Otros rostros del taller: Gustavo Henao,
el muchacho blanco y pulcro, sudando la camiseta, Elvia Cecilia, Olimpo.
Gustavo Henao (el profesor y
mentor de Arteaga). Era un individuo de buena talla, que solía dejarse pelos en
la cara (bigote, barba), maduro, jovial, conversador, con propensión a la
calvicie. La memoria de Marcos lo registraba en el ambiente de la Universidad
de Antioquia: las jardineras, las cafeterías, el centro de documentación de
Educación. Era profesor de secundaria, y también estaba vinculado a un
instituto de niños con problemas de aprendizaje, o algo parecido. Era amigo de
Arteaga. De hecho, ya se ha dicho que fue quién lo llevó al taller de Estévez.
Arteaga lo apreciaba mucho, porque fue su profesor de español en el
bachillerato, y porque su ejemplo lo estimuló a estudiar la misma vaina.
Arteaga cursaba noveno o décimo y Gustavo, al verle madera para la literatura,
lo puso en contacto con Estévez. Gustavo era viejo pupilo del taller.
Gustavo Henao, tranquilo, risueño, gastado
por el trabajo de la tiza. Cuántas veces coincidió con Marcos en los encuentros
con Arteaga en la u o en la casa de este. Hasta estuvieron en algún convite en
el apartamento de Los Colores, donde tuvo lugar el conflicto conyugal de
Arteaga y el posterior desquite de la consorte: sus libros empacados en cajas y
puestos de patitas en la calle. Gustavo Henao fue otro del molde de Estévez en
lo tocante a las letras. Alguna vez también Marcos y Henao se vieron en el
taller, aunque Henao ya estaba de salida cuando Marcos ingresó. Arteaga lo
tenía en alta estima como escritor: fue quien le envenenó la sangre con la
fiebre de los versos. Además de ser su mentor literario, Gustavo era un
camarada de Arteaga y debió servirle de apoyo moral en sus líos de
pareja.
Asistió también al taller de Estévez en
aquellos días un muchacho blanco, pulcro, de aire distinguido.
Marcos no recordaba su nombre. Era un joven pausado y calmo, que no se cohibía
de participar en la clase, siempre con aplomo y recato. ¿Qué habrá sido de él?
También estaba matriculado en un pregrado de la u, tal vez en español y
literatura. Marcos solía cruzarse con él en los pasillos y las cafeterías. Se
saludaban y conversaban. Era delgado, de claros ojos y cabellos, de tenue voz,
muy amable en el trato. Sí, fue otro que pasó por esa especie de Fragua de
Vulcano que fue el taller de Estévez. Podía ser del mismo temple de César, en
lo suave de la personalidad, pero mientras en este se adivinaba una procedencia
popular, en aquel joven se apreciaba un aire de clase, de buena familia. Quizás
fueran ideas que Marcos de hacía. Aquel muchacho bien podía ser de extracción
vulgar, como la mayoría de ellos. Sino que era pulido, y vestía con donairosa
sencillez. Se reía con moderación y jamás alzaba la voz. Marcos jamás volvió a
saber de él. Quizás se hubiese enrolado en la enseñanza y se marchara a un
puebluco. O tal vez, valido de un influyente padrino, se desempeñase de por
vida en un despacho burocrático.
El sujeto que obtuvo el segundo puesto en
el concurso donde Marcos triunfó con Lucero, también fue del taller. El título
de su cuento era Sudando la camiseta. Cuántos cuentos,
cuántos títulos. Si cada cuento fuera un título de una tierra, a la usanza de
los conquistadores, esos señorones abusivos, cuán rico fuera un escritor.
Sabemos de títulos de obras de ficción, mas no de títulos de tierras. En
consecuencia, somos unos pobretones. Y cuántos títulos. Ojos de perro azul, Con
sabor a fierro, Lucero, Afanes, Sudando la camiseta. Estévez les hablaba de
eso. Por lo general, el título es lo último que se pone en un cuento. La
estampilla, por decir algo. Es aconsejable barajar una decena o más de títulos,
y descartar, hasta quedarnos con el que es. Un buen título es medio cuento.
Debe provocar, como un amor a primera vista. Lucero, era el título del cuento
de Marcos. Trataba de la niñez, de la inocencia perdida, de los fantasmas del
recuerdo. ¿Por qué le gustó ese cuento al maestro? Técnicamente, estaba bien
logrado. Por otra parte, destellaba poesía.
Sudando la camiseta se mostró
sorpresivamente avaro en la ceremonia de premiación, no regaló ni un solo
ejemplar. Ni siquiera por darse el gusto de firmar autógrafos. Qué tipo más
raro. No los iba a regalar así nomás. Eran para su familia. Fue la excusa que
dio. Debía tener una parentela abundante. Firmar autógrafos es una vanidad que
hay que permitirse cuando la ocasión salta al paso. Hay que agarrar al vuelo los
placeres de la vida. Pero ese pobre Sudando la camiseta no sabía lo que era
ceder, dejarse llevar en el flujo de las cosas. No podemos ser tan rígidos. Un
tacaño, eso es lo que era. Y Marcos de manirroto, obsequiando los libros a
espuertas, como si no tuviese familia ni amigos. Acaso lo hacía por rebeldía,
para causar escozor. Andaba muy chispo por las condiciones un tanto indecorosas
en que ganó ese premio. Y sólo esperaba sacarse el clavo.
Los organizadores no tuvieron la
liberalidad de repartir unos ejemplares a los asistentes. ¿Qué tal esa? ¿O es
que Marcos no lo recordaba bien? Lo recordaba perfectamente. Se veía
entregándole a Fausto uno de sus libros. ¿Lo conservaría? Intercambió la obra
con Sudando la camiseta, pero el librito se le traspapeló a poco. Quizás porque
no le gustaba conservar testimonios de la avaricia.
Elvia Cecilia estudiaba
primaria. Era amiga de Blandón. Estuvo en el taller, en una camada previa a la
de Marcos. Elvia sí escribía. Marcos nunca fue cercano a ella, aunque solía
verla en el campus. Elvia era a la vez maestra de escuela y estudiante. Siempre
parecía agobiada de trabajo, cansada, seguro que envejecería prematuramente.
Era amiga de Marta Luz. Marcos las vio juntas muchas veces en los trajines por
el bloque 9. Más tarde, de docente, Marcos coincidió con Marta Luz en un
colegio. Se saludaban con calidez, acordándose de los tiempos de la u, donde no
es que fueran amigos, pero se reconocían y se miraban con simpatía. Con Elvia
Cecilia no hubo simpatía siquiera. Era una mujer amable, franca, pero Marcos
nunca pudo acercársele. Sabía que era escritora, que había sido discípula de
Estévez, pero hasta ahí. Marta Luz murió al volcarse la buseta donde viajaba.
Traía consigo a su bebé de once meses. Se acurrucó para proteger a su hija.
Esta se salvó, pero Marta Luz falleció en el hospital, luego de días de lucha.
Elvia escribió un cuento sobre su amiga. Con los años, Marcos leyó el texto de
Elvia en una antología, donde también aparecía un cuento suyo. Es la historia
de una maestra en embarazo, en la expectativa de dar a luz. Al fin nace una
niña, y todo es felicidad en la familia. El esposo y la hija constituyen el
tesoro de la mujer que, tras la licencia de maternidad, vuelve a su trabajo en
la escuela, al amoroso contacto con los niños. Un día, al regreso del trabajo,
en la buseta, se sienta al lado de una mujer que trae a un bebé en brazos.
Conversan y la mujer acaba por dejar que la maestra cargue al bebé. En ese
momento la buseta se vuelca y la maestra acurruca el cuerpo y protege a la
niña. La niña vive, pero la maestra muere. Sus últimos pensamientos son para su
hija huérfana y su esposo, viudo.
Marcos, conociendo el referente real de la
historia, pudo discernir los artificios técnicos del relato de Elvia. Estévez
habría dicho: “Muy buena extrapolación, un lenguaje conciso y exacto”, lo que
no podía ser más elogioso. Claro, Elvia había tomado los hechos de la muerte de
Marta Luz y los traspasó a la maestra. Marcos ubicó a Elvia por Google y le
escribió un mensaje, felicitándola por la belleza del cuento. “Ya no me
acordaba de ese cuento”, dijo ella. Quizás fuese cierto. “El original era
mejor, pero lo perdí. Debí escribirlo de nuevo”, y añadió que Marta Luz tenía
ganado el cielo, si este existía. Hasta ahí llegó la comunicación. Elvia no
hizo nada por continuarla. No se interesó por saber un solo dato de Marcos.
“Saludos”, dijo, como despedida. Marcos no insistió. Sabía que entre Estévez y
Elvia había aprecio. Alguna vez los vio conversando en la u. Qué raro que
Estévez, al igual que pasó con Espitia y con el Carnudo, no hubiese puesto a
Elvia en su Antología. Cuestiones de logística, tiempos dispares, premura de la
editorial, en fin, cuántos autores y cuentos valiosos no se quedarían fuera de
la Antología de Estévez. Ese cuento del Carnudo, Afanes. Tal vez Elvia no fuese
muy apegada a la notoriedad. Tal vez los deberes de maestra copaban sus horas.
Es poco lo que sabemos de los otros. Pero en sus escritos siempre se puede ver
algo más. La relectura del cuento de Elvia llevó a Marcos a revisar sus
libretas de apuntes, hasta encontrar algunos sobre Marta Luz y el fatal
momento. Estuvo preñado de Marta Luz por varios días. Tanto que escribió a
Elvia para comentar su relato. Esas fiebres de arqueólogo de la memoria le
acometían con frecuencia. Los recuerdos lo preñaban, y no descansaba hasta dar
a luz. En esas búsquedas de un dato parecía un bandeirante, un aventurero en
tierras de nadie, un Rimbaud en Abisinia. Por lo general, eran experiencias
fatigosas, alucinadas, pertinaces. En el silencio de la casa, el frufrú de las
hojas de las libretas, al ser vueltas y revueltas, semejaba el batir de las
alas de un ave prisionera, ávida de libertad. El trozo de historia escrita en
el papel se trababa con la historia de la pesquisa en las libretas, dando
origen a una criatura biforme, a un híbrido. Esta segunda historia (la de la
búsqueda del dato), aconteciendo en el tiempo real, se superponía al fragmento
de historia que esperaba ser resuelta en el papel. El personaje que
aguardaba en el apunte traspapelado se hacía más intenso y necesario que el del
flujo de la ficción que, en cierta forma, era un ser muerto, agua estancada,
tierra seca.
Y estaba Olimpo. La
verdad, Marcos no recordaba mucho a Olimpo (¿O se llamaba
Luis, Luis Olimpo?). Era un hombre del montón, casi sin estudios, que vivía en
un barrio popular (Barrio Nuevo). Un hombre maduro, sencillo, que no se hacía
notar. Era puntual al Taller. A pesar de los reveses, se presentaba a clase
animoso y amable, tal vez con la esperanza de que Estévez le permitiera leer.
Todos iban allí con esa secreta esperanza, leer, recibir el espaldarazo del
maestro, la admiración de los contertulios. Salir en hombros, ¿quién no lo
deseaba? Hasta el propio Estévez, que a menudo les leía sus escritos y les
pedía que los juzgaran. Estévez les exhortaba a criticar los textos de los
otros y, así, volverse duchos en la materia. “Ponderar”, era el verbo que
empleaba. ¿En qué flaquea? ¿Cuáles son sus méritos? ¡A dar madera!
Estévez postergaba a Olimpo una y otra
vez. Reprimía sus deseos de leer. Con Espitia, en cambio, era solícito y
condescendiente. Olimpo cumplía con las tareas que Estévez dejaba, pero, la
verdad sea dicha, el grupo entero lo había nimbado con el halo del desahucio.
Era un hombre de unos 60 o 70 años, de extracción rústica, cara con arrugas,
ojos mojados, carácter dócil y juvenil, esto es, alegre, gárrulo. En sus
conversaciones, siempre volvía la memoria y el verbo al campo, al pasado, a los
inmemoriales tiempos de los pioneros. Era la persona de más edad del Taller,
incluido Estévez, a quien superaba en unos diez años. La lectura de sus
escritos era recibida siempre con algo de escepticismo, desprestigio, ironía.
Olimpo no se inmutaba. (¿Cómo inmutarse? Vivía en el Olimpo). Tenía una
voluntad de saber admirable. A veces caminaba con Marcos hasta el centro. Una
noche de esas, en que la lluvia embetunaba las calles, caminaron.
No hay comentarios:
Publicar un comentario