*Sí, los romances también estaban al orden
del día en el taller. Cualquier noche, al salir de clase, uno advertía que un
alumno que solía transportarse en moto, y que tenía por parrillero prescrito a
un compañero que vivía en el mismo sector de la ciudad, de repente remplazaba a
este por una condiscípula con la que se alejaba entre el rugido del motor y los
cálidos efluvios del verano. Era un secreto a voces que esos dos eran amantes,
que se comían. Y uno se regocijaba de que la literatura diera hasta para eso,
para agenciarse una chica y tirársela al salir de la sesión. El amigo
desplazado del puesto en la moto no lo tomaba a mal, se marchaba en compañía de
ese otro muchacho que estudiaba leyes. Buena por el de la moto, que aplicaba un
criterio democrático en la elección de su parrillero. Aunque tal vez valiera
más decir que su criterio en esta circunstancia era erótico, de
arrechera. Sabría echarse un buen polvo platicando sobre ese cuento que ella
había leído en clase y que no había merecido un buen concepto de Estévez.
Quizás tuvieran ánimo hasta para mejorar la historia y lograr que la semana
siguiente, tras una relectura, el maestro rompiera en aplausos. Marcos había
pensado en escribir una serie cuentos para después de hacer el amor. Luego, la idea
se le antojo huera, trillada, no valía la pena, así que la desechó. Es mejor
caminar, iría pensando el otro, mientras almibaraba el verbo para seducir al
estudiante de leyes. Porque la oferta era múltiple. Siempre hay un Sócrates
endulzando el oído de un Alcibiades.
Que el amor hace parte de la vida y que
Cupido siempre está lanzando sus dardos, es de ley. En el taller de Estévez,
que Marcos veía como una especie de Fragua de Vulcano, se daba lo hermoso y lo
ramplón, lo noble y lo sórdido. Quizás un condiscípulo amurao viese
con envidia a los dos que se marchaban en la moto. Estévez se sonreiría. Y
algún pervertido hasta se diría qué bueno hacer trío. Mientras los amantes
follaban, el amurao cogía el bus rumbo a casa, donde la madre le tendría la comida
tapada sobre la nevera. Si era cuestión de comer, pues bien, el amurao también
tenía su fiambre. Si a eso vamos, hacer el amor es como mandarse un fiambre.
Otro, de genio más analítico, se iría pensando en la moto como imagen bivalente
de Eros y Tánatos, cómo servía para levantar chicas y cuál era su
raigambre en la historia de esta ciudad de sicarios. Los afortunados
de la noche irían a su burdelito, en tanto que el amurao sacaba su agenda y
empezaba a planificar la novela según las prescripciones del maestro. Oh, el
amor, el amor.
También había las historias de los
integrantes del taller que iban en carro particular, y que al salir de la
sesión invitaban a Estévez y algún otro compañero a subir y a llevarlos.
Estévez subía solícito, el cuadro que hacía en un carro era sin duda más
glamoroso que el que haría en una moto, llegado el caso. La mayoría de las
veces, la muchacha del carro particular estaba adornada por una profesión de
médica, o tenía una hermana gemela que era profesora en una universidad de
ricos, la cual, además, era dibujante y poeta. Eran mujeres estudiadas,
independientes en lo económico, con un estilo de vida selecto, y uno entendía
qué les apasionara la literatura, aunque fuera para darse el champú semanal de
demostrar un hueco malabarismo lingüístico ante el profesor Estévez. Marcos las
imaginaba, como ese personaje de La peste (de Camus), cincelando una frase días
y días para lucirse en la próxima sesión: “palabras como placas de mármol”,
“basurearse la vida”. Escribir era más que eso. Estas frases
talladas y pulidas causaban impresión allí, pero uno sentía que ese preciosismo
tenía algo de decadente y que no valía la pena. Lo que valía la pena era
enamorarse, y Marcos picó el anzuelo con alguna de estas mujeres. El caballito
de batalla era siempre un Sallinger o un Guimaraes Rosa que se pedía en
préstamo, y ahí estaba la oportunidad de un flirteo. Aunque gustaba poco del
cine, la invitó a ver Hamlet, pero al final tuvo que entrar y ver la película
solo, porque ella no acudió a la cita. Más tarde, la citó en un café a tono con
su aire aburguesado. Acudió, pero no le trajo el libro prometido. Por otra
parte, no se quedó ni a tomar un refresco, porque debía marchar a prisa a su
clase de inglés. A la tercera y última cita, en la biblioteca de la Universidad
de Antioquia, llegó acompañada del novio, un joven de su mismo corte, al que
presentó como Federico. Federico era alto, robusto, moreno, vestido como visten
los jóvenes que imaginas estudiando carreras de primer orden en universidades de
primer orden, con el rostro desaprensivo, cordial, de esos muchachos que lo
tienen todo. Federico, bello nombre, se dijo Marcos, que se tomó las cosas sin
tragedia. Nombre sonoro, musical y, sobre todo, ajustado al referente. En
verdad que le cayó bien ese Federico. Hablaron una migaja sobre Sallinger, si
realmente había sido niño prodigio, como el protagonista de uno de sus cuentos
(Teddy). Tal vez. Marcos no se lo tomó a pecho, pero siempre que ella, al salir
de clase, lo invitó a subir a su carro y arrastrarlo unas cuadras, se negó.
Parecía fatal el dicho de que de buenas en el juego, de malas en el amor. Su
juego era la
literatura.
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