sábado, 10 de julio de 2021

Mi maestro XX

*Un ejercicio que Estévez recomendaba a sus alumnos consistía en transcribir cuentos enteros o capítulos completos de una novela de un autor cuyo estilo quisieran dominar. Un cuento perfecto, como La Venganza, de Manuel Mejía Vallejo, o Los asesinos, de Ernest Hemingway, o La siesta del Martes, de Gabriel García Márquez. Una novela ejemplar, como Por quién doblan las campanas, de Hemingway, o Luz de agosto, de Faulkner, o La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa.

Marcos era el tipo de estudiante aplicado, que hacía un poco más de lo aconsejado por el maestro, que se exigía. En cierta ocasión transcribió en su agenda Los asesinos, y, más tarde, varios capítulos de Por quién doblan las campanas. Letra a letra, palabra a palabra, frase a frase, párrafo a párrafo, sin descuidar una coma, un punto, había copiado extensos fragmentos de esta obra, y  de algunas otras. Sentía entonces la narración como un organismo vivo, como un ser que respiraba, con un metabolismo particular, que establecía relaciones entre sus partes. No sentía que aquello fuese un engranaje, un sistema mecánico, que operara mediante férreos dispositivos o aceitadas válvulas. Era un cuerpo con vida propia, un tejido inervado de intención y sentido.

Estévez convenía, con los expertos en el género de la novela, que el primer párrafo concentra la esencia de la historia, incluido el tono. El tono es esa cualidad inmaterial e intrínseca en la voz del narrador, una textura combinada con un sabor y una dicción especiales. Y bien podía Marcos sentir esto al transcribir:

“Estaba tumbado boca abajo, sobre una capa de agujas de pino de color castaño, con la barbilla apoyada en los brazos cruzados, mientras el viento, en lo alto, zumbaba entre las copas. El flanco de la montaña hacía un suave declive por aquella parte; pero, más abajo, se convertía en una pendiente escarpada, de modo que desde donde se hallaba tumbado podía ver la cinta oscura, bien embreada, de la carretera, zigzagueando en torno al puerto. Había un torrente que corría junto a la carretera y, más abajo, a orillas del torrente, se veía un aserradero y la blanca cabellera de la cascada que se derramaba de la represa, cabrilleando a la luz del sol”.               

Ahí ya tenemos al personaje principal, cuyo nombre no se menciona todavía. En el paisaje que lo rodea y en su actitud, se prefigura su historia y la misión que lo convoca: dinamitar un puente. Ese primer párrafo nos revela una prosa objetiva,  concisa; un lenguaje cinematográfico. Es una forma de narrar suelta, pero contenida, intercalada con el despliegue de un recurso narrativo en el que Hemingway es un maestro: el diálogo.

Estévez no se cansaba de aconsejar a sus estudiantes el dominio del diálogo. Los asesinos era un cuento magistral en cuanto al manejo de esta destreza. En general, toda la obra de Hemingway constituye un excelente vehículo para el aprendizaje de la técnica de escribir. Son numerosos sus cuentos, que vendía a las revistas y suplementos literarios: La breve vida feliz de Francis Macomber, Las nieves del Kilimanjaro, Gato bajo la lluvia, El invicto. Y sus novelas: Adiós a las armas, Por quién doblan las campanas, Fiesta, Al otro lado del río y entre los árboles. No se cansaba de recomendar: “estudien a Hemingway”. Así, Por quién doblan las campanas era una lectura de ley en el taller. Y en ese primer párrafo ya está implícito el decurso y la tragedia de este héroe de ficción llamado Robert Jordan. Está cifrada asimismo una historia de amor en el aire de aquellas montañas, en la tentativa de un partisano que tiene por tarea volar un puente, en las cartas que el destino ya ha jugado.

En lapicero azul, con su letra pequeña y apretada, Marcos había copiado varios capítulos de esta novela. La historia escrita de nuevo (ahora no por Hemigway, sino por un muchacho, por un aprendiz) se desplegaba en tinta azul hoja tras hoja, con los párrafos que concentraban la narración en tercera persona, con los guiones que indicaban los vitales diálogos, con el surgimiento y la caracterización de los personajes: Anselmo, Golz, Pablo, Kashkin, Rafael, María, Pilar, Agustín. Hoja tras hoja había copiado en tinta azul aquellos capítulos, incansable, siendo la tinta del bolígrafo la que se cansaba y desmayaba en tan obsesiva tarea. Capítulos que mostraban un mundo de hombres rudos y rebeldes, un tiempo de guerra y barbarie, salpicado de meditaciones fatalistas y efluvios de amor. Capítulos donde un joven, al transcribirlos en su cuaderno,  sometía a examen los resortes de un arte que intentaba dominar. Como un mal contagioso, la literatura también se transmitía si uno se sometía a largos períodos de exposición. Y esto es lo que Estévez les repetía, lean, escriban, estudien a los maestros.   

Era lo que había que hacer, lo que Estévez había experimentado por sí mismo, probando su virtud, recomendándola a sus pupilos. Eran los ejercicios que templaban el carácter, así como los monjes castigaban el cuerpo con ayunos y cilicios, así como una buena hora de natación estira y relaja los músculos. Marcos no había copiado una novela completa, no era el caso. Pero se imaginaba transcribiendo Ulises, la Biblia, Crimen y Castigo. Sea como fuere, se había impuesto la disciplina como la rectora de sus días y como la criba de los logros futuros. Era lo menos que podía hacer, cumplir. Otra de las frases de Estévez era esta: “para ser escritor, hay que merecerlo”.            


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