miércoles, 21 de julio de 2021

Mi maestro XXVIII

Estévez hablaba de la columna vertebral como una tesis, no un axioma, cuando Soledad rompió en sollozos y se retiró de clase. Fue tan sorpresivo que todos quedaron atónitos. ¿Qué le había pasado? Marcos se sintió culpable. Una hora atrás, había viajado con Soledad en la buseta de Circular, rumbo a la Piloto. Su trato hacia ella fue seco. Ahora se arrepentía. ¿Por qué fue tan antipático? César, que estaba sentado a su lado, le explicó el comportamiento de Soledad: otorgaba excesiva importancia a sus relaciones con los demás, cualquier nimiedad la afectaba, era una niña grande, ávida de cariño. A la luz de esta radiografía, la sensación de culpa se acreció en Marcos. ¿Qué le costaba ser amable? Guardar las formas, condescender a un saludo, a un diálogo convencional, ¿era muy difícil? ¿Por qué era tan siete leches? Se figuró la vida de Soledad, llena de desplantes, de sueños malogrados. Su misma presencia en el Taller se le antojaba absurda. ¿Qué buscaba allí? Una vez leyó una historia ante la clase, sin demasiada fortuna. Una mujer blanca se enamora de un negro que estudia medicina y es un talento para las matemáticas. Se notaba que la heroína del cuento era ella misma. Soledad era una mujer con facha de secretaria, larguirucha y flaca, desgarbada y estrambótica. Tenía algo de bobalicona, romántica y pueril. Así era como la veía Marcos. ¿Qué le había ocurrido a esa mujerona para abandonar la sesión en ese arrebato? Alguna descompensación anímica, problemas. Es preciso estar alerta con las personas. Quien menos pensamos se halla al borde de un colapso. Acaso la sequedad de Marcos fue el pistón que disparó el desborde emotivo de Soledad. La clase siguió su curso, luego del natural instante de alteración, de las miradas sorprendidas, de los comentarios por lo bajo. ¿Qué hacer? Esperar que Soledad se rehiciera y volviese a entrar. De seguro era cualquier bobería, nada grave, opinaba César. Soledad era de esas mujeres hipersensibles. César la conocía más que Marcos, quizás se había tomado el tiempo de congeniar con ella, de conversar. Era un muchacho moreno, de barba, buen escritor, que trabajaba en un taller de publicidad, como artista gráfico. Caminaba con cierta insolencia y, por lo general, se lo veía solo. Su voz era varonil y cálida, con un leve dejo de sensualidad. En ocasiones, al salir del taller, Marcos caminaba en su compañía hasta el centro. Platicaban. En veces se cruzaban por ahí, Junín, etcétera.

A Marcos le entraba en reversa eso de que una columna vertebral, de que una tesis. Escribir una obra de ficción para demostrar algo se le antojaba fuera de lógica. Roa Bastos decía en Yo el supremo: “Escribir es despegar la palabra de uno mismo. Cargar esa palabra que se va despegando de uno con todo lo de uno hasta ser lo de otro, lo totalmente ajeno”. Y también: “Yo solo puedo escribir; es decir, negar lo vivo. Matar aún más lo que ya está muerto”. Esto sonaba más a voces de ultratumba, a tratos con los fantasmas y los muertos que a una elaboración científica. Marcos leía El señor presidente, La casa verde, Yo el supremo, Cien años de soledad, y no tenía por evidente que allí estuviesen actuando las leyes newtonianas y el método deductivo, solo veía historias grandiosas y apasionantes, enraizadas al universo del sentir humano.

Aquel día Marcos se había levantado lleno de expectativas, animado. Eran inmensas sus ganas de vivir, como si tuviese la certeza de que le ocurriría, al fin, el milagro del amor. Pero en el trabajo como maestro las cosas no pasaron de la desabrida rutina, la monotonía. Salvo la ternura de los alumnos, aquello era un moridero. Quizás el único hecho extraordinario fue la lectura de Kavafis, porque hasta el partido de fútbol del interclases estuvo signado por el fastidio. Leer a Kavafis en plena jornada laboral le parecía subversivo, necesario. “En el interior de un café lleno de rumores, inclinado sobre una mesa, está sentado un viejo, con un periódico ante él, sin compañía”. Kavafis. Lo que un novelista como García Márquez discurría en decenas de capítulos, un poeta lo dice en tres versos. Oh, exclamaba Marcos para sí, qué suceso maravilloso colmará mi sed de darme íntegro y recibir amor. Y no tenía más que su cuaderno para experimentar la plenitud de su infierno y de su cielo. No tenía más que el arrimadero del taller para sentirse en comunión con otros, otros que también buceaban en las tinieblas. Y allí estaba Soledad abandonando súbitamente la clase donde el maestro explicaba que no es un axioma, es una tesis, la esencia de una columna vertebral. Y Marcos pensaba que nos cagamos en todo con ese prurito nefasto de poner un nombre a todo. Y esto viene desde Adán, nuestro pedante padre.           

  


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