domingo, 11 de julio de 2021

Mi maestro XXI

*Recuerdo una de las ocasiones en que fui a tu casa de Manrique, dos cuadras arriba de la estatua de Gardel.  Un callejón, cerrado por un muro, detrás del cual hay un barranco enmontado y una quebrada. Es la última casa a la derecha: un portón enrejado, un zaguán, dos apartamentitos al fondo. El tuyo es el de la izquierda. En el otro viven tus suegros. Recuerdo que ascendí las escalas que llevan al segundo piso. La entrada estaba franca. Penetré en un salón rústico, de paredes en obra negra, con escaso mobiliario. Allí me esperabas, maestro, sexagenario imponente, desnudo el torso, chanclas, pantalón casero, la cabeza tocada por un gorro en forma de campana. Estabas inclinado ante tu banco de mecánico. Me agradó saber que te refrescabas del  trabajo de la mente con el hobby de las herramientas, la mecánica, la electricidad, y esas cosas en las que soy un completo ignorante. Si mal no recuerdo, tuviste una empresa relacionada con maquinaria y esas vainas. Ensayaste el rol capitalista antes de dejarlo todo y marcharte de colono a Urabá. Es lo que entiendo. “Le está quedando muy bueno su alcázar, maestro. Lo felicito”. Celebraste mi chanza y me amenazaste con fingidos golpes boxísticos, que me llenaron de regocijada perplejidad. No eres dado a esas familiaridades, rara vez las dispensas. De ordinario eres adusto. Te llamé antes de venir para avisarte que ya había leído los libros de Will Durant, y me sorprendió tu sociabilidad, porque me invitaste a que te los trajera ese mismo día. Era una cortesía inaudita. “No se burle, carajo”, replicaste, volviendo a amenazarme con la teatral agresión que, risueño, evadí y neutralicé con palabras serias. “En verdad van bien las mejoras de su casa. La última vez que vine esta segunda planta solo existía en proyecto”. El piso era tan basto como la escalera. En la pared cercana al banco pendían herramientas. “¿En verdad le merece esa opinión?”Ahora tu rostro era grave, mostraba interés. Eres un hombre sensible a los halagos. ¿Quién no? “Me gusta que le agrade. Es difícil construir cuando no se tiene suficiente plata. Estoy pendiente de vender los derechos de una novela para terminar esto”. Todavía estábamos en el salón. Abarqué el conjunto con una mirada discreta. Un cuarto de baño en ángulo, junto al vano que comunicaba con la otra pieza, más pequeña. Una distribución sobria, seca, pensé. Demasiado austera. Pero, seguramente eso es lo que deseabas, viejo. La escritura y la meditación nos acercan al estoicismo. Eludí la crítica y me desenvolví dentro de un espíritu de insensible ceremoniosidad. Aunque no poseo conocimientos arquitectónicos, me pareció que hubiese hecho mejor empleo del espacio, tal vez hasta contando con menos dinero del que invertías, maestro. Mentira, puros cuentos míos. ¡Monsergas! Te entregué la bolsa con los dos pesados tomos. “Vamos a mi cuarto, a mi reducto”. Las dos habitaciones estaban separadas por una pared, en cuyo centro se abría un vano sin puerta. Antes de entrar al cuarto donde tenías tu mesa, tus anaqueles, tu pecera (había una ventanita en la pared, contra la que descansaba tu escritorio), me llamaste la atención sobre el cuarto de baño y la inmensa bañera blanca que había allí. Un trabajador estaba enchapando el piso. A la entrada había un recipiente con mezcla. “Bonito, ¿no?”, dijiste, refiriéndote a la bañera. “Sí”. “Es para mi esposa sobre todo. Llega muy cansada del trabajo”. Tu esposa es una joven a la que, con creces, doblas en edad. Es la madre de tu niño, Mario Leandro. Te divorciaste hace años, abandonando a tu primera consorte y a tus hijos, mayores ya, profesionales. Tu mujer de ahora era casi una muchacha. Reprimí nuevamente el deseo de bromear, preguntándote si cabrías en la bañera. Tienes una talla de toro. Mides casi uno con ochenta. Eres ágil de músculos. Tienes una voz gruesa y orgullosa. Me rogaste que descargara el bolso: otra amabilidad inesperada. Por lo general, tu trato es directo, enjuto, premioso. Nada de charlas insustanciales. Nada de trivialidades. En tu presencia, se siente el arranque culposo de despedirse pronto, para no interferir la tarea de un hombre que valora el tiempo por sobre todas las cosas. Esta vez, sin embargo, te comportaste en vena hospitalaria. Te movías con satisfacción entre tus cosas, en el aire de la habitación tosca, dispuesta para el placer del estudio. Recuerdo que hablamos de Isak Dinesen (de su obra Memorias de África), y de cómo ese nombre, que es un seudónimo, parece referirse a un ser masculino, cuando en realidad lo es de una mujer, Karen Blixen (1885-1962), escritora danesa de todo tu gusto. Te dije que no había leído nada de ella. Me respondiste que no podías prestarme más de dos libros, que ya había copado el cupo con los dos de Will Durant que me llevaría. Ya habría tiempo para Isak Dinesen. También te expresé que me gustaría leer Ciudadela, de Saint de Exupery. Tú tenías esta obra en tu biblioteca, pero la regla de dos libros por turno también me impidió traérmelo en esta ocasión.  Recuerdo que me enseñaste algunos manuscritos de novelas por publicar, al igual que otra ya editada, la última de tus obras. “Cómpremela. Vale tanto. Por ser a usted, le hago una rebaja”. “Está bien”. Te la compré. Tú mismo editas tus libros. No es que tengas una empresa editorial, contratas con una compañía, bajo cuya firma editas tus libros. Es lo que entiendo. Volviste a su puesto en los estantes los libros que acababa de devolverte y me entregaste los otros  dos. Además me diste en préstamo un folleto del mismo autor (no llegaba a la condición de libro, de ahí tu indulgencia). Te hablé de Will Durant, de su esposa, Ariel. “¿Sabe de dónde viene el nombre Ariel?” “No. Supongo que de la mitología clásica”. “No. De Shakespeare. La tempestad. Bonito nombre, ¿verdad?” “Así es”.  No quedé muy convencido de la certeza del dato. Me prometí averiguar. Creo que este nombre proviene de tiempos más antiguos. Al llegar a casa busqué en el diccionario. Ariel es el nombre de un demonio (tal vez un ángel caído, de la casta de Lucifer). También es el título de una obra del escritor uruguayo  José Enrique Rodó. La visita me tenía incómodo. No había más sillas que la de tu escritorio, y no me invitaste a sentarme. Las piezas estaban desnudas, excepto los objetos mencionados. En una o dos ocasiones te apartaste de mí para cambiar alguna impresión con el trabajador. Me despedí con una frase campechana. “Felicitaciones por su alcázar, maestro. Supongo que debe tener sus arcabuces para guardarlo”. “No lo dude”, y te sentaste en el escritorio y, abriendo la gaveta: “Mire”. Una pistola con cachas de caoba y cañón plateado. La contemplaste con orgullo paternal. Te apasionan las armas. Me la diste para que la examinara. No pensé que pesara tanto. Con un sentimiento rayano en el pavor, imaginé el sacudón del brazo y del cuerpo al ser disparada la pistola, lo mismo que su poder destructor. “Es bonita”, dije, contra mi voluntad. “Las armas son bellas. Y necesarias”. “Nunca he disparado una”. “No le ha tocado”. Te devolví el arma. “No le diga a nadie que poseo esto, ¿oyó?” “Pierda cuidado”. Un minuto después descendí la escalera, desemboqué al patio, crucé el zaguán, abrí el portón y salí al callejón.  

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