Ahora
Marcos lo meditaba y se preguntaba cuántos, al igual que él,
sintieron aquella tentación, hurtar un libro de los anaqueles,
aprovechando la ocasión servida en bandeja. El Taller de Estévez, durante
el tiempo en que se llevaba a cabo en la biblioteca Piloto, era de seis a
ocho de la noche. La clase a esa hora planteaba un problema a la
administración de la biblioteca, porque terminaba cuando ya había cesado el
servicio al público y, para abandonar el lugar, los talleristas y el maestro,
debido a que ya casi todas las dependencias estaban cerradas, empleaban el
tránsito directo entre las estanterías. (Al ingreso cruzaban ante la recepción
y, junto a la sala de estudio, que era también querencia de los ajedrecistas,
subían la escalinata y cruzaban ante la galería de arte y algunas oficinas,
desembocando al espacio cercano al auditorio, donde estaba el salón). El
vigilante tenía la tarea de echar ojo al grupo de Estévez, que eran los últimos
en abandonar las instalaciones. Difícil tarea. Ni poseyendo las cabezas de la
Hidra y los ojos de Argos hubiese podido llevarla a cabo. No, imposible. Hay
que contar, además, con que el colectivo de talleristas no abandonaba el aula
de manera compacta, como un escuadrón bien formado y en marcha sincronizada,
no. Estévez daba por finiquitada la clase y los alumnos se iban retirando del
aula, sueltos, disgregados, unos parlanchines, otros absortos, los más
fatigados y soñolientos y hambrientos. Bajaban la escalera y cruzaban
entre los anaqueles, mientras Estévez, que era el último en salir del salón,
ponía candado a la puerta. El guardián optaba por situarse en la mitad de
la escalera, para vigilar el descenso del grupo al primer piso de la biblioteca
sumida en la penumbra, mientras, a la vez, aguardaba a que el maestro cerrara
el aula y se reuniera con sus pupilos. El pobre hombre estaba, como se dice,
entre la espada y la pared. Sabía que su deber era guardar los libros,
confirmar que los estudiantes y el maestro atravesaran modositos entre aquella
extraña arquitectura del saber, dispuesta en esa especie de andamios y galerías
repletos de esos raros fetiches del conocimiento que llenaban el espacio de la
inmensa sala.
El guardián debía sentirse a
disgusto con tan molesta obligación, que lo urgía a abandonar la comodidad de
la entrada, para cruzar el umbrío mar de libros de la sala, subir las escalas y
acompañar la salida de clase del grupo de profesor pelicano. Quién sabe si era
uno de esos hombres pedestres a los que les gusta leer. A lo mejor, no.
Su tarea en aquella circunstancia se tornaba peliaguda al considerar que en
aquel tiempo no se había extendido el uso de los dispositivos electrónicos, los
códigos de barras y los chips con que se aseguran los libros. Hoy, una
biblioteca de avanzada tiene detectores para proteger el material del
hurto. Estévez tampoco podía garantizar la probidad de sus alumnos, ni
resguardarlos del cosquilleo del demonio. Al inicio de la clase hacía la figura
dela gallina con los pollitos detrás, pero al final ya no había figura posible,
porque los pupilos salían en desbandada en busca de transporte y con el
estómago pitando. A esa hora de voluntad y físico menguados, no faltaba el que
intentara engañar a las tripas fumando un cigarrillo, a pesar de que la
dignidad del lugar alzaba un interdicto. Ahora Marcos meditaba y se preguntaba
si Estévez sintió alguna vez la instigación de lo indebido, robar un libro de
una biblioteca. Con los años, Marcos llegó a constatar que era un impulso
más frecuente de lo que imaginaba, y que muchos individuos, sobre todo
los vinculados al ámbito académico, sufren el mismo cosquilleo,
dejándose arrastrar, a la postre, por la turbiedad de esa pulsión, que también
tiene, como aditamento, la rebeldía y el oscuro resorte de ir contra lo
prohibido. Por otra parte, al tratarse de un libro y, aunque la acción era
reprobable de por sí, era innegable que poseía asimismo un aura romántica, que,
en cualquier caso, llamaba a la indulgencia.
Pues bien, Marcos no estuvo
exento de aquella experiencia. Y una noche vio la oportunidad servida, porque
el celador tenía que vérselas con los que venían adelante y, al mismo tiempo,
con los rezagados. Subrepticio, cogió un volumen del anaquel por el que pasaba,
precedido por César, que avanzaba un paso delante de él. Una décima
de segundo después del ilícito, el impulso nervioso vibró, saltó y se trasladó
por la mano, luego por el brazo, hasta llegar al cerebro, donde elaboró la
impresión del susto y la disparó de regreso por el brazo y la mano y, desde
estos puntos, la dispersó por el cuerpo entero. Su conciencia se sobrepuso al
sobresalto e intentó adoptar una postura natural. Pero entonces le atacó el
pánico. En un acto reflejo, volvió la cabeza y allí estaba la Bernal,
mirándolo. Fue una sensación intensa, apabullante y efímera. El susto casi lo
paralizó. Sintió que su cuerpo se erizaba de miedo y expectación: lo habían
descubierto. Durante la clase había sentido que los ojos de la Bernal lo
escrutaban. Ahora su mirada lo enjuiciaba con crudeza También se sintió
inseguro ante César. Por su reacción, y por el tono de su voz, era evidente que
se había percatado de lo ocurrido a sus espaldas. Definitivamente, su maniobra
no fue tan diestra como lo esperaba. Había apostado consigo mismo que lo haría
de una manera limpia, casi clínica. Le dio vueltas en la cabeza varias semanas.
Y hoy se había probado, pero le faltó maestría. César puso suspicacia en las
palabras con las que le preguntó: “¿qué libro estás leyendo?” Con toda
seguridad que advirtió la extraña presencia, el bulto adicional, que hacía en
la mano de Marcos el libro hurtado. Si antes solo traías uno, ¿cómo es que
ahora traes dos?, se estaría diciendo el amigo. Para mitigar el bochorno,
Marcos trató de adoptar un aire despreocupado. Pero continuaba asustado.
Aceleró el paso, sobrepasó a César y dejó rezagada a la Bernal. No se sintió
sereno ni al pasar el torniquete que separaba la sala de los anaqueles de la
recepción. Había que esperar a que el guardián cerrara y apagara todo en el
segundo piso y viniera a abrir la puerta externa, ante la cual, nervioso,
muy nervioso, esperaba él, y esperaba César, y esperaba la Bernal. Esta
encendió un cigarrillo y le dio profundas pitadas, sin dejar de examinarlo con
ojos inculpadores y despiadados. Marcos recordó a una amiga de la u a la que
apodaba la Negra , y cómo esta, de seguro, habría
mostrado un semblante pícaro, cómplice, ante su acto. Era una mujer muy
diferente a la Bernal. El terror de Marcos llegó a la cúspide cuando el grupo
(Estévez y los demás talleristas) se arracimó frente a la puerta de salida y el
guardián pasó entre ellos, imponente, dispuesto a abrir. Fue el momento
crítico. Pensó que el vigilante le pediría los libros para revisarlos. Pero,
precisamente en este punto del plan depositaba él su confianza. Lo había
estudiado. La costumbre le había demostrado que el celador no requisaba a
los miembros del Taller de escritores, quizás en el supuesto de que, por ser lo
que eran (esto es, escritores, gente, desde su óptica, presumiblemente pulcra),
debían de ser honrados, sin bajas propensiones. De manera que nunca les pedía
los libros, que por lo regular traían en la mano. Y esta vez sucedió de igual
manera. Qué
cosas se trae este loco, hubiera dicho la Negra, sonreída, esperando que al
menos el libro hurtado valiera la pena.
Pero no había tal. Marcos pescó
un libro al azar, al paso. Ni siquiera se trataba de uno de literatura: era un
grueso y viejo volumen de química. Que al menos hubiese sido El doctor Zhivago
o Cumbres borrascosas, pero no. Fue un libro de esos que llaman,
despectivamente, un ladrillo, arrebatado del estante en el afán de aventura,
tras una absurda apuesta consigo mismo, producto del susto y el nerviosismo. Un
libro de química que, en honor a la verdad, intentó leer, porque su ansia
de conocer era omnívora. Algo que nunca olvidó de ese libro es la forma
en que crecen las piedras: por yuxtaposición, lo mismo que el número de
Avogadro, 6,02 por 10 a la 23.
No hay comentarios:
Publicar un comentario