jueves, 15 de julio de 2021

Mi maestro XXIII

Ahora Marcos lo meditaba y se preguntaba cuántos, al igual que él,   sintieron aquella tentación, hurtar un libro de los anaqueles, aprovechando la ocasión servida en bandeja.  El Taller de Estévez, durante el tiempo en que se llevaba a cabo en la biblioteca Piloto,  era de seis a ocho de la noche. La clase  a esa hora planteaba un problema a la administración de la biblioteca, porque terminaba cuando ya había cesado el servicio al público y, para abandonar el lugar, los talleristas y el maestro, debido a que ya casi todas las dependencias estaban cerradas, empleaban el tránsito directo entre las estanterías. (Al ingreso cruzaban ante la recepción y, junto a la sala de estudio, que era también querencia de los ajedrecistas, subían la escalinata y cruzaban ante la galería de arte y algunas oficinas, desembocando al espacio cercano al auditorio, donde estaba el salón). El vigilante tenía la tarea de echar ojo al grupo de Estévez, que eran los últimos en abandonar las instalaciones. Difícil tarea. Ni poseyendo las cabezas de la Hidra y los ojos de Argos hubiese podido llevarla a cabo. No, imposible. Hay que contar, además, con que el colectivo de talleristas no abandonaba el aula de manera compacta, como un escuadrón bien formado y en marcha sincronizada, no. Estévez daba por finiquitada la clase y los alumnos se iban retirando del aula, sueltos, disgregados, unos parlanchines, otros absortos, los más fatigados y soñolientos y hambrientos.  Bajaban la escalera y cruzaban entre los anaqueles, mientras Estévez, que era el último en salir del salón, ponía  candado a la puerta.  El guardián optaba por  situarse en la mitad de la escalera, para vigilar el descenso del grupo al primer piso de la biblioteca sumida en la penumbra, mientras, a la vez, aguardaba a que el maestro cerrara el aula y se reuniera con sus pupilos. El pobre hombre estaba, como se dice, entre la espada y la pared. Sabía que su deber era guardar los libros, confirmar que los estudiantes y el maestro atravesaran modositos entre aquella extraña arquitectura del saber, dispuesta en esa especie de andamios y galerías repletos de esos raros fetiches del conocimiento que llenaban el espacio de la inmensa sala.

El guardián debía sentirse a disgusto con tan molesta obligación, que lo urgía a abandonar la comodidad de la entrada, para cruzar el umbrío mar de libros de la sala, subir las escalas y acompañar la salida de clase del grupo de profesor pelicano. Quién sabe si era uno de esos hombres pedestres a los que les gusta leer. A lo mejor, no.  Su tarea en aquella circunstancia se tornaba peliaguda al considerar que en aquel tiempo no se había extendido el uso de los dispositivos electrónicos, los códigos de barras y los chips con que se aseguran los libros.  Hoy, una biblioteca de avanzada tiene detectores  para proteger el material del hurto. Estévez tampoco podía garantizar la probidad de sus alumnos, ni resguardarlos del cosquilleo del demonio. Al inicio de la clase hacía la figura dela gallina con los pollitos detrás, pero al final ya no había figura posible, porque los pupilos salían en desbandada en busca de transporte y con el estómago pitando. A esa hora de voluntad y físico menguados, no faltaba el que intentara engañar a las tripas fumando un cigarrillo, a pesar de que la dignidad del lugar alzaba un interdicto. Ahora Marcos meditaba y se preguntaba si Estévez sintió alguna vez la instigación de lo indebido, robar un libro de una biblioteca. Con los años, Marcos  llegó a constatar que era un impulso más frecuente de lo que imaginaba, y que muchos individuos, sobre todo los  vinculados al ámbito académico,  sufren el mismo cosquilleo, dejándose arrastrar, a la postre, por la turbiedad de esa pulsión, que también tiene, como aditamento, la rebeldía y el oscuro resorte de ir contra lo prohibido. Por otra parte, al tratarse de un libro y, aunque la acción era reprobable de por sí, era innegable que poseía asimismo un aura romántica, que, en cualquier caso, llamaba a la indulgencia. 

Pues bien, Marcos no estuvo exento de aquella experiencia. Y una noche vio la oportunidad servida, porque el celador tenía que vérselas con los que venían adelante y, al mismo tiempo, con los rezagados. Subrepticio, cogió un volumen del anaquel por el que pasaba, precedido por César, que avanzaba un paso delante de él. Una décima de segundo después del ilícito, el impulso nervioso vibró, saltó y se trasladó por la mano, luego por el brazo, hasta llegar al cerebro, donde elaboró la impresión del susto y la disparó de regreso por el brazo y la mano y, desde estos puntos, la dispersó por el cuerpo entero. Su conciencia se sobrepuso al sobresalto e intentó adoptar una postura natural. Pero entonces le atacó el pánico. En un acto reflejo, volvió la cabeza y allí estaba la Bernal, mirándolo. Fue una sensación intensa, apabullante y efímera. El susto casi lo paralizó. Sintió que su cuerpo se erizaba de miedo y expectación: lo habían descubierto. Durante la clase había sentido que los ojos de la Bernal lo escrutaban. Ahora su mirada lo enjuiciaba con crudeza También se sintió inseguro ante César. Por su reacción, y por el tono de su voz, era evidente que se había percatado de lo ocurrido a sus espaldas. Definitivamente, su maniobra no fue tan diestra como lo esperaba. Había apostado consigo mismo que lo haría de una manera limpia, casi clínica. Le dio vueltas en la cabeza varias semanas. Y hoy se había probado, pero le faltó maestría. César puso suspicacia en las palabras con las que le preguntó: “¿qué libro estás leyendo?” Con toda seguridad que advirtió la extraña presencia, el bulto adicional, que hacía en la mano de Marcos el libro hurtado. Si antes solo traías uno, ¿cómo es que ahora traes dos?, se estaría diciendo el amigo. Para mitigar el bochorno, Marcos trató de adoptar un aire despreocupado. Pero continuaba asustado. Aceleró el paso, sobrepasó a César y dejó rezagada a la Bernal. No se sintió sereno ni al pasar el torniquete que separaba la sala de los anaqueles de la recepción. Había que esperar a que el guardián cerrara y apagara todo en el segundo piso  y viniera a abrir la puerta externa, ante la cual, nervioso, muy nervioso, esperaba él, y esperaba César, y esperaba la Bernal. Esta encendió un cigarrillo y le dio profundas pitadas, sin dejar de examinarlo con ojos inculpadores y despiadados. Marcos recordó a una amiga de la u a la que apodaba la Negra , y cómo esta, de seguro,  habría mostrado un semblante pícaro, cómplice, ante su acto. Era una mujer muy diferente a la Bernal. El terror de Marcos llegó a la cúspide cuando el grupo (Estévez y los demás talleristas) se arracimó frente a la puerta de salida y el guardián pasó entre ellos, imponente, dispuesto a abrir. Fue el momento crítico. Pensó que el vigilante le pediría los libros para revisarlos. Pero, precisamente en este punto del plan depositaba él su confianza. Lo había estudiado. La costumbre le había demostrado que el celador no requisaba  a los miembros del Taller de escritores, quizás en el supuesto de que, por ser lo que eran (esto es, escritores, gente, desde su óptica, presumiblemente pulcra), debían de ser honrados, sin bajas propensiones. De manera que nunca les pedía los libros, que por lo regular traían en la mano. Y esta vez sucedió de igual manera. Qué cosas se trae este loco, hubiera dicho la Negra, sonreída, esperando que al menos el libro hurtado valiera la pena. 

Pero no había tal. Marcos pescó un libro al azar, al paso. Ni siquiera se trataba de uno de literatura: era un grueso y viejo volumen de química. Que al menos hubiese sido El doctor Zhivago o Cumbres borrascosas, pero no. Fue un libro de esos que llaman, despectivamente, un ladrillo, arrebatado del estante en el afán de aventura, tras una absurda apuesta consigo mismo, producto del susto y el nerviosismo. Un libro de química que, en honor a la verdad, intentó leer, porque  su ansia de  conocer era omnívora. Algo que nunca olvidó de ese libro es la forma en que crecen las piedras: por yuxtaposición, lo mismo que el número de Avogadro, 6,02 por 10 a la 23.

     

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