*Fueron muchos años dando lata sobre la publicación de la Antología de cuento de la universidad. Por allá desde 1991. Y el libro salió en agosto de 2007, póstumo. En esos días me llamaron del Alma mater para obsequiarme el volumen, al que tenía derecho como autor de uno de los cuentos. Empresa quijotesca la tuya, entorpecida por los retrasos y la negligencia. En la etapa inicial de ese proyecto editorial, yo todavía vivía en casa de mis padres y comenzaba en mi trabajo de profesor. Quiero suponer que en tu inquietud ante mi ausencia a las sesiones había una sincera preocupación, que no te alentaba solo el temor de perder los libros que me prestabas. De 1988 a 1991 fueron los años claves de nuestro trato. Ya nos habíamos confiado el teléfono. Me llamabas. Me insistías en el uso de la agenda. Entre los segmentos de escritura de las tuyas, intercalabas no solo láminas eróticas, sino también de animales (si no hubieras sido literato, el naturalista o el zoólogo te reservaban un lugar) y recortes de prensa sobre algún tema de ciencia. Te apasionaba la Física Cuántica. Lo que te gustaba de las agendas eran las pastas duras y el papel delicado. Eras un grafómano. Te paladeabas al escribir. Desde el precio de las estilográficas hasta la calidad del papel, incluido el color de la tinta, todo esto te deleitaba. Eras sumamente metódico en los apuntes, cuidadoso de la estética. Comparabas las anotaciones con los ladrillos necesarios para construir una casa. Siempre andabas planificando alguna novela o adelantando cualquier otro texto por encargo. Mientras leías durante la sesión, yo examinaba con objetividad tus manazas salpicadas de pecas, tu cabello de duras hebras blancas y lustrosas, bajo las que se insinuaba la calva. Cuando te sentabas a matar tiempo en Kokorico o en Guayaquil, dando espera a la clase, siempre te ocupabas en escribir o en leer, como si no permitieras ningún resquicio al ocio. Una tarde Blandón y yo, por caminos distintos, llegamos casi al mismo tiempo a la mesa en que te encontrabas. Blandón se acercó unos segundos después que yo. “Busquen una silla y siéntense un rato”. Blandón consiguió una en el acto. Yo tardé más en buscarla, parecía torpe. Nos sentamos a platicar contigo. Nos percatamos de que estabas leyendo un artículo científico en la revista Ciencia e Investigación. Otros cuatro números de la misma publicación (nuevos, recién adquiridos, todavía con la etiqueta del precio) descansaban en la mesa. Blandón traía una bolsa en la mano. A través del plástico se transparentaba un libro verde, uno de sus mamotretos de medicina, sobre toxicología o cualquier otro asunto. Su aspecto aparecía negligente, como si no hubiera tenido tiempo de echar sus cosas en el morral. Venía de Puerto Boyacá, donde había pasado el fin de semana con su novia, que estaba embarazada. Llegó a Medellín a las seis de la mañana y debió salir para clase de inmediato. Blandón contaba esto con un acento mezcla de ardor épico y de fastidio. Era una de esas personas de las que afirmamos, con dulce y benévola sonrisa: “Es un loco”. Se le veía decaído, sin fuerzas, como un autómata. Los semestres finales de la carrera fueron de un desgaste extremo, andaba al borde de la extenuación. El encuentro con su novia no había sido pacífico. Lo del hijo era ya un hecho, una certeza que se ensanchaba cada vez más, que era preciso asimilar y disponer en el curso de la cotidianidad. Fui uno de los primeros a los que confió que iba a ser padre. Al enterarse de que el feto sería una niña, se apresuró a buscar un nombre de la mitología griega. También en esta búsqueda fui confidente de sus inquietudes. Barajamos nombres de diosas, ninfas, reinas. Al final, eligió uno, el más anafórico, donde se repetía la “a”. Después de que nos despedimos de ti, vagamos un rato por la u. Yo terminé yéndome a clase. Él se fue de cacería: “los martes descubro historias”, dijo. Parecíamos unos seres atormentados e irredentos, castigados con un hambre de historias. “Ahora sí, a escribir”, había exclamado Luis Carlos el día de su graduación, al abrazar a sus amigos que lo felicitamos a la salida del Camilo. Quería desatar todo ese fuego represado por las obligaciones de la carrera: “a escribir”. Y toda esa flama eran historias, cuentos, tal vez novelas, material atarugado en el ser, a la espera de tiempo. Bien, ahora llegaba el tiempo. Esperaba que pudiese compaginar el ejercicio de la medicina con la pasión por la literatura. ¿O sería un nuevo fraude cometido contra sí mismo? Los años lo dirían. Ahí estaba Arteaga, con sus agendas llenas de historias, esperando la ocasión de sentarse a escribir sin acoso. Agendas guardadas con celo, supervivientes de cuántos trasteos, de cuántos reveses amorosos, transportadas de una casa a otra, reincidiendo en la gaveta del escritorio, donde acababan criando polvo. Blandón también lo tenía entre ceja y ceja, era otro enfermo, otro mordido por la sierpe del desvelo, con el veneno de las historias pervirtiendo la sangre. Los martes solía descubrir historias. Así que era hasta supersticioso. El martes venía a ser su talismán. ¿No es Marte el dios de la guerra? ¿Los martes peleaba con la novia? Por Blandón te conocí, maestro. Fue quien me llevó a tu Taller. Otro médico, como Luis Carlos. Había escamoteado horas al cansancio para sumar publicaciones. No quiso quedarse de brazos cruzados durante la pandemia, al menos los cuentecitos estilo haiku (que pergeñaba y publicaba en Facebook) le daban la sensación del trabajo literario. “Desnuda bailaba en la noche, desafiando el espíritu y el deseo. La soledad era su pandemia”, tales eran las historias de Blandón en este tiempo. Era preciso ser prácticos, y él había despejado los valores de la ecuación: poco tiempo, trabajo excesivo, el resultado era el cuentecito, que también tenía visos de poema. No eran estas las historias de Luis, ni las mías. Hay que someterse a un trabajo arduo, romper la piedra, ver chispear lascas. Cada uno va en su ritmo, en el apuro de la vida, consintiendo con lo fácil o demorándose en la creación. Es según como cada uno piense. Seguro que tampoco esas serían tus historias, maestro. Debemos buscar lo perdurable. Tejer es difícil. En la brevedad hay mérito. Nadie lo niega. En fin, que cada uno saque sus propias conclusiones.
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