viernes, 30 de julio de 2021

Mi maestro XXXVIII

*Así como en la historia política existen varias Cartago (palabra de origen fenicio que significa “ciudad nueva”), en la del taller de Estévez hubo al menos un Aníbal. Aníbal Gutiérrez, al que Marcos motejaba Aníbal Rococó, por su tendencia al léxico rebuscado. Una vez llevó a clase un diccionario María Moliner, cuyo objeto era más la vanidad de poseer y mostrar que algún fin práctico inmediato, porque a la sesión no se iba a hacer tareas ni a consultar vocabulario. Estévez tampoco se dejaba impresionar por un María Moliner. Alguna vez el Carnudo, que invertía plata en libros sin miseria, le ofreció esta obra, y el maestro la rechazó con un comentario desabrido. Estévez sabía, sin embargo, y lo predicaba en sus lecciones, que el de María Moliner era un excelente diccionario. No era de los que les gusta aparentar ni exhibirse, así que tampoco aplaudía estos actos en los demás.    

La Cartago más antigua es la africana, la actual Túnez, famosa por sus guerras con los romanos y por sus adalides: Amílcar, Asdrúbal, Aníbal. También existe una Cartago en Costa Rica, y una más en el Valle del Cauca. Pero un Aníbal Gutiérrez presumido y rebuscado solo lo había en el taller de Estévez. Marcos lo recuerda como un sujeto añoso y coloradote. Sus escritos eran ampulosos y barrocos. Pasados los años, recordando antiguos alumnos del taller y denotando alguna confusión, Marcos preguntaba al Carnudo por Aníbal, tomándolo por Edgar, su tocayo. Edgar era otro integrante de la clase de Estévez, bajito, regordete, adamado, que recitaba poesía negra y que intrigaba en un directorio liberal. Por aquel tiempo organizó una velada en la sede política y encargó al Carnudo que invitara a Marcos para que leyera sus poemas. Aunque odiaba todo eso, Marcos se dejó convencer por su amigo, y una noche acompañó a sus dos contertulios a una casona por los lados de Prado Centro. Ante un auditorio escaso y poco ilustrado, dio voz a sus versos. Tras el regodeo poético (demás que Edgar declamó algún poema de Candelario Obeso o de Jorge Artel), pasaron a asuntos más espiritosos, el cóctel. Quizás también hubo una presentación musical. Era lo de siempre, y Marcos se fastidiaba de que, necesariamente, fuera así, tan burdo y tan bajo en el fondo. Había los que asistían a esos convites culturales solo por el cóctel, por la oportunidad de beber unos tragos de gratis, en fin, gorreros. Al final, la poesía era la cenicienta del paseo. Más allá de la inquietud de que sus poemas gustaran o no, Marcos se reprochaba haberse prestado a semejante mascarada. Recordaba el poema de Kavafis en que aconseja al artista no prostituirse, y se sentía mal.          

Pasados los años, conversando con el Carnudo, Marcos inquiría qué había sido de Aníbal Rococó. El Carnudo no sabía gran cosa de él. En la época del taller, prestaba a Aníbal el servicio de cambio de dólares. Lo último que sabía era que se había ido a vivir a Llano Grande. De seguro se llevó su María Moliner, y seguiría escribiendo recargadas e intrincadas prosas. Buscaría ad aeternum su Cartago ideal, en contienda perpetua con las palabras, su enemiga Roma. Se recrearía creando verbos a los que solo él podría meterles el diente, pero de indudable novedad. Es como en el ajedrez, una novedad siempre es bien recibida. Sin embargo, hay innovaciones nefastas, por no decir ridículas. El frío de Llano Grande invitaría a unos buenos aguardientes. El alcohol ha sido buen amigo de los plumíferos. Mejía Vallejo se presentaba jalaíto a su taller. Estévez sí era un hombre íntegro en este sentido.

Marcos imaginaba a Aníbal escribiendo como el gato Rufo (del cuento Avatares, de Estévez) peleando con una culebra mapaná (la historia). En el relato de Estévez el felino sale vencedor, pues es baqueano en estas contiendas con sierpes. Días después de este triunfo, el gato es hallado muerto, mordido por una mapaná, que se tomó desquite de los perjuicios que Rufo causara a su especie. Y Estévez concluye que toda la vida los gatos han matado culebras y viceversa, que esto seguirá sucediendo, que no existen vencedores ni vencidos, sino una lucha constante y un  constante avatar.

Igual con los escritores y sus historias, piensa Marcos.         

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