*La cabeza se llenaba de mundos,
atmósferas, historias, héroes de ficción. Del gran orbe: Sinuhé el egipicio, Las
coplas de Manrique, Madame Bovary, Por quién doblan las campanas, Al este del
Edén, Luz de agosto. Literatura latinoamericana: Gran sertón, La cuidad y los
perros, Yo el supremo, Rayuela. Literatura nacional: La tejedora de coronas, El
día señalado, Muerte en la calle, La siesta del martes, La venganza. Obras de
Estévez: Toda esa gente, Un hombre llamado todero, Con sabor a fierro, Qué es
un siglo, patrón, Avatares, El de Keriot, Violeta. Cuentos de los talleristas:
Afanes, Desencuentro, Por un Carisellazo, Lucero, Un hombre enigmático. Mundos,
atmósferas, historias que, como un terreno de aluvión, dejaban en el alma el
sedimento de una intensa marea de vida. Estévez nos puso en contacto con todo
este material, con las lecturas que nos recomendaba, con los textos a los que
daba cabida en cada sesión. Mundos, atmósferas, historias.
Gran sertón: Además del
cautivante estilo, Estévez gustaba de la pirotecnia idiomática del escritor
brasileño. En la libreta de apuntes de Marcos menudeaban trozos compuestos por
el léxico correspondiente al libro de turno. Del tiempo en que leía Gran
sertón, conservaba las palabras “yagunzo”, “orvallo”, “sapiranga”,
“surrumpear”, “cogorza”, “albarda”, “esqueje”, “charada”, “tabarra”, “leñe”,
entre otras.
Junto a Yo el supremo, Gran
sertón era una novela particularmente hermosa, pero exigente. Muchos no eran
capaces con ellas, cejaban en su lectura, fatigados por el nivel de la prosa,
por la altura de esos orbes. Roa Bastos y Guimaraes Rosa eran autores muy
distintos al común. Estévez, que los conocía y los apreciaba, exhortaba a sus
alumnos a leerlos.
Con los años, al hallar en sus
libretas las anotaciones con el “léxico”, Marcos volvía a sentir a Estévez
presente allí, en cada palabra (“orvallo”, “yagunzo”), y en el imperativo de
conocer a fondo la esencia de cada vocablo. Esto es, el escritor debe
responsabilizarse de cada palabra que escribe. Es un sentido de probidad, lo
mismo que de rigor. Allí estaba Estévez. El Carnudo le había confesado a Marcos
que, al escribir, sentía a Estévez, en espíritu, detrás de su hombro. Y espetó
a Marcos: “¿no sientes lo mismo?” Marcos denegó. No paraba mientes en cuestiones
sobrenaturales. Sentía a Estévez en el fuego, la fuerza, y la escrupulosidad
del verbo; en palabras como “restible”, “lutria”, compartidas por el ingenio de
Guimaraes Rosa. El Carnudo, en su devoción por Estévez (aunque también sabía
ser crítico con este), llegaba a extremos supersticiosos. ¡Sentir a su lado el
fantasma de Estévez al escribir! Era ya demasiado. El Carnudo se pasaba. Tal
era su pasión por el estilo de Estévez, que conservaba en su memoria frases
completas y términos usados por el maestro, sacándolas a relucir en cualquier
conversación. Marcos sí era más desmemoriado en este sentido, o tal vez, era un
apóstata. Le chocaban esos delirios devocionales, y no solo en literatura.
Quizás por esto jamás se preocupó por memorizar un poema de algún autor, ni
siquiera uno propio. Cuando más recordaba, a duras penas, un verso de
Baudelaire. Era el máximo grado de veneración al que podía llegar. “Una vez el
corazón ha hecho su vendimia, vivir es un mal, es un secreto de todos
conocido”. Este verso del parisino lo había acompañado por décadas. No eran
siquiera años, eran décadas. Y era quizás lo que más amaba, en poesía. Solo de
tarde en tarde retornaba la belleza telúrica y profana de esa línea. Baudelaire
era otra cosa. Quizás Estévez y el Carnudo no fuesen tan afectos a la poesía
como Marcos. Hay los que revisten a la poesía con un tinte peyorativo. Sin
embargo, Estévez aconsejaba leer poesía. Era un buen complemento de la
épica.
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