sábado, 17 de julio de 2021

Mi maestro XXIV

*Alguna de aquellas tardes, Marcos se dio una pasada por el taller de Mejía Vallejo, nada más por ver, por enterarse. Como el de Estévez, tenía por sede la Biblioteca Pública Piloto, en semana, a una hora más temprana. Se hablaba mucho de aquellos dos talleres de escritores, de los maestros que los dirigían, del estilo particular de cada uno de ellos. Por supuesto, estaba al orden del día dar juicios de valor sobre la clase de escritor que era el uno y el otro, cuál era mejor, cuál era más comercial, etcétera. La verdad, Mejía Vallejo era un autor más prolífico y laureado que Estévez. También vendía más que Estévez. Se defendía de igual manera en el cuento como en la novela, y además le jalaba a los versos y a la pintura. Estévez no dudaba en reconocer esto y, de hecho, le otorgó a Mejía Vallejo un puesto de primera línea en su Antología comentada del cuento antioqueño, tomando como ejemplos dos narraciones: Duelo a cuarto cerrado y La venganza.

Estévez reconocía de inmediato el talento, y no era tardo en alabarlo. Su frase escogida para celebrar en los otros esta virtud,  era: “tiene madera”. Asimismo, era sincero y escueto en la crítica, y acaso también un poco áspero. Era un literato curtido, se paladeaba con los buenos libros y, sin rodeos, enaltecía o censuraba. Reconocía el prestigio del taller de Mejía Vallejo, el cual era una leyenda viviente de las letras colombianas. Cada uno de estos cenáculos poseía un sello propio. El de Mejía Vallejo, según opinión corriente, era más laxo. Los asistentes leían sus escritos y el maestro los juzgaba con un carácter suave y sonreído y, decían algunos, espiritualizado por el aguardiente.

Aquella tarde en que se dio una pasada por el taller de Mejía Vallejo, Marcos se dedicó a escuchar lo que leían y comentaban. Mejía Vallejo era un gran conversador, tenía un aura de gran mundo, de importancia. Hizo una grata impresión en Marcos. En su taller, amén de narraciones, se leían versos, materia para la que Marcos tenía sangre dulce. En ese entonces ya asistía a las sesiones con Estévez, y ni siquiera sopesó la idea de cambiarse. En su mayoría, el auditorio de Mejía Vallejo lo constituían damas, a las que, con sorna, Estévez llamaba Agathas Christies. El Carnudo recuerda muy bien este detalle. Se sentía allí un ambiente sibarita y culto, algo que no acabó de gustar a Marcos que, por naturaleza, odiaba todo refinamiento. Pensó que tal vez era este el escenario donde la profesora Lucía Gómez, que denigraba de Estévez, se sentiría a gusto.

Sí, había los que hablaban mal de Estévez, los que lo consideraban un escritor del montón, aquellos a los que su estilo les repelía, sin decirles nada. Luis, amigo de Marcos, licenciado en literatura, era uno de estos. Empezó a leer Un hombre llamado Todero. “No, hermano, nomás leer que eso empezaba con el Mello, lo dejé", dijo. Marcos se dijo que era una excusa demasiado ligera. En general, Luis sentía que Estévez no era un escritor que valiera la pena leer. Siempre estaba inquiriendo a Marcos si en realidad había algo de valor en lo que escribía ese viejo. En ocasiones, prometía leerlo, dejando de lado su prevención, pero siempre su ánimo decaía. Reconocía que Estévez era un autor con un sinnúmero de títulos, sin embargo, lo clasificaba entre esos escritores costumbristas, o realistas a ultranza, y esto le obligaba a desestimarlo, postergándolo. La imagen risible que Luis se hacía de estos escritores, así vivieran en el medio urbano, era la de un tipo montado a caballo. El escritor contemporáneo vive la ciudad, se pierde en su dédalo. Era lo que Luis opinaba.

Del parecer de Luis eran los que, habiéndose matriculado en el taller de Estévez, luego de una experiencia maluca, se pasaban al de Mejía Vallejo. En uno y otro bando, la habladuría y la suspicacia eran comunes. Los maestros se ponían por encima de estas pendencias. Hablar mal de un colega no es algo que diga mucho en nuestro favor. Otra frase favorita de Estévez era: “un hombre es su circunstancia”. Uno va por la vida haciendo las cosas lo mejor que puede, sin que falten los que aplaudan y los que condenen. Restrepo, ilustre poeta vinculado al área de Humanidades de la Universidad de Antioquia, siempre tenía en los labios unas palabras elogiosas para Estévez. Un día en que Marcos jugaba baloncesto, simpatizó con un sujeto el cual, luego de un rato de charla, resultó ser alumno de Estévez de la última época del taller. Su concepto sobre el maestro no pudo ser más generoso. Marcos se dijo que las espectaculares cestas del tipo (se llamaba Wilson), debían corresponderse de algún modo con su buen gusto literario. También, en una oportunidad posterior, Marcos trabó amistad con un jubilado de la Escuela Popular de Arte. Al veterano le gustaba leer. Era un asiduo a la biblioteca pública del barrio, donde se surtía de novelas de autores contemporáneos. Este individuo se llamaba Bernardo, y siempre visitaba la biblioteca en compañía de su mujer y su hija (una muchacha bastante crecida, profesional). Total, que había contagiado a su mujer y su hija el gusto por la lectura, quienes, a su vez,  también se abastecían de novelas. Bernardo conocía la obra de Estévez, y hubo una época en que leyó varias novelas de este, dispensando comentarios favorables cuando se cruzaba con Marcos.

Mejía Vallejo, Estévez, cada uno había aventado su semilla entre sus epígonos. Como en la Parábola del sembrador, quizás solo unos cuantos granos llegaron a frutecer. El Carnudo era un incondicional de Estévez. Uno de sus recuerdos sobre el maestro tiene que ver con la ocasión en que le obsequió un lapicero de siete barras. Estévez se alegró como un niño con este regalo. Para  el Carnudo fue un misterio el por qué su presente había provocado tanto gozo en el pelicano. Resolvió el enigma cuando Marcos le contó que Estévez escribía en sus agendas con tintas de diferentes colores. “Ah, con razón”, dijo el Carnudo. Mejía Vallejo, Estévez, independientemente de quién haya sido mejor, Marcos pensaba que quien nos marca de por vida, quien deja una huella imperecedera en nuestro ser, ese es nuestro guía. A ese seguimos. Y Estévez, enemigo de los versos en un cuento (mas no en la vida), había sembrado en un manojo de alumnos la manía de observarlo todo, de estudiar cuanto sucede en derredor. Así, por ejemplo, al citarse con alguien, solían matar el tiempo de la espera escudriñando un rostro, mirando una pared, saboreando el aire, convencidos de que luego todo aquello serviría de material de escritura. Y no podía ser de otro modo. Era así como hacía Scott Fitzgerald, el autor del Gran Gatsby, cuyas libretas de anotaciones se convertían en capítulos completos de sus novelas. No podía ser de otro modo, que todos ellos fueran por la vida sabiendo que Servidumbre humana era una novela excelsa, y que todo lo que escribiera Somerset Maugham estaba tocado por el genio. Y se prestaban esa novela, y se demoraban con ella y, si era posible, la compraban para tenerla en su biblioteca y poder hojearla de vez en cuando.

No podía ser de otro modo, que siguieran escribiendo, pese al desencanto, o mejor, gracias a él. Porque los días se colmaban de insatisfacción, de pesimismo. Porque se recelaba del congénere y su naturaleza. Porque no se tenía demasiada fe (era el caso de Marcos) en la profesión escogida. Asco de la maquinaria que gobierna el aparato educativo. Y porque había escepticismo frente al orden social y el marco político, y, asimismo, frente a la religión. Y se tenía ideas contradictorias en torno a la familia y al amor. A pesar de todo esto, veían la escritura como una forma de purificación del espíritu. Y sentían que estos repetidos, maníacos tráficos con las palabras eran  la fe, lo que los curaba del desánimo. Que se sienta aliento en esto. Aunque sean dos líneas que se escriban al día, que allí vibre el fuego de la pasión.                                                     

 

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