La corriente se lo llevó, pero la gente trataba de salvarlo. Le acercaban lazos y le rogaban que se agarrara, pero el hombre les decía que no, que quería morirse, que nadie lo amaba. Lo que más me gustó fue esa versátil manera del hombre ir en la corriente, ahogándose, golpeado y sangrado por las rocas, y al mismo tiempo mantener una conversación equilibrada con sus auxiliadores de la orilla. Al final se ahogó y lo encontraron cinco días después aguas abajo. Casi no logran identificarlo, pero la narradora, que era su hermana, dice que lo reconoció por la barba. A ella le daba miedo entrar a la morgue, pero hizo de tripas corazón y entró. Allí estaba su hermano, podrido, oliendo a mortecina. Pero ella se le acercó y lo abrazó, y le dijo que no estaba solo, que allí estaba ella. Me divertí de lo lindo con esta historia. Al cabo de unos instantes, luego de terminar su anécdota, la mujer se levantó de las gradas y se arrimó al teléfono público. Pude observarla a mi sabor mientras hablaba en la cabina. Era regordeta, de unos treinta y cinco años, con una facha ordinaria. La blusa, cortica, no alcanzaba a cubrir su vientre adiposo. Conversaba con desenvoltura, mientras yo la miraba y me preguntaba cómo es que hay gente con tanto poder en la palabra. 


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