jueves, 29 de julio de 2021

Mi maestro XXXVII

 *Aquí está el libro, en mis manos. Un día de esos que regresé a la u como exalumno, me acerqué a la editorial y lo reclamé. Ahora recuerdo a Restrepo. Restrepo dejó de dictar clases, se pensionó, pero siguió vinculado a la u, trabajando en la editorial, allá en ese bloque vecino al de ingeniería y a la cancha de fútbol, próximo a la salida de la Avenida del Ferrocarril. Una o dos veces fui por allí a saludar a Restrepo. Con su estampa tranquila y venerable, Restrepo atravesaba el campus (vivía en Carlos E., solía coger el bus de Circular, bajar en Barranquilla), ahora sin tener que detenerse para nada en el bloque 12, cuarto piso, donde otrora tuviera su oficina de profesor. Ahora hacía un esguince al pasado, a tantos años (quizás, al final, rutinarios, pesados) de docencia, y ensayaba otros rumbos. Qué delicia imaginar el recorrido que hacía, los tránsitos que escogía, verlo atravesar la Plaza Barrientos, pasar frente a la biblioteca y seguir por un lado de la fuente, torcer hacia el bloque 16, pasar por un costado de ingeniería, junto a las casetas de los jugos, ascender por el lado de las canchas de tenis y de fútbol y llegar a su destino, el bloque de la editorial. La editorial, lo mismo que la librería y la biblioteca, cada una en un bloque distinto, definían imaginarias líneas de un Camino de Compostela del saber. Eran lugares profanos, pero investidos con la augusta pátina del conocimiento. Acude a la memoria El nombre de la rosa, de Humberto Eco, la abadía italiana, la biblioteca donde reposa el libro de Aristóteles, los crímenes en serie. Pero Restrepo no iba a la editorial a cometer ningún sacrilegio u homicidio. Su oficio consistiría en el juicio autorizado de un editor, o algo por el estilo. ¡Y qué autoridad tenía! Un poeta de los grandes.

Aquí está el libro, en mis manos. Aquí está el libro, material, físico, palpable, con su peso en gramos, pero también con su porte inmaterial, con su talla inmensurable, con su carne de sueños y visiones: tu Antología. Y hablo de Restrepo porque fue él quien diseñó la imagen de la carátula. Qué bueno que este libro reúna (desde la narrativa y desde el arte gráfico) el espíritu de mis dos amados maestros. Restrepo me obsequió su libro Fábulas. Fue mi profesor de  introducción a la literatura, los miércoles y viernes de 4 a 6, en el aula 11-306. Recuerdo que celebraba mis escritos, la forma concienzuda y a la vez desenfadada como elaboraba los informes de lectura. Se regocijaba con mi osadía, y era capaz de sentir conmigo, (en aquel aula iluminada por la luz artificial e inmunizada por una escrupulosa asepsia), al leer mis ensayos, la atmósfera del carbonífero. Y quizás fue eso lo que sintió Estévez frente a mi prosa, la primera vez que leí en el taller: un aire de helechos sin historia, unión de megaterio y celacanto, en los tiernos bosques del carbonífero. Un amigo común dijo una vez que Luis era un buen escritor, solo que le faltaba osadía. Tal vez yo sea de la misma opinión.

Carne de sueños y visiones, aquí está el libro. Como el de Natalia Pikouch (Cinco Ensayos sobre literatura rusa contemporánea) fue editado póstumo. Una historia similar al del tuyo, el libro de Natalia, lastrado de dilaciones y negligencias. También fue publicado en el 2007, en marzo, por la editorial de la Universidad de Antioquia. Natalia murió en ese marzo, no creo que alcanzara a ver editado su libro. O quizás lo acarició en su lecho de muerte. Mientras la parca tallaba la calavera en su blanca piel nórdica, ella aspiraba el fresco olor de la tinta, el tibio hálito del papel de su libro recién sacado de la hornada. Qué crimen. Qué delicia poder recrearme hoy, al echar un vistazo por los anaqueles de mi biblioteca, con los títulos de las obras de mis profesores: Toda esa gente, En las lindes del monte, Cinco ensayos sobre literatura rusa contemporánea, Fabulas. Echar un vistazo, ver los títulos de sus obras, y saber que respiré el aliento de su época, que me imbriqué con ellos en los días, que mi historia se entrelazó a la suya. Restrepo siempre tuvo una sonrisa cálida, un gesto amigo, una palabra elogiosa siempre que le pregunté sobre Estévez. Del 2006 es el motivo de la cubierta que realizó para la Antología. Allí aparece Estévez de espaldas al observador, en medio de una calle, con aire de avanzar, nostálgico, con la mano izquierda en el bolsillo del pantalón. El pelicano luce una camisa clara empretinada, un pantalón café, bien puesto en el atuendo, según la costumbre. Es un hombre viejón, de cuerpo vigoroso, ancha espalda, gruesa cadera. La fotografía se retocó con un artificio gráfico, que indica la pertenencia de Estévez a dos mundos distintos: a la derecha de la avenida los edificios de una ciudad, a la izquierda una cerca hilada de árboles, la hierba, el campo, y sobre todo ello un cielo vasto, de un tinte aceitunado. Estévez marcha altivo entre estos dos planos.                          

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