jueves, 22 de julio de 2021

Mi maestro XXIX

*Sí, los romances también estaban al orden del día en el taller. Cualquier noche, al salir de clase, uno advertía que un alumno que solía transportarse en moto, y que tenía por parrillero prescrito a un compañero que vivía en el mismo sector de la ciudad, de repente remplazaba a este por una condiscípula con la que se alejaba entre el rugido del motor y los cálidos efluvios del verano. Era un secreto a voces que esos dos eran amantes, que se comían. Y uno se regocijaba de que la literatura diera hasta para eso, para agenciarse una chica y tirársela al salir de la sesión. El amigo desplazado del puesto en la moto no lo tomaba a mal, se marchaba en compañía de ese otro muchacho que estudiaba leyes. Buena por el de la moto, que aplicaba un criterio democrático en la elección de su parrillero. Aunque tal vez valiera más decir que su criterio en esta circunstancia era erótico, de arrechera. Sabría echarse un buen polvo platicando sobre ese cuento que ella había leído en clase y que no había merecido un buen concepto de Estévez. Quizás tuvieran ánimo hasta para mejorar la historia y lograr que la semana siguiente, tras una relectura, el maestro rompiera en aplausos. Marcos había pensado en escribir una serie cuentos para después de hacer el amor. Luego, la idea se le antojo huera, trillada, no valía la pena, así que la desechó. Es mejor caminar, iría pensando el otro, mientras almibaraba el verbo para seducir al estudiante de leyes. Porque la oferta era múltiple. Siempre hay un Sócrates endulzando el oído de un Alcibiades.

Que el amor hace parte de la vida y que Cupido siempre está lanzando sus dardos, es de ley. En el taller de Estévez, que Marcos veía como una especie de Fragua de Vulcano, se daba lo hermoso y lo ramplón, lo noble  y lo sórdido. Quizás un condiscípulo amurao viese con envidia a los dos que se marchaban en la moto. Estévez se sonreiría. Y algún pervertido hasta se diría qué bueno hacer trío. Mientras los amantes follaban, el amurao cogía el bus rumbo a casa, donde la madre le tendría la comida tapada sobre la nevera. Si era cuestión de comer, pues bien, el amurao también tenía su fiambre. Si a eso vamos, hacer el amor es como mandarse un fiambre. Otro, de genio más analítico, se iría pensando en la moto como imagen bivalente de Eros y Tánatos, cómo servía para levantar chicas y cuál era  su raigambre en  la historia de esta ciudad de sicarios. Los afortunados de la noche irían a su burdelito, en tanto que el amurao sacaba su agenda y empezaba a planificar la novela según las prescripciones del maestro. Oh, el amor, el amor.

También había las historias de los integrantes del taller que iban en carro particular, y que al salir de la sesión invitaban a Estévez y algún otro compañero a subir y a llevarlos. Estévez subía solícito, el cuadro que hacía en un carro era sin duda más glamoroso que el que haría en una moto, llegado el caso. La mayoría de las veces, la muchacha del carro particular estaba adornada por una profesión de médica, o tenía una hermana gemela que era profesora en una universidad de ricos, la cual, además, era dibujante y poeta. Eran mujeres estudiadas, independientes en lo económico, con un estilo de vida selecto, y uno entendía qué les apasionara la literatura, aunque fuera para darse el champú semanal de demostrar un hueco malabarismo lingüístico ante el profesor Estévez. Marcos las imaginaba, como ese personaje de La peste (de Camus), cincelando una frase días y días para lucirse en la próxima sesión: “palabras como placas de mármol”, “basurearse  la vida”. Escribir era más que eso. Estas frases talladas y pulidas causaban impresión allí, pero uno sentía que ese preciosismo tenía algo de decadente y que no valía la pena. Lo que valía la pena era enamorarse, y Marcos picó el anzuelo con alguna de estas mujeres. El caballito de batalla era siempre un Sallinger o un Guimaraes Rosa que se pedía en préstamo, y ahí estaba la oportunidad de un flirteo. Aunque gustaba poco del cine, la invitó a ver Hamlet, pero al final tuvo que entrar y ver la película solo, porque ella no acudió a la cita. Más tarde, la citó en un café a tono con su aire aburguesado. Acudió, pero no le trajo el libro prometido. Por otra parte, no se quedó ni a tomar un refresco, porque debía marchar a prisa a su clase de inglés. A la tercera y última cita, en la biblioteca de la Universidad de Antioquia, llegó acompañada del novio, un joven de su mismo corte, al que presentó como Federico. Federico era alto, robusto, moreno, vestido como visten los jóvenes que imaginas estudiando carreras de primer orden en universidades de primer orden, con el rostro desaprensivo, cordial, de esos muchachos que lo tienen todo. Federico, bello nombre, se dijo Marcos, que se tomó las cosas sin tragedia. Nombre sonoro, musical y, sobre todo, ajustado al referente. En verdad que le cayó bien ese Federico. Hablaron una migaja sobre Sallinger, si realmente había sido niño prodigio, como el protagonista de uno de sus cuentos (Teddy). Tal vez. Marcos no se lo tomó a pecho, pero siempre que ella, al salir de clase, lo invitó a subir a su carro y arrastrarlo unas cuadras, se negó. Parecía fatal el dicho de que de buenas en el juego, de malas en el amor. Su juego era la literatura.           

  


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