Estévez hablaba de la columna vertebral
como una tesis, no un axioma, cuando Soledad rompió en sollozos y se retiró de
clase. Fue tan sorpresivo que todos quedaron atónitos. ¿Qué le había pasado?
Marcos se sintió culpable. Una hora atrás, había viajado con Soledad en la
buseta de Circular, rumbo a la Piloto. Su trato hacia ella fue seco. Ahora se
arrepentía. ¿Por qué fue tan antipático? César, que estaba sentado a su lado,
le explicó el comportamiento de Soledad: otorgaba excesiva importancia a sus
relaciones con los demás, cualquier nimiedad la afectaba, era una niña grande,
ávida de cariño. A la luz de esta radiografía, la sensación de culpa se acreció
en Marcos. ¿Qué le costaba ser amable? Guardar las formas, condescender a un
saludo, a un diálogo convencional, ¿era muy difícil? ¿Por qué era tan siete
leches? Se figuró la vida de Soledad, llena de desplantes, de sueños
malogrados. Su misma presencia en el Taller se le antojaba absurda. ¿Qué
buscaba allí? Una vez leyó una historia ante la clase, sin demasiada fortuna.
Una mujer blanca se enamora de un negro que estudia medicina y es un talento
para las matemáticas. Se notaba que la heroína del cuento era ella misma.
Soledad era una mujer con facha de secretaria, larguirucha y flaca, desgarbada
y estrambótica. Tenía algo de bobalicona, romántica y pueril. Así era como la
veía Marcos. ¿Qué le había ocurrido a esa mujerona para abandonar la sesión en
ese arrebato? Alguna descompensación anímica, problemas. Es preciso estar
alerta con las personas. Quien menos pensamos se halla al borde de un colapso.
Acaso la sequedad de Marcos fue el pistón que disparó el desborde emotivo de
Soledad. La clase siguió su curso, luego del natural instante de alteración, de
las miradas sorprendidas, de los comentarios por lo bajo. ¿Qué hacer? Esperar
que Soledad se rehiciera y volviese a entrar. De seguro era cualquier bobería,
nada grave, opinaba César. Soledad era de esas mujeres hipersensibles. César la
conocía más que Marcos, quizás se había tomado el tiempo de congeniar con ella,
de conversar. Era un muchacho moreno, de barba, buen escritor, que trabajaba en
un taller de publicidad, como artista gráfico. Caminaba con cierta insolencia
y, por lo general, se lo veía solo. Su voz era varonil y cálida, con un leve
dejo de sensualidad. En ocasiones, al salir del taller, Marcos caminaba en su
compañía hasta el centro. Platicaban. En veces se cruzaban por ahí, Junín,
etcétera.
A Marcos le entraba en reversa eso de que
una columna vertebral, de que una tesis. Escribir una obra de ficción para
demostrar algo se le antojaba fuera de lógica. Roa Bastos decía en Yo el
supremo: “Escribir es despegar la palabra de uno mismo. Cargar esa palabra que
se va despegando de uno con todo lo de uno hasta ser lo de otro, lo totalmente
ajeno”. Y también: “Yo solo puedo escribir; es decir, negar lo vivo. Matar aún
más lo que ya está muerto”. Esto sonaba más a voces de ultratumba, a tratos con
los fantasmas y los muertos que a una elaboración científica. Marcos leía El
señor presidente, La casa verde, Yo el supremo, Cien años de soledad, y no
tenía por evidente que allí estuviesen actuando las leyes newtonianas y el
método deductivo, solo veía historias grandiosas y apasionantes, enraizadas al
universo del sentir humano.
Aquel día Marcos se había levantado lleno
de expectativas, animado. Eran inmensas sus ganas de vivir, como si tuviese la
certeza de que le ocurriría, al fin, el milagro del amor. Pero en el trabajo
como maestro las cosas no pasaron de la desabrida rutina, la monotonía. Salvo
la ternura de los alumnos, aquello era un moridero. Quizás el único hecho
extraordinario fue la lectura de Kavafis, porque hasta el partido de fútbol del
interclases estuvo signado por el fastidio. Leer a Kavafis en plena jornada
laboral le parecía subversivo, necesario. “En el interior de un café lleno de
rumores, inclinado sobre una mesa, está sentado un viejo, con un periódico ante
él, sin compañía”. Kavafis. Lo que un novelista como García Márquez discurría
en decenas de capítulos, un poeta lo dice en tres versos. Oh, exclamaba Marcos
para sí, qué suceso maravilloso colmará mi sed de darme íntegro y recibir amor.
Y no tenía más que su cuaderno para experimentar la plenitud de su infierno y
de su cielo. No tenía más que el arrimadero del taller para sentirse en
comunión con otros, otros que también buceaban en las tinieblas. Y allí estaba
Soledad abandonando súbitamente la clase donde el maestro explicaba que no es
un axioma, es una tesis, la esencia de una columna vertebral. Y Marcos pensaba
que nos cagamos en todo con ese prurito nefasto de poner un nombre a todo. Y
esto viene desde Adán, nuestro pedante
padre.
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