martes, 20 de julio de 2021

Mi maestro XXVII

 *Se acercará sin mirarlo a los ojos, inseguro, mientras que Marcos lo mira casi con maldad, descaradamente, casi intimidándolo. Le preguntará con su voz atiplada si hoy habrá clase con Estévez, y no se sentirá con el coraje suficiente para entablar un diálogo. Menos ahora que Magi se acerca (con las manos le cubre los ojos a Marcos por la espalda), opacándolo más, situándolo en un plano secundario. Se despedirá con la voz debilucha que se trae, se alejará con ademanes discretos como su ropa blanca y gris. Marcos recordará que cierta vez, por teléfono, tomó la voz de Simón por la de una mujer. Se le antojo medrosa y desamparada. Simón, con sinceridad conmovedora, le dijo: “me ha ocurrido varias veces”. Marcos se quedará meditando (porque Magi también se ha ido), pensando en la sombra de Simón en los tránsitos frívolos y penosos de la universidad, donde más de uno se mueve entre temores y complejos absurdos, donde la mirada ajena lastima tanto. ¿Qué es lo que se aleja con Simón? Marcos se quedará cavilando, sabiendo que ni las hojas diseminadas en el pavimento, tan preñadas de muerte y de verdad, resistirán a la ley del pasar. Mañana el barrendero las juntará con el rastrillo, las echará en un saco y las dará al fuego o al compostaje, mientras el árbol deja otra cosecha de exánimes hojas en el piso.

Marcos no volverá a saber nada de él. Era joven. Tenía una voz delicada. ¿Y si tuvo una muerte callada, destruido por una enfermedad terrible? Acaso se haya mudado a otra ciudad. Quizás trabaje de periodista en una cadena radial. Eso fue lo que estudió, comunicación social. Era un hombre inseguro, al que escribir le representaba vacilaciones, dificultades. Sus escritos poseían cierta fluidez, con inclinación a los conflictos personales, con estilo periodístico, especie de guiones. Recordará su andar ligero, huidizo, sus ademanes un tanto afeminados.

Recordará aquella vez en que se cruzaron en la u. Simón venía en compañía de Mercedes, otra alumna del taller. Eran desertores, no habían vuelto a la clase. Con una efusividad no correspondida por Marcos, Mercedes lo saludará con un beso en la mejilla, o mejor, en la oreja. La aparatosidad de la emoción no atinará la mejilla. Le costará dominar la turbación. Mercedes esperará en vano el beso de respuesta. Qué pena. Pero esos actos, por convencionales que sean (o, quizás, precisamente por esto) no fluyen espontáneamente de él. Es sobrio con las mujeres, seco, incluso desdeñoso. Quizás hasta tiene algo de misógino. Actitud extraña, si piensa en el ardor con que, en estos días, ha anhelado lanzarse en brazos de una mujer. Así es de sorprendente. Mercedes también quedará perpleja, aguardando el caballeroso besito que no llegará. Ante esta hembra madura, de chispeante espíritu, sentirá que actúa de manera injusta, con severidad  y maldad. Simón también estará allí, con su voz aflautada, femenino-masculino, lejano, inquieto, tal vez afanado. Mercedes sí era parlanchina, risueña. Simón, mustio, pequeño. Mercedes, sonrosada, vivaz, grandota. Simón dirá: “no volveré al taller, tengo muchas cosas que hacer”. Y Mercedes: “hoy vuelve la oveja descarriada, nos vemos allá, hasta luego”.

Marcos pensará que sería bueno ser amigo de una mujer como Mercedes, qué hace esa tipaza con ese enano de Simón. Pensará que siempre le gustaron las mujeres risueñas, capaces de bromear, incluso machorritas. Sin duda Simón también es un tipazo. Marcos pensará que no tiene nada que sentir de este petiso individuo que solo ha sabido ser amable con él, que Mercedes lo enamoró con ese desparpajo: “hoy vuelve la oveja descarriada, nos vemos allá, hasta luego”. Era hermoso.

Encontrarse donde Estévez era, como dicen los jóvenes hoy, “parcharse”. A lo mejor Mercedes incumplía su promesa de regresar, quizás siguiese de oveja descarriada. Lo de Simón sí parecía definitivo: “no volveré”. Eran tantos los que no habían vuelto, las flores de un día. Así es la vida, un constante buscar acomodo. Nos quedamos donde hay condiciones, donde nos sentimos a las anchas. Nos largamos de donde no se nos trata bien. “Cuántos no van al taller nomás a chicaniar”, había dicho el Carnudo alguna vez. Marcos pensará que era cierto. Muchos solo iban a presumir de la universidad donde estudiaban, de la profesión que desempeñaban (abogados, médicos), del libro publicado, de la obra expuesta en una galería, incluso a mostrar una nueva conquista amorosa, a esponjarse con el novio o la novia.

Estévez sabía ser duro con gentecitas así. Sabía ponerlos en su sitio. Había los dobles, los que asistían a dos talleres, el de Mejía Vallejo y el de Estévez. Leían ante un juez que solía ser blando, y luego leían donde Estévez, cuyo esmeril sacaba chispas. Como la doctora que en una sesión leyó La venganza del Inca. Mejía Vallejo había elogiado este cuento, pero para Estévez no llegaba a ser siquiera un cuento. “Como práctica está bien”, comentó. La doctora adujo la alta calificación que Mejía Vallejo dio a su escrito. Sin duda, Mejía Vallejo tenía bastante de diplomático. Los condiscípulos quedaron con una sensación dulceamarga. En realidad, el texto de la doctora no llegaba al corazón. Tenía un título sugestivo, pero era muy pobre en lo demás, como no fuese una buena documentación histórica: los incas Guascar y Atahualpa. Sí, había los que se daban su tonito, los que creían que la habían botado fuera del estadio, los que estaban allí con gesto de perdonavidas, como si su presencia fuese un alto honor para los demás.

Simón se acercara y Marcos se dirá que este es un hombre sencillo, con una gran sensibilidad, tal vez perdido en su interioridad, confundido por el desorden de sus glándulas, pero buen tipo al fin. Este no viene a presumir, se dirá Marcos. Este es más tímido que yo. Bien hecho que se acompañe de una hembrota como Mercedes, cuya talla infunde respeto, y cuya jovialidad hace amigos por doquier.

Ignorará qué fue de Simón,  acaso se marchó a Pereira, donde vive y trabaja. Marcos confirmará este dato años después, al trabajar en Manrique. “Sí, Simón vive en Pereira”, le dirá Diana, colega del área de Humanidades. En el tiempo de la universidad Diana y Simón eran amigos. Alguna vez este la llevó al taller de Estévez. Diana ya está casada y tiene un hijo en once. Es de esas profesoras que mantienen el escritorio abarrotado de cuadernos por calificar, a las que los alumnos les hacen fila y les ruegan para desatrasarse de exámenes. Marcos hablará de Simón con ella, del frágil y huidizo Simón, al que su vocecilla le jugaba malas pasadas.    

 


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