Doña Misterio era una señora de ojos claros, glaucos, cuya suave irradiación todavía perturba el recuerdo de Marcos. La diáfana luz de esos ojos verdes, como el papel deslavado de las láminas de los payasos, persistía en aquellas desvencijadas aulas, manifestación de la simpleza de un alma o de lo grotesco de los ritos de lo que llamamos mundo civilizado. Vestía muy modosita, con el decoro que correspondía a sus años y a su condición de ama de casa, esposa, madre. No dejaba de ser extraordinario, tocado de secreto, que una señora tímida y discreta sazonara con su estampa de diletante, un tanto anacrónica, las claras mañanas del Paraninfo, donde el estanque con plantas acuáticas adornado con la escultura de Los amantes cribaba el resplandor del día, en un aire revestido de cultura, que omitía el estruendo del tráfico de Ayacucho y los falsos oropeles de la gloria encarnada en la estatua de Santander que destacaba en la Plazuela San Ignacio.
La señora asistía al taller del novelista; desafiaba el fragor y la rapiña de las calles céntricas con tal de regalarse aquella distracción semanal, el alternar con personas de distinta índole, en la mayoría de las cuales brillaba el barniz del intelecto, la gracia del verbo. No desentonaba, no. Porque en toda parte es necesaria la comparsa, la nota disonante, el agente gregario, en fin, el tumulto. Y la verdad es que, entre los asistentes a estos talleres de escritores, había muchas damas sin demasiada idea de la literatura, que tomaban aquello como un costurero o como una oportunidad de romper una asfixiante rutina. Tampoco debían faltar las que se hacían ilusiones, las que acaso quemaran los últimos cartuchos y quisieran granjearse algún amorío, una aventura. Vaya uno a saber los móviles que llevaban a aquella sesión de letrados a una señora que mostraba a la legua su ignorancia sobre el tema. Hay vidas vacías, almas cándidas, historias patéticas. A la señora poco le importaría hacer el ridículo, aparecer como caída del zarzo, como una completa nulidad en la materia, porque los resortes que la movían eran otros, ajenos al lucimiento discursivo, tal vez solo quería distraerse.
Y vaya si lo conseguiría, en contacto con esa fauna extravagante y disparatada de los escritores, con esos espíritus lacerados y rebeldes, maleados por imaginaciones y gorgonas, infatuados y sensibleros, puntuales y cositeros: el maestro cejijunto, el escultor de luengas barbas, el periodista de florituras verbales, el asustadizo pichón de médico, el mulato triste, la profesora universitaria. Al terminar la clase, se iría pensando en los condiscípulos, en el maestro, en tanta palabreja extraña. Y tal vez hasta escribiese cosas interesantes. Porque cierto día le había confiado a Marcos que escribía mucho en sus agendas, y que también tenía un cuaderno, pero, la verdad, no sabía escribir a máquina. No era de las que lee a menudo en la sesión. Estévez la ignoraba la mayoría de las veces. A lo mejor la consideraba un bello adorno. Es que denotaba cierta distinción la dama, con sus ojos cristalinos, con sus vestidos elegantes y sobrios, con su cartera a discreción, con sus maneras delicadas y cautas. Tal vez fuera de buena familia, acaso trabajó en un almacén. Quizás, de niña o de muchacha, le apasionaron las novelas, los folletines. Sea como fuere, no era difícil camuflarse en el grupo, entre ese frívolo coro de mujeres que siempre acompaña la escena del arte. Conseguiría sus amigas, señoras del mismo tipo, que no faltaban por allí. Las invitaría, alguna vez, a tomar el algo. Se irían a ver una película o un concierto.
Y es que ciertamente eran arduos de pronunciar esos nombres de escritores extranjeros, Kafka, por ejemplo, que ella jamás pudo decir bien. Ella lo decía con "l", en lugar de "f": "Kalka". Y Estévez había recomendado leer toda la obra de ese Kalka, desde los Diarios hasta las Cartas, pasando, lógicamente, por las novelas y los cuentos: El Proceso, El Castillo, América, La metamorfosis, Un médico rural, Un artista del hambre. A ella ese Kafka le parecía absurdo, una invención de la judería, de los asesinos del Señor, uno de los ladrones que lo acompañaron y lo insultaron en el Calvario. Esa "F" de Franz se le antojaba a ella una cruz, la cruz donde empalaron al Señor. Y esa "k" repetida en el apellido eran cosas del mismo Satanás, el ángel perverso que perdió a la humanidad. No, ella se haría la loca con ese Kalka, ni se preocuparía por consultarlo. A ella le gustaban eran las novelas como Una mujer de cuatro en conducta, esa Helena de Santa Elena a la que el destino la obliga a cambiar las inocentes flores de su campo nativo por las sórdidas flores del burdel.
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