*Arteaga estaba que lloraba, y no
era para menos. “Lo compré en una venta callejera. No esperaba esto de usted.
Tome.” Y Estévez le obsequió el libro por segunda vez. Arteaga recibió el
libro, y sintió que le quemaba las manos. Intentó explicar. Relató el ingrato
episodio conyugal causante de esta bofetada del maestro. En vano. Estévez
estaba herido en su orgullo, y no era para menos. Había regalado a Arteaga uno
de sus libros, autografiado y con dedicatoria, y a los meses, al curiosear en
un ventorrillo callejero, descubrió el volumen. No había riesgo de equivocarse,
era el mismo libro, ahí estaban el autógrafo y la dedicatoria. El acicate de la
revancha lo impulsó a comprarlo. Lo conservó, esperando el momento del
desquite. Arteaga no sabía dónde meterse, quería que la tierra se abriera y se
lo tragara. No, es que era mucha sal. Cuando rompió con su mujer, esta, en su
ausencia, empacó en dos cajas todos sus libros, sacándolos a la acera. Las
mujeres saben ser crueles, y ella se había cebado en lo que él más amaba. El
primero que pasó cargó con ellos. Esto fue lo que le confesó a Estévez,
tratando de salvar una migaja de su honor.
Una historia bonita había
acompañado la llegada de Arteaga al taller de Estévez. Gustavo Henao, su
profesor de español del colegio, lo invitó a las sesiones con el maestro.
Gustavo era de una camada anterior, y consideró como un premio para su mejor
alumno llevarlo allí donde se ayudaba a formar a los escritores. Con el tiempo,
Arteaga no solo fue pupilo de Estévez, también fue su compadre, este le bautizó
un hijo.
Era en la Feria del Libro. Se
lanzaba el último libro de Estévez, a la vez que se lo homenajeaba por toda una
vida y una obra consagrada al arte. Arteaga sentía que debía estar allí,
acompañando al maestro, regocijado con su enaltecimiento. No se esperaba este
golpe bajo, se halló fuera de base. Y
Estévez sí que sabía propinar golpes bajos. Con razón, bromeando con sus amigos
predilectos, remedaba los movimientos boxísticos, un jab, un uppercut. Fue en
los instantes previos al evento, cuando los asistentes se mezclaban en el
recibidor, aguardando ser llamados al auditorio. En ese aire un tanto
impersonal y frívolo, Arteaga se acercó a saludar a Estévez. Estévez como que
tenía todo previsto. Quizás hasta se había ocupado de invitar a Arteaga, de exhortarlo
a que no faltara, y ahora le hacía beber este trago amargo. ¿Era posible? ¿Que esta misma noche de brillo y agasajo Estévez demoliera a Arteaga con este
reclamo impensado? Hasta qué grado estimaba a Arteaga, cómo se había sentido
dolido por el desdén del libro arrojado, ahí estaba la explicación del
emponzoñado dardo de Estévez.
Arteaga podía hablar con perfecta
claridad de las clases en las aulas del Paraninfo, de los pisos entablados y
rechinantes. Se acordaba del amorío de Estévez con una de sus alumnas, que al presente vivía en España y era una novelista cotizada. Según
Arteaga, este romance fue el que hizo que Estévez abandonara a su
mujer y a sus hijos. Arteaga recordaba que una vez, buscando el salón donde el
maestro daría la sesión (ya se ha explicado que variaba a menudo de aula),
abrió una puerta y se encontró con unas mujeres en pelota. Estaban en una
sesión de modelaje para un pintor. “¿Podemos servirnos?”, bromeó.
Eran tantas cosas. Con los años,
el trato de Arteaga con Estévez había superado el vínculo aséptico de maestro y
alumno. Arteaga servía de testigo a cualquier diligencia de notaría de Estévez,
intercambiaban favores y atenciones. Por algo eran compadres. Y así, la acerba
escena que le tocó en suerte sufrir esa
noche quedaba en su memoria como un verdadero chasco. Una demostración de hasta
dónde pueden llegar los pérfidos hilos de araña de una mujer atacada de
desamor. Ambos, maestro y pupilo, apurarían el áspero brebaje, y seguirían la
vida, con sus buenos y malos momentos.
Los pupilos del taller más
cercanos al maestro se convertían en auxiliadores de este en sus empresas
libreras. Estévez tenía su propio sello editorial, y publicaba sus libros de
manera regular. Algunas librerías de la ciudad servían de punto de venta de sus
obras. Pero también iba saliendo de ellas al menudeo con sus alumnos y sus
conocidos. “Cómpreme este libro”, era una de sus frases corrientes al cruzarse
cualquier día con uno de sus estudiantes. Marcos recuerda un día en que les
exhortó a él y a Arteaga a promocionar un
volumen de tres novelas en los colegios donde enseñaban. Se enfadó cuando estos
se negaron, desestimando el precio que él fijó, considerándolo muy costoso.
¿Qué alumno de colegio compraría un libro en ese precio? No, era mejor ponerse
colorado un ratico ante el maestro antes que trabarse en un molesto compromiso.
Y fue lo que hicieron Marcos y Arteaga, negarse. Eran las cosas del día a día,
del trato con este hombre empeñado en el comercio de sus libros, en un medio en
que los autores suelen publicar del propio bolsillo, y en que es vano para la
mayoría el sueño de un editor y un renombre que sirvan para vender como pan
para el desayuno.
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