jueves, 1 de julio de 2021

Mi maestro XV

*La cabeza se llenaba de mundos, atmósferas, historias, héroes de ficción. Del gran orbe: Sinuhé el egipicio, Las coplas de Manrique, Madame Bovary, Por quién doblan las campanas, Al este del Edén, Luz de agosto. Literatura latinoamericana: Gran sertón, La cuidad y los perros, Yo el supremo, Rayuela. Literatura nacional: La tejedora de coronas, El día señalado, Muerte en la calle, La siesta del martes, La venganza. Obras de Estévez: Toda esa gente, Un hombre llamado todero, Con sabor a fierro, Qué es un siglo, patrón, Avatares, El de Keriot, Violeta. Cuentos de los talleristas: Afanes, Desencuentro, Por un Carisellazo, Lucero, Un hombre enigmático. Mundos, atmósferas, historias que, como un terreno de aluvión, dejaban en el alma el sedimento de una intensa marea de vida. Estévez nos puso en contacto con todo este material, con las lecturas que nos recomendaba, con los textos a los que daba cabida en cada sesión. Mundos, atmósferas, historias.

Gran sertón: Además del cautivante estilo, Estévez gustaba de la pirotecnia idiomática del escritor brasileño. En la libreta de apuntes de Marcos menudeaban trozos compuestos por el léxico correspondiente al libro de turno. Del tiempo en que leía Gran sertón, conservaba las palabras “yagunzo”, “orvallo”, “sapiranga”, “surrumpear”, “cogorza”, “albarda”, “esqueje”, “charada”, “tabarra”, “leñe”, entre otras.          

Junto a Yo el supremo, Gran sertón era una novela particularmente hermosa, pero exigente. Muchos no eran capaces con ellas, cejaban en su lectura, fatigados por el nivel de la prosa, por la altura de esos orbes. Roa Bastos y Guimaraes Rosa eran autores muy distintos al común. Estévez, que los conocía y los apreciaba, exhortaba a sus alumnos a leerlos.

Con los años, al hallar en sus libretas las anotaciones con el “léxico”, Marcos volvía a sentir a Estévez presente allí, en cada palabra (“orvallo”, “yagunzo”), y en el imperativo de conocer a fondo la esencia de cada vocablo. Esto es, el escritor debe responsabilizarse de cada palabra que escribe. Es un sentido de probidad, lo mismo que de rigor. Allí estaba Estévez. El Carnudo le había confesado a Marcos que, al escribir, sentía a Estévez, en espíritu, detrás de su hombro. Y espetó a Marcos: “¿no sientes lo mismo?” Marcos denegó. No paraba mientes en cuestiones sobrenaturales. Sentía a Estévez en el fuego, la fuerza, y la escrupulosidad del verbo; en palabras como “restible”, “lutria”, compartidas por el ingenio de Guimaraes Rosa. El Carnudo, en su devoción por Estévez (aunque también sabía ser crítico con este), llegaba a extremos supersticiosos. ¡Sentir a su lado el fantasma de Estévez al escribir! Era ya demasiado. El Carnudo se pasaba. Tal era su pasión por el estilo de Estévez, que conservaba en su memoria frases completas y términos usados por el maestro, sacándolas a relucir en cualquier conversación. Marcos sí era más desmemoriado en este sentido, o tal vez, era un apóstata. Le chocaban esos delirios devocionales, y no solo en literatura. Quizás por esto jamás se preocupó por memorizar un poema de algún autor, ni siquiera uno propio. Cuando más recordaba, a duras penas, un verso de Baudelaire. Era el máximo grado de veneración al que podía llegar. “Una vez el corazón ha hecho su vendimia, vivir es un mal, es un secreto de todos conocido”. Este verso del parisino lo había acompañado por décadas. No eran siquiera años, eran décadas. Y era quizás lo que más amaba, en poesía. Solo de tarde en tarde retornaba la belleza telúrica y profana de esa línea. Baudelaire era otra cosa. Quizás Estévez y el Carnudo no fuesen tan afectos a la poesía como Marcos. Hay los que revisten a la poesía con un tinte peyorativo. Sin embargo, Estévez aconsejaba leer poesía. Era un buen complemento de la épica.       


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