*Los instrumentos de la orquesta quedaron abandonados en el escenario, iluminados por el resplandor de un reflector. Los músicos habían desaparecido tras los cortinajes. Era el intermedio del concierto. Por espacio de una hora seguida, un torrente de latin jazz electrizó y levantó a los espectadores en el oleaje rítmico de una emoción poderosa. Ahora el público se había disgregado, unos fueron al baño, otros a la tienda, y los que se estuvieron en sus puestos tomaron actitudes sueltas, descansadas, aguardando la segunda parte del toque. Elina invitó a Marcos a desperezarse, ir al baño, pero este la alentó a hacerlo, prefiriendo quedarse en su butaca. Estaba entretenido mirando todo y nada, así que no se percató del instante en que la silla de Elina fue ocupada por un individuo. Tal vez el otro se deslizó en el asiento con modos furtivos. Al volver el rostro, Marcos se encontró a bocajarro con un hombre que le tendía la mano con una expresión complacida y adulona. Era Adrián: un hombre magro, con cabello al rape, vestido con pulcra discreción, de rasgos alargados y angulosos y un aire vulpino en el rostro. Su manera de hablar era impulsiva, apremiante. En sus palabras se entremezclaban el alarde, la ironía, el apasionamiento y, solo en parca medida, la intención de sostener una conversación sencilla. “Hola, Marcos”. “Eh, Adrián, hola, hombre, ¿qué más? “. “Bien, bien. ¿Estás solo? ¿Has venido con alguien?”. “Vine con una amiga. Se fue a estirar las piernas.” “Ah, mira, por esta misma fila, cuatro puestos más allá, ¿ves? Son mis dos acompañantes. La de la derecha es mi novia.” Un poco sin reflexionar en ello, Marcos le contó de su relación con Elina. Le ocurría así. Siendo un ser reservado en extremo, a veces un impulso descontrolado y morboso le impelía a confiar sus cosas a la persona menos pensada, asunto del que después se arrepentía. Tampoco es que se explayara en el relato de su amancebamiento con Elina; aun así, después se castigó con los reproches. La sorpresa de Adrián fue mayúscula. ¿Marcos amancebado con una mujer? ¿El apático y cauteloso Marcos? No podía creerlo. Adrián tenía un trato despectivo y utilitarista con las mujeres. “Son los estribos de los hombres”, sentenció. A continuación habló de su trabajo de artista plástico, del orgullo que sentía por su hija, de que últimamente pasaba y corregía sus textos en computador. (Era la época en que muchos escribíamos en máquina, una Brother, por ejemplo). Empalagó a Marcos con la adoración por su hija. A Marcos le parecía chocante la actitud de su interlocutor. Le hacía evocar un orbe de licencia y degeneración. Había un repliegue innoble en su ser. Adrián aludió a lo poco grato que era escuchar música afrocubana sentado y sin licor. Confesó haber bebido un par de cervezas antes del concierto. Marcos recordó que Adrián no podía tomarse unos tragos sin que saliera a relucir su maricada. Entonces se comportaba como un tipo asqueroso, que modificaba la voz hasta un punto de repugnante adamamiento y sucia obscenidad. Marcos había sido testigo dos o tres veces del desdoblamiento de Adrián. Se acercaba a la víctima de turno y, envolviéndola en una red de halagos y medias verdades, acababa por invitarla a su casa. Indefectiblemente, terminaba por invitar a su presa a su casa, olvidándose, ahí sí, de la devoción por su hija. Marcos no dejó de inquietarse ante la circunstancia un tanto equívoca de que un sujeto como Adrián lo abordara en el receso del concierto. A pesar de lo que Adrián pudiera pensar, antepuso un escudo frente a sus fanfarronerías y señuelos. No le era desconocido el hecho de que muchos homosexuales disfrazan sus prácticas llevando vida marital con una mujer, mientras que desahogan su inclinación de manera clandestina. Siempre creyó que Adrián era de este género. Tardaron en tocar el tema de las letras, del taller de escritores. Como Caínes, estaban signados por la marca de Estévez. Como una araña, la escritura desplegaba sus hilos y los enredaba en su trama. Era casi un tópico hablar de aquello. Marcos recordaba a Adrián de las sesiones en la Piloto, de ese tiempo en que hubo muchos discípulos con “madera”, en que el grupo era nutrido y culto, y la hora y media de la clase solo alcanzaba para que leyeran uno o dos. Adrián le recordaba las extravagancias de los emperadores romanos, Nerón prendiendo fuego a la Ciudad Eterna, Calígula nombrando cónsul a su caballo Incitato. Más de una vez escuchó Marcos de labios de Estévez la anécdota de Incitato, los lujosos establos que le mandó a construir Calígula. Marcos se dijo que si Adrián hubiese vivido en aquel tiempo, sin duda que no habría desmerecido de las depravadas costumbres de los césares. Fue Adrián quien tomó la iniciativa. “¿Rayando mucho?” A Marcos le agradó el término con que Adrián se refería al acto de escribir. Se le antojó gráfico y certero. Aplaudió en su interior tal creatividad. “Sí”, respondió. Adrián, en cambio, se quejó de que el trabajo no le dejaba tiempo de “rayar”. Pero compensaba con creces esta desdicha con la felicidad que su hija le proporcionaba a diario. “¿Has vuelto al Taller de Estévez?”, inquirió Adrián de pronto. Y al sonido de este nombre, Marcos sintió sacudirse en su interior un mundo de vivencias que creía superado. Estévez. El hecho de hacer un respingo y cambiar de tema hizo más ostensible el malestar que le atacó. Ante Estévez se sentía un traidor.
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