*Sobre la planificación de la novela: cada
personaje debe tener una filosofía que lo determine. Hay que precisar el número
de personajes. Para conocer al personaje, debe escribirse todo sobre él, todo.
De varios personajes reales se saca uno ficticio, vigoroso. En la novela deben
ocurrir cosas constantemente, historias interesantes. Al reclutar las
historias, se aconseja darle a cada una un rótulo y un número. Debo saber a qué
personaje asignar cada historia; repartir entre los personajes las historias, las
frases, los caracteres, los entornos. Luego, pensar en las columnas
vertebrales, cuántos capítulos tendrá la novela. Dictaminar, en cada capítulo,
qué pasa, dónde, cuándo. Determinar la estructura y hacer los amarres. Manejar
el tiempo. Escoger el narrador (monólogo, tercera persona, etcétera). Conocer
los trucos, emplearlos. No debe escribirse la novela como la voy a publicar.
Primero debo escribir lo que mejor conozca. Escribir partes de capítulo,
pedazos de historia. Dejar quietas las partes donde me atasque y trabajar en
otro frente. No hay que escribir hasta agotar el tema, debe pararse cuando se
sabe qué sigue. En seguida viene la labor de armado, la de corrección. Para
lograr extensión (tejido), intercalar historias grandes con historias pequeñas.
Algo crucial: recordar que cualquier cosa, por hermosa que sea, si no es de la
novela, la daña. Filosofar también daña la novela, salvo que el personaje sea
un filósofo. El autor no tiene que meterse para nada con la filosofía del
personaje (juicios de valor). No tiene que sacar conclusiones.
Eran cosas como estas las que estaban
anotadas en las agendas y cuadernos de Marcos, el registro de las clases con
Estévez, las teorizaciones del maestro. También tenía por costumbre, cuando se
las veía con un cuento, escribir en su cuaderno un listado de títulos, en gran
número, llegando a sumar hasta 35. Era lo que Estévez aconsejaba. Esta labor de
exploración y descarte era de suma importancia. Sin embargo, en ocasiones un
título venía limpio, preciso, contundente, y se hacía insustituible. No
obstante, hacía el ejercicio, siempre pensando en las directrices del profesor.
La verdad es que cada escritor tiene su método, su ritmo, su modo. Esto hace
parte de su personalidad, y se va consolidando con el tiempo. Marcos, en particular,
era algo desasido, con tendencia a lo sobrio y descarnado. Todo lo que fuese
escrupulosidad, aparato, dispendio, le costaba, lo hacía aparte. Planear no era
su fuerte. Nunca le gustó. Una vez salió del taller de Estévez, se regocijó en
la independencia de criterio, en sus propias maneras y barruntos. En lo que
siempre fue fiel a Estévez fue en el trabajo titánico en las agendas, la
escritura despiadada, que atentaba contra sus fuerzas y su salud.
Reflexionando, concluyó que eso no se lo enseñó Estévez, que eso venía con él
desde muchacho, y que tuvo la revelación de ello una tarde en que cogió un bloc
y se puso a escribir la historia de su escapada de casa siendo un niño de once
años. Entonces no tenía idea de la existencia de Estévez ni de que hubiese algo
llamado talleres de escritores. Estévez le enseñó otras cosas, teoría. Estévez
fue un maestro, un soñador, un amigo, y también como un padre. Lo familiarizó
con la buena literatura, con obras como Al este del Edén y decenas de bellas
novelas.
Una novela. Marcos no era flojo, se había
propuesto escribirla. Era cuestión de ganas, de tenacidad. Había oportunidades
en que se decía que la novela estaba escrita en su ser, que solo tenía que
conjurarla, en una especie de rito mediúmico. Un torrente de palabras, como una
imperiosa sacudida de la naturaleza. No había que pensar en que la novela se
vendiera como pan caliente, que trajese celebridad, como soñaba su amigo Luis.
Tan solo era cuestión de deshacerse de esas historias que se adherían a él como
tercos fantasmas. Pensaba, y era un hecho, que el avance del tiempo y la
tecnología, le hacían las cosas más fáciles, desde la logística de la creación,
que a Estévez. Trabajaba en un portátil, tenía Google a mano. En cambio,
recordaba a su maestro, en sus últimos años, trabajando en un aparatoso
computador de vieja data, todavía con algo de troglodita. Esta imagen le
colmaba de ternura. En cierta forma, también poseía una mente más ligera, un
espíritu desaprensivo, y, sobre todo, confianza en sí mismo. Quizás
era esto lo que lo había ayudado. La certeza de que podía hacerlo, de que lo
haría. Con respecto a las nuevas camadas de escritores, se decía que también él
ya tenía algo de hojarasquín, de caduco. Natural, era la vida. Le entusiasmaba
pensar en las nuevas formas y en los recursos de avanzada de que echaban mano
los escritores de hoy, los de mañana. Homero, Kafka, Estévez, Marcos, ahí
estaban los
pioneros.
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