En otra ocasión Marcos se encontró al maestro Estévez en el Parque Bolívar, acompañado por su familia. Dichoso azar, dijo para sí, pues siempre le regocijó topárselo. La del Parque Bolívar era una estampa que conservaba en sus afectos desde su llegada a Medellín, años atrás, cuando su amigo de infancia en Concordia, Alirio Parra, estableció en la esquina suroccidental su negocio de papas fritas, donde Marcos se arrimaba con frecuencia a despertar nostalgias, a refrescarse del trajín universitario y a comer un paquete de papitas, por lo general a expensas de la generosidad de su camarada.
Más que la estatua del Libertador (referente acaso ignorado por la mayoría de los que pasan por allí), más que el amplio y hermoso trazado de la plazoleta con sus verjas y su población de árboles nativos y sus edificaciones adyacentes, es la fauna antropomorfa, puntual y diversa, la que espíritualiza este lugar. Se dan cita allí a diario los vagos, los desechables, las busconas, los viciosos, los pillos, los predicadores, los pensionados, los desempleados, los turistas, los lustrabotas, los mercachifles, los músicos, los teatreros, los transeúntes, los polizontes, en fin, esa gente que, por su lugar de residencia, por su punto de trabajo, o por alguna diligencia a realizar se mueven en aquel punto. Y bueno, las palomas. Y las guacamayas, y las iguanas, cuya inesperada aparición siempre es motivo de aplauso.
El poder de la mente, se dijo Marcos, porque en esos días había telefoneado a Estévez para que le prestara unos libros. "Llámeme mañana en la tarde, tengo que hacer unas diligencias en el centro, podemos vernos, le llevaré los libros". Se despidieron, conviniendo que lo llamaría. Sin embargo, Marcos olvidó el asunto, o lo tomó a la ligera, le dio largas. Sea como fuera, en lo que menos pensaba al dirigirse donde Alirio era en Estévez. Pero ahí estaba Estévez, avanzando hacia él junto con su esposa, llevando de la mano a su niño. Multitud de hechos, unos visibles, ocultos otros, trabajaron en el lapso entre la llamada al veterano escritor y el encuentro de Marcos con este. No eran pocas las evidencias que Marcos podía aportar en apoyo de esta maravillosa virtud mental. Estaba convencido de la existencia de una corriente secreta e inexplicable que conecta ciertos acontecimientos. No dudaba de que el flujo de esta portentosa energía actuando en su cerebro, propició su encuentro con Estévez.
Saludó al maestro desaprensivamente, con desenfado raro en él. Le palmeó el hombro al tiempo que exclamaba: "hola, don Estévez". Le pareció bien tributarle ese respetuoso "don", sin preocuparse de la asociación cosanostra que la palabra admitía. Estévez no se disgustaba por ese trato. No era la primera vez que Marcos le decía así. "Hola", replicó el literato fortachón, recio, de empaque pulcro y altivo. "¿Quiere subir por los libros?" Marcos aceptó la invitación.
Atravesaron el parque Bolívar, populoso. El alumbrado navideño funcionaba todavía, pese a que ya presentaba un aire caduco y anacrónico. Marcos advirtió cómo Estévez ladeaba la cabeza para fijarse en uno de los oradores que sazonan la cotidianidad carnavalesca del parque. También él volvió el rostro en ese sentido, distinguiendo al locuaz personaje, quien vociferaba en medio del acostumbrado corrillo de curiosos, entre los que nunca faltan interlocutores que transigen con el disertador o que lo apabullan con cuestionamientos. En ese aire del Parque Bolívar, el redivivo Demóstenes gesticulaba, con las facciones desencajadas, con su dentadura maltrecha, ruinosa, con sus ojos desorbitados. Marcos lo conocía, le llamaban Cipriano. Tenía la costumbre de hablar con la mano sobre el oído izquierdo, como si las vibraciones de su propia voz produjeran un sonido hiriente. Portaba una talega al hombro, y la atraía cada tres segundos hacia su vientre. Usaba una camisa faldonuda, descolorida, gastada como su pantalón. Sus zapatos parecían nuevos. Eran de suela blanda, de un tono imprevisto: lila. Su voz estridente acusaba de oligarca al Papa Juan Pablo II, lo tachaba de hipócrita. Cipriano se manifestaba contra la flamante encíclica del pontífice, referente al aborto, y a la excomunión de los que incurran en él.
Estévez y su familia venían de ver una película infantil: André, la foca. Un mimo para Mario Leandro. El grupo se encaminó en pos de un taxi. Al pasar frente a las carteleras de una sala de cine, la consorte dijo: "101 dálmatas, debe ser divertida". Varios pares de ojos realizaron un movimiento oblicuo para observar los anuncios del filme de Walt Disney, publicitado hasta en la televisión. Tomaron un taxi. Estévez y el niño vinieron adelante, la mujer y Marcos, en el puesto de atrás. Los cónyuges comentaron las bondades de la película que acababan de ver. Estévez respondió a las preguntas del chico sobre algunos dispositivos internos del carro. Las respuestas del padre fueron prontas, inteligentes y complacidas. Marcos se sentía inhibido. Para no pasar por muy serio, preguntó cualquier banalidad a la señora. Ella se mostró gentil, sonriente, pero volvía la cabeza hacia la ventanilla, cavilosa, desalentada, tras sentir que la curiosidad de Marcos quedaba satisfecha. Marcos pensó cuál no sería la felicidad de Estévez con un hijito de tres años, sano y avispado, y con una esposa joven. Su dicha era obvia. Cargaba al niño en el regazo. Dialogaba con él en forma madura, como si se tratara de un adulto.
El taxi los llevó al arrabal animado y modesto: Manrique. El anochecer florecía ritualmente, con leves nubecillas sonrosadas flotando en el límpido horizonte. Cuando el taxi entró en la vía prescrita, enfilando por una cuesta que se empinaba más y más, el escritor, deferente, preguntó a Marcos por su trabajo. Marcos le dio una respuesta concisa. De un modo algo inconexo, Estévez elogió el estilo de Marcos, animándolo a "merecerlo". Estaba un poco sentimental, y Marcos sintió la ternura de sus palabras.
Durante todo el recorrido, Estévez se mostró muy afectuoso con su chiquillo. Mario Leandro era un jovencito muy simpático, uno de esos niños ágiles de cuerpo y de mentalidad. Tenía la tez clara de sus padres, el pelo castaño, la cara redonda. Su físico no era ni más ni menos desarrollado que el que cabe esperar en un niño de su edad. Seguro que sacaría la buena alzada y el vigor corporal de su padre. Era la felicidad de este viejo que se jugaba su última carta en esta experiencia de progenitor y esposo senil. Marcos meditaba en esto. Suponía que ahora Estévez ni se trataba con su antigua esposa. Chocheaba con el niño. Tenía una finca, pero no sentía apremio por venderla. "Es la herencia del niño", decía, tajante.
Gardel arriba, la calle empinada, la entrada del callejón. De ordinario, el taxi llega hasta allí, porque luego habría que salir en reversa. El niño se empecinó en que el carro lo llevara hasta el frente de su casa: tenía pereza de caminar, como hacía habitualmente. El taxista fue gentil, satisfizo el capricho del chico. Luego, solo tuvo que meter reversa. Marcos imaginó al maestro haciendo a diario su ruta por las calles de Manrique, caminando por allí con su faz melancólica, contento de regresar a casa a estar con su mujer y su niño.
Entraron en la vivienda. Desde el fondo del largo zaguán, un gozquecillo oscuro y lanudo salió a recibir a sus amos, exhibiendo acrobacias y cariños. Estévez jugueteó con el perrito, correteándolo, murmurando frases cándidas, llamándolo Betún. Entre cabriolas, el pequeño y festivo animal retrocedió con ellos el trecho hasta los dos apartamentos que se erguían, uno al lado del otro, al fondo del pasillo. Estévez extrajo un llavero y abrió el de la izquierda. El otro permanecía cerrado, allí vivían sus suegros. Estévez explicó a Marcos: "Ellos cuidan al niño cuando nosotros salimos para el trabajo". Su voz era mesurada y tranquila.
Era en la época en que no había hecho la ampliación del segundo piso. Accedieron a una estancia estrecha que comunicaba, por un vano sin puerta ni cortina, a otra de similar dimensión. "Estamos un poco estrechos, pensamos construir", dijo Estévez. "Ah, ¿la casa es suya?", preguntó Marcos. "Sí, está buena, ¿cierto?" Marcos asintió. El escritorio con su máquina de escribir y sus útiles de trabajo ocupaban un buen espacio. La pecera que siempre lo acompañó estaba adosada a la pared opuesta. Su escritorio daba a una ventana. Estévez la abrió. "Es un lugar magnífico, retirado de la calle. Mire ese patio. Ahí vienen a comer decenas de palomas y de loras. Las aquerencio con plátano maduro."
Tras un momento, Mario Leandro y Betún se fueron al apartamento vecino, el de los abuelitos. Estévez se dirigió al otro recinto donde, además de la cocina y el comedor, increíblemente, quedaba espacio para sus dos anaqueles atestados de libros. El escritor no dio fácilmente con los dos volúmenes que pensaba prestar a su pupilo. Se agachó, puesto que los libros buscados descansaban en las tablas inferiores. Pujó al sacarlos. Anotó el préstamo en una libreta. Bromeó mostrando a Marcos un revólver, que sacó del mismo cajón del escritorio de donde sacó la libreta. "Cuidado no me devuelve los libros, este es el cobrador", dijo, riendo. Era un 38, en su funda. Culata café, cañón plateado. Estévez contó, sin que viniera a cuento, por mero alarde, que en la finca tenía una Mini Uci. Luego mostró a Marcos las gruesas agendas donde estaba escribiendo su novela sobre Urabá. Fatal que estuvieran adornadas con imágenes pornográficas, en su mayoría mujeres desnudas, luciendo opulentos encantos. Su mujer se les unió. Hizo un comentario dócil, pero en tono de censura, sobre el ornato extravagante de las agendas de su esposo. Únicamente aprobó una estampa donde aparecía un chimpancé. Estévez se mostró satisfecho de su trabajo en las agendas. Su caligrafía es pegada, muy apretada, pulcra, en tintas de colores diferentes. A Marcos le sorprendió la enternecedora inocencia de la señora al preguntarle: "¿para qué va a leer esos libros tan gruesos? ¿para algún trabajo?" Estévez y Marcos se encargaron de aclarar sus dudas. Por qué una persona se apasiona con los libros, independientemente de los requerimientos de la academia.
El pequeño Mario Leandro acompañó a Marcos hasta la puerta cuando este se marchó. Se despidieron amigablemente.
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