*Así como en la historia política existen varias Cartago (palabra de origen fenicio que significa “ciudad nueva”), en la del taller de Estévez hubo al menos un Aníbal. Aníbal Gutiérrez, al que Marcos motejaba Aníbal Rococó, por su tendencia al léxico rebuscado. Una vez llevó a clase un diccionario María Moliner, cuyo objeto era más la vanidad de poseer y mostrar que algún fin práctico inmediato, porque a la sesión no se iba a hacer tareas ni a consultar vocabulario. Estévez tampoco se dejaba impresionar por un María Moliner. Alguna vez el Carnudo, que invertía plata en libros sin miseria, le ofreció esta obra, y el maestro la rechazó con un comentario desabrido. Estévez sabía, sin embargo, y lo predicaba en sus lecciones, que el de María Moliner era un excelente diccionario. No era de los que les gusta aparentar ni exhibirse, así que tampoco aplaudía estos actos en los demás.
La Cartago más antigua es la
africana, la actual Túnez, famosa por sus guerras con los romanos y por sus
adalides: Amílcar, Asdrúbal, Aníbal. También existe una Cartago en Costa Rica,
y una más en el Valle del Cauca. Pero un Aníbal Gutiérrez presumido y rebuscado
solo lo había en el taller de Estévez. Marcos lo recuerda como un sujeto añoso
y coloradote. Sus escritos eran ampulosos y barrocos. Pasados los años,
recordando antiguos alumnos del taller y denotando alguna confusión, Marcos
preguntaba al Carnudo por Aníbal, tomándolo por Edgar, su tocayo. Edgar era
otro integrante de la clase de Estévez, bajito, regordete, adamado, que
recitaba poesía negra y que intrigaba en un directorio liberal. Por aquel
tiempo organizó una velada en la sede política y encargó al Carnudo que
invitara a Marcos para que leyera sus poemas. Aunque odiaba todo eso, Marcos se
dejó convencer por su amigo, y una noche acompañó a sus dos contertulios a una
casona por los lados de Prado Centro. Ante un auditorio escaso y poco
ilustrado, dio voz a sus versos. Tras el regodeo poético (demás que Edgar
declamó algún poema de Candelario Obeso o de Jorge Artel), pasaron a asuntos
más espiritosos, el cóctel. Quizás también hubo una presentación musical. Era
lo de siempre, y Marcos se fastidiaba de que, necesariamente, fuera así, tan burdo
y tan bajo en el fondo. Había los que asistían a esos convites culturales solo
por el cóctel, por la oportunidad de beber unos tragos de gratis, en fin,
gorreros. Al final, la poesía era la cenicienta del paseo. Más allá de la
inquietud de que sus poemas gustaran o no, Marcos se reprochaba haberse
prestado a semejante mascarada. Recordaba el poema de Kavafis en que aconseja
al artista no prostituirse, y se sentía mal.
Pasados los años, conversando con
el Carnudo, Marcos inquiría qué había sido de Aníbal Rococó. El Carnudo no
sabía gran cosa de él. En la época del taller, prestaba a Aníbal el servicio de
cambio de dólares. Lo último que sabía era que se había ido a vivir a Llano
Grande. De seguro se llevó su María Moliner, y seguiría escribiendo recargadas
e intrincadas prosas. Buscaría ad aeternum su Cartago ideal, en contienda
perpetua con las palabras, su enemiga Roma. Se recrearía creando verbos a los
que solo él podría meterles el diente, pero de indudable novedad. Es como en el
ajedrez, una novedad siempre es bien recibida. Sin embargo, hay innovaciones
nefastas, por no decir ridículas. El frío de Llano Grande invitaría a unos
buenos aguardientes. El alcohol ha sido buen amigo de los plumíferos. Mejía
Vallejo se presentaba jalaíto a su taller. Estévez sí era un hombre íntegro en
este sentido.
Marcos imaginaba a Aníbal
escribiendo como el gato Rufo (del cuento Avatares, de Estévez) peleando con
una culebra mapaná (la historia). En el relato de Estévez el felino sale
vencedor, pues es baqueano en estas contiendas con sierpes. Días después de
este triunfo, el gato es hallado muerto, mordido por una mapaná, que se tomó
desquite de los perjuicios que Rufo causara a su especie. Y Estévez concluye
que toda la vida los gatos han matado culebras y viceversa, que esto seguirá
sucediendo, que no existen vencedores ni vencidos, sino una lucha constante y
un constante avatar.
Igual con los escritores y sus
historias, piensa Marcos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario