sábado, 31 de julio de 2021

Mi maestro XXXIX

*De pronto era premiado con la irrupción inesperada de un rostro. Se iluminaba la memoria y, contra esa hornada de luz, como ante un crepúsculo, se perfilaba la figura: Alejandro (El pastuso). Claro, este también asistía al taller de Estévez. Alejandro era vecino de Marcos y de Blandón y de Joaco en el barrio Las cabañas. Vivía en el primero de los cinco bloques que se alineaban al final de la Gran Avenida. Marcos y Blandón moraban en el penúltimo de estos edificios, y Joaco en la unidad del frente, en Villa Norte. El pastuso era un hombre menudo, con una buena mata de cabello negro, muy inquieto con la literatura. Sí, fue otro que pasó por la fragua del pelicano. Seguro que si preguntaba a Blandón, le confirmaba el dato. Alejandro, por supuesto. En el bloque contiguo al de El pastuso también había otro señor aficionado a las letras, uno larguirucho y como caído del zarzo, muy buena gente, risueño: sí, era otro que escribía, aunque quizás nunca fue al taller, o tal vez una que otra ocasión acompañara a El pastuso al abrevadero de Estévez.  Así que había un manojo de escritores en ese sector, y esto refiriéndose  únicamente a los conocidos por Blandón y Marcos, porque quién sabe cuántos más habría por allí, esa peste prolifera. El pastuso, que acaso fuese un académico o un periodista, se la llevaba bien con Blandón.  En sus años veteranos, un día en que caminaba por El estadio, Marcos se cruzó con El pastuso, que ahora vivía en esta zona, y que solía salir a trotar por allí. Se reconocieron y se detuvieron a cambiar unas palabras. El pastuso le contó que seguía en plena actividad creadora, escribiendo para periódicos y revistas, todavía en el azogue de las letras. Otro Espitia, pensó Marcos. Claro, ahora que reflexionaba, El pastuso y Espitia parecían cortados con la misma tijera. Unos tipos faroleros y engreidotes, de esos que les gusta mostrarse y meter ruido. El pastuso compartió a Marcos su teléfono y una dirección virtual, que él anotó más por cortesía que por otra cosa. Es un impulso natural el prurito de mostrar lo que escribimos, recibir el halago de un buen comentario. Pero hay gente que se pasa de decibeles. La opinión de Marcos era que no había que dar la lata con eso, que era una debilidad asquerosa. Escribir es una compulsión, bien lo decía Estévez, no farándula. Si a la vuelta de la esquina un buen samaritano te obsequia con un elogio, bienvenido. Lo común es que la mayoría se desinterese de estas cosas y, en general, que escatimen la palabra de estímulo. Es parte de nuestra naturaleza, de nuestro oscuro corazón.

En las hornadas de luz del recordar venían esos rostros, algún nombre, un sitio. La panadería Palacio de Carabobo, que Marcos frecuentaba en la época en que vivió en el centro. Las empleadas usaban uniforme amarillo y bonete del mismo color. Una reja dividía el espacio destinado a las vitrinas y al público y a la panadería en sí. La caja estaba cerca a la división, por dentro. Detrás, el amplio campo con los compartimientos para las latas de la parva y el lugar donde se movían los panaderos, mujeres en su mayoría, con el mismo traje amarillo. Esto era por allá en 1995. Pues bien, en 2007, viviendo ya en San Antonio de Prado, Marcos intentó visitar a Estévez en la clínica. Fue allí un miércoles santo como a la una de la tarde, pero las visitas eran muy restringidas, sólo media hora, de 10 a 10,30 de la mañana. Sólo se permitía a su esposa (Alba Lucía) acompañarlo. Ella le sostenía la mano todo el tiempo. Estévez estaba entubado, no reaccionaba. Era ya de otro mundo. Ante la imposibilidad de ver al maestro, Marcos vagó un rato por las calles y acabó arribando a la Panadería Palacio. El cajero, joven y engominado, bostezaba tras la reja, al tiempo que hojeaba una revista. Su boca, al abrirse en el involuntario movimiento muscular, semejaba el cráter de un volcán donde la urbe estuviese destinada a sumergirse por efecto de una implacable fuerza centrípeta. La empleada, regordeta, se movía con aperezados y graves ademanes. Marcos pidió un pastel gloria y un refresco.

Tampoco pudo ir al velorio. En esos días se pasó de casa y no le habían instalado el teléfono. Blandón trató de comunicarse con él, dejó el mensaje a su madre, en vano. Su hija se dio cuenta, por un sufragio a la entrada de la u. Telefoneó a la mamá y así se enteraron. Marcos prefirió recordar al maestro como lo vio la última vez, en un homenaje que le brindó la Eafit, en el marco de la Feria del Libro, parejo a la publicación, por esta misma entidad, de un libro de cuentos suyo.  En esa ocasión Marcos estuvo acompañado por su esposa y su hermana Juana con su novio gringo. Escucharon las palabras de Estévez: “Se escribe de lo que se conoce. No doy mucho crédito a la imaginación”. Ahí era donde no estaba de acuerdo con el maestro. Para Marcos la imaginación era el condimento de la literatura. Los hechos desnudos lo llevan a uno a una perfección amarga. Y como dice Goya, “el sueño de la razón produce monstruos”. La interpretación generalizada de esta frase (López de Ayala) es que la fantasía abandonada de la razón produce monstruos, y unida a ella es madre de las artes. Otra, que cuando los hombres no oyen el grito de la razón, todo se vuelve visiones. Pero Marcos volvía del revés el sentido de la frase de Goya. Sin duda, en vida del pintor español estaba en boga el racionalismo, esa tendencia a explicarlo todo por la razón, que, según Kant, no es otra cosa que el sentido común. Pero el sentido común suele ser el menos común de todos los sentidos. Al cabo del tiempo la razón acaba por mostrar su turbia faz y tenemos Treblinka, el Holocausto. Ser fiel a la verosimilitud es casarse con esa razón seca e hirsuta que acaba por abocarnos al abismo. Es mejor soltarse en brazos de la fantasía.

No se quedaron en el cóctel. Era la fiesta de Estévez. Las cámaras lo enfocaban. Del auditorio le llovían preguntas. Esa noche brilló. Pero su destello fue como el de una estrella moribunda. Se apagó al poco tiempo.

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