martes, 27 de julio de 2021

Mi maestro XXXV

Otros rostros del taller: Gustavo Henao, el muchacho blanco y pulcro, sudando la camiseta, Elvia Cecilia, Olimpo.

Gustavo Henao (el profesor y mentor de Arteaga). Era un individuo de buena talla, que solía dejarse pelos en la cara (bigote, barba), maduro, jovial, conversador, con propensión a la calvicie. La memoria de Marcos lo registraba en el ambiente de la Universidad de Antioquia: las jardineras, las cafeterías, el centro de documentación de Educación. Era profesor de secundaria, y también estaba vinculado a un instituto de niños con problemas de aprendizaje, o algo parecido. Era amigo de Arteaga. De hecho, ya se ha dicho que fue quién lo llevó al taller de Estévez. Arteaga lo apreciaba mucho, porque fue su profesor de español en el bachillerato, y porque su ejemplo lo estimuló a estudiar la misma vaina. Arteaga cursaba noveno o décimo y Gustavo, al verle madera para la literatura, lo puso en contacto con Estévez. Gustavo era viejo pupilo del taller.

Gustavo Henao, tranquilo, risueño, gastado por el trabajo de la tiza. Cuántas veces coincidió con Marcos en los encuentros con Arteaga en la u o en la casa de este. Hasta estuvieron en algún convite en el apartamento de Los Colores, donde tuvo lugar el conflicto conyugal de Arteaga y el posterior desquite de la consorte: sus libros empacados en cajas y puestos de patitas en la calle. Gustavo Henao fue otro del molde de Estévez en lo tocante a las letras. Alguna vez también Marcos y Henao se vieron en el taller, aunque Henao ya estaba de salida cuando Marcos ingresó. Arteaga lo tenía en alta estima como escritor: fue quien le envenenó la sangre con la fiebre de los versos. Además de ser su mentor literario, Gustavo era un camarada de Arteaga y debió servirle de apoyo moral en sus líos de pareja.   

Asistió también al taller de Estévez en aquellos días un muchacho blanco, pulcro, de aire distinguido. Marcos no recordaba su nombre. Era un joven pausado y calmo, que no se cohibía de participar en la clase, siempre con aplomo y recato. ¿Qué habrá sido de él? También estaba matriculado en un pregrado de la u, tal vez en español y literatura. Marcos solía cruzarse con él en los pasillos y las cafeterías. Se saludaban y conversaban. Era delgado, de claros ojos y cabellos, de tenue voz, muy amable en el trato. Sí, fue otro que pasó por esa especie de Fragua de Vulcano que fue el taller de Estévez. Podía ser del mismo temple de César, en lo suave de la personalidad, pero mientras en este se adivinaba una procedencia popular, en aquel joven se apreciaba un aire de clase, de buena familia. Quizás fueran ideas que Marcos de hacía. Aquel muchacho bien podía ser de extracción vulgar, como la mayoría de ellos. Sino que era pulido, y vestía con donairosa sencillez. Se reía con moderación y jamás alzaba la voz. Marcos jamás volvió a saber de él. Quizás se hubiese enrolado en la enseñanza y se marchara a un puebluco. O tal vez, valido de un influyente padrino, se desempeñase de por vida en un despacho burocrático.

El sujeto que obtuvo el segundo puesto en el concurso donde Marcos triunfó con Lucero, también fue del taller. El título de su  cuento era Sudando la camiseta. Cuántos cuentos, cuántos títulos. Si cada cuento fuera un título de una tierra, a la usanza de los conquistadores, esos señorones abusivos, cuán rico fuera un escritor. Sabemos de títulos de obras de ficción, mas no de títulos de tierras. En consecuencia, somos unos pobretones. Y cuántos títulos. Ojos de perro azul, Con sabor a fierro, Lucero, Afanes, Sudando la camiseta. Estévez les hablaba de eso. Por lo general, el título es lo último que se pone en un cuento. La estampilla, por decir algo. Es aconsejable barajar una decena o más de títulos, y descartar, hasta quedarnos con el que es. Un buen título es medio cuento. Debe provocar, como un amor a primera vista. Lucero, era el título del cuento de Marcos. Trataba de la niñez, de la inocencia perdida, de los fantasmas del recuerdo. ¿Por qué le gustó ese cuento al maestro? Técnicamente, estaba bien logrado. Por otra parte, destellaba poesía.

Sudando la camiseta se mostró sorpresivamente avaro en la ceremonia de premiación, no regaló ni un solo ejemplar. Ni siquiera por darse el gusto de firmar autógrafos. Qué tipo más raro. No los iba a regalar así nomás. Eran para su familia. Fue la excusa que dio. Debía tener una parentela abundante. Firmar autógrafos es una vanidad que hay que permitirse cuando la ocasión salta al paso. Hay que agarrar al vuelo los placeres de la vida. Pero ese pobre Sudando la camiseta no sabía lo que era ceder, dejarse llevar en el flujo de las cosas. No podemos ser tan rígidos. Un tacaño, eso es lo que era. Y Marcos de manirroto, obsequiando los libros a espuertas, como si no tuviese familia ni amigos. Acaso lo hacía por rebeldía, para causar escozor. Andaba muy chispo por las condiciones un tanto indecorosas en que ganó ese premio. Y sólo esperaba sacarse el clavo.

Los organizadores no tuvieron la liberalidad de repartir unos ejemplares a los asistentes. ¿Qué tal esa? ¿O es que Marcos no lo recordaba bien? Lo recordaba perfectamente. Se veía entregándole a Fausto uno de sus libros. ¿Lo conservaría? Intercambió la obra con Sudando la camiseta, pero el librito se le traspapeló a poco. Quizás porque no le gustaba conservar testimonios de la avaricia.

Elvia Cecilia estudiaba primaria. Era amiga de Blandón. Estuvo en el taller, en una camada previa a la de Marcos. Elvia sí escribía. Marcos nunca fue cercano a ella, aunque solía verla en el campus. Elvia era a la vez maestra de escuela y estudiante. Siempre parecía agobiada de trabajo, cansada, seguro que envejecería prematuramente. Era amiga de Marta Luz. Marcos las vio juntas muchas veces en los trajines por el bloque 9. Más tarde, de docente, Marcos coincidió con Marta Luz en un colegio. Se saludaban con calidez, acordándose de los tiempos de la u, donde no es que fueran amigos, pero se reconocían y se miraban con simpatía. Con Elvia Cecilia no hubo simpatía siquiera. Era una mujer amable, franca, pero Marcos nunca pudo acercársele. Sabía que era escritora, que había sido discípula de Estévez, pero hasta ahí. Marta Luz murió al volcarse la buseta donde viajaba. Traía consigo a su bebé de once meses. Se acurrucó para proteger a su hija. Esta se salvó, pero Marta Luz falleció en el hospital, luego de días de lucha. Elvia escribió un cuento sobre su amiga. Con los años, Marcos leyó el texto de Elvia en una antología, donde también aparecía un cuento suyo. Es la historia de una maestra en embarazo, en la expectativa de dar a luz. Al fin nace una niña, y todo es felicidad en la familia. El esposo y la hija constituyen el tesoro de la mujer que, tras la licencia de maternidad, vuelve a su trabajo en la escuela, al amoroso contacto con los niños. Un día, al regreso del trabajo, en la buseta, se sienta al lado de una mujer que trae a un bebé en brazos. Conversan y la mujer acaba por dejar que la maestra cargue al bebé. En ese momento la buseta se vuelca y la maestra acurruca el cuerpo y protege a la niña. La niña vive, pero la maestra muere. Sus últimos pensamientos son para su hija huérfana y su esposo, viudo.

Marcos, conociendo el referente real de la historia, pudo discernir los artificios técnicos del relato de Elvia. Estévez habría dicho: “Muy buena extrapolación, un lenguaje conciso y exacto”, lo que no podía ser más elogioso. Claro, Elvia había tomado los hechos de la muerte de Marta Luz y los traspasó a la maestra. Marcos ubicó a Elvia por Google y le escribió un mensaje, felicitándola por la belleza del cuento. “Ya no me acordaba de ese cuento”, dijo ella. Quizás fuese cierto. “El original era mejor, pero lo perdí. Debí escribirlo de nuevo”, y añadió que Marta Luz tenía ganado el cielo, si este existía. Hasta ahí llegó la comunicación. Elvia no hizo nada por continuarla. No se interesó por saber un solo dato de Marcos. “Saludos”, dijo, como despedida. Marcos no insistió. Sabía que entre Estévez y Elvia había aprecio. Alguna vez los vio conversando en la u. Qué raro que Estévez, al igual que pasó con Espitia y con el Carnudo, no hubiese puesto a Elvia en su Antología. Cuestiones de logística, tiempos dispares, premura de la editorial, en fin, cuántos autores y cuentos valiosos no se quedarían fuera de la Antología de Estévez. Ese cuento del Carnudo, Afanes. Tal vez Elvia no fuese muy apegada a la notoriedad. Tal vez los deberes de maestra copaban sus horas. Es poco lo que sabemos de los otros. Pero en sus escritos siempre se puede ver algo más. La relectura del cuento de Elvia llevó a Marcos a revisar sus libretas de apuntes, hasta encontrar algunos sobre Marta Luz y el fatal momento. Estuvo preñado de Marta Luz por varios días. Tanto que escribió a Elvia para comentar su relato. Esas fiebres de arqueólogo de la memoria le acometían con frecuencia. Los recuerdos lo preñaban, y no descansaba hasta dar a luz. En esas búsquedas de un dato parecía un bandeirante, un aventurero en tierras de nadie, un Rimbaud en Abisinia. Por lo general, eran experiencias fatigosas, alucinadas, pertinaces. En el silencio de la casa, el frufrú de las hojas de las libretas, al ser vueltas y revueltas, semejaba el batir de las alas de un ave prisionera, ávida de libertad. El trozo de historia escrita en el papel se trababa con la historia de la pesquisa en las libretas, dando origen a una criatura biforme, a un híbrido. Esta segunda historia (la de la búsqueda del dato), aconteciendo en el tiempo real, se superponía al fragmento de historia que esperaba ser resuelta en el papelEl personaje que aguardaba en el apunte traspapelado se hacía más intenso y necesario que el del flujo de la ficción que, en cierta forma, era un ser muerto, agua estancada, tierra seca.

Y estaba Olimpo. La verdad, Marcos no recordaba mucho a Olimpo (¿O se llamaba Luis, Luis Olimpo?). Era un hombre del montón, casi sin estudios, que vivía en un barrio popular (Barrio Nuevo). Un hombre maduro, sencillo, que no se hacía notar. Era puntual al Taller. A pesar de los reveses, se presentaba a clase animoso y amable, tal vez con la esperanza de que Estévez le permitiera leer. Todos iban allí con esa secreta esperanza, leer, recibir el espaldarazo del maestro, la admiración de los contertulios. Salir en hombros, ¿quién no lo deseaba? Hasta el propio Estévez, que a menudo les leía sus escritos y les pedía que los juzgaran. Estévez les exhortaba a criticar los textos de los otros y, así, volverse duchos en la materia. “Ponderar”, era el verbo que empleaba. ¿En qué flaquea? ¿Cuáles son sus méritos? ¡A dar madera!

Estévez postergaba a Olimpo una y otra vez. Reprimía sus deseos de leer. Con Espitia, en cambio, era solícito y condescendiente. Olimpo cumplía con las tareas que Estévez dejaba, pero, la verdad sea dicha, el grupo entero lo había nimbado con el halo del desahucio. Era un hombre de unos 60 o 70 años, de extracción rústica, cara con arrugas, ojos mojados, carácter dócil y juvenil, esto es, alegre, gárrulo. En sus conversaciones, siempre volvía la memoria y el verbo al campo, al pasado, a los inmemoriales tiempos de los pioneros. Era la persona de más edad del Taller, incluido Estévez, a quien superaba en unos diez años. La lectura de sus escritos era recibida siempre con algo de escepticismo, desprestigio, ironía. Olimpo no se inmutaba. (¿Cómo inmutarse? Vivía en el Olimpo). Tenía una voluntad de saber admirable. A veces caminaba con Marcos hasta el centro. Una noche de esas, en que la lluvia embetunaba las calles, caminaron.

 


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