*Un ejercicio que Estévez
recomendaba a sus alumnos consistía en transcribir cuentos enteros o capítulos
completos de una novela de un autor cuyo estilo quisieran dominar. Un cuento
perfecto, como La Venganza, de Manuel Mejía Vallejo, o Los asesinos, de Ernest
Hemingway, o La siesta del Martes, de Gabriel García Márquez. Una novela
ejemplar, como Por quién doblan las campanas, de Hemingway, o Luz de agosto, de
Faulkner, o La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa.
Marcos era el tipo de estudiante
aplicado, que hacía un poco más de lo aconsejado por el maestro, que se exigía.
En cierta ocasión transcribió en su agenda Los asesinos, y, más tarde, varios
capítulos de Por quién doblan las campanas. Letra a letra, palabra a palabra,
frase a frase, párrafo a párrafo, sin descuidar una coma, un punto, había copiado
extensos fragmentos de esta obra, y de algunas
otras. Sentía entonces la narración como un organismo vivo, como un ser que
respiraba, con un metabolismo particular, que establecía relaciones entre sus
partes. No sentía que aquello fuese un engranaje, un sistema mecánico, que
operara mediante férreos dispositivos o aceitadas válvulas. Era un cuerpo con
vida propia, un tejido inervado de intención y sentido.
Estévez convenía, con los
expertos en el género de la novela, que el primer párrafo concentra la esencia
de la historia, incluido el tono. El tono es esa cualidad inmaterial e
intrínseca en la voz del narrador, una textura combinada con un sabor y una
dicción especiales. Y bien podía Marcos sentir esto al transcribir:
“Estaba tumbado boca abajo, sobre
una capa de agujas de pino de color castaño, con la barbilla apoyada en los
brazos cruzados, mientras el viento, en lo alto, zumbaba entre las copas. El
flanco de la montaña hacía un suave declive por aquella parte; pero, más abajo,
se convertía en una pendiente escarpada, de modo que desde donde se hallaba
tumbado podía ver la cinta oscura, bien embreada, de la carretera, zigzagueando
en torno al puerto. Había un torrente que corría junto a la carretera y, más
abajo, a orillas del torrente, se veía un aserradero y la blanca cabellera de
la cascada que se derramaba de la represa, cabrilleando a la luz del sol”.
Ahí ya tenemos al personaje
principal, cuyo nombre no se menciona todavía. En el paisaje que lo rodea y en
su actitud, se prefigura su historia y la misión que lo convoca: dinamitar un
puente. Ese primer párrafo nos revela una prosa objetiva, concisa; un lenguaje cinematográfico. Es una
forma de narrar suelta, pero contenida, intercalada con el despliegue de un
recurso narrativo en el que Hemingway es un maestro: el diálogo.
Estévez no se cansaba de
aconsejar a sus estudiantes el dominio del diálogo. Los asesinos era un cuento
magistral en cuanto al manejo de esta destreza. En general, toda la obra de
Hemingway constituye un excelente vehículo para el aprendizaje de la técnica de
escribir. Son numerosos sus cuentos, que vendía a las revistas y suplementos
literarios: La breve vida feliz de Francis Macomber, Las nieves del
Kilimanjaro, Gato bajo la lluvia, El invicto. Y sus novelas: Adiós a las armas,
Por quién doblan las campanas, Fiesta, Al otro lado del río y entre los
árboles. No se cansaba de recomendar: “estudien a Hemingway”. Así, Por quién
doblan las campanas era una lectura de ley en el taller. Y en ese primer
párrafo ya está implícito el decurso y la tragedia de este héroe de ficción
llamado Robert Jordan. Está cifrada asimismo una historia de amor en el aire de
aquellas montañas, en la tentativa de un partisano que tiene por tarea volar un
puente, en las cartas que el destino ya ha jugado.
En lapicero azul, con su letra
pequeña y apretada, Marcos había copiado varios capítulos de esta novela. La
historia escrita de nuevo (ahora no por Hemigway, sino por un muchacho, por un
aprendiz) se desplegaba en tinta azul hoja tras hoja, con los párrafos que
concentraban la narración en tercera persona, con los guiones que indicaban los
vitales diálogos, con el surgimiento y la caracterización de los personajes:
Anselmo, Golz, Pablo, Kashkin, Rafael, María, Pilar, Agustín. Hoja tras hoja
había copiado en tinta azul aquellos capítulos, incansable, siendo la tinta del
bolígrafo la que se cansaba y desmayaba en tan obsesiva tarea. Capítulos que
mostraban un mundo de hombres rudos y rebeldes, un tiempo de guerra y barbarie,
salpicado de meditaciones fatalistas y efluvios de amor. Capítulos donde un
joven, al transcribirlos en su cuaderno,
sometía a examen los resortes de un arte que intentaba dominar. Como un
mal contagioso, la literatura también se transmitía si uno se sometía a largos
períodos de exposición. Y esto es lo que Estévez les repetía, lean, escriban,
estudien a los maestros.
Era lo que había que hacer, lo
que Estévez había experimentado por sí mismo, probando su virtud, recomendándola
a sus pupilos. Eran los ejercicios que templaban el carácter, así como los
monjes castigaban el cuerpo con ayunos y cilicios, así como una buena hora de
natación estira y relaja los músculos. Marcos no había copiado una novela
completa, no era el caso. Pero se imaginaba transcribiendo Ulises, la Biblia,
Crimen y Castigo. Sea como fuere, se había impuesto la disciplina como la
rectora de sus días y como la criba de los logros futuros. Era lo menos que
podía hacer, cumplir. Otra de las frases de Estévez era esta: “para ser
escritor, hay que merecerlo”.
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